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Pobres otra vez

Una mujer legal

María José. 53 años. Cartera comercial. Barrio de La Prosperitat. En 2007 ganaba 1.700 euros. Hoy no llega a mil.

Guillem Martínez Barcelona , 5/03/2015

Malagón

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-EL ÁRBOL DE LA VIDA. Y DE LA MUERTE. Barcelona. Metro. Voy al populoso barrio de La Prosperitat, a hablar con María José. De dinero. Bueno, no. De su sueldo. El sueldo no es dinero, propiamente. El dinero es una suerte de fruto. Unas personas lo tienen en casa, en una suerte de frutero. Otras, las más, lo recolectan de un árbol, llamado salario. Aprovecho que aún me faltan otros 10 minutos para llegar a La Prosperitat para explicarme a mí mismo lo que sé de ese árbol. Como estoy en el subsuelo, opto por el método arqueológico y me remonto al siglo III AC. 

-HISTORIA DE UNA CIUDAD Y DE UN SALARIO. Donde ahora miras y ves Barcelona, hasta hace poco se suponía que había cuatro íberos layetanos. Ahora se sabe que no eran cuatro, sino la tira. Practicaban el comercio. Cerca de la costa se han encontrado silos grandotes. En cada uno cabe lo que podía contener un barco griego. Los griegos eran unos tipos listos. Se llevaban el grano a cambio de cerámica y vino. En un primer momento era cerámica chachi. Pero luego fueron dando el cambiazo. Según vas subiendo en los estratos arqueológicos de las excavaciones, la cerámica es cada vez de menor calidad. Posiblemente, como el vino. La cerámica de los estratos más modernos es sólo útil para bailar sirtakis, crash. Los griegos, en fin, hacían con los íberos y la cerámica lo que los comancheros de las pelis con los comanches y el agua de fuego. Tomar el pelo. Luego vinieron los romanos, que hicieron parecer a los griegos unos filántropos. Fundaron una colonia, el tipo de urbe romana más cutre, y la llenaron con exlegionarios itálicos. Venía de luchar contra los cántabros y tenían síndrome del norte. Introdujeron algo que hasta entonces sólo se había intuido: el sistema monetario. Luego vinieron los visigodos. Construyeron la última brutalidad que les faltaba por ver a aquellos nativos. Un palacio real. Y los árabes. Y los francos. En el medievo empezó a brillar con luz propia una estructura barcelonesa propia. Los gremios. Había gremios para todos los oficios. Incluso para el de mendigo. Los gremios lo regulaban todo. La vida privada y la vida pública. Fijaban, por ejemplo, todos los tramos de sueldo en un oficio, o que un aprendiz durmiera en el suelo de la tienda o la factoría. En el siglo XVIII, tras una guerra civil en la que España perdió sus posesiones industrializadas en Europa, Barcelona ve el filón e inicia un proceso de industrialización febril. Es una ciudad derrotada, rodeada por dos fortalezas militares, que periódicamente atacan a la ciudad, y estrangulada por una muralla del siglo XIII. En pocas hectáreas, una ciudad más densa de lo decoroso amontona viviendas insalubres y fábricas. La tira de fábricas. Lo bueno de las fábricas es que pagan bien, y envían al garete los gremios. No ordenan a sus obreros cómo vivir, cómo vestir, dónde dormir, cuándo casarse. Resultan idílicas.  

-ME IMAGINABA QUE LA PROSPERITAT ESTABA MÁS CERCA. En los años 30 del siglo XIX, al parecer ya no son tan idílicas. Se produce entonces una revolución liberal en Barcelona. Los fabricantes, liberales, están contentos. Hasta que algunos obreros se alejan de la fiesta y queman una fábrica, la joya de la corona, el primer vapor de la península. Algo pasa. Sucede que Barcelona está mal ubicada. Carece de carbón y de una capacidad competitiva frente a otros focos industriales europeos. El beneficio se extrae del sueldo de unos obreros, que cada vez compiten con más y mejores máquinas, más baratas que ellos. Hasta los años 50 del siglo XIX, se incrementa la tensión entre personas, sueldos y máquinas. También, vía sueldo y acceso al trabajo, se incrementa la miseria. Ildefons Cerdà, el urbanista que creó el ensanche de Barcelona, un socialista utópico militante del emergente radicalismo federal, hizo una encuesta sobre hábitos de la clase obrera barcelonesa, para corregirlos vía urbanismo.

Gracias a ella sabemos que una familia invertía su sueldo en el alquiler de una habitación, en ingerir carne –casquería- una vez a la semana, y en sustentarse el resto de los días con pan, fabricado en parte con serrín. En los siguientes años se funda el primer sindicato de la península, se produce la primera huelga general por aquí abajo. Un general que se llama Zapatero imprime un nuevo talante en la situación y fusila, por primera vez, a un líder sindical. Por el mismo precio, practica los primeros fusilamientos masivos de civiles con tecnología local. Se trata de huelguistas. Los mata en mitad de Las Ramblas, para dar escarmiento, dice. En 1868, con la primera revolución democrática, esos obreros salen del armario. Sabemos que leen a Proudhom, que se autodenomina socialistas y que son republicanos y federales. Con la Restauración, se retoma la represión, esa cosa que garantizaba que el éxito industrial barcelonés se sustente en el sueldo de los obreros, que no da para mucho. Los obreros, a su vez, no ganan ninguna huelga ni adquieren ninguna mejora, salarial y de las otras, hasta 1910, cuando nace un nuevo sindicato, la CNT –el grueso del tiempo, hasta la República, será ilegal-, que no utiliza las cajas de resistencia. Hace las huelgas a pelo, algo dramático, pues no hay sueldo ni dinero para resistir. Es brutal. Pero, por fin, efectivo.

La vida de un asalariado era, en general, más brutal que efectiva. Verbigracia: para solucionar el problema de la vivienda nace en esta época un nuevo negocio en la ciudad. Se trata de una habitación con una cuerda gruesa de pared a pared, a la que un obrero soltero puede acceder a dormir. Para ello, a cambio de unas monedas, se cuelga de la cuerda a través de los sobacos. Y duerme. En 1919 el nuevo sindicato gana algo inusitado, tras 44 días de huelga salvaje. La jornada de 8 horas. Varios centenares de obreros sindicados mueren en la siguiente década, a manos de pistoleros de una patronal que confía sus beneficios en jornadas largas y salarios cortos. La primera huelga durante el franquismo se hizo y se ganó en 1943, justo después de lo de Stalingrado. Una fábrica de mujeres ganó una mejora salarial. En los años 60 nace un nuevo sindicalismo. Se importa de Asturias. Se trata de una comisión de obreros que se forma ante un conflicto puntual, y negocia con la patronal, respaldada por una huelga. Acostumbran a ganar. Entre los años 60 y 70 se produce un pico de conflictividad laboral en Europa.

Barcelona y el resto del Estado se suman a ese pico. Y lo prolongan unos años más que en Europa. Hasta los Pactos de la Moncloa, firmado por los sindicatos, cuando se produce un descenso absoluto de conflictividad laboral. Y una progresiva institucionalización de los sindicatos. En 2015 están tan institucionalizados que se descubre que CC.OO., la institucionalización de aquellas comisiones de obreros de los 60’s, ha cobrado de la banca a cambio, se supone, de evitar conflictos. En los 80’s se produce un proceso de desindustrialización, sugerido por Europa. Seat, la empresa emblema de Barcelona, se vende a una firma alemana por un precio simbólico. Los sindicatos no protestan. O sólo protestan. En el siglo XIX las fábricas estaban en tu calle, hasta la Guerra Civil en tu barrio. En el franquismo, ya no estaban en tu barrio. Hoy no se sabe dónde están. Vas por la calle y no sabes dónde trabajan o qué cobran los transeúntes. He quedado para hablar de todo ello, es decir, de su salario, con María José, aquí, en LA Prosperitat. Donde, yupi, ya he llegado. Con 20 minutos de retraso. 

-MARÍA JOSÉ Y LAS ESTADÍSTICAS. A la salida del metro me encuentro con Maria José. Es una mujer sobre la cincuentena, bajita, con cara divertida que, en este preciso instante, modula el rostro de alguien que ha estado 20 minutos esperando a alguien. Le pido disculpas. Me las acepta. Nos vamos a comer a su casa. Ella cocina. Yo pongo el vino. La idea es que me explique su vida, que me explique lo que le ha pasado a su sueldo y a ella. Las estadísticas no lo explican. Las estadísticas, en fin, son como los bikinis: enseñan cosas importantes, pero esconden lo fundamental. Por ejemplo, si en un matrimonio formado por un hombre que gana 2.000 euros, y una mujer que gana 1.000, ella pierde el trabajo, la media de los sueldos de esa casa, en términos oficiales, pasará de ser 1.500, a ser 2.000 (se dividen los sueldos por el número de sueldos). Que tiene guasa. Otros indicativos estadísticos, tienen, no obstante, menos gracia. España es el país del mundo con mayor desigualdad salarial, aumentada con la crisis. La crisis, al parecer, lo ha cambiado todo. La punta salarial española se produjo en 1993, un momento en el que el sueldo medio consistía en 21.079 euros anuales. En 2009, con la crisis, el sueldo medio era de 20.920. En 2013, glups, de 18.505. Las cifras oficiales de la caída salarial se fijan en torno a un 12% desde que empezó la crisis. Pero eso es una media. Los directivos, en el mismo periodo, han sufrido una rebaja media del 4,75%, mientras que la rebaja en los asalariados jóvenes ha sido del 28,7%, que se dice pronto.

Cuesta saber, en verdad, qué recogen del árbol salarial los asalariados. Por ejemplo, antes de la crisis, los asalariados dependientes de un convenio eran 5 millones. Ahora son poco más de 3,5 millones, un 44% menos. Lo que indica que hay asalariados que han dejado de existir, o que resulta difícil saber lo que cobran realmente. Más datos de peli de miedo, que orientan sobre una reducción salarial más severa de lo apuntado: el 12% de los asalariados están en peligro de exclusión –preciosismo que se podía traducir como a punto de irse al guano-. Es un porcentaje sólo superado por la Marca Grecia y la Marca Rumania, y que cuadra con este otro dato escalofriante: desde 2008 España es el segundo Estado en la cabeza de la desigualdad social, echándole el aliento a Letonia, ese laboratorio de la humanidad. Esta mañana a primera hora, un 1% de ciudadanos posee la misma riqueza que el 70% de la población. Socorro. María José y yo seguimos caminando. Para romper el hielo, nos ofrecemos un cigarrillo a la vez. Hablamos de la vida. Descubrimos que hemos cambiado de marca de tabaco varias veces, desde 2008. Yo, incluso, en algún momento, he intentado fumarme un pie. De pronto, María José dice, categórica: “Ya hemos llegado, esta es mi casa”.

-EL 70%. María José vive con su hija, Clara, de 24 años. “Vivía con su pareja, pero ahora ha vuelto. Precisamente ahora”. Y le echa una mirada de dibujos animados a su hija. María José y Clara optan por esa forma de quererse del Sur, que consiste en no decir te quiero. Mola. Clara, la hija, estudia. No tiene ingresos, salvo una pensión de orfandad de poco más de 100 euros. En España se le llama pensión a lo que en otras culturas se le denomina a cuando alguien se equivoca a tu favor con el cambio. Estaba a punto de empezar a trabajar como monitora en un comedor escolar. Pero entonces, zas, empezó a haber recortes en los comedores escolares, cada vez con menos niños. Me voy con María José a la cocina, a ultimar la comida. Estofado de sepia. A mí me toca cortar las patatas. Como todas las mamás en el trance de hacer estofado, María José quiere las patatas rotas, no cortadas. Estoy en ello, mientras me explica su trabajo. Es cartera. O paracartera. O cartera comercial. Trabaja para una gran empresa del sector. Ficha a las 6 am. De 6 a 8 se lo pasa clasificando cartas. A las 8.30 desayuna. A las 9 ya está en la calle, repartiendo. Hasta las 15.00. “Es el trabajo de un cartero, con menos peso, pero con más área a repartir. Camino mucho”. Ella empezó a trabajar en los 90. Hasta entonces el reparto lo hacían hombres. Al principio, pagaban muy bien. Un hombre se podía sacar 10.000 de las futuras pesetas en un día de reparto. Ella empezó como auxiliar de reparto. Cobraba 16 pagas de 90.000 pesetas, algo menos que los hombres. Y con horarios manguis, que le hicieron perderse parte de la infancia de su hija. En el 2000 la hicieron fija. Unos 1.000 euros al mes. “Pero entonces vino el euro, el redondeo y aquella subida de precios descomunal. No podía ahorrar”. Aun así, la vida mejoró. En verano se iba de vacaciones –“las pagaba a plazos”- con su hija. Su vida y la educación y el cuidado de su hija ganaron calidad. Con la crisis todo cambió.

-LO LEGAL TAMBIÉN MATA, Y ENGORDA. En 2010 aún no eran perceptibles los ajustes salariales. Ella, por entonces, cobraba 1.700 brutos. “No estaba mal. En mi empresa hay varias escalas salariales. Yo estoy en la más alta. En la más baja se cobran de 700 a 800 euros”. Al año siguiente, en 2011, aún hubo una subida salarial. Fue la última. En 2012, la plantilla sufrió un ERE parcial. EN 2013 una bajada salarial del 10%, y en 2014, otra de otro 10%. Esta mañana a primera hora cobra 1.400. Suena a sueldo apañado, pero no lo es. Las pagas extras trimestrales han quedado incorporadas al salario. Y, por otra parte, la realidad de su salario no se entiende sin el concepto ERE parcial, que me explica. “En 2010, antes de la última reforma laboral, se nos aplicó un ERE temporal. Poca cosa, 1’30 horas diarias, que te las pagaba la Seguridad Social sin ninguna contrapartida”. Posteriormente a la reforma, ese tipo de ERE temporal, ese tiempo en el que no trabajas, te lo sigue pagando la Seguridad Social, pero a costa de tu prestación por desempleo. Vamos tú mismo te pagas tu sueldo. En el caso de María José, tres mensualidades al año. En 2012, hubo ERE temporal durante tres meses. En 2014, cada dos meses de trabajo normal, pasaba un mes de ERE temporal. Además de consumir su hipotética futura prestación por desempleo, la situación adquiere otros barroquismos. “Al trabajar para dos empleadores, pues se considera que la Seguridad Social es mi empleador en los meses de ERE temporal, Hacienda nos aplica otros baremos”. Así, en 2013, por primera vez en su vida, no recibió ningún tipo de devolución en su declaración de IRPF, y el año pasado, también por primera vez, tuvo que pagar a Hacienda. “Si juntas esos pagos a la rebaja real de tu sueldo, se te queda en 1.000 euros”. Pagados, además, de manera desordenada. Los meses de ERE temporal, en los que tu pagador es la Seguridad Social, y no tu empresa, los pagos se realizan el día 5. “Para entonces, los que pagan hipoteca, ya la tienen impagada, por lo que han de sumar a su rebaja salarial la sanción del banco”. 

-LA VIDA DEL 70%.  María José me explica la vida de una persona que ha pasado, en cinco  años, de ganar 1.700 euros mensuales a ganar, efectivamente, 1.000. “Recibo ayuda puntual de la familia. Los sábados, mi hermana se pasa por aquí y nos trae la carne que comemos. Ella no tiene hijos”. Ha sufrido pobreza energética, es decir, cortes de suministros. “Permito que me corten el teléfono, cuando no puedo pagarlo. Pero una casa no puede estar sin agua y sin luz. Cuando no he podido, he tirado de Visa, o he pedido a la familia. Debo algún recibo de escalera”. Esas deudas son, también, otra rebaja salarial extra. María José me enumera más cambios en su vida. “Hace dos años que no tenemos dentista. Compramos poca ropa, y en rebajas. La comida la compro en Mercadona o en Dia, dependiendo de las ofertas. No hay Navidades. No hay Reyes. Bueno, algo para mi hija siempre cae. Nada más”. Le pregunto cómo hubiera sido nuestra comida, la comida que me ha guisado –por cierto, estupenda-, si nos hubiéramos conocido antes de 2010. “No hubiera sido congelada”, me dice.

-HISTORIA DE UN PAÍS Y DE UN SALARIO. En 2007 se inició una crisis financiera. El Gobierno rescató a la banca. Eso supuso el fin del bienestar. Una forma de democracia que aquí abajo duró una treintena de años. La crisis económica afectó en primer lugar a la construcción. Se vieron niveles de desempleo como no se veían desde que, en los 80, España se desindustrializó. Un indicativo de que la única industria posterior a aquella barbarie fue la construcción. En esta crisis, no se han creado modelos que den trabajo a esas personas. Es más, se ha emitido legislación laboral que recorta derechos y salario. La sensación es que el sueldo vuelve a ser la mayor fuente de beneficios para las empresas. Que nos dan cerámica chunga en vez de cerámica buena. Que nos tratan como los comancheros. Que nos dicen dónde tenemos que dormir, y que a veces no es en casa. Los sindicatos vuelven a no tener cajas de resistencia. Pero porque ya no saben lo que es una caja y la resistencia. Parece que todo el mundo ha olvidado que sólo se vive una vez. Antes de irme de su casa, María José me explica cómo vive esa única vez: “Tengo miedo. Tengo 53 años, cotizo desde los 14 y me veo anciana y con una mano delante y otra detrás. Trabajo y soy afortunada por ello, pero la situación es insostenible, y no creo que llegue a la jubilación”. Me formula, con esa sobriedad de las mujeres –los hombres somos más reacios a mirar de frente el mal rollo-, con estas palabras, que tal vez dibujan ese nuevo tipo de asalariado que se está imponiendo desde 2007, cuyo sueldo no se ajusta al esfuerzo invertido y a las necesidades cotidianas: “Antes, siempre estaba en la calle. Hoy, no salgo. No tengo dinero y no quiero que me inviten. No me muevo. Me he engordado. Lo único que hago, mi única vida social es ir a las manifestaciones”. La Prosperitat. Barcelona. Metro.

-EL ÁRBOL DE LA VIDA. Y DE LA MUERTE. Barcelona. Metro. Voy al populoso barrio de La Prosperitat, a hablar con María José. De dinero. Bueno, no. De su sueldo. El sueldo no es dinero, propiamente. El dinero es una suerte de fruto. Unas personas lo tienen en casa, en una suerte de...

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Autor >

Guillem Martínez

Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo), de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo) y de 'Caja de brujas', de la misma colección. Su último libro es 'Los Domingos', una selección de sus artículos dominicales (Anagrama).

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