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La noche libre (y III)

Celia Blanco 29/01/2015

'Elegancia'.
'Elegancia'. Javier Sampedro

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En este diván  que está en el rincón opuesto a la mesa del camarero, donde menos gente se congrega, dos mujeres hacen el amor con todo tipo de parafernalias e instrumentos. Cuando acaben que me digan de dónde han sacado ese dildo majestuoso con el que se trajinan ahora. Esa falsa polla de más de veinte centímetros que desaparece en cuanto desciende en los humedales de ambas me interesa mucho.

No dejan de besarse y tocarse.

Agarra la cara de su amante con una mano mientras que con la otra le repasa el sexo portando como única arma un falo rojo rugoso con la curvatura exacta para que a mí me entren ganas de probarlo. Qué lindas tetas tienen. Las de una son inmensas, casi de más. La areola es más oscura, chocolate sin nada de leche con el pezón duro y constreñido entre los dedos de su amiga. Dos bocas que se buscan y lo que es mejor, que se encuentran. Compartiendo consolador de una cueva a la otra. Engolosinadas en acariciarse la vulva y las tetas más grandes o más pequeñas que las propias. Blandiendo el falo sagrado con el que se horadan mutuamente.

Prospecciones petrolíferas en el Mar del Norte.

Siento deseos de acariciar sus cabezas, repasar sus senos y besarlas, pero me contengo.

-¿Shibari?

Estoy tan ensimismada en el polvo ajeno que no me he percatado de la llegada de un tipo. No es más alto que yo. Tampoco es especialmente fuerte. Traje y camisa oscuros, pelo perfecto, afortunadamente sin corbata, si no me entraría la risa. Sus ojos se quedan justo a la altura de los míos. Está de pie frente a mí sosteniendo una caja de madera de forma rectangular en la que distingo una cuerda de algodón hilado no demasiado gruesa. Mucha cuerda, eso sí. Perfectamente enrollada en un ocho con técnica exquisita.

A mí me da por pensar que es marino.

Y que sabe de nudos marineros tanto como yo de calenturas.

-¿Perdón?

-Quiero atarte a una de esas paredes para que tu piel no olvide mi maestría. Quiero desnudarte casi sin tocarte, anudar por delante de tu pecho tres lazadas que lo muestren tal y como es, dos abrazos a la cintura, amarrándote las caderas para sostener cada uno de tus muslos por separado. Déjame que te ate para que pueda tenerte.

Lo suelta haciendo las pausas oportunas, la cadencia exacta a las partes de la frase que precisan mayor atención.

Ataduras con parafernalia y delicadeza.

Sí.

Qué bien elijo mis vestidos para las grandes ocasiones. Este buen hombre lo desabotona cumpliendo lo prometido. Casi sin tocarme, destreza absoluta con los dedos que dejan en el suelo vestido y ropa interior. Qué bragas más bonitas llevo.

La caja de madera con la soga de mis delirios en el suelo. A mis pies. Ya estoy colocada en la espaldera, esperándole y esperándolo.

Por un momento recuerdo las medias de rejilla gruesa que lleva la morena del pelo corto a la que Manuel le tocaba el culo en el salón. Espero que se la haya tirado y me cuente todos los detalles como hace siempre.

Ahora solo quiero ser el plato principal de esta cena.

Un grupo se agolpa a nuestro alrededor para ser testigos de la liturgia. Casi no veo sus caras pero distingo a personas de ambos sexos. Algunos se acercan ya abrazados y metiéndose mano sin disimulo.

Yo estoy desnuda sin haberme dado cuenta de cómo ni cuándo. Disfrutando tan solo del qué.

El hombre me junta las manos y me las sube por encima de la cabeza. Yo agarro con los dedos un listón de madera pulida de la espaldera. Enrolla mis brazos desde las muñecas y siguiendo por los antebrazos. Utiliza la cuerda con precisión, dominando por dónde deben pasar uno y otro extremo hasta anudar un oropel sobre mi pecho y siguiendo el recorrido de cordajes por debajo de cada teta.

Cruce en la espalda y regresa de nuevo. Otra cruzada de las dos serpientes, ahora por delante, anudando una rosa de tiras de algodón en la boca del estómago.

Tengo un nido de nudos de algodón entrelazado encima de mi tripa de la que parten dos vías que pasan por debajo de mi culo y se enredan cada una en una pierna.

-Te quiero con las piernas separadas. Déjate.

Y yo me dejo.

Separo mis columnas jónicas para que termine la filigrana hecha con las tiras de algodón. Recias, ásperas. Deja la medida exacta para atar cada extremo a las espalderas manteniendo mis muslos bien separados, los tobillos a la altura de los hombros.

Entera atada. Completamente amarrada.

Me escuece la piel por el roce de la cuerda.

-No sabrías qué hacer con las manos; te lo he puesto fácil: nada.

Justifica lo injustificable de la postura que a mí no me provoca el más mínimo incordio.

Es perfecta.

Las manos atadas a una espaldera sobre mi cabeza, el cuerpo totalmente rígido por la postura en la que me ha apresado. Exhibiéndome atada. Las piernas separadas, luzco y clamo sexo.

Estoy caliente.

Me tapa los ojos con un pañuelo de seda que huele a ámbar. Sé cómo huele la resina desde que mi amigo Mario trajo la misma esencia para venderla en la tienda. Hay una loca que se lo encarga sistemáticamente; estoy segura de que es su única clienta de ámbar. No compra nada más. Solo ámbar. Mario lo cuenta fascinado por la devoción mística que ha establecido con el perfume de la India que él se empeña en buscarle por todo Delhi si hace falta.  

Me va a follar un desconocido que quiere que huela a ámbar.

Solo sentirle a menos de dos centímetros me provoca temblor. Escucho su respiración en mi oído, su lengua detrás del lóbulo. Fabrica un camino de saliva que se enfría al contacto con el aire y que él alterna con mordiscos sin dientes. Besos de labios férreos que se entretienen en mi cuello.

Estoy húmeda. Él lo sabe.

Tiene empapados los dedos que ya me ha metido. Es delicado. Mucho. Consigue que me contorsione en respuesta a cada mimo. Y con cada una de sus benditas caricias siento dolor. Es la cuerda. La puta, maldita y desde esta noche adorable cuerda con la que me ha atado.

No escaparía ni aunque pudiera.

Está ensimismado con mis tetas, lamiendo, besando y mordisqueando  uno y otro pezón. Solo de pensar en la primera mujer a la que su amante pellizcaba con fuerza en la otra habitación me hace tener miedo. La presión de la cuerda bajo cada pecho hace que lo que él cuida con sus mimos tenga un reflejo doloroso en mi carne. Él calma ese escozor con la lengua, recorriéndome entera sin dejar de trajinar dentro de mí, moviendo los dedos. No sé cómo me ha cogido tan bien el truco siendo la primera vez que nos acostamos, pero bendigo las horas que ha echado escondiendo esos dedos dentro de todas las mujeres del planeta.

Eso no se aprende ni con una ni con dos.  

-No puedes correrte aún. Es demasiado pronto; todavía mereces un poquito más de atención. Me gustaría tanto que mi amigo te follara…

Lo dice en un tono suplicante y conciliador.

Su amigo es otro dildo que yo no puedo ver por culpa de este pañuelo, o mejor dicho, gracias a él. Lo pasea por mi cara empeñado en que considere sus dimensiones. Me llega desde los ojos hasta debajo de la cara. Con la lengua compruebo que tiene la superficie perfecta, como la de una polla real. Él lo mueve junto a mi cara para que me quede bien claro que no es rígido, golpeándome con mucha dulzura en la mejilla haciéndolo oscilar.

Lentamente lo baja desde mi cara hasta mi pecho, sortea las dos tetas haciendo un ocho alrededor de ambas y prosigue hasta el ombligo. Aún tiene dos dedos dentro de mí, que retira para suplir inmediatamente su ausencia con el aparato. Lo siento un poco frío. Eso me gusta aún más. Ya lo caliento yo entre mis piernas cuando me lo restriega acariciándome el clítoris, realizando incursiones junto al enemigo, los dedos supliendo, si encarta, corroborando todos juntos la maestría del hábil hombre de los cordajes.

Sin poder moverme más allá recolocando las caderas. Con las piernas abiertas. Con la carne por tramos desollada.

-¿Te importa si invitamos a alguien?

No contesto porque no puedo. Turna los dedos con el dildo dentro y acariciándome el clítoris. Ahora la polla falsa dentro, meneándose bien; los dedos recorriendo la almendra de carne. Cambiemos. Dedos dentro, falo fuera. Alternemos todo lo que quiera, todo lo que haga falta.

-¿Algún voluntario o voluntaria?

No sé quién ha dado el paso adelante. Escucho un ruido que tardo en identificar pero que me hace pensar que han ayudado a alguien a vestirse de un modo determinado. Se me ocurren infinidad de posibilidades. Sin haber distinguido qué pasa, siento cómo el inmenso falo de látex entra dentro de mí. Me follan sin que adivine si mi amante es un hombre o una mujer, soy incapaz de saberlo solo por sus embestidas. A cambio distingo una segunda persona, mujer creo, que huele mi cuello, besa mi piel, aprisiona mis tetas y las besa mientras sea quien sea me cabalga.

Con un arnés. Con un inmenso, adorable y pétreo falo de mentira.

Más deprisa. Más. Dos manos aferrándome las caderas, otras dos acariciándome las tetas, jolgorio de empujones que sucumben dentro de mí.  

Grito todo lo que puedo, prolongando los gemidos conforme me salen de las tripas. Derritiéndome si hace falta. Dejándome vencer sobre las piernas por las que goteo.

Inmóvil.

Casi como una estatua con las muñecas, el pecho y las ingles laceradas del castigo de la cuerda de algodón.

Esta que tanto me ha gustado.

Tres pares de brazos me sostienen para que no caiga al suelo. El artista de los nudos desata mis cordajes con la misma delicadeza que los amarró pero con más celeridad. Siento una paz infinita al librarme de las lianas que me han dejado gusanos en carne viva en las articulaciones y bajo el pecho. Alguien me coloca el vestido y me deposita sobre un sofá, pero nadie me quita la venda de los ojos y yo no tengo fuerzas.

-Sabía yo que te gustaría venir a mi piso…

Manuel me quita el pañuelo que huele a ámbar de los ojos y me acaricia la cara.

-Te has portado como una artista. Eras el centro de atención de la fiesta. No sabía yo que te gustaba tanto que te ataran…

-Yo no iba a acostarme con nadie…

-Tranquila, no creo que podamos considerar “alguien” una polla de látex por muy grande que fuera. Si nos ponemos rigurosos aún no has follado con nadie. Así que vamos a dar una última vuelta a ver si te desvirgamos de una vez.

Detesto cuando Manuel se pone sarcástico.

-Me quiero ir a casa. ¿Te importa?

-En absoluto. Yo he triunfado por todo lo alto. Dos mujeres a la vez me parece más que suficiente para un viernes de marzo. Vámonos si quieres.

Me desmaquillo un ojo buscando a la vez las marcas de mis muñecas reflejadas en el espejo. Tengo cordeles en carne viva de los amarres en ambas muñecas. También algún roce en los antebrazos, pero estos son muy débiles. Debajo del pecho se me notan las equis descarnadas; muy parecidas a las que tengo en las ingles.

Si me rozo me escuece.

Aún me provoca placer recordar lo que acaba de pasar en el piso al que acude Manuel casi todos los viernes, su noche libre. Me lavo la cara dejando que el agua mitigue un poco el dolor de las marcas de las muñecas y entro casi de puntillas en la cama.

De lado, con las piernas encogidas, cierro los ojos. Estoy agotada. Agotada y repleta. Tengo aún el ritmo de mi propia corrida golpeándome el pecho y respiro a trompicones al recordar lo mucho que me ha gustado la cena de este viernes. Aún percibo el olor del pañuelo con el que me taparon los ojos.. Es como si se me hubiera quedado ese aroma que a mí me recuerda un poco al incienso.

De repente, él. Tengo la caricia que tanto reconozco y que me sabe a gloria bendita.

Encaja sus piernas en el hueco que dejan las mías, me ciñe la cintura con el brazo y me pega a él. Me muerde el cuello siguiendo el camino desde la base del cráneo hasta el hombro y vuelta a empezar. Me vuelve loca ser su presa y que no piense abrir sus fauces.

Está empalmado. Si yo tuviera con qué, también lo estaría.

Nos amarramos el uno al otro como si no quisiéramos dejar un centímetro de piel sin cubrir, besándonos y lamiéndonos. Tiene cuidado con mis heridas, las evita o acaricia cuando no le queda otra que cruzárselas en su camino. Me aferra, me agarra, me soba y amaina. Subo los tobillos a sus hombros, facilitándole el camino para que entre hasta el fondo.

Hasta dentro. Por y para mí.

Follamos como salvajes, que es como más nos gusta follar. Dejándonos hacer y haciendo. Amándonos y odiándonos en la misma desbordante proporción, conociéndonos el uno al otro para permitirnos el lujo de meternos en la cama a hacer lo que mejor hacemos cuando estamos juntos.

Me corro como más me gusta correrme.

Dejando salir el gemido del animal que soy cuando Manuel me hace el amor. Bufando torciendo el morro, arrugando la nariz. Retorciéndome de placer a sus pies para vencerme en la cama y recomponerme inmediatamente. Quiero su polla en mi boca. Y solo necesito tenerla para ser feliz.

Lo quiero así, de rodillas sobre el colchón.

Amarro bien con las manos y al mismo tiempo me relamo. Mi lengua no tiene más prisa que acelerar y acariciar, recorrer y humedecer desde la base de los huevos hasta la punta. Llenarme la boca sin dejarme un solo hueco sin ocupar.

Subir, bajar, rodear.

Chupar y que escuche el gorgoteo que produce repleta de mi saliva. Amarrarla con la mano y saber que ese cosquilleo que siento debajo de su piel delata que está a punto de correrse.

En mi boca.

Notar el sabor ácido de las gotas de semen que ya salen.

Le gusta mirarme a la cara mientras se la como. Y a mí sentirme poderosa en cuanto lo hace.

Recojo de encima de la cama un pañuelo verde desconocido que deambula sin que le hayamos hecho ni caso. No lo había visto pero lo reconozco por el olor.

Es el pañuelo del piso. Huele a ámbar.

Manuel ni siquiera pregunta. Ata mis muñecas y las anuda al cabecero de madera de nuestra cama. Bendita la hora en que lo anclamos.

-Eres la mujer con la que más me gusta acostarme. Llego aquí después de haber estado con otras dos, sobado a todas las que me ha dado la santa gana, dejar que me la coma quien ha querido sin importarme siquiera si repetía. Soy un hombre afortunado. Tengo la suerte de acabar la noche acostándome con la que más me gusta, la única que sabe a qué me dedico los viernes por la noche en mi noche libre. Y he tardado todos estos años en descubrir que te gusta que te aten al cabecero de una cama. ¿Ves cómo eres una retorcida, Ada? ¿Alguna sorpresa más?

Estoy atada pero aún puedo incorporarme lo suficiente como para mirarlo a la cara.

-Ven; lame - digo abriendo las piernas-. Que se note que tienes la suerte de ser mi marido.  

En este diván  que está en el rincón opuesto a la mesa del camarero, donde menos gente se congrega, dos mujeres hacen el amor con todo tipo de parafernalias e instrumentos. Cuando acaben que me digan de dónde han sacado ese dildo majestuoso con el que se trajinan ahora. Esa falsa polla de más de veinte...

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Autor >

Celia Blanco

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