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El país de las mil fiestas (III)

Tocando rock’n’roll en la plaza del pueblo

Hay muchos festivales de verano, pero no en todos una banda local toca en el mismo escenario y con el mismo equipo de sonido que Marky Ramone, Siniestro Total o Banda Bassotti

Xosé Manuel Pereiro Cambre (A Coruña) , 15/08/2018

<p>Javier Vazquez Maneiro, cantante de Heredeiros, durante su concierto</p>

Javier Vazquez Maneiro, cantante de Heredeiros, durante su concierto

Yaya

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Tengo que confesarles de entrada algo. Determinadas noches se me eriza la piel y aúllo. No tiene por qué coincidir con la luna llena ni nada de eso, simplemente tienen que haber llamado al grupo de rock en el que sacio mi sed, no de sangre, sino de vatios. Por eso estoy ahora aquí. En un backstage que confirma aquello que decía no sé quien de que los artistas actúan gratis; en realidad por lo que cobran es por esperar. Como unas cinco horas. Eso sí, hay aire acondicionado, chocolatinas, agua mineral como para apagar un incendio pequeño y un tirador de cerveza (y ocho barriles de repuesto). No estamos en Viveiro (norte de Lugo), donde cada verano cerca de cien mil espectadores comulgan con su grupo heavy favorito. Y “favorito” no es el que te gusta desde hace un par de años, o te impresiona desde que editó tal disco: es el grupo con el que te identificas vitalmente, desde siempre. El Resurrection Fest, como su nombre parece indicar, trae a sus escenarios a los clásicos del metal que no han colgado las melenas desde el inicio del género: este año, Scorpions (born 1964) o Kiss (1973) juntos a las jóvenes promesas del aullido. Tampoco esto es el Festival Celta de Ortigueira, la mítica convocatoria folk, cuyo advenimiento se notaba en el resto de Galicia porque empezaban a asomar mochileros y deambulantes con aspectos inequívocamente ehhh… celtas.

“Esto”, también en el litoral norte de Galicia, es el Rock in Cambre que, como apunta su nombre, se celebra en Cambre (pop. 24.000), uno de los ayuntamientos que rodean A Coruña, que aúna en el término municipal la ciudad dormitorio y una zona rural en tránsito a residencial. En medio está la capital, 5.000 vecinos, y en su plaza, entre la casa consistorial y una iglesia románica del siglo XII, los segundos y terceros domingos de cada mes hay una feria agrícola, también en tránsito a mercadillo. Allí, a comienzos de agosto, se celebra también el Rock in Cambre. Además de algo más modesto y familiar, el RiC es anterior a la actual fiebre de festivales veraniegos. “Al principio de los 90, en Cambre por pasar sólo pasaba el tren, y un grupo de chavales, que se hacían llamar ‘Os inadaptados’ decidieron organizar una especie de festival, sin permisos ni nada, hasta que se acabó implicando el ayuntamiento”, cuenta Dani Carballada, el concejal de Cultura (BNG).

Ahora por Cambre no pasa el tren –vamos, pasa pero no para–, y el Rock’in’Cambre va por su XXVII edición. “Me parece muy positivo que haya festivales por todas partes, porque creo que fomentan un tipo de música crítica y una actitud más despierta e inteligente ante la vida, pero el nuestro tiene la peculiaridad de que es gratuito, y lo promueve una institución pública cuya finalidad es difundir la cultura y ayudar a que los músicos de Cambre puedan compartir escenario y equipo de sonido con grupos míticos. También se hace en el centro de la villa para que se implique todo el mundo y la hostelería local se vea beneficiada”. Gratuita es también la acampada y los buses que unen Cambre con A Coruña cada media hora.

A punto de cumplir la tercera década, la organización ha dejado de ser espontánea. La concesión de la XVII edición la ha obtenido en concurso público una empresa del sector de eventos y espectáculos, Galicia Events Crew. Quien pasa por los camerinos para arreglar cuentas antes de cada actuación es Rocío Bardón, que tiene 40 años, y está en la producción de espectáculos desde octubre pasado, después de dedicarse toda la vida laboral a la banca, y ya ha cubierto ochomiles como gestionar el Festival de Ortigueira. “Este mundo me parece extenuante. Desde mayo no duermo más de cinco horas al día, pero es más divertido que el banco, porque el ambiente es muy bueno. Da igual como vaya el bolo, las dificultades que surjan: la capacidad de sacar adelante las cosas entre todos es sorprendente”, confiesa mientras repasa el contrato.

Si hay un infierno específico para músicos, en él tendrán lugar eternas pruebas de sonido

Si hay un infierno específico para músicos, en él tendrán lugar eternas pruebas de sonido, y no solo porque esa sea la razón de la tediosa sesión de espera. Que en cada uno de los días toquen tres bandas locales (al menos uno de los músicos tiene que estar censado en Cambre) y cuatro profesionales (o al menos con una trayectoria conocida) supone dedicar prácticamente todo el día a ir ajustando el sonido de cada instrumento. Marky Ramone, el último batería de la mítica banda neoyorkina, ha probado sonido por la mañana, se ha ido a Gijón a tocar en el Tsunami –olvidándose el pedal del bombo de su batería– y volverá por la noche para tocar en tercer lugar (sexto contando a los locales), cerca de las dos de la madrugada. Lo de las horas aquí se lleva a rajatabla, con contador electrónico incluido. Nosotros tenemos que acabar antes de la medianoche, y no porque nadie se vaya a convertir en calabaza, sino porque Siniestro Total, por contrato, no empiezan a tocar pasadas las doce de la noche. Tampoco Marky Ramone acepta subir a un escenario pasadas las dos de la mañana. Por eso Heredeiros da Crus, uno de los grupos punteros de Galicia, empezará como mínimo a las 02,15. “Tucho, ¿qué horas son estas?”, se dirige al guitarra de Heredeiros una fan en un cartel.

Ajenos a que, si hay un infierno específico para espectadores, este consistirá en un interminable loop de “prueba otra vez el timbal”, dos tipos han permanecido firmes durante todas las pruebas de sonido, o al menos las de la tarde, yéndose incluso hasta las barreras que separan el escenario. “Es que me molan las pruebas de sonido. Desde pequeño iba a conciertos con mis padres y ya me gustaban”, dice Borja Morate, de 28 años. Marcos Taboada, “de Cambre de toda la vida” y con 20 años, ha crecido con el RiC, y recuerda especialmente los conciertos de Aerolíneas Federales y Manolo Kabezabolo –lo que demuestra que, como dice, le encanta la música en general– y le gustaría ver en el programa a Gatillazo y “aunque claro, no va a poder ser”, a La Polla Récords.

Para Julia Huertas, las pruebas son su vida, al menos la profesional. Tiene 34 años, hizo la FP Superior de Sonido en la Escuela Oficial de Imaxe e Son de A Coruña y lleva trabajando como técnico de sonido desde 2015. “Estoy empezando, sólo llevo tres años, y no sé si se vive de esto, espero que sí, porque cada vez hay más salas y más festivales”. “¿Músicos bordes? Algunos no son muy razonables, pero todos cuando llegan lo que quieren es que se saque su sonido adelante”. Como la mayoría de la gente que pulula por el escenario, subiendo amplificadores, moviendo plataformas con baterías montadas (la de cada grupo, y una quinta para los locales), Julia entró en este mundo tocada por la música. En su caso, pese a su aparente fragilidad, la batería. César Puga, “Chen”, el que parece coordinar (stage manager, se llama la cosa) a toda la buena gente que se encarga de subir por la endemoniada escalera del escenario los pesados artilugios para producir ruido, toca la guitarra. Tiene 32 años y cuando tenía 20, se presentó en su Ourense natal a ayudar en un concierto de Alejandro Sanz. Desde entonces le ha pasado de todo, desde terminar el concierto y no poder desmontar porque los artistas se quieren despachar en comunidad unas cajas de whisky, hasta “uno que no quería tocar y hubo que recurrir a su mujer para que lo convenciera”. 

El backstage en los conciertos al aire libre es como un campamento de marines en territorio hostil, pero sin minas ni nidos de ametralladora

Acabada la ordalía de las pruebas de sonido, la larga espera. Hay quien se va al hotel, o a conocer la ciudad. Hay quienes se van a disfrutar del aire acondicionado y del tirador de cerveza. El backstage en los conciertos al aire libre es como un campamento de marines en territorio hostil, pero sin minas ni nidos de ametralladora. Una alambrada que rodea unas casetas de obra dispuestas en círculo, y, en el interior, la tensa calma que precede a la tormenta. Diego Rodríguez Cid, aka Cid es el batería de Destemplados (un EP, varios singles, un videoclip). Es el tercer año que tocan en el RiC. “Somos de Cambre, y es la hostia tocar aquí”. “Somos muy de festivales, vamos a los que podemos, aunque sea para tocar poco tiempo”, completa su guitarra, Juan Salvador. Los dos critican en todo caso, que “en los festivales siempre tocan los mismos. Hay algunos que son casi residentes en el Resu (rrection Fest)”. Se une, a la tertulia y a la opinión, David Chouciño, “Chou”, batería de los Sin City Devils. “Aquí no hay chance, siempre tocan los mismos que rulan por todos los sitios, por lo menos en Galicia, no sé si en España”. ¿Las salas? “Si, hay mogollón de salas, pero tienes que alquilarlas, de 300 a 700 pavos (el grupo se queda con la recaudación de taquilla). Yo paso de pagar por tocar, es el timo perfecto”.

Aún es de día cuando Destemplados, Sin City Devils y The North Grooves van subiendo al escenario que ocupa todo el frente de la plaza, que se va abarrotando de gente. También van llegando el resto de los músicos, y se multiplican los selfies y las fotos de grupo con los famosos. Marky Ramone –“oye, ¿es cierto eso que dicen que lleva peluca?”– todavía no ha llegado de Gijón, pero hay que hacer la foto institucional en el salón de plenos, de participantes, organización y ediles enrollados, capitaneados por el alcalde.

 

Mañana, día 4, será el turno de otros tres grupos locales, de Os Resentidos y de los rebeldes italianos de Banda Bassotti. En los dos días pasarán por la plaza de Cambre ocho mil personas. El día 5 es domingo, pero no toca feria de quesos, frutas y hortalizas hasta el 12.

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Autor >

Xosé Manuel Pereiro

Es periodista y codirector de 'Luzes'. Tiene una banda de rock y ha publicado los libros 'Si, home si', 'Prestige. Tal como fuimos' y 'Diario de un repugnante'. Favores por los que se anticipan gracias

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