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Análisis

V de Varoufakis: otra especulación es posible

Michel Feher 16/02/2015

Luis Grañena

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Sea cual sea el resultado del enfrentamiento entre el Gobierno griego y las instituciones europeas, al menos habrá permitido trazar el perfil de una izquierda adaptada a los retos del capitalismo financiarizado. Y el primer nombre propio de ese perfil es Yanis Varoufakis, el ministro de Finanzas del Gobierno de Alexis Tsipras. Hasta ahora, el electorado de izquierda sólo podía elegir entre dos opciones: unos partidos socialistas que, para parecer modernos, asumen, con más o menos audacia, las consignas neoliberales, y unas formaciones que permanecen fieles a sus ideales de antaño pero que, para revitalizarlos, esperan, con más o menos paciencia, la improbable vuelta del mundo fordista.

Es indudable que los representantes de la izquierda auténtica no tienen buen recuerdo del periodo del capitalismo industrial, incluida la edad de oro con que terminó. Pero, al menos, era un tiempo en el que se sabía cómo oponerse, tanto a la patronal como a sus acólitos en la clase política. La oposición en el frente social tenía forma de duras negociaciones entre trabajadores y empresarios, lo que en el Frente de Izquierda se denomina aún establecer una “relación de fuerza”. Para negociar en condiciones favorables, los sindicatos recurrían a la huelga o a grandes manifestaciones, mientras que la patronal se dedicaba a chantajear con el empleo. Los intereses, necesariamente en conflicto, de asalariados y empresarios fundamentaban también la polaridad del campo político en el que unos y otros podían contar con partidos consagrados a sus causas.

En esa época, el mercado de trabajo constituía el lugar por excelencia de los conflictos sociales y de la creación del valor económico. Del precio que se atribuía a la fuerza de trabajo dependía el reparto de la plusvalía entre asalariados y dividendos, de suerte que la capacidad de negociarlo al alza era fundamental para hacer que la economía capitalista fuera más igualitaria, por no decir para minar sus cimientos, puesto que, según Marx, la supervivencia del sistema pasaba por una explotación creciente de los trabajadores.

Pues bien, precisamente para escapar a esa suerte funesta, el capitalismo se reinventó a comienzos de los años ochenta. En efecto, en unos pocos años, su centro de gravedad se desplazó del mercado del trabajo, es decir, el lugar en el que la fuerza de trabajo se constituye en mercado, a los mercados financieros, es decir, el lugar en el que las   iniciativas se convierten en activos. Dicho en otras palabras, a partir de entonces no son tanto los empresarios como los inversores quienes gobiernan. Los primeros siguen, sin duda, obteniendo beneficios, es decir apropiándose de una parte del producto superior a los gastos mediante la reducción de los costes laborales. Pero deben plegarse a las exigencias de los segundos, pues tienen la prerrogativa de conceder créditos, es decir, de seleccionar las empresas que merecen ser financiadas.

La izquierda no se ha recuperado de ese cambio de régimen, al menos hasta la reciente victoria de Syriza. Hay que precisar que, en los mercados financieros, el arte de la negociación, en el que los sindicatos han aprendido a brillar, es de poca utilidad. A diferencia de las mercancías que circulan en otros mercados –incluido el mercado laboral–, el valor de cambio de los títulos financieros no procede de la negociación entre compradores y vendedores, sino de la especulación de los inversores sobre su rentabilidad futura. Si obtener beneficios depende del mercadeo, son las apuestas las que determinan el crédito.

En consecuencia, para entrar en los mercados de capitales y así poder modificar las condiciones de los créditos –y en el caso que nos ocupa, para lograr que el bienestar de un pueblo se valore más que su disposición a desangrarse para reflotar el sistema bancario– se necesita la aparición de unos políticos capaces de especular por cuenta propia. Pues bien, en menos de dos semanas, Yanis Varoufakis, se ha impuesto como el primero de ellos. Porque a pesar de lo que afirman muchos de sus admiradores, el ministro de Finanzas del nuevo Gobierno griego no negocia: especula y, lo que es más, obliga a sus interlocutores a especular, a su vez, sobre sus intenciones. En lugar de mercadear sobre la reestructuración de la deuda griega, habla simultáneamente de la buena voluntad de cada uno y del riesgo de contravenir las normas.

Así, en lugar de mostrar una postura intransigente o, por el contrario, implorar clemencia, Varoufakis repite:

1) que sus propuestas son razonables y que tienen en cuenta tanto el futuro de Europa como el de Grecia

2) que tiene el mismo apego que sus socios europeos al poder de la razón y a la salvaguarda de la Unión y, por tanto,

3) que tiene plena confianza en el resultado de las discusiones en curso.

¿Quiere ello decir que, a pesar de lo que prometió Alexis Tsipras durante la campaña electoral, su ministro está abierto a llegar a un compromiso? ¿Está, por el contrario, convencido de que sus interlocutores se rendirán ante sus argumentos? Nadie lo sabe, y esta incertidumbre deja de piedra a la mayoría de los dirigentes europeos. Wolfgang Schaüble, el ministro de Economía alemán, intentó romper el sortilegio proclamando que su colega griego y él estaban de acuerdo en su completo desacuerdo. Pero inmediatamente, Varoufakis le respondió que, en realidad, no estaban ni siquiera de acuerdo en estar en desacuerdo: en otras palabras, que era posible que sus posturas no estuvieran tan alejadas. El gran apóstol de la austeridad tuvo entonces que confesar que, decididamente, no entendía lo que querían las autoridades de Atenas... Ni siquiera las medidas de represalia preventiva tomadas por el BCE –bajo la presión de Alemania– han alterado el tono del ministro griego: limitando el acceso de los bancos de su país a la liquidez, afirma sin pestañear, lo único que Mario Draghi quiere decir es que el tiempo presiona y que hay que darse prisa para encontrar una salida acorde con el interés de Europa.

Si la indescifrable seguridad de Yanis Varoufakis perturba a los políticos, las bolsas, por el contrario, suben cada vez que pronuncia la palabra confianza, lo que explica que incluso los Gobiernos más ávidos del rigor presupuestario duden a la hora de contradecirle. Y es que, desde hace ya mucho tiempo, los desgraciados inversores oscilan entre dos temores contradictorios: el de ver a los países prestatarios deshacerse de sus bonos y el miedo a la deflación –cuya causa son precisamente las políticas de austeridad– que, en caso de un impago de Grecia, se vería empujada hacia la depresión. No sabiendo bien a qué atenerse, los proveedores de fondos, que son muy emotivos, no pueden por menos que apreciar a un hombre que, en semejantes circunstancias, les asegura que, en su opinión, todo va a salir bien. Por la misma razón, se comprende que los otros dirigentes europeos no se atrevan a echar un jarro de agua fría sobre la confianza mostrada por Yanis Varoufakis: tributarios de los mercados financieros, no quieren a ninguna costa que éstos les consideren culpables de haber envenenado el ambiente.

En el plano de los contenidos, las propuestas formuladas por el ministro griego son totalmente acordes con su retórica. Por un lado, sostiene que el Gobierno de Atenas es demasiado "razonable" como para pedir la condonación pura y dura de la deuda, sobre todo porque semejante medida sería una demostración demasiado humillante del fracaso de las políticas que se han llevado a cabo hasta el momento. Pero por otro, dado su convencimiento de que todas las partes implicadas en la discusión comparten el sentido común, Yanis Varoufakis entiende que hay un consenso sobre la necesidad de un cambio de rumbo, siempre que los comanditarios de la difunta Troika salven la cara. En este sentido, propone dos fórmulas que pretenden ser un homenaje al sentido común, pero no por ello dejan de ser unas obras maestras de la ironía.

La primera consiste no en condonar la deuda y ni siquiera en aplazar sus vencimientos, sino en convertirla en obligaciones indexadas sobre el crecimiento de la economía griega. ¿Acaso no han proclamado siempre la Comisión y el Banco Central Europeo –sin olvidar el FMI– que el objetivo último de las medidas de austeridad que imponían a Grecia no era reflotar a los bancos delincuentes sino relanzar la actividad económica del país? Pues, vale, parece decir Yanis Varoufakis: a partir de ahora, los griegos pagarán a sus acreedores en proporción a la legitimidad de sus demandas.

En cuanto a la segunda propuesta, la operación de conversión de la deuda que utiliza como argumento es de otra naturaleza, pero también responde a las declaraciones de los capataces de la política europea. A éstos les gusta, en efecto, recordar a los griegos todo lo que deben a Europa: ¿acaso no han tenido los ciudadanos europeos que echar mano a sus bolsillos para sostener a un Estado a la deriva? En lugar de insistir demasiado en el hecho de que, en realidad, los préstamos acordados han servido fundamentalmente para salvar a los bancos griegos, y también a los alemanes y franceses, Yanis Varoufakis se afana en repetir: afirmo, en mi calidad de ministro, que Grecia no escatimará en su agradecimiento. Es más, una vez que su deuda se haya convertido en "obligaciones perpetuas", es decir, en títulos de deuda cuyos intereses se pagan "perpetuamente" pero el principal no se devuelve jamás, los griegos mostrarán un agradecimiento eterno al resto de Europa. Este argumento tiene como modelo el Don Juan de Molière que, en lugar de pagar lo que debe a Monsieur Dimanche, asegura a su acreedor que le estará eternamente agradecido.

Por cómicos que sean, estos dos modelos de resolución del problema tienen también a su favor su seriedad económica. Pero sobre todo, al tomar la palabra a los dirigentes de la UE, las dos fórmulas propuestas exponen a sus destinatarios al riesgo de dar la impresión de que se desdicen si se limitan a descartarlas de un plumazo. ¿Hasta qué punto es grave ese riesgo? Como siempre, la respuesta dependerá de las especulaciones que haya provocado.

No contento con apostar por la capacidad de contagio de esa confianza de que da muestras, Yanis Varoufakis se entrega también al arte de la especulación bajista. En efecto, su discurso está trufado de conjeturas sombrías. Así, frente a los expertos que aseguran que, debido a la transferencia de la deuda griega a las instituciones públicas, un Grexit no afectaría al sistema bancario del resto de los países europeos, se contenta con responder: "¿Están seguros? ¿Han consultado los balances de sus bancos?". Y añade a continuación que, como griego, a él no le da miedo el impago de su país –pues no podría caer más bajo–, pero sí le da como europeo preocupado por el bienestar de todos los pueblos de la Unión.

Más notable aún es la advertencia que Varoufakis hace específicamente al Gobierno alemán. Por una parte recuerda, para la indignación de sus detractores, que Alemania jamás devolvió su deuda de guerra a Grecia, como tampoco reembolsó el odioso impuesto con el que les extorsionó durante la ocupación. Ante la evocación de un pasado no tan lejano – y dado que los turiferarios de la construcción europea repiten sin cesar que toda su labor está inspirada en el recuerdo del mal absoluto que fue el nazismo–, el ministro de Finanzas griego añade que la justicia de su país está dedicada estos días a escándalos de menor envergadura pero más recientes, como las comisiones pagadas por numerosos industriales alemanes –quizá incluso con el apoyo de su Gobierno– para vender sus productos al pletórico ejército griego. (A este respecto, es curioso que entre las exigencias de la Troika nunca figurara la reducción del presupuesto militar de Grecia, ¡el cuarto de Europa!) Para Angela Merkel y su ministro de Economía, la apertura de esos juicios por corrupción tendría sobre todo el inconveniente de desmentir esa ecuación, arrogantemente lanzada por Berlín, entre austeridad económica y rigor moral.

Pero, por otra parte, Yanis Varoufakis, jamás invoca el pasado de Alemania sin articularlo inmediatamente con el futuro de Grecia. En el país al que me dispongo a volver, dijo en la capital alemana durante una rueda de prensa conjunta con Wolfgang Schaüble, la formación política que obtuvo el tercer puesto en las elecciones legislativas no es "populista", ni siquiera neonazi, sino simplemente nazi. Es más, sólo la esperanza de futuro que representa Syriza logró frenar su ascenso. En consecuencia, destruir esa esperanza significa exponer a Europa a la vuelta de aquello que la UE tiene por misión conjurar a toda costa. Y Varoufakis termina concluyendo que si se decidió condonar la deuda alemana para enterrar definitivamente a la bestia inmunda, sería tan absurdo como abyecto favorecer ahora su despertar negándose en redondo a las razonables propuestas del Gobierno de Atenas.

Más que dar una lección de moral política, el ministro griego quiere alertar a las autoridades alemanas de los riesgos que corren si persisten en su intransigencia: cuando se está a la cabeza de un Gobierno cuya sede se halla en Berlín, pregunta, ¿es realmente "razonable" exponerse a animar el auge de un partido nazi, aunque sea fuera del territorio nacional? Pero al mismo tiempo, a Yanis Varoufakis ni se le ocurre sospechar que Angela Merkel y Wolfgang Schaüble puedan dar muestras de tamaña irresponsabilidad en ese terreno. ¿No ha calificado, acaso, a la primera de visionaria y al segundo de potencia intelectual sin parangón entre los dirigentes europeos?  En resumen, una vez más reina la confianza, y allá la canciller y su tesorero si se arriesgan a traicionarla.

Ya se dedique a exponer su fe en la disposición de sus socios a salir del callejón sin salida o a inculcar a su público la idea de que las instituciones europeas no pueden hacer oídos sordos a las necesidades del pueblo griego sin poner en peligro al conjunto de las poblaciones que tienen a su cargo, el exprofesor de Economía de la Universidad de Austin es el primer político de izquierda que opera en el campo de la especulación. "V de Varoufakis" se leía en una pancarta durante una manifestación de apoyo al Gobierno de Alexis Tsipras, un nombre que enseguida se ha convertido en el de una página de Facebook dedicada a las actuaciones y gestos del ministro. ¿V de victoria? Sería muy arriesgado sugerirlo. Pero V de viraje, no cabe duda: pues, a una izquierda dividida entre el fútil lamento por la hegemonía de los especuladores y la vergonzosa sumisión a su yugo, Varoufakis ha opuesto la convicción de que es posible otra especulación. Es de desear que logre numerosos émulos.   

 

Traducción de María Cordón.

Michel Feher es filósofo, cofundador de zone books, NY and Cette France-là, Paris; actualmente enseña en la University of London, Goldsmiths.

http://blogs.mediapart.fr/blog/michel-feher



             

 

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Michel Feher

es filósofo, cofundador de zone books, NY and Cette France-là, Paris; actualmente enseña en la University of London, Goldsmiths.

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