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Letras callejeras

Escribir con sangre

Jordi Nopca 15/07/2015

<p>Ilustración de Friedrich Nietzsche, realizada por Hans Olde.</p>

Ilustración de Friedrich Nietzsche, realizada por Hans Olde.

WIKIPEDIA CREATIVE COMMONS

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Cuando ‘Janatustra’ tenía treinta años, abandonó su patria y el lago de su patria y se fue a las montañas. Allí gozó de su espíritu y de su soledad y durante unas semanas –quizá fueran tan solo unos días– no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó, y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol... y resolvió cambiar Laponia por un sitio más cálido y bullicioso: la ciudad de Barcelona. Fue así como la joven finlandesa consiguió una beca para pasar cuatro meses en la Facultad de Bellas Artes. Pintó una veintena de telas con figuras atormentadas o libidinosas, visitó todos los museos de la ciudad –su preferido era el MNAC–, confirmó una vez más que el videoarte es la forma más rápida de alcanzar la locura, bebió grandes cantidades de cerveza acompañada de amigas con quienes, a veces, se besaba en callejones del barrio gótico –de acuerdo: en este punto estamos especulando– y, finalmente, consiguió ser una de las cuatro alumnas de su promoción que tendrían la oportunidad de exponer en una céntrica sala de la ciudad.

Jana volvió a Finlandia a finales de junio. Dos meses más tarde se instaló de nuevo en Barcelona: quería seguir pintando desde la ciudad mediterránea. Trabajaba en un H&M con su destroyed look –tatuajes, piercings, escasa higiene capilar– y por la noche se encerraba en su estudio a trabajar en sus cuadros. Pasó casi un año hasta que consiguió exponer por segunda vez, acompañada en esta ocasión por Mandy, una pintora australiana solamente interesada en mostrar manadas de dingos en paisajes desérticos. Eran muy amigas, you know, me diría mientras veíamos, en uno de los cuadros, un par de perros devorando los restos de otro animal junto a un pavoroso cactus. Habíamos entrado en la sala donde Jana y Mandy inaugurarían su exposición al cabo de unas horas. Nos habíamos conocido minutos antes, mientras yo esperaba en un semáforo de plaza Universitat: de repente, a mi lado apareció una inmensa tela con una chica desnuda, tumbada en una cama. Me fijé en la pequeña llama rojiza que la figura tenía entre las piernas y también en que encima de la mesita de noche había un libro de Nietzsche. Después de cruzar la calle, cuando pude haber comprobado que la chica pintada no tenía nada que ver con la que cargaba con el cuadro –en caso de haber sido así, después de ruborizarme hubiera aminorado mi marcha elegantemente para dejarla marchar– me acerqué a la desconocida y le pregunté si podía ayudarme a resolver un par de interrogantes en relación al cuadro. Ella me dio permiso. Cuando supe que la obra era creación suya le pregunté por qué su personaje leía a Nietzsche. “No es un personaje: es mi novia –contestó–. Está en mi habitación. Por eso tiene un libro de Nietzsche”. Entonces me dijo su nombre y me contó que en Helsinki, ciudad donde había vivido hasta los treinta años, sus amigos le habían puesto el apodo de Janatustra porque siempre llevaba un ejemplar de una de las obras más conocidas del filósofo Friedrich Nietzsche. “Así habló Zaratustra es mi libro favorito, y lo he leído tantas veces que me sé algunos trozos de memoria”, aseguró antes de empezar a declamar en finés el inicio del capítulo titulado Del leer y el escribir: “De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu. No es cosa fácil el comprender la sangre ajena: yo odio a los ociosos que leen. Quien conoce al lector no hace ya nada por el lector. Un siglo de lectores todavía –y hasta el espíritu olerá mal–. El que a todo el mundo le sea lícito aprender a leer corrompe a la larga no sólo el escribir, sino también el pensar”. Así habló Zaratustra fue publicado en el año 1883. “Leer a Nietzsche me divierte y me relaja”, dijo Jana. “Zaratustra es el gran profeta, es el übermensch, y el libro expone sus ideas sobre la amistad, sobre el amor al prójimo, sobre tener hijos, sobre el matrimonio y muchísimas cosas más. Nietzsche no escribe, vocifera: ‘¡Oh, predicadores de la igualdad! ¡Sois unas vulgares y vengativas tarántulas!’”. Jana echó un vistazo a su reloj y me dijo que llegaba tarde a la sala de exposiciones donde sus cuadros se podrían visitar durante cuatro semanas.

“Podemos hablar otro día sobre Nietzsche”, propuso. Le dije que no: necesitaba continuar arrancando sus conocimientos filosóficos en ese preciso momento. La acompañé hasta su destino, escuchando todo lo que había aprendido del profeta. “Me gusta mucho el capítulo sobre la erudición –continuó Jana–. Un día, mientras Zaratustra duerme le visita una oveja, y la oveja le dice que ya no es un erudito. A Zaratustra le da un poco igual, porque a él no le interesa lo que piensen las ovejas, sino los niños, los cardos y las amapolas del campo. A Zaratustra le encantan los niños porque son inocentes incluso en su maldad. Great, isn’t it?

En el siguiente semáforo rojo, viendo pasar coches y motos, Jana volvió a declamar en finés: “Y todos los poetas creen esto: quien, tendido en la hierba o en repechos solitarios, aguza los oídos, ése llega a saber algo de las cosas que se encuentran entre el cielo y la tierra”. Tuve que pedirle dónde podía encontrar la cita. “También tengo un Zaratustra en casa, pero mis conocimientos sobre el profeta no son tan avanzados como los tuyos”, admití. Jana soltó una carcajada estruendosa. “Si quieres podemos pasar a El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música –dijo–. También lo he leído unas cuantas veces”. Me habría dejado en evidencia rápidamente, así que le pedí que no nos desviáramos del libro en cuestión. Cuando pasamos por delante de la entrada del Centro de Cultura Contemporánea, Jana continuaba con su diatriba, llena de sacerdotes traidores, terribles homicidios y falsos ojos divinos. Cruzamos la plaza dels Àngels (“La tierra tiene una piel; y esa piel tiene enfermedades. Una de ellas se llama, por ejemplo: ‘hombre’”).

Un par de calles más adelante llegamos a la sala de exposiciones. Me fijé, quizá demasiado rápidamente, en las manadas de dingos de Mandy. Jana tuvo que contarme que eran muy amigas, you know, tan amigas que a veces la pintora australiana ocupaba el lugar de su novia en la cama. El cuadro, que en ese momento estaba en el suelo, recostado contra la pared, seguía mostrando a una mujer abierta de piernas, con esa pequeña llama rojiza que bien podría ser una alusión al fuego revolucionario del profeta Zaratustra. La producción pictórica de Jana traslucía una fijación por el cuerpo de su pareja. La había pintado duchándose, nadando en un lago, comiendo una paella en un chiringuito de playa y paseando entre jaulas con papagayos y loros. En el fondo del cuadro se veía un rinoceronte. “¿Sabías que hace unos meses en el zoo de Barcelona un hombre fue atacado por varias leonas porque se había metido en su jaula? –dije, ante el asombro de Jana–. El tipo se metió ahí dentro porque quería colgar una pancarta de protesta contra la religión católica y contra el Islam”. Me sorprendió que ella escuchara mi historia admitiendo no haberse enterado de nada hasta ese momento. Por lo visto, aunque la vida del herido –un polícia municipal en excedencia desde hacía meses– había corrido peligro durante los días posteriores a la embestida, finalmente se había podido recuperar. Según había leído en varias entrevistas, el hombre planeaba nuevas acciones: su voluntad era “denunciar todas las injusticias”, y por ello había intentado entrar con anterioridad en el Palau de la Generalitat vestido de militar, había colgado dos esvásticas de la fachada frontal de la Pedrera y había quemado varias banderas en escenarios comprometidos (una bandera española en Valencia y una “estelada” catalana frente al monumento a Rafael de Casanova durante el 11 de septiembre).

“Uau, es como el inicio de una novela de Arto Paasilinna”, comentó Jana. Paasilinna tuvo un éxito notable entre los lectores españoles gracias a la traducción de El molinero aullador (Anagrama). Fue publicada en el año 2004. Es una de las novelas más conocidas del autor finlandés, junto con El bosque de los zorros y El año de la liebre. En esta última, un periodista y un fotógrafo en viaje de trabajo, “dos seres infelices y cínicos”, “maridos engañados y desengañados” que llevan una vida diaria que se construye “en torno a sendas úlceras por venir” atropellan una liebre. El periodista, Kaarlo Vatanen, sale del coche y decide quedarse con el animal herido. Es el inicio de un cambio de vida que la novela detalla con sentido del humor y emoción. “Paasilinna es un buen escritor. Le leo desde muy pequeña, igual que a Mika Waltari. El de Sinuhé el egipcio, ¿sabes? –dijo Jana–. No tienen nada que ver, pero los dos me gustan bastante. Paasilinna tiene una novela muy divertida sobre un suicidio en grupo... pero mi favorita es la de la liebre. Cuando me la leía mi padre, a veces acabábamos llorando de risa los dos”. Antes de despedirnos, Jana me contó las últimas noticias que tenía sobre el escritor. “Poco después de publicar su última novela, El hombre que fue a su propio entierro [2009], fue multado en Espoo por conducción temeraria –dijo–. Pero lo peor llegó cuando, al cabo de unos días, a raíz de un accidente de coche sufrió un infarto cerebral que lo dejó prácticamente sin memoria. Ha tenido que pasar varios años en una residencia, recuperándose poco a poco. Cuando en el 2012 cumplió 70 años ya recordaba quién era e incluso volvía a tener cierto sentido del humor... Seguro que podría escribir una excelente novela sobre su paso por la residencia. Pero por lo que cuentan, no creo que tenga fuerzas para hacerlo”. 

Cuando ‘Janatustra’ tenía treinta años, abandonó su patria y el lago de su patria y se fue a las montañas. Allí gozó de su espíritu y de su soledad y durante unas semanas –quizá fueran tan solo unos días– no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó, y una mañana, levantándose con la aurora, se...

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Jordi Nopca

Periodista y escritor barcelonés de 1983. Coordina el suplemento literario Ara Llegim, del diario Ara. Ha publicado la novela El talent (Labreu Ediciones, 2012) y el libro de relatos Vente a casa (Libros del Asteroide, 2015). También traduce.

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