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TRIBUNA

Contra todos los integrismos

Juan Antonio Cordero 12/03/2015

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Es probable que, examinados retrospectivamente y con la suficiente distancia, los atentados del pasado enero en París sean considerados la señal definitiva de una mutación profunda, largamente gestada, en el seno de la sociedad europea: uno de esos momentos fundadores que no producen la Historia, pero parecen condensarla. Por dos motivos. En primer lugar, porque la secuencia que inaugura confirma la consolidación del integrismo como factor determinante, endógeno, en el debate público, y su presencia perdurable como amenaza social y política en la escena europea. En segundo lugar, porque la manera de afrontar colectivamente el reto que se plantea puede condicionar poderosamente, para bien o para mal, el imaginario de la comunidad política y democrática que lentamente se fragua en Europa.

Los ataques terroristas de París no han sido ni los primeros ni los más sangrientos sufridos en territorio europeo. Atocha, Londres y Utoya evocan tragedias cuantitativamente más devastadoras, pero cuyas implicaciones políticas fueron todavía leídas más en clave local/nacional que en clave europea. No ha sido exactamente así en las matanzas de París: sin que la lectura nacional se desvaneciera completamente, buena parte de la opinión pública europea pareció súbitamente asumir que el terrorismo integrista, lejos de ser exclusivamente un problema interno y nacional de los países en que golpea, supone también un desafío específicamente europeo. Es decir, ligado a las condiciones históricas y geográficas del Viejo Continente e inscrito en sus dinámicas sociales y políticas. Algo que confirmarían los acontecimientos posteriores: los ataques abortados in extremis por la policía belga, tan sólo unos días después de la gran manifestación republicana en París; los más recientes atentados de Copenhague; o, a otra escala, el repunte del antisemitismo, la proliferación de ataques contra mezquitas en Francia o las masivas concentraciones xenófobas y anti-inmigración en Alemania.

No estamos ante una sucesión de anécdotas más o menos trágicas, sino ante una “nueva normalidad”: el integrismo y la extrema intolerancia forman ya parte del paisaje. No sólo por los ataques en sí, sino también por los entornos sociológicos, culturales, ideológicos en Europa en los que la comisión de estos atentados en nombre de Dios son concebibles, imaginables, respetables o justificables en algún grado; y que también forman parte del paisaje. Como lo forma también un clima de miedo, desconfianza mutua entre comunidades e intimidación difusa que afecta al núcleo de los derechos y las libertades cívicas fundamentales: hoy una persona puede ser asesinada en Europa por sus creencias, por sus opiniones, por su identidad o por sus manifestaciones. Y todos somos conscientes de ello. Pero si hay conciencia generalizada de encontrarnos ante un reto, no hay unanimidad sobre el tipo de reto, y menos aún sobre la forma de afrontarlo. Hasta el punto de que la controversia al respecto amenaza con desplazar el eje del debate público y hacer reaparecer una polémica que parecía superada en las sociedades europeas: el diagnóstico de fondo sobre el integrismo, y sus implicaciones políticas y sociales para la convivencia en una sociedad abierta, lleva camino de consolidarse como uno de los cleavages principales en el escenario político europeo de los próximos años.

El auge de diversas iniciativas xenófobas, nacional-populistas y anti-inmigración en toda Europa es un síntoma elocuente de este desplazamiento, que traduce la fragilización de antiguos consensos sobre la convivencia y la diversidad en sociedades complejas como las europeas. Pero, con todo, no es el síntoma más preocupante. Es más relevante la consolidación de una lectura identitaria/comunitaria del integrismo, que confunde deliberadamente inmigración, integrismo, inadaptación y delincuencia, en sectores cada vez más amplios de la derecha institucional, intelectual, política y mediática. De acuerdo con esta lectura, el terrorismo integrista es, en realidad, tan sólo una parte de un riesgo más amplio contra un “modo de vida”, unos “valores” y unas “costumbres” europeas, abusivamente asumidos como homogéneos entre la población autóctona europea (o asimilada); y puestos en cuestión –sigue el relato- por la creciente diversidad cultural de las sociedades europeas, por su mayor exposición a flujos migratorios integrados por personas situadas en unas coordenadas culturales irreconciliables, y por una relajación de los vínculos tradicionales que garantizaban la reproducción de esos “valores” en el seno de las sociedades europeas. Es decir, a una combinación entre desidia en el interior y presión desde el exterior contra la identidad cultural “europea”, concebida de forma unitaria.

Este relato constituye una seria impugnación al modelo de sociedad plural y abierta, que era relativamente consensual hasta hace poco en los grandes países de Europa occidental. Descansa sobre un doble movimiento, de “particularización” de elementos centrales del modelo cívico, social e institucional europeo (democracia, igualdad, libertad, secularización), y de “externalización” de las pulsiones integristas, extremistas o intolerantes, conceptualizadas como ajenas al universo europeo. Los primeros dejan de ser considerados valores de carácter ideológico, vocación universal y efectividad todavía insuficiente, para ser tratados como hechos objetivos, características particulares e inherentes a una cierta “identidad” europea. Las segundas son identificadas con fenómenos completamente exógenos, aun cuando ello choque con la evidencia de que ataques como los de París, Bruselas y Copenhague fueron organizados y ejecutados por ciudadanos nacidos, educados y socializados en Europa; educados en sus escuelas y, en no pocas ocasiones, radicalizados en sus prisiones (algo que supone un fracaso del Estado en toda la línea, y no sólo en sus aparatos represivos). En esta narrativa, el conflicto que plantea la emergencia del integrismo, y más particularmente el terrorismo de carácter integrista, no remite a un conflicto ideológico entre concepciones demócratas de la sociedad y un proyecto totalitario en el seno de esa misma sociedad; sino a un conflicto identitario entre “dentro” y “fuera”, entre comunidades compactas con universos e imaginarios culturales irreconciliables. Una explicación simplista y peligrosa, que cierra deliberadamente los ojos a la pluralidad interna de las sociedades europeas y la enorme heterogeneidad e imbricación de las “comunidades” (inmigrantes, musulmanes, etc.) implícitamente señaladas como exteriores.

Buena parte de la capacidad de penetración y arraigo de este discurso, que avanza con decisión desde el flanco derecho del espectro político, se debe al hecho de que ha sido el primero en reconocer la especificidad del problema integrista y en responder ideológicamente, de manera estructurada, a una percepción primaria y un malestar difuso, ampliamente extendido en la sociedad. Cualquier intento de combatir con eficacia, y desde la izquierda, esta lectura en clave de conflicto entre identidades o comunidades homogéneas pasa por un reconocimiento análogo de la realidad y la especificidad del problema: el integrismo no supone simplemente un problema de seguridad pública ni es únicamente un subproducto de la desigualdad socioeconómica, como durante demasiado tiempo han insistido la derecha y la izquierda institucionales. Antes que eso (y además de eso), supone un ataque frontal e ideológico contra la noción de sociedad plural y abierta, sus valores y sus instituciones, que ya está erosionando apreciablemente la calidad de la democracia en algunos de los principales países de Europa. Y por ello, requiere una respuesta específica y alternativa, incluyente y decidida, igualmente ideológica.

Esa alternativa no puede reproducir el esquema identitario resumido en las líneas anteriores, que en buena medida se inscribe en la misma dinámica de exasperación, desintegración y repliegue en la que el integrismo florece, debilitando el tejido cívico-democrático europeo. Es indudable que las sociedades y la democracia europea hacen frente a un reto que ha sido frecuentemente minusvalorado. Pero ese reto no tiene tanto que ver con una versión local de “choque de civilizaciones” sobre el terreno europeo, como con las convulsiones de una civilización europea sometida a múltiples encrucijadas y miedos crecientes, que erosionan certidumbres, desentierran nostalgias identitarias y reactivan mecanismos de frustración, exclusión y depuración que se habían dado por definitivamente superados. Por decirlo en otros términos, el enemigo principal no es ningún “otro” (inmigrante, musulmán, extranjero) sino una patología ideológica bien conocida, de la que el integrismo islámico es la expresión actual más sanguinaria – pero no la única.

Frente a la patología integrista, y también frente a su lectura en clave identitaria, la preservación de una sociedad plural y abierta requiere una reivindicación exigente de los valores básicos de ciudadanía y democracia europea. No por su carácter particular ni europeo, no por ser los “nuestros”; sino por su vocación universal, es decir, por la convicción de que son para todos. Ello incluye, además del obvio rechazo categórico a la intimidación terrorista y su chantaje, un compromiso intransigente con los derechos y las libertades públicas y las garantías cívicas, y en particular aquellas más directamente amenazadas por el integrismo: la libertad de expresión y manifestación en toda su extensión, la de conciencia, que incluye la libertad de creer tanto como la de no creer, la igualdad de género, la neutralidad identitaria de la esfera pública, la separación entre Estado y religiones y, sobre todo, la preservación del carácter común, igualitario e indivisible del espacio público, compartido entre todos los ciudadanos.

Este último aspecto tiene una importancia crucial, porque la fragmentación del espacio de común ciudadanía, la res publica, es el objetivo declarado de cualquier estrategia identitaria, ya sea de signo integrista o de otro tipo. Por buenas razones: la unidad de la comunidad política es una condición necesaria para la existencia de una democracia perdurable; su fragmentación es, por tanto, el primer paso para su disolución efectiva. En ese sentido, el desafío al que se enfrentan las sociedades europeas va mucho más allá de la intimidación terrorista, y se puede reconocer en las tentaciones, cada vez más frecuentes, de esencializar los conflictos políticos y sociales, volviéndolos difícilmente tratables con los instrumentos del debate y la confrontación democrática. Junto con las pulsiones integristas de carácter religioso o xenófobo, cabe reseñar los fenómenos nacionalistas, tanto los de carácter subestatal, orientados a romper o erosionar la unidad civil de Estados democráticos europeos; como los de carácter estatal, típicamente enfrentados al proceso de integración europea y opuestos a la construcción de una soberanía federal europea. Y la preocupación va más allá de estas organizaciones: son cada vez más los medios y las fuerzas políticas que flirtean con los estereotipos, las simplificaciones y las lecturas nacionalistas para abordar las controversias sobre el modelo europeo, en particular relacionadas con la estabilidad de la eurozona y el rescate de los países periféricos. Es un recurso relativamente fácil y muy tentador para políticos en apuros o comentaristas despistados. Pero resulta tan frívolo como irresponsable, sobre todo en una Europa que sigue teniendo en las escaladas nacionalistas e identitarias los preludios de sus episodios más trágicos.

La consolidación del integrismo y sus consecuencias en el paisaje europeo es un factor relevante de la recomposición general del panorama político que se vive en Europa en los últimos años. En un contexto europeo marcado por esta cuestión, y por el sufrimiento conjunto de París, Copenhague y tantos otros sitios, la izquierda europea no puede eludir la articulación de un diagnóstico y una respuesta propios, no subsidiarios, que hagan cumplir la promesa de una comunidad de iguales y preserven, fortalezcan y ensanchen la unidad cívica, republicana, sin la que no es concebible un espacio democrático pleno. El combate de la izquierda sólo puede ser el que libra en el interior de toda sociedad europea la democracia, en sentido extenso, contra todos los integrismos. De que este combate se plantee en sus justos términos y se gane depende en buena parte que el desenlace del incierto proceso de construcción europea sea una democracia europea plena, abierta y vigorosa, o una nueva Edad Media de sociedades fragmentadas, recelosas, contraídas hacia sí.

Es probable que, examinados retrospectivamente y con la suficiente distancia, los atentados del pasado enero en París sean considerados la señal definitiva de una mutación profunda, largamente gestada, en el seno de la sociedad europea: uno de esos momentos fundadores que no producen la Historia, pero...

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Juan Antonio Cordero

Juan Antonio Cordero (Barcelona, 1984) es licenciado en Matemáticas, ingeniero de Telecomunicaciones (UPC) y Doctor en Telemática de la École Polytechnique (Francia). Ha investigado y dado clases en École Polytechnique (Francia), la Universidad de Lovaina (UCL, Bélgica) y actualmente es investigador en la Universidad Politécnica de Hong Kong (PolyU). Es autor del libro 'Socialdemocracia republicana' (Montesinos, 2008).

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