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Tribuna

Una socialdemocracia dividida

Ignacio Urquizu 17/07/2015

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Cuando en el año 2008 la crisis económica era ya una evidencia, muchos analistas comenzaron a argumentar que había llegado el momento de la socialdemocracia. Lo que había conducido al colapso de las economías eran los excesos del capitalismo. Por un lado, se habían vivido décadas de desregularización de los mercados, especialmente en el sector financiero. Esta desregularización abrió la puerta a algunos de los fallos clásicos: opacidad, generación de burbujas, ineficiencias.…

Por otro lado, el fácil acceso al crédito se convirtió en un sustitutivo del estado del bienestar, especialmente en el mundo anglosajón. Puesto que la expansión del gasto público y los servicios no era una opción defendible incluso para una parte de la izquierda (Tercera Vía), algunos gobiernos propiciaron una economía de endeudados como un camino para aumentar el bienestar de la ciudadanía.

A estos dos problemas, en el caso europeo se añade uno más: un diseño erróneo de la unión monetaria. Como viene señalando el prestigioso economista Paul De Grauwe y analistas tan rigurosos de nuestro país como Ignacio Sánchez-Cuenca o David Lizoain, el euro tiene un diseño institucional muy deficiente que está provocando que la crisis económica se prolongue más de lo necesario y que, además, sea especialmente dura en los países del sur de Europa.    

Todos estos factores nos condujeron a economías con un sector financiero sobredimensionado, puesto que la deuda, especialmente la privada, era muy elevada. Además, este sector financiero sobredimensionado contenía una alta dosis de “basura”. Dada la sofisticación que había adquirido, combinado con la opacidad, generó una gran incertidumbre sobre el estado real de las economías.

El desconcierto era enorme. En España, la patronal pedía un “paréntesis” en el libre mercado. Y algunos líderes europeos, no precisamente progresistas, hablaban de refundar el capitalismo. En las primeras reuniones del G8 (2009, L’Aquila) se hablaba de “cooperación en los esfuerzos para apoyar la demanda interna” de los países, “continuar con las reformas de regulación del sistema financiero” y “promover un mayor potencial de crecimiento a través de políticas en áreas de capital humano, investigación, infraestructuras y promoción y protección de la innovación”. Tanto la música como la letra sonaba muy bien a los oídos de los socialdemócratas.

Pero las medidas que se derivaron de estas recomendaciones (por ejemplo, el Plan E en España) y las soluciones que se adoptaron para salvar el sistema financiero generaron un aumento de la deuda pública, lo que provocó un giro brusco en la salida socialdemócrata a la crisis, especialmente a este lado del Atlántico. El errático comportamiento del Banco Central Europeo fue determinante para impedir una salida más progresista, como sí ha ocurrido en Estado Unidos. Y es en esto punto cuando comenzó la melancolía.

Como acertadamente señalaba Víctor Lapuente en CTXT, suele ser muy recurrente en la historia de los partidos socialistas el argumento de que la izquierda está en crisis. Ya en 1916 Rosa Luxemburgo escribía La crisis de la socialdemocracia y concluía:

“Hasta en las cuestiones de la lucha contra el militarismo y la guerra siempre era decisiva la opinión de la socialdemocracia alemana. ‘Para nosotros, alemanes, esto es inaceptable’, esto bastaba, por lo general, para determinar la orientación de la Internacional [….] ¿Y qué presenciamos en Alemania cuando llegó la gran prueba histórica? La caída más profunda, el desmoronamiento más gigantesco. En ninguna parte la organización del proletariado se ha puesto tan completamente al servicio del imperialismo, en ninguna parte se soporta con menos oposición el estado de sitio, en ninguna parte está la prensa tan amordazada, la opinión pública tan sofocada y la lucha de clases, económica y política de la clase obrera, tan abandonada como en Alemania.”

¿Qué diría Rosa Luxemburgo si hubiese asistido a una gran coalición entre demócrata cristianos y socialdemócratas en su país? No obstante, no comparto esta visión catastrofista que hace especial énfasis en el “entreguismo” o moderación de la izquierda, argumentos que hoy en día se siguen repitiendo tal y como reflejaban en sus artículos José Antonio Pérez Tapias y Roger Suso en CTXT. En realidad, el gran problema de la socialdemocracia europea es la ausencia de un diagnóstico y un proyecto político compartido. Pero vayamos por partes. 

En primer lugar, no hay una única visión dentro de la izquierda de porqué nuestras economías han colapsado. Existen dos grupos diferenciados: los “críticos” y los “condescendientes”. Los primeros hacen especial énfasis en el errático diseño de la unión monetaria como origen de casi todos nuestros problemas. David Lizoain lo narraba de forma extraordinaria en este medio. Para ellos, o la unión monetaria se transforma de forma profunda, o deberíamos ir pensando sobre la posibilidad del fracaso del euro en el medio plazo. Y junto a este problema añaden un segundo factor: un profundo déficit democrático. Para los “críticos”, los países que están dentro de la unión monetaria han dejado de ser dueños de sus destinos y las elecciones ya no son un instrumento útil para la ciudadanía. Vote lo que vote la gente, las principales decisiones económicas ya no se toman en los parlamentos nacionales y los gobiernos están sometidos a los designios de las economías más poderosas.   

Frente a los críticos están los “condescendientes”. Estos, reconociendo que la unión monetaria tiene problemas, ponen el acento en la ausencia de un proyecto de país en algunas sociedades europeas. Para estos progresistas moderados, es mucho más importante lo que se puede hacer en cada estado y cómo se defienden los proyectos políticos en las instituciones europeas. Los “condescendientes” argumentan que existe mucho más margen de maniobra de lo que los “críticos” sostienen.

En segundo lugar, la socialdemocracia no parece tener un proyecto compartido para el conjunto de la Unión Europea. Esto no debería extrañarnos. Como se acaba de mostrar, no existe un único diagnóstico dentro de la izquierda. Y a esto se unen las “tensiones" nacionalistas. Tanto los países del norte como los del sur priorizan la política doméstica a la hora de desarrollar sus propuestas y sus objetivos. En la medida que existen en estos momentos intereses contrapuestos, las discrepancias entre partidos socialistas se agravan.

La única forma de salir de este laberinto por parte de la socialdemocracia es admitir que todos tienen una parte de razón, fijando de forma clara qué es lo que se pretende. Es decir, tanto los “críticos” como los “condescendientes” no sostienen argumentos contrapuestos, sino que más bien se complementan. Tan importante es solucionar los problemas de déficit democrático como de mal diseño del euro, como ser capaces de elaborar un proyecto político para el siglo XXI. Pero debería ser un proyecto compartido a escala europea que superase las miradas más domésticas. Los partidos socialistas deben ser capaces de apartar las discrepancias para empezar a trabajar en un modelo de sociedad para toda Europa. Solo así la izquierda superará su actual división. 

 

Ignacio Urquizu es diputado del PSOE en las Cortes de Aragón y autor del libro La crisis de la socialdemocracia: ¿Qué crisis? (2012, Catarata)

Cuando en el año 2008 la crisis económica era ya una evidencia, muchos analistas comenzaron a argumentar que había llegado el momento de la socialdemocracia. Lo que había conducido al colapso de las economías eran los excesos del capitalismo. Por un lado, se habían vivido décadas de...

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