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Paso di Gavia, 1988: El día que los hombres lloraron

José Antonio Pérez 8/07/2015

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"La dificultad, no está en ese corto recorrido sino en el enorme coloso que tienen que ascender y, sobre todo, descender los corredores".

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Ha saltado del pelotón hace unos pocos kilómetros, al comienzo de aquel puerto interminable que por momentos desaparece de su vista bajo la nieve. Lo ha hecho con la fuerza y determinación de quien se juega su carrera a una sola carta. Johan van de Velde es ya un ciclista veterano que encarrila el final de una trayectoria errática y declinante. Pedalea con fuerza enfundado en la magglia ciclamino. En el coche del director de la prueba, el viejo Torriani sonríe. Lleva al frente de la dirección del Giro media vida, desde finales de la década de los años cuarenta. Durante los últimos años ha sido acusado de recortar las cimas más duras del Giro para beneficiar a los rodadores y contrarrelojistas italianos en detrimento de los escaladores. “Si querían espectáculo yo se lo daré, si querían sangre yo les enseñaré lo densa y roja que puede ser sobre la nieve”, piensa para sus adentros. 

Se trata de una etapa corta, de apenas ciento veinte kilómetros de distancia. Pero el problema, la dificultad, no está en ese corto recorrido sino en el enorme coloso que tienen que ascender y, sobre todo, descender los corredores. Aquel gigante, Passo di Gavia, tiene 2.618 metros de altura y acumula 1.300 metros de desnivel, una montaña de verdad, con una pendiente que supera el 8,5% de pendiente media en sus últimos catorce kilómetros de distancia. Pero eso son solo números --terroríficos, sin duda-- en una etapa tan corta, por la presumible velocidad a la que se va a subir aquel puerto, pero simples números si se comparan con las condiciones meteorológicas del día, un terrible 5 de junio de 1988 que los amantes del ciclismo no olvidarán mientras tengan memoria, y con aquellos últimos kilómetros del Gavia sin asfaltar. Tierra oscura que a estas alturas de la etapa ya se habrá convertido en un lodazal inmundo, como aquellos que reflejan las viejas fotografías de los años treinta. Los cambios técnicos que se han introducido en las bicicletas, los nuevos pedales y cambios automáticos, aquellos desarrollos que facilitan las escaladas, los recortes de las etapas de montaña y esos tratamientos médicos que hacen “milagros” han convertido el ciclismo, dicen, en un espectáculo menor, donde los ciclistas solo atacan de verdad cuando conecta la televisión italiana. Torriani rumia su venganza tras los cristales del coche de la organización. “El pueblo de Roma adora el circo. Yo les daré unos buenos juegos que no olvidarán jamás”. El parte meteorológico ha anunciado un empeoramiento del tiempo a partir de los 1.500 metros de altura. Las previsiones y el buen juicio aconsejan anular el Passo di Gavia y la búsqueda de un recorrido alternativo, pero el director de la prueba ha decidido seguir adelante. El espectáculo debe continuar.

Todas esas cosas ya no preocupan a Johan van der Velde. Él pedalea hacia la gloria ensimismado, bajo una nevada que va desdibujando la carretera hasta hacerla desaparecer bajo sus pies entumecidos. Solo tiene una idea en su alocada cabeza. Coronar en primer lugar aquel coloso, sumar puntos para aquella preciosa maglia que viste y lanzarse a tumba abierta hacia la meta de Bormio. Lograr una victoria legendaria que ponga el broche final a una carrera que ha declinado durante los últimos años. Su debut en el campo profesional fue fulgurante. En 1980, su mejor año, ganó el maillot blanco que le distinguió como mejor clasificado entre los más jóvenes en la Grande boucle, venció en el Tour de Romandía, logró el Campeonato de Holanda de fondo en carretera, la Dauphiné Libéré, y cuatro etapas de la Vuelta a Cataluña. Fue una irrupción deslumbrante que pareció confirmarse durante los tres años siguientes, tras subir al cajón de los elegidos en los Campos Elíseos en la edición del Tour de 1982, donde ocupó el tercer escalón. Todo apuntaba entonces hacia la consolidación de un nuevo ciclista de élite, destinado a ganar la prueba francesa en muy poco tiempo, pero la cabeza de Johan es un infierno, un auténtico caos indescifrable. No ha dejado de deambular y dar bandazos desde entonces, descentrado, alternando actuaciones espectaculares con otras lamentables y desastrosas, impropias de un campeón. Los años ochenta han sido excesivos en todos los sentidos. A pesar de su quinto puesto en la edición del Giro de 1985 ya nada ha vuelto a ser como al principio y lo peor, entre el pelotón se ha ganado una merecida fama de ciclista alocado, impredecible, capaz de lo mejor pero, sobre todo, de lo peor, lo que incluye ser el responsable de algunas caídas. El mítico Bernad Hinault ha dicho de aquel holandés estaba destinado a ser su sucesor, si no fuera por su estúpida cabeza. No han sido exactamente sus palabras, sino algunas mucho más ofensivas que comparte el mundillo del ciclismo. Pero todo eso ha quedado atrás y hoy el tejón y todos los demás, sobre todo la prensa, se van a tragar sus palabras.

Cuando arranca en las primeras estribaciones del Gavia, el pelotón, que comienza a desgajarse en mil grupos, piensa que se trata de otra aventura más del loco Van der Velde. Pedalea aguijoneado por toda esa fama que le acompaña. Aquella montaña se ha convertido en la última oportunidad para su redención en un Giro que lidera en esos momentos el italiano Franco Chioccioli, pero el gran plantel de corredores extranjeros, representado por Hampsten, Breukin, Delgado o Zimmermann, amenaza con desbancarle de ese privilegiado puesto en las etapas de montaña. Mientras tanto, el holandés solitario acaba de entrar en los últimos kilómetros del Gavia que está sin asfaltar. La imagen es fantasmagórica. Ciclistas que ascienden como autómatas entre muros de hielo. A poco menos de un minuto ruedan, es un decir, Hampten, el americano con cara de niño, que ahora aparece desfigurada y envejecida por el esfuerzo y por el frío, y Erick Breukin, un excelente crontrarrelojista, que se defiende muy bien en la montaña. Chioccioli y su compatriota Marco Giovanetti han quedado retrasados y Perico Delgado, que ese mismo año ganará el Tour, sufre y pierde tiempo, pero sigue en carrera.

Todo eso no preocupa a Johan, que ya no piensa en nada. A esas alturas, su mente parece abotargada por el frío. “Sigue, Johan”, se dice para sus adentros. “No pienses, pedalea”. Los ciclistas aparecen cubiertos por una capa de nieve. Los maillots se han blanqueado y todos ascienden tocados con una corona blanca sobre sus cabezas, lo que les confiere un aspecto tétrico, siniestro, casi sobrenatural. La mayor parte de ellos viste con manga larga y guantes, pero a los pocos kilómetros de poco sirve aquella ropa mojada. Johan no, ni guantes ni manguitos. A pecho descubierto. Nada importa en su cabeza alocada. Aquellos últimos metros de ascenso, convertidos ahora en un infierno de barro y nieve, parecen el escenario de una batalla. Los aficionados, tan ateridos de frío como sus héroes, gritan, se desgañitan. No todos. Algunos son conscientes de lo que se está viviendo en aquella jornada y asisten en silencio a una escena irrepetible en el ciclismo moderno. Serios, callados, respetuosos, algunos se descubren y santiguan ante los ciclistas como si se tratase de una comitiva fúnebre que acompaña el paso de centenar y medio de cadáveres andantes y susurran entre dientes “¡Santa Maddona!”. Es el momento de las preguntas sin respuesta en la mente de los ciclistas. ¿Qué hacemos aquí, cómo hemos llegado a esto, por qué no se ha suspendido esta etapa cuando las previsiones ya anunciaban el desastre en que se ha convertido aquella jornada? Torriani sigue sonriendo desde su coche. El capo está viendo cumplidos sus sueños. La televisión trasmite en directo aquel espectáculo terrible e inhumano. Los gladiadores sufren, resbalan y caen heridos de muerte sobre la arena de nieve convertida en un auténtico barrizal donde de nada sirven ya las armas ni las estrategias. La única idea es sobrevivir, coronar aquella maldita montaña y descender enteros hacia la meta. Entre la nieve Johnan cree ver la pancarta que anuncia la cumbre, el final de aquel sufrimiento. Los equipos más previsores han desplazado a sus ayudantes a la cima y esperan a los ciclistas con periódicos y ropa seca para protegerles en la bajada. Nadie espera a Johan. Es posible que sus auxiliares no hayan podido pasar entre aquellas inmensas paredes de hielo o quizás nadie creyera, ni sus propios compañeros, en aventura desesperada del holandés. Una mano misericordiosa le presta un chubasquero y unos guantes. Trata de ponérselos pero para entonces las manos y los pies se han convertido en témpanos de hielo, incapaces de articularse. Es inútil. Llega a la cima. Hay un termómetro de la organización que marca 5º bajo cero. Sabe lo que significa eso en el descenso. Es, a pesar de todo, su momento de gloria, pero tiene el cuerpo húmedo, calado hasta los huesos. El descenso congelará su pecho y lo abrirá en canal como si fuera el cuchillo de un matarife. No quiere pensar en ello.

Comienza a bajar pero sus piernas no responden. Tampoco los frenos ni los cambios que se han congelado. Tiene la mirada borrosa. Sabe que dentro de aquellas zapatillas tiene --o tenía-- unos dedos que antes movía acompasadamente durante el ascenso para sentirse aún vivo y sabe que tiene manos, pero solo lo sabe porque las ve aferradas a la cruz de su manillar. Ve cómo se mueven sus piernas, como si fueran de otra persona, una especie de robot sin vida propia, cristalizadas, a punto de romperse. El dolor de los dedos es tan intenso que prefiere no pensar en ello. Se da cuenta ahora de que la aventura está a punto de llegar a su fin. Es imposible descender en esas condiciones. A pesar de ello hace un último esfuerzo. Las curvas le dicen que no. Resbala, está a punto de caerse y echa pie a tierra. Un mar de niebla se abre bajo sus pies. En un momento de consciencia, mientras observa la nieve blanca, impoluta de las curvas, recuerda que tiene el mismo color que aquel maillot que se enfundó hace algunos años, cuando era un joven destinado a ganar el Tour. Todo aquello ocurrió hace mucho tiempo, en otra vida, y sobre todo le ocurrió a otra persona, a otro ciclista que ya no es él. Sabe que todo ha terminado y no solo en aquella etapa. Mientras está ensimismado con estos recuerdos, Andrew Hampten, que ha coronado a poco más de un minuto el Passo del Gavia, le alcanza en el descenso. Reduce la marcha. Le mira. Se miran. No hay palabras. Son innecesarias. El americano, a quien han esperado sus auxiliares con ropa seca, mete el plato, baja los piñones y se lanza hacia la gloria que le espera en la meta de Bormio.

Johan ve pasar más ciclistas, docenas de ciclistas. La imagen de un ángel caído, aunque sea la de aquel suicida holandés, inspira la compasión de algunos pero poco pueden hacer por él. Cada uno tiene bastante con su frío y su dolor, mientras se preguntan cómo ha sido posible aquella locura que desafía los límites de la resistencia humana. Algunos que le han sobrepasado en el descenso y le han visto, incrédulos, parado en una curva, pisándose los pies y las manos para entrar en calor, hacen lo mismo unos cientos de metros más abajo. Como el segoviano Perico Delgado, sobrepasado más tarde por el francés Bernard, que se ve obligado también a parar y tratar de reanimarse. El escuadrón de caminantes blancos ha conseguido ganar el llano con el menor coste posible. Y lo hace como puede. En pequeños grupos que se van deshilachando poco a poco hasta entrar en meta de uno en uno. Algunos maldicen, otros callan. Mientras tanto, Torriani sonríe. Ha sido maravilloso y en directo para todo el mundo. El primero en cruzar la meta ha sido Erick Breuikin, que ha conseguido sobrepasar en el último tramo de la etapa al americano y se desmaya al llegar. Las escenas son dantescas. Asistentes que tratan de arropar como pueden a los ciclistas, hombres que lloran como niños, rostros amoratados, incrédulos, cuerpos desmadejados, descarnados, con la mirada perdida. Tres cuartos de hora más tarde aparece la silueta de una figura enfundada en la magglia ciclamino. Los periodistas citan su nombre, es Johan Van der Velde, el loco, el suicida que arrancó solo y cruzó primero el Passo di Gavia. Todo ha terminado.

Al día siguiente La Gazetta dello Sport publica un terrible reportaje sobre la jornada anterior y titula la crónica de esta manera: El día que los hombres lloraron. El periodista recoge las encendidas declaraciones de aquel ciclista francés Juan Francois Bernad contra Torriani y la organización del Giro: ”putain, ils sont fous, sont vous”. Los insultos recordaban aquellas palabras encendidas de dolor que lanzó en 1910 otro héroe de este inhumano deporte, Octavie Lapize, al coronar por primera vez la cima del temido Aubisque: “vous etes asesines”. La memoria del ciclismo, que vive de leyendas y gestas, ya tenía otro nuevo mito ante el que arrodillarse, el terrible Passo de Gavia de 1988.

Ha saltado del pelotón hace unos pocos kilómetros, al comienzo de aquel puerto interminable que por momentos desaparece de su vista bajo la nieve. Lo ha hecho con la fuerza y determinación de quien se juega su carrera a una sola carta. Johan van de Velde es ya un ciclista veterano que encarrila el final de una...

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Autor >

José Antonio Pérez

Historiador en la Universidad del País Vasco, y autor y coordinador académico de diferentes libros sobre la memoria social en Euskadi.

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