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Folletín. Milton y Gismonti.

7. Visita a una exposición

Roberto Andrade 27/03/2015

Sandra Rein.

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Gismonti se había quedado enganchado a la manera con que el saxo tenor entraba en su solo, justo cuando la trompeta empezaba a borrarse y difuminarse. Era como si irrumpiera a hurtadillas, y conquistara de pronto todo el espacio, sin que a nadie le hubiera dado tiempo a darse cuenta. Ahí estaba, como un señor, y entonces doblaba la melodía en un montón de direcciones, haciéndole nudos imposibles de los que conseguía salir por arte de magia. Este Wayne Shorter es un prodigio, se dijo Gismonti cuando se dio cuenta de la pirueta que había conseguido grabar aquel caballero hace un montón de años. Así que decidió estudiar a fondo aquella maravilla y volvió a poner el tema.

Pero nada. Al rato se daba cuenta que de nuevo se había extraviado. Gismonti resoplaba un poco, detenía la reproducción, volvía atrás. El tema empezaba de nuevo y volvía a seguir el ritmo con la cabeza, muy atento al momento en que se soltaba la trompeta y pendiente ya del sigiloso asalto del saxo tenor. De nuevo, nada. Otro resoplido, el dedo enfurruñado dándole al stop, vuelta a empezar. La ola del estribillo lo animaba, se apretó las sienes con los dedos, todo concentración. Estaba ya a punto. Pero su cabeza volvió a irse por las ramas. Una vez y otra y otra. Detener el cacharro, volver una pista (incluso dos) hacia atrás e intentarlo de nuevo. Fue inútil.  

Era Ana la que lo tenía atrapado y ni siquiera el jazz conseguía ya liberarlo de sus garras. Le venían todo el rato los comentarios banales que le hizo de camino a la Casa de Campo, por ejemplo. O se quedaba pensando en la manera en que se había decantado por el tigre en el zoo. “Por la manera de andar”, había dicho. Eso le hacía sonreír. Y es verdad que el tigre, con esa imponente presencia que va luciendo y, en fin, con esas cachas que te tumbarían con sólo rozarte, tiene al mismo tiempo una desenvoltura que produce envidia. Esa agilidad. Mueve el culo como las modelos en las pasarelas, se decía Gismonti, y se sentía de nuevo en medio de una conversación con Ana. Pero habían pasado ya un par de días y no la había vuelto a ver. Igual todo se había quedado exclusivamente en eso. Aquel paseo, y punto.

Eso le producía de inmediato un escalofrío, que le entraba por la punta de la coronilla y le bajaba directa por la columna hasta partirse en dos y terminar perdiéndose, ya más debilitado el zurriagazo, por las suelas de sus zapatos. No voy a acosarla, se dijo Gismonti, e ir a buscarla y decirle cosas y todo eso. No, eso no serviría de nada.  Podría llegar a pensar que pretendo seducirla cuando lo que yo de verdad quiero es que esté loca por mí. ¿Y entonces? ¿Cómo volver a verla, cómo encontrársela por casualidad y estar en la disposición adecuada para que Ana se le echara en los brazos y le dijera (por ejemplo) que dónde diablos se había metido? A Gismonti se le abrió el rostro de pura alegría al imaginar esa hipótesis y volvió a perderse una vez más el solo de saxo tenor.

La oficina se convirtió durante la semana en un pequeño infierno. El lunes Gismonti se había presentado con la dicha de quien llega directamente a casa de Ana, y sólo al sentarse delante de su ordenador se dio cabal cuenta de que no estaba en el salón de su dama sino en un edificio impersonal donde las posibilidades de encontrarla eran bastante reducidas. Sabía dónde trabajaba, pero eso se lo prohibió desde el principio, lo de ir a asaltarla. Nada de forzar las cosas. Eso es lo peor. Tenía que ocurrir como la otra vez. La vio en una cafetería, habló con ella. En fin, lo normal. Lo natural. Lo que sale sin necesidad de recurrir a los fórceps. El martes se fue a desayunar al mismo sitio donde la vio de lejos sola y donde la abordó la vez anterior. No estaba.

El miércoles ejercitó todas las maneras de hacerse el encontradizo. Sabía cuáles eran los pasillos que Ana recorría para llegar a su puesto de trabajo en la tercera planta. No era la suya, claro, pero fingió que podía necesitar algún certificado de la gente de personal que andaba por allí. Así que visitó muy decidido varias veces la zona: enfilaba el pasillo con determinación y cuando se acercaba a las puertas por las que se entraba al lugar donde estaban distribuidas las mesas de los currantes frenaba en seco, daba un giro de 180 grados y regresaba por dónde había venido. No vio a Ana ni una sola vez. Así que el jueves optó por el procedimiento zen. No movió un solo músculo. No pasó nada. Más escalofríos.

El viernes Ana apareció de pronto. No la vio llegar. Gismonti trabajaba en una mesa, frente a la de Rodríguez, justo de espaldas a la entrada. Había advertido que su compañero levantaba la cabeza del ordenador, pero al final al que se dirigió la voz fue a él, y era la voz de Ana. Dijo: ¿qué, me acompañas a una exposición mañana? Gismonti se volvió. Tenía los labios pintados de rojo, le estaba sonriendo y agarraba su bolso con las dos manos, un bolso relativamente pequeño, de color amarillo. De una amarillo pálido. Le dijo de inmediato que sí.

Era una exposición de fotografías. Ana le adelantó que se trataba de un tipo magnífico, y le sugirió que se fijara en sus retratos y en sus escenas callejeras. “No sé cómo mira pero consigue que en la ciudad se produzcan unas situaciones que ni preparadas”, le comentó. Gismonti se había estudiado un par de frases sobre la luz, para deslumbrarla, y esperaba encontrar el momento idóneo para encajarlas en la conversación como quien no quiere la cosa.

No había mucha gente. Pero la visita se complicó enseguida. Estaban ahí, en la primera sala, tras haber leído la sumaria biografía que presentaba al fotógrafo y se disponían a observar las imágenes de su periodo de formación. Fue entonces cuando entró un peculiar grupo. No eran muchas personas, unas siete, el caso es que debían de estar realizando alguna actividad de formación o, cuando menos, de entretenimiento. Ana se dio cuenta de inmediato de que se trataba de enfermos mentales. Los que debían ser los monitores les hablaban un poco más alto, que se fijaran bien en las fotografías, que no las tocaran, este tipo de advertencias. “Yo no puedo, yo no puedo con los locos; te espero fuera”, le dijo. Y salió a la velocidad máxima que le permitían los tacones de sus zapatos.

Gismonti consideró que debía quedarse, una estampida generalizada de los visitantes hubiera sido una muy mala señal para los esforzados responsables de aquella iniciativa. Empezó a caminar, interesado por los retratos, los paisajes, las naturalezas muertas, y procurando concentrarse. Uno de aquellos locos se le cruzaba cada vez que estaba delante de una fotografía, doblando un poco las rodillas para pasar justo por debajo del marco y no interrumpirle la contemplación; luego se detenía a unos pasos y lo observaba sonriendo (y vuelta a empezar en la siguiente). Hubo otro que se le plantó al lado, con las manos en la barbilla, y miraba cada imagen y luego se dirigía a él moviendo solemnemente la cabeza. Pero a Gismonti el que más le llamó la atención fue uno que se quedó desde el principio mirando en mitad de la sala un detector de humos. Tal era su interés por aquel cacharro que colgaba del techo que no tardó en acompañarlo uno de sus compañeros. Viendo aquellas dos figuras tan ensimismadas en la contemplación de nada, Gismonti comprendió que tocaba retirarse.

Ana lo estaba esperando.

 

Gismonti se había quedado enganchado a la manera con que el saxo tenor entraba en su solo, justo cuando la trompeta empezaba a borrarse y difuminarse. Era como si irrumpiera a hurtadillas, y conquistara de pronto todo el espacio, sin que a nadie le hubiera dado tiempo a darse cuenta. Ahí estaba, como un señor, y...

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Autor >

Roberto Andrade

Nació y creció en Tangerang, un pueblo de Indonesia, leyendo todo lo que caía en sus manos, de prospectos de medicamentos a novela rosa, y cultivando secretamente su pasión, la polka. A los 33 años se fue a vivir al extrarradio de París, donde trabaja como carterista, y desde donde lanza sus 'Encíclicas para nadie' en forma de postales y telegramas que escribe a personas de forma aleatoria, dejando caer un dedo sobre el listín telefónico, y tiene un bulldog (francés) que se llama Ricky.

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