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Fidel y el billete verde

Castro permanece callado, aunque todo apunta a que está satisfecho, tras un proceso minucioso que ha culminado en el inicio de una nueva era en América

Carlos Carnicero 2/02/2015

Fidel y Raúl Castro, en una imagen tomada en 2005.
Fidel y Raúl Castro, en una imagen tomada en 2005. JOSE GOITIA

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El 6 de noviembre de 1940, Fidel Alejandro Castro Ruz, alumno de 13 años del Colegio Dolores, de los jesuitas, en Santiago de Cuba, escribió una carta manuscrita en inglés, dirigida al presidente de Estados Unidos,  Franklin Delano Roosevelt. El niño Fidel, además de ofrecerle las minas de hierro de Mayarí, “las mayores minas del mundo”, para sus barcos de guerra, le pedía que le mandara un billete “verde de diez dólares”, por la sencilla razón de que no los había visto nunca.

Es cierto que el presidente norteamericano no se lo mandó, aunque su oficina de la Casa Blanca acusó recibo de la carta. Y dicen los que conocen bien la personalidad de Fidel Castro que el líder revolucionario cubano ha estado toda la vida esperando una respuesta que ya tiene.

Desde que el 1 de enero de 1959, tras la huida precipitada del dictador Fulgencio Batista, triunfara la revolución, diez presidentes de Estados Unidos, desde Dwight David Ike Eisenhower hasta George W. Bush, han tratado de liquidar el régimen cubano con todo tipo de iniciativas bélicas, terroristas, de bloqueo político y económico, así como de embargo. Sin conseguirlo.

Las sigilosas conversaciones norteamericanas, auspiciadas desde el Vaticano por el papa Francisco en connivencia con el Gobierno de Canadá, promovieron uno de los deshielos políticos más sorprendentes de la historia reciente. En un mismo día, Barack Obama, desde la Casa Blanca, y Raúl Castro, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, anunciaron la reinstauración de relaciones diplomáticas entre los dos países. Simultáneamente, en una operación concertada, fueron liberados tres agentes cubanos, condenados por espionaje a tres cadenas perpetuas, que seguían prisioneros en cárceles norteamericanas, así como el contratista judío norteamericano Alan Gross, que cumplía condena en una cárcel cubana por espionaje. Los últimos prisioneros de la Guerra Fría atravesaron un puente que no estaba en Berlín sino sobre el estrecho de la Florida.

El 24 de febrero de 2008, el pleno de la Asamblea del Poder Popular elegía a Raúl Castro para suceder a su hermano Fidel en la alta dirección de la revolución cubana. Después de un periodo de 19 meses, en los que Raúl había asumido la jefatura del país de manera provisional por una compleja enfermedad de Fidel Castro, se produjo el relevo sin que los augurios sobre el final de la revolución se hubieran consumado.

Desde su llegada al poder, Raúl marcó una impronta bien diferente de la de su hermano. Sus primeras medidas fueron sorprendentes. Se abrió, desde la cúpula del Partido Comunista, un debate en las bases del partido para que los militantes manifestaran abiertamente sus discrepancias con el proceso revolucionario y propusieran medidas de transformación, siempre “dentro de la revolución”. Raúl procedió a la institucionalización del país, dejando atrás las formas personalísimas del Fidel Castro durante sus casi cincuenta años de poder absoluto y directo.

Bajo la dirección del que en el VI Congreso del Partido sería elegido también primer secretario del Partido Comunista Cubano, el nuevo líder anunció los primeros cambios que serían la primera piedra de la recuperación de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos.

En la sala de plenos del Palacio de Congresos de La Habana, bajo la tranquila mirada de un Fidel Castro uniformado con el chándal de su retiro, la Asamblea reconoció la imposibilidad de que el Estado cubano empleara a todos los trabajadores cubanos. Y, en consecuencia con esa declaración, anunció la “actualización del modelo del socialismo cubano” y el impulso del trabajo por cuenta propia de un sector importante de la población laboral. El proceso de transformaciones económicas emprendido tímidamente a raíz de la “crisis de los balseros”, en 1994, con la reapertura de mercados campesinos privados, recibía un impulso que ya sería definitivo.

El sector público cubano, también constituido por empresas mixtas con capital extranjero, sobre todo en la explotación del níquel, en el turismo y en el tabaco, recibió la compañía de una pléyade de cubanos que se atrevían a emprender sus propias economías privadas. El Estado dejaba de responsabilizarse del salario de cerca de un millón y medio de cubanos que está previsto que salgan del paraguas salarial público para emprender una vida económica autónoma.

Los paladares, restaurantes privados que recibieron el nombre de un establecimiento de gastronomía de una telenovela brasileña muy popular, empezaron a florecer en La Habana y en las capitales de todo el país. El final del monopolio estatal de la economía cubana se ha desarrollado desde entonces, agrupando también a cooperativas y pequeñas empresas en sectores agrícolas, de servicios e incluso de  incipientes industrias familiares.

En enero de 2013, el Gobierno cubano cambió radicalmente su política migratoria, eliminando las trabas para que los cubanos pudieran salir al extranjero. A partir de ese momento, con el pasaporte cubano en vigor, sin ningún otro permiso de los exigidos con anterioridad,  cualquier ciudadano podría viajar al extranjero sin más limitación. En aquel momento, y todavía hoy, estaba vigente la “ley de ajuste cubano” mediante la cual cualquier oriundo de Cuba que tocase territorio norteamericano tenía derecho a quedarse en Estados Unidos y a recibir ayuda para instalarse, obtener trabajo y la residencia legal. La reforma migratoria cubana dejaba en evidencia una excepción legislativa que empujaba a los cubanos a cruzar el estrecho de la Florida y a las mafias a transportar  inmigrantes hasta una playa norteamericana en la que la política de “pies secos, pies mojados” permitía entrar en Estados Unidos a todo aquel que lograse el premio de tocar tierra firme.

Mientras tanto, la diplomacia cubana de Raúl Castro iba tejiendo el final del aislamiento al que Estados Unidos había sometido a la isla por más de cincuenta años. Las excelentes relaciones con Venezuela permitieron recibir suministros de petróleo pagados con el envío de un contingente de más de treinta mil médicos, profesores y asesores para colaborar con la revolución bolivariana, que estableció una organización de colaboración con Bolivia, Venezuela y Ecuador que cambiaría la fisonomía política de América Latina. Estados Unidos ya no podría controlar el aislamiento de Cuba en su patio trasero.

Es difícil de entender la capacidad de Cuba para resistir los ataques de todo tipo desde la primera potencia del mundo. Sólo puede calibrarse conociendo la diplomacia cubana y sus servicios secretos.

Los servicios secretos cubanos están considerados entre los más eficaces del mundo. Y la paciencia del servicio diplomático se parece mucho a la del Vaticano. Sigilo, perseverancia y paciencia. Con esos mimbres se ha ido sembrando un escenario en el que algún presidente de Estados Unidos reconoció el fracaso de una política que se inició agresivamente con el desembarco de tropas de la CIA, fuertemente armadas, en Playa Girón o Bahía Cochinos, en la nomenclatura estadounidense, en abril de 1961.

El intento de invasión fue un fiasco que acabó con más de mil seiscientos prisioneros y adelantó los planes de Fidel Castro para proclamar el socialismo cubano y emprender un acercamiento político, económico y militar hacia la URSS, cuya primera consecuencia fue la instalación de misiles nucleares rusos en Cuba. Desencadenó la crisis de los misiles en octubre de 1962, que puso al mundo al borde de la guerra nuclear.

En enero de 1998, el papa Juan Pablo II visitó La Habana en un acontecimiento histórico que cambió la percepción que sobre Cuba había en muchas cancillerías del mundo. Algo estaba cambiando en la isla caribeña cuando el pontífice que había impulsado la caída del comunismo en Polonia, como preludio del derribo del Muro de Berlín, visitaba oficialmente el último país comunista del hemisferio occidental. La sigilosa diplomacia vaticana empezó a funcionar para sacar a Cuba del aislamiento. "Que Cuba se abra al mundo con todas sus magníficas posibilidades y que el mundo se abra a Cuba", proclamó el pontífice al llegar a la isla, después de que en unas declaraciones realizadas en el avión que le transportaba pidiera un cambio en las relaciones de Estados Unidos con Cuba. La Iglesia cubana conseguía un reconocimiento oficial del régimen y se facilitaba la presencia pública del culto católico.  La operación muñida durante años consiguió la neutralidad de la Iglesia Católica con la revolución y abrió las puertas a importantes operaciones de política exterior.

La cumbre de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) celebrada en La Habana en enero de 2014 fue el regreso triunfal de Cuba a los escenarios americanos. La organización, heredera de otras iniciativas como el Grupo de Río y la CALC (Cumbre de América Latina y el Caribe), estaba en condiciones de desplazar a la Organización de los Estados Americanos(OEA), que había monopolizado el diálogo hemisférico durante la última mitad del siglo XIX. Cuba había sido expulsada en 1962 a instancias de Estados Unidos. La organización de la cumbre de La Habana de la CELAC por Cuba, en condición de presidente del organismo y anfitrión, dejó por primera vez en una condición imposible a la diplomacia norteamericana. Si Estados Unidos pretendía marginar a Cuba de las siguientes reuniones de la OEA, la amenaza era que la CELAC fagocitase las cumbres controladas por Estados Unidos. Si las cumbres iberoamericanas han perdido cualquier relevancia y utilidad, ¿no cabría esperar que el empecinamiento de Estados Unidos en marginar a Cuba acabara con las cumbres de la OEA?

A la cumbre de La Habana asistieron el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, y el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon. El mandatario de Naciones Unidas aprovechó su visita a La Habana para cortarse el pelo en una barbería de La Habana Vieja. También mantuvo una larga entrevista con el expresidente cubano Fidel Castro. La presencia del secretario general de la ONU y del de la OEA fue un triunfo diplomático cubano. Ningún secretario de la OEA había visitado Cuba desde su expulsión del organismo en 1962.  Parecía imposible que Cuba fuera marginada de la próxima cumbre del organismo, que se celebraría en los próximos meses.

Si Barack Obama pensaba asistir a la cumbre de Panamá, tendría que ir dispuesto a sentarse en la mesa con Raúl Castro, al que había estrechado la mano en el funeral de Nelson Mandela. Una encrucijada para la política exterior norteamericana.

A Raúl Castro le estaba dando alcance el tiempo. Pero él lo aprovechó bien. En febrero de 2013, Raúl Castro fue reelegido para liderar el Estado cubano. En su discurso anunció que ese, su segundo mandato, sería el último. Se comprometió a abandonar el poder cuando culminara el periodo en agosto de 2018. El plazo exigía un sobreesfuerzo para una clara definición del nuevo socialismo cubano, que permitiera al hermano de Fidel traspasar el poder a alguien ajeno a la familia Castro en condiciones de habitabilidad. El gran reto, a partir de ese momento, sería negociar con Estados Unidos un escenario que no hiciera peligrar el ritmo y el contenido de las transformaciones cubanas.

En la asamblea ocurrieron más cosas. La eclosión de Miguel Díaz-Canel como primer vicepresidente, desplazando al histórico José Ramón Machado Ventura, un octogenario considerado del sector duro de la revolución y hasta entonces número dos del régimen.

Díaz Canel, un ingeniero de cincuenta y dos años, con pedigrí político de haber cumplido misiones en Nicaragua en la época de la guerrilla  y con fama de gestor eficaz en sus responsabilidades en Santa Clara y Holguín como primer secretario del partido, pasaba al primer plano de la política cubana. La generación de la revolución ya tenía relevo.

Miguel Díaz-Canel es un político discreto, de perfil bajo, que constituye en la actualidad el núcleo central del poder cubano en torno a Raúl Castro, junto a los militares que controlan el sector estatal de la economía cubana y los responsables del Ministerio de Interior y de Defensa. Un civil, joven, sin relación familiar con los Castro, se constituyó en un póster para demostrar al mundo que la revolución cubana tenía intenciones de permanecer, pero con cambios económicos para adaptarse a una economía mixta de mercado y a la adecuación del modelo político. Nunca se ha hablado de transición pero está claro que el proceso de transformación adecuaba el escenario interno a la reconciliación con Estados Unidos.

El calendario apretaba a Raúl Castro, pero también a la política norteamericana. Todavía había un primer escollo que dificultaba cualquier acuerdo.

En septiembre de 1998, el FBI, en una gran redada, detuvo a diez ciudadanos cubanos residentes en Estados Unidos, con la acusación de formar una red de espionaje entre los grupos anticastristas de Miami. La historia tiene su paradoja, porque después de una serie de atentados terroristas, auspiciados aparentemente por la CIA, con la explosión de artefactos en hoteles cubanos que causaron víctimas mortales, las advertencias de Cuba a Estados Unidos dieron la clave de la existencia de esta red de espionaje y su posterior detención.

De los diez prisioneros, cinco pactaron con el fiscal su exculpación y cinco desestimaron todas las ofertas. Gerardo González, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Fernando González y René González fueron condenados a duras penas de prisión: cuatro cadenas perpetuas y dos condenas a 15 y 19  años de cárcel.

El juicio, celebrado en Miami, no reunía condiciones de imparcialidad según muchos informadores internacionales. Y quienes se negaron a colaborar con las autoridades norteamericanas fueron trasladados a cumplir sus penas en las cárceles norteamericanas de alta seguridad más duras. Nació el mito de los cinco héroes prisioneros del imperio. Y tanto Fidel como Raúl se comprometieron a traer a casa a los últimos presos de la Guerra Fría.

El 4 de diciembre de 2004, Alan Gross fue arrestado en el aeropuerto de La Habana. Gross, contratista para el programa USAID (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional), fue acusado de espionaje a favor de Estados Unidos. El USAID es la entidad norteamericana encargada de distribuir la mayor parte de la ayuda exterior de carácter no militar y se le ha culpado en reiteradas ocasiones de trabajar, detrás de su apariencia privada y civil, en operaciones de desestabilización política bajo las directrices de la CIA y del Departamento de Estado.

Alan Gross viajó a Cuba con el pretexto de facilitar tecnología para el acceso a Internet a miembros de la comunidad judía cubana, sin el control de las autoridades de la isla. Acusación por la que fue condenado a 15 años de cárcel. La sentencia estableció que Alan Gross realizó "actos contra la independencia o la integridad territorial del Estado”. A partir de ese momento, Cuba disponía al menos de un espía para intercambiar por  los cinco prisioneros del imperio. La condición de judío de Alan Gross implicaba también al lobby judío norteamericano en una operación que podía permitir al contratista norteamericano obtener la libertad y regresar a Estados Unidos. Y  la solución de este contencioso típico de la Guerra Fría era una condición indispensable en el diálogo con Estados Unidos.

Los próximos días 10 y 11 de abril se celebrará en la ciudad de Panamá la cumbre de la Organización de Estados Americanos (OEA). Varios países, entre ellos Brasil y Argentina, han anunciado que la presencia de Cuba en la cumbre es innegociable. Y por si fuera poco, el Gobierno de Panamá se apresuró a invitar formalmente a Cuba a asistir como miembro de pleno derecho a la reunión.

Abril de 2015 tiñó alarmantemente de rojo el calendario de Barack Obama. ¿Podría el presidente norteamericano sentarse en el mismo foro con el líder revolucionario cubano sin haber movido alguna ficha antes que diera normalidad al encuentro?

Mientras tanto, el papa Francisco había tomado la iniciativa, recuperando una operación que había empezado en el Vaticano en 1998, cuando Juan Pablo II viajó a La Habana.

El Papa escribió personalmente a Raúl Castro y a Barack Obama para facilitar un acercamiento entre los dos gobiernos. El milagro se produjo como ocurre con todos estos fenómenos: con sigilo y minuciosidad. Encuentros en Canadá o en el propio Vaticano, adonde viajaban los enviados estadounidenses en plazas de turista para no llamar la atención.

Mientras tanto, The New York Times publicó, en el último semestre del año pasado, hasta cinco editoriales sobre un mismo asunto: la inutilidad de la política norteamericana hacia Cuba y la necesidad de cambiar la estrategia. El diario norteamericano también analizó y elogió el liderazgo de Cuba en la lucha contra el ébola, con el envío de un contingente de casi cuatrocientos médicos y sanitarios cubanos a los países africanos afectados por la enfermedad. Además, The New York Times afeaba a las autoridades norteamericanos el mal gusto de que intentaran sobornar a los médicos cubanos que luchaban contra el ébola, instándoles a abandonar su misión y a trasladarse a Estados Unidos con todas las facilidades.

El diario norteamericano repasó también los últimos escenarios electorales de Florida, donde los líderes de las comunidades cubanas partidarias del embargo a Cuba habían perdido un segmento importante del electorado y de la influencia política. Por qué mantener una política que no sirve para nada y que aumenta el sufrimiento de los cubanos de la isla, se preguntaba el periódico.

Este cúmulo de circunstancias favorables a la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba fue el caldo de cultivo de la diplomacia vaticana para liderar negociaciones secretas.

Además de Canadá, Brasil ha trabajado intensamente para acercar a los dos países. España, sin embargo, no ha desempeñado ningún papel. El reciente viaje a La Habana del ministro de Exteriores, José Manuel García Margallo, ha dejado en evidencia la irrelevancia de la política exterior española en Cuba. Como decía en privado un alto funcionario cubano, “la mayor contribución de España a este proceso fue el envío de Ángel Carromero, como espía Mortadelo, que no sólo provocó la muerte accidental de Oswaldo Payá sino que además se comportó como un pendejo diciendo una cosa y la contraria para que Esperanza Aguirre lo volviera a recoger en España”.

Ningún analista ni observador político se habría atrevido a vaticinar que, en un mismo día y sin previo aviso, los presidentes de Estados Unidos y de Cuba anunciaran el final del contencioso político más largo del siglo XX y de lo que va del siglo XXI. Cuando ya habían descendido de las escalerillas del avión los tres prisioneros cubanos todavía en poder de Estados Unidos y el contratista Alan Gross, preso en Cuba, los dos países anunciaron su compromiso de establecer relaciones diplomáticas después de casi sesenta años de incomunicación.

El 21 de enero, en La Habana, empezaron las conversaciones entre las autoridades de Estados Unidos y las de Cuba para empezar a desentrañar el complejo entramado de leyes que están enquistadas entre los dos países. Leyes extraterritoriales como la Helms-Burton (Ley de la Libertad Cubana y Solidaridad Democrática), que permiten tomar represalias contra cualquier empresa de cualquier país con actividades en Cuba, o las medidas que impiden viajar a ciudadanos de Estados Unidos a la isla sin un permiso concreto de las autoridades norteamericanas. Otras reglamentaciones prohíben a cualquier barco que atraque en un puerto cubano amarrar en Estados Unidos durante los seis meses siguientes de su salida a Cuba. Y así, un cúmulo de leyes que han tejido el embargo y el bloqueo económico durante los últimos 56 años.

Hay que observar con detenimiento los apoyos que puede lograr el presidente Barack Obama en el Congreso y en el Senado norteamericano para deconstruir esta maraña legal que impide una normalización en las relaciones entre ambos países. También habrá que observar los cambios en la política cubana que faciliten ese reencuentro.

Mientras todo eso sucede, han reaparecido los rumores sobre la muerte de Fidel Castro. El líder que más veces ha sido enterrado envió una carta manuscrita a Diego Armando Maradona, en la que demuestra que todavía está en el hemisferio de los vivos. Ningún comentario ni reacción del histórico líder cubano sobre la reconciliación norteamericana.  Como siempre, el rumor tenía su origen en Miami, en el Diario de Las Américas, y había sido recogido por el Corriere della Sera.

Tiendo a pensar que Fidel, aunque callado, está muy satisfecho. A fin de cuentas, la Casa Blanca ha tardado 74 años en responder a la carta que le envió a Franklin Delano Roosevelt en 1940. Me imagino que Barack Obama, que sin duda es persona educada, todo un caballero, tendrá la cortesía de enviar a Fidel Castro un billete de diez dólares. Porque además, una cantidad tan pequeña no puede considerarse una vulneración del embargo contra Cuba. Al final Castro, sin duda, se ha salido con la suya.

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Autor >

Carlos Carnicero

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