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Cine de animación, placer adulto

Satoshi Kon, detective de los sueños

Manuel Gare 9/09/2015

<p>Fotograma de <em>Paprika </em>(2006)</p>

Fotograma de Paprika (2006)

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Perderse en un sueño, resignarse a la realidad. Abrir puertas allá donde haga falta. El cine de Satoshi Kon (1963-2010) nunca tuvo barreras, y lejos de caer en el tópico más ecléctico y vacío de significado, el cine de Satoshi Kon nunca tuvo barreras, literalmente. La capacidad del director nipón para sobreponerse a todo marco preestablecido en el ámbito de la animación fue tan extraordinaria como lo fueron sus creaciones, y hoy, que hablamos por fin de la apertura de los estudios occidentales de animación a temáticas más adultas, conviene recordar a una de las grandes figuras no sólo del mundo de la animación, sino de todo ápice de cultura cinematográfica.

Kon llevó la representación de la profundidad irracional del ser humano a un nivel en el que la animación era una mera excusa para trasladar al espectador todo eso que los detalles secundarios de la imagen real diluyen. Puro frenesí construido fotograma a fotograma, sucedido de manera vertiginosa con la finalidad de dar forma a un mundo, a veces, más real que el nuestro. 

La edición en el cine de Satoshi Kon está completamente ligada a su propia existencia; los saltos y los cambios de escenario forman parte de la experiencia, en la que elementos comunes a sus producciones se cruzan constantemente para crear algo nuevo. Y ese algo nuevo puede ser cualquier cosa, pero siempre bajo el punto de vista de lo inherente a las personas. Sus sueños, sus aspiraciones, sus miedos, sus realidades y sus distopías. Kon cogía todo eso y lo utilizaba para construir pieza por pieza su entramado particular.

“El subconsciente, dado que es el subconsciente, no puede ser controlado por nosotros. La persona que sueña no puede controlarlo pero, del mismo modo, el subconsciente no la controla a ella al cien por cien. El interés que siento por la vaguedad de ese oscuro límite es algo que trato de reflejar en mi trabajo”, decía cuando le preguntaban acerca del papel del subconsciente en sus obras. Y es, de hecho, una declaración que define muy bien la línea en la que se movía el japonés. Largometrajes como Perfect Blue, Millennium Actress y Paprika, además de Paranoia Agent —su incursión de trece episodios en el formato serie— se fundamentan en una fina membrana que trata de discernir entre el sueño y la realidad. La diferencia llega a ser tan pequeña, que la ilusión se apodera de la acción y ya no hay nada que las separe: sueño y realidad se han mezclado y se muestran como una única pieza.

El espectador llega a preguntarse si lo que está viendo realmente existe, si incluso dentro de la animación que está viendo, esa escena que ve no es fruto de los sueños de alguno de los personajes. Y entonces, casi sin quererlo, salta a Paranoia Agent, a la desazón del día a día, la incertidumbre y el atasco; la pereza, las excusas, las llamadas de móvil en mitad del metro. La ansiedad con la que vive el mundo se transforma en una psicosis colectiva en la que la realidad no termina de ser un lugar seguro.

“Para poder sobrevivir, todo el mundo necesita tener algo aparte de la realidad, como fantasías, sueños o quizá paranoia. De otra forma, la vida sería sorprendentemente dura”, comentaba Kon. “El mundo tal y como una persona lo percibe, un mundo filtrado a través de su fantasía o paranoia. No creo que sean cosas necesariamente nocivas”, añadía en una entrevista sobre la producción de Paranoia Agent.

En Perfect Blue, su ópera prima, ya sentaba las bases de su obra. Terror psicológico movido por las emociones más primitivas del género humano, con algo de voyerismo, acoso y trastornos de personalidad. Millennium Actress cambiaba de tercio para introducir un divertidísimo estilo documental en forma de viaje emocional con tintes históricos. Paprika, su última película, abrazaba la ciencia ficción. Tokyo Godfathers, su cinta más familiar, llegaba en el cénit de su carrera para ilustrar un cuento navideño moderno protagonizado por vagabundos, transexuales e inmigrantes, con robos y abandonos de bebés, palizas, intentos de suicidio y redención familiar de por medio —una auténtica proeza del cine de animación con tanto espacio para el drama como para la comedia. 

La crítica social, la repulsa hacia una sociedad acomodada que ha perdido los valores y que ya ni siquiera se respeta a sí misma. El cine de Kon, aunque lleno de sombras, también fue un halo de luz hacia un mundo que se mueve demasiado deprisa. Sus personajes, sumidos en el caos del mundo social, el trabajo o la realización personal, se topan con la deshumanización que trae consigo lo contemporáneo. El fenómeno mediático, la tecnología e Internet como un espacio de surrealismo. La obra del cineasta fue corta, como el tiempo que el mundo le dejó vivir en él, pero está llena de reflexión hacia un mundo que avanza e innova a la vez que pierde en valores. Quiso recordarnos esos valores, quiso que su aportación creativa fuese algo más que animación adulta.

Y es esa filosofía la que mantuvo hasta el momento de su muerte, ahora hace cinco años. “Con el corazón lleno de gratitud por todas las cosas buenas del mundo, dejo mi bolígrafo. Ahora, si me disculpan, tengo que irme”, escribía poniendo así punto y final a una emotiva carta con la que decía adiós al mundo.

Dejaba en el tintero The Dreaming Machine, una película protagonizada por robots que sus antiguos compañeros, encabezados por Masao Maruyama, productor habitual de sus películas y amigo del director, prometieron acabar. “Era una película que sólo podía hacer él”, repite constantemente Maruyama cuando le preguntan sobre la producción de The Dreaming Machine para finalizar su respuesta con un: “Pero la vamos a terminar”.

La marcha de Satoshi Kon es irremplazable. El combinado de realidad, sueños y fantasía que fue capaz de inspirar a Darren Aronofsky o Christopher Nolan ya no está. Podemos, eso sí, seguir celebrando la inmensidad que entraña su obra, difundiéndola y redescubriéndola por cada nuevo visionado. Ser partícipes de su universo y soñar junto a él por unos instantes para recordarnos a nosotros mismos que estamos vivos.

Perderse en un sueño, resignarse a la realidad. Abrir puertas allá donde haga falta. El cine de Satoshi Kon (1963-2010) nunca tuvo barreras, y lejos de caer en el tópico más ecléctico y vacío de significado, el cine de Satoshi Kon nunca tuvo barreras, literalmente. La capacidad del director nipón para...

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