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Concierto inédito

Chano Lobato en directo

5/02/2015

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Chano Lobato (Cádiz, 1927-Sevilla, 2009) fue el cantaor gaditano por antonomasia. CTXT recupera en este podcast un concierto inédito del genial artista flamenco del Barrio de Santa María, grabado en el extinto café Hispano de Madrid en febrero de 1999. La primera entrega contiene unos tanguillos, el palo fundamental del Carnaval, con incursiones por guajiras de Pericón; y una larga ronda de bulerías maravillosamente rematada por cuplés y tangos, la especialidad de la casa, con la célebre versión del Volver de Gardel que serviría de inspiración a Enrique y Estrella Morente para la película de Almodóvar. Acompañado a la guitarra por el Niño Elías, el maestro gaditano desgrana, con algún olvido puntual de alguna letra, todo el sabor de los cantes de Cádiz. En próximas ediciones, CTXT ofrecerá nuevos fragmentos del recital del añorado Tío Chano.

Para más información, reproducimos aquí abajo la entrevista publicada en el libro Las voces del flamenco (Siruela, 2008).


Chano Lobato, la enciclopedia del sabor:  “Me gusta tanto esto que trabajaría gratis”

Chano Lobato es el último representante, sin sucesor a la vista, de esa estirpe de gaditanos, grandes cantaores y aún más grandes embusteros (quizá para quitarse de encima el drama que es la verdad), cuyos máximos exponentes fueron Ignacio Ezpeleta y Pericón, herencia de doble filo que Chano compartió durante años con ese otro anárquico genial que fue Beni de Cádiz.

Ezpeleta y Pericón fueron dos cantaores tan sabios como dotados para la vena ácrata-cómica, y quizá por eso nunca fueron tomados demasiado en serio, aunque el arte de aquellos dos gaditanos era cosa muy seria y aunque su forma de entender la vida y el cante ha ayudado a transmitir lo más dramático y lo más jovial del flamenco, y nos ha dejado conocer algunos de los relatos más cautivadores de la literatura iletrada universal.

El cante de Chano es la última llama de la gran escuela gaditana que arranca en la gigantesca figura decimonónica de Enrique el Mellizo, se hace tragedia con Macandé (el cantaor que tuvo sus hijos mudos y acabó prestando el sustantivo a los locos: “Ése está macandé”), se convierte en antología y humor con Ezpeleta y Pericón, se hace cante cuadrado con Aurelio, Manuel Vargas y El Flecha, y reverbera en parodia maravillosa con El Cojo Peroche.

Humildad, simpatía, libertad y un sentido de la narración innato, construido con una gramática parda pero muy precisa, son los ingredientes de su arte contador: no falla detalle, giro o repetición... Humor del grande. Cantando es igual: cada concierto parece un regalo que cada oyente recibe embelesado, como si hubiera sido creado solo para él.

Y nada en la nevera: Chano nació en la calle de la Botica número 27 del barrio de Santa María, y sus 65 años de carrera apenas han rentado para una modesta casita de dos plantas en Heliópolis, junto al campo del Betis, una diabetes de caballo, mucho colesterol, una perrita yorkshire llamada Linda y algunos premios que comparten estantería con la enciclopedia del toreo de Cossío.

Ese ritual de cantes y cuentos que no lo parece porque es la antítesis de la solemnidad lo fue inventando Juan Ramírez sobre la marcha, a lomos del azar y la necesidad: tras casi 40 años cantando atrás, acompañando el baile, siendo venerado por los mejores bailaores, de Antonio a Pilar López, Alejandro Vega y Pastora Imperio, Carmen Amaya o Manuela Vargas, el miedo a salir cantando alante, solo, le empujó a ir contando sus cuitas al público entre cante y cante, para soltar los nervios. 

A finales de los noventa, Juan Verdú y yo tuvimos el privilegio de compartir con él algunas conferencias ilustradas (más ilustradas que conferencias, aunque un concejal del PP nos dedicó esta frase inolvidable: “Felicidades, esto es mucho mejor que una película checa en blanco y negro”). Chano era capaz de variar el rumbo y el formato de la actuación según soplara la risa o el aplauso. Y su magnetismo convertía siempre a sus dos banderilleros, mucho antes de lo previsto en el guión, en pasmados oyentes.

Tuvo una niñez dura, una no niñez hecha de hambre, muerte y guerra. Hijo de un vendedor de pescado del muelle, se quedó huérfano a los 14. Sebastián Ramírez, su padre, analfabeto y anarquista, leía religiosamente el España de Tánger y se mató en un accidente de camión, cerca de Vejer, cuando transportaba atunes de Barbate a Cádiz.

Chano salió a buscarse la vida para ayudar a su madre y a sus cuatro hermanas (“éramos más, pero entonces los niños se morían enseguida”, contó en el espléndido libro Memorias de Cádiz a los periodistas Juan José Téllez y Juan Manuel Marqués). Había nacido con la generación que elevó el flamenco a la categoría de hermano de la poesía, pero la guerra acabó con las dos cosas (y con el Carnaval), y tuvo que tirar de picardía para entrar en la Venta de la Palma. En Cádiz salían 35 artistas por metro cuadrado:

Hay que ver qué hambre, sobrino. Los artistas, siempre muy arreglaos, mucha brillantina en el pelo, la corbata muy tiesa, la camisa bien planchá... y desmayaítos. El día que no salía juerga no comías; el día que salía, todos loquitos a por el pollo al ajillo.

De aquellos años pródigos en cuentos ezpeletianos (véase Las mil y una historias de Pericón de Cádiz, de José Luis Ortiz Nuevo), quedó la incumplida esperanza de su madre, Carmen, siempre jugando a los cupones y a la lotería para retirar a su Chanito de la mala vida: “Y era verdad, Miguelito. ¡Me cogía dos borracheras al día!”.

Foto: René Robert.

Chano salió de Cádiz por primera vez en 1946 y se enroló en la compañía de Carmen Morell.

En Jerez ha habido gente más decidida, en Cádiz nunca hemos querido salir, los artistas no han sido valientes para irse. A mí también me daba miedo, pero perdí la juventud buscando la vida. Me daba miedo porque pagaban muy regular. Y había artistas en Cádiz superiores. Miguelillo Borrull, qué buena gente era; Fernando Rojas… Cantaores había dos mil. Recuerdo a Manolillo Martín, que trabajaba en el muelle y hacía las cosas de El Gloria con una potencia….

Llegó a Madrid, pero duró poco. De vuelta, se colocó en la Fábrica de Tabacos y siguió saliendo. Hasta que conoció a Rosario, La Chana, bailaora fina (Rosa Sevilla) y de cuajo: se lo llevó a Sevilla. Chano tenía 28 años. Allí conocería a Manuel Vallejo, represaliado ilustre, que medió para colocarlo en el tablao Pasaje del Duque.

Pasamos allí unos años y en ese momento se formaron varias compañías y me pude ir a Madrid, al tablao de Gitanillo de Triana y de Pastora Imperio. Si no, no me como una rosca. Madrid siempre ha sido el sitio idóneo para los cantaores, el que da la alternativa. Y eso no se ha perdido. Escuchan como en ningún lado de España. En Casa Patas, con la gente bebiendo vino, se hacía un silencio extraordinario. Como el de La Maestranza. En la época del Arco de Cuchilleros y El Duende ya había mucho respeto al artista.

Primero en El Duende (calle Mayor), cinco años; luego en el Arco de Cuchilleros (Plaza Mayor), otros cinco.

Me acuerdo mucho de Carmen Amaya. Pecaba de buena. De cariñosa, de todo. ¡Qué artista más grande! Hubo un homenaje a Pastora Imperio en El Duende, cuando se rodaba en España Salomón y la reina de Saba, en la que se murió Tyrone Power de un infarto (su padre ya sufría del corazón). Le conocí allí, y esa noche estaba también Lex Baxter, aquel que hizo Tarzán. Cuando le vio Antonio el Bailarín, dijo: “¡Que se desnude!”.

Total, que esa noche me dijo Carmen Amaya: “Cántame, Chano”. Y yo me quería morir, sobrino. Verla salir dando esas palmas con esa velocidad, ese arte… Y aquella sala como estaba… No he visto más abrigos de piel juntos en mi vida. Fue un acontecimiento. En la fiesta estaba también Yul Brinner, y me dijo que era gitano. Gitano húngaro. Dicen que Chaplin también era calé. Yo creo que sólo es que le gustaba el flamenco.

Antonio le había oído cantar, le había visto beber y, después de dudar mucho (pensaba que era demasiado bohemio), lo había contratado para su compañía de flamenco y baile español. Chano pasó casi 20 años con Antonio y Rosario, Mairena, Sernita y El Chaleco, el Niño Ricardo… Nueva York, Moscú, Tokio, Londres, París, Hollywood, Sydney, Hong Kong, Honolulú… Daba igual el sitio, siempre salía atrás, sin saludar, para entregar su compás al lucimiento de los bailaores.

Antonio, ¡qué buena gente era! Lo único que pasaba es que siempre quería que saliera todo el mundo en su sitio. Era un profesional muy bueno, y había que estar muy pendiente… Lo que él no sabía es que a mí me encantaba el teatro y yo me tragaba todos los ensayos, para mí fue una auténtica gloria estar con él. Me acuerdo que una vez me quise venir desde San Francisco, estaba empeñado en marcharme... “Pero hombre, Chano, si eso son los nervios”, me dijo. Me llevó a una médica, me dio un brebaje y me relajó. Un día, en Hollywood, no le dejaban entrar en una sala de fiestas. Como era tan pequeño…  “Chano, que éstos dicen que soy menor de edad.” ¡Ole!

Pagar pagaba regular, pero era una seguridad muy grande estar en su compañía. Lo adoraban en todo el mundo, formaba escándalos en todas partes. En Rusia fuimos los primeros en llegar. Esa salida haciendo el zapateado de Sarasate con esos dos pianos, esa Farruca del Molinero, esa Taberna del Toro… Era precioso, y además llevaba toda la antología flamenca, la caña, la taranta, el martinete, todo. Íbamos más de 50 artistas, estuve lo menos 17 años con él. Yo cantaba los tangos, las alegrías, la serrana, y si se ponía malo Mairena, la caña, la soleá, todo. Tenías que estar siempre preparaíto.

Poco a poco, al tiempo que se estudiaba, fue creando su sello. La admiración por Carlos Gardel, Antonio Molina, Atahualpa Yupanqui o Concha Piquer le animó a meterlos por bulerías, siguiendo la estela de Vallejo, La Niña de los Peines o Marchena, como había hecho su amigo Antonio el Chaqueta (La Línea, Cádiz, 1918-Madrid, 1980), uno de los artistas que más admiró “y que menos reconocimiento tuvo”.

En los años sesenta y setenta, los artistas ya morían con Chano. Camarón se lo comió a besos una noche. Caracol se rompió la camisa y le dio los jirones. 

Fernando Quiñones lo contó así:

Canta Caracol por bulerías y luego lo hace Chano Lobato; después se alternan. El cante va a más, va creciendo en tensión, en categoría, y, a pesar de la agilidad que no tiene, Manolo Caracol yergue de un brinco su macizo corpachón y echa un baile (…). Se tensan aún más las bulerías. Caracol y Lobato llevan al fin ese cante –creído y llamado “chico” por algunos incautos– hasta niveles de insólita calidad estética y emotiva (…). Ante los últimos tercios buleareros de Chano Lobato, Caracol pierde la cabeza. Llorando, como si se asfixiara, se echa la mano al cuello de la camisa y se la desgarra a jirones concienzudamente, hasta la cintura, para ofrecérselos en homenaje al otro cantaor.

Él nunca dio importancia a aquel suceso:

Simplemente estaba allí. Yo era un niño, y ya se sabe cómo son las fiestas.

Antes de eso, había aparecido casi subrepticiamente en Duende y misterio del flamenco.

Sí, hice dos o tres cositas en el cine... Duende y misterio… la rodamos en el Vaporcito que va del Puerto a Cádiz y en el viejo Hotel Playa... Pero siempre hubo flamencos en el cine. El Gallina hizo sus pinitos como actor con Carlos Saura, y en una película sobre Manolete cantó las alegrías de Córdoba… ¡Era muy guapo! La Niña de los Peines y Carmen Amaya también hicieron películas. Y el Príncipe Gitano hizo una que cantaba de chiquillo; después se hizo una versión en Buenos Aires… Muchas películas tenían entonces pinceladas... En Martingala salía Lola Flores muy jovencita, con Pepe Marchena. La rodaron entre Chiclana y Cádiz. Había una fiesta de Nochebuena, y Marchena cantaba Los campanilleros….

Me gustaba mucho el cine, me apasionaba. Conocí a Gary Cooper, ¡qué bondad en la cara! Me dio la mano y parecía la raqueta de Santana.

A Buñuel tenías que analizarlo mucho, esa vaca encima del piano, esa gente sin poder salir de casa, esa foto de la última cena...  Yo quería el cine más esclarecido...

Cómico para defenderse de un entorno que trató de quitarle valor etiquetándolo como un cantaor gracioso, Chano fue saliendo del encasillamiento. Sin darse importancia, cada vez más comprometido con el cante, el arte y el sabor, acabó imponiendo su ley. Llegaron los años ochenta, y los noventa, y seguía allí. Y de repente le vieron como lo que es: un cantaor fundamental, un referente de la mejor escuela gaditana y el creador de un formato de recital modélico: serio, didáctico, ameno y emocionante a la vez.

Conmueve recordarle contando el festival Espárrago Rock de Jerez, avanzados los años noventa, cuando miles de jóvenes le escucharon con un silencio de catedral y acabaron pidiéndole “la de las Mirris”, esas alegrías que cuentan la historia de dos hermanas de Sanlúcar que hicieron un carril de tanto ir al Puerto a visitar a los presos.

Hoy, Chano tiene una congregación semisecreta de fieles y cómplices, jóvenes y ancianos, que no entienden cómo no es Premio Nacional, Príncipe de Asturias. La justicia no existe, pero el tiempo dirá que Juan Miguel Ramírez Sarabia fue un artista extraordinario que amó el flamenco como muy pocos. Se recordará cómo cantaba, cómo hablaba, cómo se movía, cómo embriagaba la borrachera de arte que dejaba. Hombre tierno y amable, parecía un profesor de matemáticas de Oxford. Fue, sobre cualquier otra cosa, un tipo inolvidable. Aunque él se moriría si se enterara.

Quede aquí este rápido diálogo, publicado en El País en agosto de 2003, como resumen de lo dicho torpemente más arriba.

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¡Imposible, sobrino! Bueno, allá vamos. Fui hermano de cuatro niñas, quise ser torero, vi la vaca, salí corriendo y mandé a las niñas al Auxilio Social. De noche me arreglaba mucho pero tenía el estómago mirando a Rota. Abusé de la vida golfa, trabajé cinco años en la Fábrica de Tabacos y fue peor: perdí el hilo, y venga borracheras y juergas con los embarcados ricos que llegaban a Cádiz. Los flamencos íbamos con ellos cantando en los pescantes de los coches de caballos. Parecíamos una gramola ambulante. El cochero se llamaba Mojones y el cantaor, El Peste. El caballo sabía bailar a compás, ¡por la gloria de mi madre! Luego conocí a Pepe Blanco, un taxista que cantaba con mucho sabor, y me fui a Madrid con él y con la compañía de Carmen Morell. Parecía Onassis: me compré dos hogazas de pan en Alcázar de San Juan, fui a Saldos Arias y me equipé como Rodolfo Valentino: mi peazo de traje y mi sombrero. Una noche me oyó cantar Antonio el Bailarín, me contrató y dimos tres vueltas al mundo. Un día de fin de año estábamos en Hawai y nos comimos las uvas. Cogimos el avión, llegamos a Los Ángeles, ¡y otras 12 uvas!

¿Qué recuerda de la guerra civil?
Unos moros muy grandes llegaron con el general Varela y disparaban desde las azoteas a las gallinas de Constantino. Del hambre nos defendíamos en el muelle, con la carga y descarga siempre había pescao. Yo tengo catarro crónico porque me llevaba los lenguados en la cintura. Del matadero sacaban la carne de bragueta, los mejores trozos se los escondían en el pantalón y luego los revendían en el barrio de Santa María. También había un sindicato muy anárquico. Un día, Juan Pérez pidió 20 ó 30 veces la palabra, y el secretario, Terrada, que era el único que sabía escribir, no se la daba. Cuando por fin se la dieron, Pérez dijo: “Era para decir que el escribiente tiene la cara como una liebre bizca”. Y ahí se acabó el sindicato y perdieron la guerra y todo.

¿No vio ninguna tragedia?
¡Muchas! Yo nací enfrente de la cárcel, y aquello era una tragedia viva. Un primo mío, Pepillo, le puso una maleta a un santo, como diciendo que aquel santo ya se iba… Lo fusilaron.

¿Y la dictadura cómo la vivió? Dicen que los flamencos, como trabajaban de noche, no notaban la falta de libertad.
¡No hasta ese extremo! A alguno incluso lo mataron, y siempre estabas con las carnes abiertas, porque cualquier policía podía cerrarte la venta o el cabaré, nunca sabías. A veces nos juntábamos en El Escorial, escondidos. Lo que pasa es que nos cogíamos unas borracheras que nos atrevíamos a cualquier cosa. Yo cogí mi primer avión con Paco Toronjo, y como nos daba miedo, nos pusimos ciegos de coñá. Toronjo llegó borracho a Madrid y se tiró borracho 30 años. Una noche, en el Arco de Cuchilleros, con El Beni, cogimos un mulo de los que usaban para recoger la basura y lo metimos al tablao. Dimos la vuelta al ruedo, lo tiramos todo al suelo y nos fuimos. ¡Nos dieron unas ovaciones!

Conocería a Ava Gardner, como todos los flamencos.
¡Sí, y una noche le di una bofetada! Íbamos en el coche, le tiré un sopapo a Diego Pantoja, se agachó y le di a ella. Y ya no quiso que fuera más con ella. Culpa de Dieguito, que era muy gracioso.

Así que de sexo ni hablamos.
Todos ronean [fanfarronean] de que se lo hicieron con ella: ¡Mentira! Con Sinatra, sí. Con Luis Miguel Dominguín, sí. Con Mario Cabré, bueno. ¡Pero con el Niño de la Escoba, bah! Una noche, en la Feria de Sevilla, Ava le dijo a El Poeta, un tocaor muy conquistador, que la sacara de allí ligero. Se fueron en la Vespino de él, hacia el campo, y al rato volvieron. “¿Qué, Poeta?” “¡Superior!” “Di la verdad, Poeta.” “¿La verdad? Estaba loca por ir al baño.” Ésa era la verdad.

Dinero no habrá ganado mucho, pero reírse…
Lo que más me gusta del mundo es reírme. El cante, el baile, el toreo, el son, el arte, hablar, pasarlo bien con la gente. Y he tenido esa compensación, soy rico en amigos. Nunca me ha gustado la guasa, siempre que he visto venir la guasa he salido corriendo. Los artistas me camelan [quieren] aunque tengo todos los síntomas del flamenco: embustero, impuntual...

¿Tuvo un maestro?

Uno solo, no. Pericón, Matrona, Ezpeleta, Vallejo, eran sabios, gente extraordinaria, muy larga, que tenía todos los pases daos. Me abrió mucho la mente la antología de cantes que hizo en Francia Perico el del Lunar. Unos la asimilaron y otros no, pero ahí estaba todo.

¿Y ahora a quién admira?
Como artista, a Morente, no hay más que ver la intriga que despierta y cómo le roban todos. Por inteligencia, a Rancapino, que siempre cobra por delante. Y como vendedor, a Mercé. ¡Qué manera de vender y de marcharse! ¡Pero chico, dónde vas, si cobras 18 pesetas y la cosa va por 9! Pues él se va, y se va. Aunque le pidan otra. A mí me piden otra y me tiro cantando hasta el día siguiente. Él es frío de cuello, canta un fandanguito muy bien vocalizao, se larga y la gente se lo come. ¡Eso es dominar al monstruo de siete cabezas! Yo quisiera asimilar ese poquito, pero ya no lo asimilo.

Bueno, usted tampoco es manco en dominar al público.

Tengo sentido de la medida. Si con esta edad salgo y canto media hora por soleá, los ronquidos llegan a Pamplona, la gente se va y no vuelve más. Mejor cortito, una pincelada por siguiriyas, un fandanguito de Huelva, una guitarra viva, cuatro o cinco embustes y la gente, al suelo. Así me aguantan en todas partes. Voy todos los años al norte, a Bilbao, Logroño, Burgos, y es una satisfacción grande ver a la gente entrar. Me dicen: “El flamenco nunca me ha gustado, pero con usted no sé qué me pasa”. Yo nunca roneo porque soy humilde, pero eso es muy difícil. Y me da mucha alegría.

¿Tiene el caché que merece?
No sé, y por eso cuando me preguntan en qué flamenco me miro siempre digo: en Rancapino. Si me llaman a un sitio, digo: “¿Qué haría Rancapino?”. Pero me gusta tanto esto que trabajaría gratis. A veces llego a una peña y me dicen: “Mira, Chano, tenemos una rifa, patatín, y no podemos pagarte”. Con que me digan “mira”, yo ya sé, digo “no se lo digáis a nadie” y salgo a cantar.
 

¿El escenario es lo que más le gusta?
Y un whisky a tiempo. Por eso digo que he tenido una suerte que no merecía. A pesar de esa imagen que me han puesto de gracioso, de que muchos no me ven como un cantaor largo, he sido responsable y generoso. Lo ficticio se ve, la verdad se palpa, y la gente lo ha reconocido. Es verdad que lo que hago está trillao, pero le meto algunas cosas de Filadelfia. Una vez, en Francia, me puse malo y no podía cantar. Me dijeron: “No importa, cante por señas”. Eso es lo que cuenta.

¿Estar en paz con uno mismo?
¡Qué bonito, sobrino! Déjame apuntarlo en esta servilleta.

 

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