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Otoño en Poblenou

Tres ciudadanos no catalanes residentes en Barcelona confrontan sus opiniones sobre los motivos y las consecuencias del pulso entre Cataluña y España

Gorka Castillo 26/09/2015

<p>Celebración de la Diada del 2014.</p>

Celebración de la Diada del 2014.

Joan Camperros i Canas/Flickr

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A tiro de piedra del Edificio Agbar de Barcelona, esa enorme mole de acero con forma de misil apuntando hacia el cielo, en un pequeño balcón sin más adornos que una estelada enganchada con pinzas, a Víctor se le ilumina la cara cuando se le pregunta qué votará en las elecciones del domingo: “A la independencia. Ha llegado el momento”. Nacido en Bilbao hace 50 años, lleva más de media vida en Barcelona, una ciudad que le acogió en sus brazos y le aportó los nutrientes que necesitaba para echar raíces profundas como de roble centenario. Profesor de música, no sólo posee el oído fino de los jazzmen contemporáneos sino que fue una de esas miles de almas invisibles que en la última Diada coparon la Avinguda Meridiana en una demostración de fuerza popular a favor de la independencia. “Fui con mis dos hijas, una de ellas nacida aquí, porque los tres creemos en una Cataluña libre y soberana”, explica.

El entorno es apacible: una casa común con vistas a Montjuïc y al área rehabilitada de Poblenou, con el Teatro Nacional y el espléndido L’Auditori a los pies de su estelada. Pero bajo los impecables acordes de John Coltrane que hace sonar este músico vasco-catalán, su discurso sobre el Procés es indulgente.

Tras décadas de tranquila y forzada convivencia con España, Víctor dice que la ruptura definitiva está al alcance de la mano. Por fin. “Cataluña será lo que quieran los catalanes este domingo. ¿Qué hay de malo en ello?”, se pregunta en el prólogo de una larga entrevista tras una jornada festiva en el día de La Merced, la patrona de Barcelona. “Nada tengo contra quien se siente español. De hecho, tengo muchos amigos contrarios a la independencia por motivos económicos y emocionales, y no pasa nada. Pero negarnos el derecho a decidir es intolerable aunque vaya en perjuicio de ellos, porque cada negación identitaria que nos hace el Estado y cada amenaza difundida contra Cataluña nos hacen más fuertes. No puede olvidarse que este proceso nace desde abajo, no es un proyecto de Mas ni de CDC ni siquiera de ERC”, afirma.

Víctor, profesor de música nacido en Bilbao:  “Fui a la Diada con mis dos hijas, una de ellas nacida aquí, porque los tres creemos en una Cataluña libre y soberana. Cataluña será lo que quieran los catalanes este domingo. ¿Qué hay de malo en ello?”

¿A quién votarán los catalanes el domingo? Víctor no alberga dudas: “Ganará la independencia”. Es una evaluación que corroboran todos los sondeos realizados hasta la fecha. El problema estriba en qué sucederá el lunes cuando despunte el sol y las apocalípticas reacciones apuntadas durante estos días para impedir la ruptura comiencen a precipitarse en cadena. “Habrá que verlo pero tenemos la experiencia de Escocia donde al final se mostraron quienes eran los enemigos del sí, es decir, el FMI, la City, en fin, los poderes fácticos. Aquí puede ocurrir algo parecido. Tenemos un 5% de posibilidades de que esto salga como la mayoría de los catalanes deseamos”, concluye este músico que disfruta más con Paco de Lucía que con Lluís Llach y que ama tanto Cataluña como los verdes valles de Euskadi.

Como en cualquier otro lugar de España, el rojo y el amarillo del otoño ya es ostensible en los numerosos parques del centro de Barcelona. Pese a la trascendencia del momento, la vida aparenta seguir su camino de manera placentera aunque haya detalles que confirmen que las apariencias no siempre se corresponden con la realidad. Como se advierte desde muchos balcones de la ciudad, muchos de ellos velados con visillos. La guerra de las banderas que se produjo en el Ayuntamiento de Barcelona la festividad de La Merced está aún caliente.

Es la metáfora de la retórica de la lucha del bien contra el mal, de la culpa ajena, que no ha contribuido a que España ni Cataluña sean lugares más amables. En estos últimos años de enfrentamiento dialéctico, la diferencia entre ricos y pobres ha seguido creciendo y el deterioro de ambas comunidades se ha producido con idéntica destreza entre desahucios, corrupción y miseria. ¿Tiene esto algo que ver? “Sin duda. La crisis económica y la desconfianza en la clase política son el trasfondo de una situación que es difícil entender fuera del contexto europeo”. Quien así habla es Jessica Murray, 42 años y fotógrafa profesional, inglesa y estadounidense a partes iguales pero criada en Kenia. Un crisol de sociedades congeladas en una mirada intensa. Desde 2008 vive en Barcelona y reconoce que ya está agotada. Está harta de que un país que no existe quiera brotar del polvo pero también de que el Estado adopte la cara de la venganza negando un verdadero referéndum. “Es el choque de dos nacionalismos rancios, sin proyectos de vida que ofrecer a sus ciudadanos, sin agenda social”, dice ceñuda.

Jessica Murray, fotógrafa inglesa y estadounidense:  “Es el choque de dos nacionalismos rancios, sin proyectos de vida que ofrecer a sus ciudadanos, sin agenda social”

Hace unos años, septiembre era un mes lluvioso en Cataluña pero nunca estuvo tan politizado. Jessica explica su desapego por los dogmas tribales que hoy campan por sus respetos en Cataluña y no niega que hay detalles que comienzan a producirle miedo. “Miro la Diada del otro día, donde a cada uno se le asignaba un color en la camiseta para ir a la manifestación, y me recuerda a China, al Berlín hitleriano en el que todo estaba organizado para impactar al espectador con la demostración el poder de las masas. Los catalanes tienen todo esto muy interiorizado”, comenta sin andarse por las ramas. Su hija tiene 9 años y estudia en la escuela pública. Unos días antes de la Diada fue a recogerla al terminar las clases y una madre le preguntó dónde se sumaría a la gran manifestación prevista. Jessica respondió que en ningún sitio porque no pensaba ir. “Se enfadó tanto conmigo que ya no me saluda”, revela. El sistema educativo es el motivo de alarma para esta mujer angloamericana que habla catalán a la perfección. En su opinión, los estudiantes ya están siendo adiestrados hacia una Cataluña independiente, lo que va a terminar produciendo una generación de jóvenes frustrados, con los graves riesgos que conlleva. “Lo estamos viendo ahora en Grecia. ¿Quién vota a Amanecer Dorado? La frustración siempre gira hacia la derecha”, sentencia.

Su teoría sobre los males de España se basa en el desconocimiento general que existe sobre la historia del país, sobre sus episodios sangrientos, en las manipulaciones maniqueas que tanto los unos como los otros hacen casi a diario. No duda de que el argumento esgrimido por los catalanes para romper con España es el de sentirse el desagüe de la incompetencia financiera de un sistema nacional existencialmente centralista pero los españoles también tienen motivos sobrados para la queja. “Esto es muy triste porque demuestra que siguen existiendo esas dos Españas, esas dos concepciones irreconciliables que en 1936 acabaron en guerra. Hoy continúa aquella guerra de imposición aunque no haya tiros”, reflexiona. Y su demoledora crítica la hace extensiva al Procés català, “que nos dice a los ciudadanos que primero hay que ganar la guerra para después decidir qué país queremos. Pues no, oiga. Ahí comenzó el fracaso de la izquierda contra el franquismo y nadie aprendió de aquello”, sostiene Jessica Murray antes de declarar que no votará el domingo y que, de hacerlo, lo haría por la CUP. “Al menos han dicho qué país desean”.

Para algunos, el porvenir no es más frágil ahora que Cataluña prepara el inicio de una nueva era rebosante de soberanía. ¿Qué pasará el lunes? “Nada. Es una cortina de humo”, asegura Edilaine, brasileña de 40 años, empleada en una empresa editorial de Barcelona y residente en Cataluña desde hace casi dos décadas. En realidad, pese a las prisas por aclarar rápidamente el panorama, las cosas irán despacio. Edilaine no alberga la más mínima duda. “En Brasil, no entienden lo que está pasando. Mientras allí se esfuerzan por unir naciones en Mercosur, en Unasur, etcétera, ven que las aspiraciones a este lado del Atlántico van en dirección contraria”, dice en voz baja.


Edilaine, brasileña, empleada en una empresa editorial: ¿Qué pasará el lunes? “Nada. Es una cortina de humo. El rechazo catalán no es al español, al extremeño, al andaluz. Es un rechazo al Gobierno que les subyuga”

Edilaine vive en un hermoso piso desde el que se divisa buena parte de Barcelona. No se la ve nada preocupada ante un posible triunfo de Junts pel Sí que se palpa en el aire y todos dan por hecho. Ha organizado una velada con amigos que se convierte en un apasionado psicodrama en vísperas de la jornada electoral. En los aperitivos ya están discutiendo. La idea general es que Oriol Junqueras, líder de ERC y que quizá no es mal tipo, ha dado un aval innecesario a Artur Mas, que es muy listo, y esto puede acabar pasándole factura. “El rechazo catalán no es al español, al extremeño, al andaluz. Es un rechazo al Gobierno que les subyuga”, resume. En un país que, como todos en las grandes ocasiones, razona con lógica elemental, es el turno de los catalanistas para tomarse la revancha del sufrimiento padecido tras 40 años de franquismo y otros 35 de inmovilismo democrático. De paso surge otra duda: ¿hay razones objetivas para romper con España? “Me costó entenderlo pero ahora veo claro que existen razones sentimentales”, responde Edilaine.

De hecho, una de las principales acusaciones que muchos catalanes realizan contra los poderes que dirigen el Estado es la de exacerbar el independentismo con apelaciones a la identidad que refuerzan con un comportamiento intransigente hacia cualquier tipo de consulta. Edilaine, con la voz suave, reafirma estos rumores y describe una comunidad donde existe un ansia por el cambio, dirigida por una generación de profesionales, de profesores universitarios, de gente preparada, entre los treinta y los cincuenta, que no se siente representada por el Gobierno de Madrid y que desconfía de aquellos, como Mas, que se han subido al carro de la independencia por motivos de supervivencia. “Ambos representan el reducto de la vieja demagogia pactista  que ahora la gente quiere expulsar”, explica.

Que ganará la opción favorable nadie parece dudarlo, tampoco Edilaine, la cuestión ya es cómo. Cuanto más rotundo sea el triunfo, mejor podrá negociar la tarea que comenzará el lunes. “Me hacen gracia esas apelaciones a las fronteras, a levantar muros, etcétera. No creo que ocurra, lo que pasa es que España es un lugar bullicioso con una política agotadora”, indica con ironía sambera. Lo cierto es que este pulso que hasta ahora ha sido hipotético, a partir del lunes será real. Reconoce que nunca le ha interesado mucho la política y aún no tiene decidido si votará y, en caso de hacerlo, a quién lo hará.

La velada termina con el convencimiento de que, salvo milagro, llega un cambio de época para Cataluña y España. Edilaine sólo espera que los responsables esta vez lo hagan bien. En la sala sólo queda su gata siluetada por la tenue luz de un otoño barcelonés que no trae vientos de quiebra, como algunos creen. Nadie parece preocupado. Ni siquiera esta brasileña suave como la papaya para quien sólo el entendimiento será el signo de la victoria. El día termina y en las calles se ven algunos carteles rotos arrastrados por el viento. Al fondo, el mar es hoy el espejo perfecto para la gran Luna.

A tiro de piedra del Edificio Agbar de Barcelona, esa enorme mole de acero con forma de misil apuntando hacia el cielo, en un pequeño balcón sin más adornos que una estelada enganchada con pinzas, a Víctor se le ilumina la cara cuando se le pregunta qué votará en las elecciones del domingo: “A la...

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