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El euro empieza en la unión fiscal

Carlos Weishäupl Ángeles Caballero Fráncfort / Madrid , 5/02/2015

<p>Unión Europea.</p>

Unión Europea.

MALAGÓN

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En junio de 2012, José María Aznar ofreció una conferencia en Bogotá en la que habló de Europa y de su situación económica. Trenzó un discurso en el que defendía la identidad del proyecto europeo como tratamiento al desaguisado económico y fiscal de la eurozona. Un discurso plagado de esas licencias que se toman cuando uno no tiene por qué preocuparse por lo que dice y tampoco se responsabiliza de lo que un día le tocó, al menos en parte, gestionar. En ese acto, Aznar dejó caer con cierto aire de suficiencia que “no parecía posible” que se fuera a “optar por una política monetaria -en Europa- parecida a la del QE (Quantitative Easing)”. Además, en una especie de doble faceta de conferenciante y vidente, el expresidente sumó a ese pronóstico el descarte de cualquier posible unión fiscal europea a corto y medio plazo por resultar un ejercicio de renuncia a la soberanía de cada Estado miembro. Parece obligatorio, por tanto, analizar qué es eso de la unión fiscal, no vaya a ser que también se fuese a equivocar en esto último. Y cuánto tiene que ver en una crisis en la que el euro lleva demasiado tiempo.

Europa tiene un problema y parece desgajarse anímicamente en lo que parece una corriente imparable de descontento ciudadano. El proyecto político europeo que dio a luz a la moneda única hace ya casi 15 años provoca hoy no sólo desconfianza en la ciudadanía, sino en esas altas esferas donde bancos de inversión, fondos de deuda soberana y otros agentes financieros mecen la cuna. Desde hace tiempo, el clima europeo se resume en un eterno quién debe a quién, denominando a países y ciudadanías como acreedores y deudores. Y por si esta idea no estuviera suficientemente clara, Mario Draghi anunció a última hora del miércoles 4 de febrero que endurece las condiciones a los bancos griegos a la liquidez del banco central. Que Mario manda y que es el dueño y señor de la chequera. Por si Varufakis, que se mostró "optimista" tras su entrevista con él, se había hecho ilusiones.

Y eso que, gracias a la reciente inyección de liquidez por parte del BCE (60.000 millones de euros al mes hasta septiembre de 2016), estamos ante lo que José Moisés Martín, economista y socio de Red2Red Consultores, denomina “anticiclón perfecto, con las exportaciones europeas más baratas y también barato el petróleo, que es una de nuestras principales importaciones”. 

Pero este momento dulce no nos hace olvidar que la aspiración a la equidad entre los Estados miembros que tenía como objetivo la unión política y monetaria nunca ha estado tan mermada. La idea de compartir moneda con países de la talla de Holanda, Alemania o Finlandia nos acercaba de manera ilusionante a todos con todos. A pesar de las suspicacias del centro de Europa, el proyecto se abrió a la ‘periferia’ y los países de ésta aceptaron las condiciones probablemente sin mirárselas. Llegado el euro, los telediarios sólo advertían como único inconveniente un redondeo casi siempre al alza en los precios (recuerden la campaña publicitaria de la familia García promovida por el Ministerio de Economía de Rodrigo Rato). Debates sobre conceptos como unión fiscal no daban audiencia y tampoco existían tantos expertos sobre primas de riesgo en platós de televisión. De hecho, el proyecto del euro ni siquiera previó en su reglamento la hipotética salida de ninguno de sus miembros.  

Hoy, la avalancha informativa sobre el euro remarca su tendencia bajista, intentando en ocasiones alertar así sobre sus peligros de descomposición. Es cierto que se pronostica para 2015 el camino hacia la paridad respecto al dólar después de años de supremacía del euro respecto a la divisa estadounidense. Podría parecer que esta reducción en el valor de la moneda europea responde a algunos de los problemas que tiene. Admitiendo el abanico de carencias que arrastra el euro desde su génesis, esta repentina bajada de la divisa es la reacción lógica a las medidas de inyección de liquidez anunciadas por el BCE el 22 de enero.

En su origen, el euro mantuvo una paridad con el dólar. “A partir de 2002, alcanzó cotas del 1,60”, recuerda José Moisés Martín, que añade que la supuesta fortaleza del euro “venía dada por la actuación de la Reserva Federal, que mantenía un dólar bajo por sus prolongadas inyecciones de liquidez”. Cabría preguntarse entonces si la apreciación del euro de antes tenía realmente sentido –al menos para aquellos que no fueran la banca alemana, como analiza la revista Foreign Policy en su artículo The dirty little secret of Berlin’s bankers-  Por contra, puntualiza Moisés Martín, “es el yuan chino la moneda que realmente debería apreciarse”.

Cuestiones de divisas aparte, los vicios estructurales de la Eurozona van más allá de la actual conversión entre la divisa europea y la estadounidense. En este sentido, la vía hacia una homogeneización tributaria de los 19 países del euro sería una vía razonable para enderezar una de las principales debilidades que padece la zona monetaria única. Algo que tiene un coste realmente alto y entraña gran complejidad. “En el trienio entre 2010 y 2012 se habló mucho de armonización fiscal. Pero en 2012 decidimos salvar lo urgente de la crisis (España, Grecia, Portugal, Italia...) pero no lo importante. La integración fiscal o deshacer el euro eran dos de las opciones, pero ambas tienen un coste muy alto”, cuenta Jorge Galindo, experto en economía política comparada de la Universidad de Ginebra.

En primer lugar, debe tenerse en cuenta el ámbito geográfico por el que circula la moneda. El euro pertenece actualmente a países cuyas similitudes económicas no van más allá de la moneda misma en muchos casos. En materia de impuestos cada país ha contado con un sistema fiscal propio; esto es, una regulación tributaria nacional e independiente a la de sus vecinos.

Hace poco menos de un año, el diario económico Expansión reflejó las diferencias fiscales de todos los países de la eurozona tomando como referencia los tipos máximos del IRPF, IVA e Impuesto de Sociedades. En el gráfico se constata cómo, por ejemplo, España se encuentra en estos tres impuestos bastante por encima de la media de los países del Euro, mientras que su recaudación vía tributos aparece a la cola de los 19, con un 37,1% de su PIB, un 9% por debajo de la media. Se deduce así una monstruosa carga del fraude fiscal en España que ninguno de nuestros gobiernos parece poder hacer frente.

Una dirección coherente entre los Estados miembros en materia fiscal es lo que se empieza a pedir como siguiente paso a las últimas decisiones del BCE. Hasta ahora se ha ido pasando por alto el hecho de que se ponen en marcha medidas monetarias de enorme calado sobre países fiscalmente diferentes y se espera que sus efectos sean iguales para Portugal o Austria.

Quizá habría que comprender y afrontar que Europa, como proyecto político antes que económico, nunca fue un proyecto sencillo en el que bastara dar a los aceptantes la misma moneda. Durante un tiempo, esta situación ofrecía unos beneficios que soslayaban cualquier deficiencia institucional, fiscal o política. Así, recuerda Javier Santacruz, economista e investigador por la Universidad de Essex, el núcleo duro de países europeos encabezados por Alemania llegó a beneficiarse de la coyuntura en su día cuando, por ejemplo, el país germano afrontaba su reunificación y toleraba unos déficits por encima de los establecidos. Esto, subraya Santacruz, supuso “el germen de las actuales problemas europeos”.

Para Jorge Galindo, el hecho de que la Eurozona no sea lo que se conoce como un Área Monetaria Óptima –como es el caso de EEUU– es un factor fundamental en las distorsiones y asimetrías a nivel monetario. De esta manera, bajo la misma moneda conviven tasas de inflación que difieren entre países y el valor real de la moneda, aún con tasas de interés iguales, varía en función del país donde uno se encuentre. “No obstante”, matiza Galindo, esta circunstancia propició el acceso a “préstamos y crédito de manera más fácil en la época dorada de países como España o Grecia”.

Con todo, el modelo europeo unitario parece haberse configurado de manera improvisada desde el comienzo, esperando que todo siempre fuera bien (“el precio de las casas nunca va a bajar”) para que no se advirtiesen las taras del proyecto. Directamente relacionado con las deficiencias de la Eurozona, se plantea otro vicio de nuestro sistema en comparación con EEUU y su dólar: la falta de una garantía llamada eurobonos.

En EEUU, las diferencias salariales, precios o renta per cápita entre Washington, D.C. y Alabama son mayores que las que se puedan encontrar entre Alemania y Portugal. Sin embargo, no se pone en duda su moneda, el dólar. Incluso en niveles de déficit público, déficit comercial y de cuenta corriente superiores a los de la zona, Estados Unidos ofrece algo llamado Bonos Federales. En Europa, donde aún no existe una clara responsabilidad respecto a la financiación global de la zona euro, unos países pueden financiarse a un interés mínimo, o incluso negativo, mientras otros deben pagar tipos abusivos alejándose así aún más de la recuperación.

Según Xavier Puig, profesor de Finanzas de la Universidad Pompeu Fabra, la creación de dichos eurobonos conllevaría “poner de acuerdo a 17 países, con 17 primeros ministros y otros tantos ministros de Economía cuyas visiones suelen diferir”, lo cual se parece demasiado al problema aún por resolver de la armonización fiscal. A la cuestión sobre si el euro está en peligro, el profesor Puig señala categórico que esta “no es la pregunta correcta”, ya que la zona euro muestra cifras aún “más solventes que la zona del dólar”, tomando como referencia las tres variables más importantes para medir la fortaleza de una moneda: los ratios déficit/PIB y deuda/PIB, así como el balance por cuenta corriente. La verdadera cuestión radica en si países como Grecia, Irlanda, Portugal, Italia o España pueden imponer la disciplina que requiere el euro sin morir en el intento. Encontrar el equilibrio preciso entre las condiciones del centro y las reclamaciones de la periferia, parece ser esencial. La realpolitik, en definitiva.

¿A quién llamo si quiero llamar a Europa?, se preguntaba Henry Kissinger. Pues eso.



En junio de 2012, José María Aznar ofreció una conferencia en Bogotá en la que habló de Europa y de su situación económica. Trenzó un discurso en el que defendía la identidad del proyecto europeo como tratamiento al desaguisado económico y fiscal de la eurozona. Un discurso plagado de esas licencias que...

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Autor >

Carlos Weishäupl

Autor >

Ángeles Caballero

Es periodista, especializada en economía. Ha trabajado en Actualidad Económica, Qué y El Economista. Pertenece al Consejo Editorial de CTXT. Madre conciliadora de dos criaturas, en sus ratos libres, se suelta el pelo y se convierte en Norma Brutal.

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