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Una valla en el corazón de los húngaros

Hungría está sufriendo un doloroso proceso de polarización, que enfrenta a la población entre favorables y detractores del asilo. Mario Cuesta relata cómo lo vive su familia

Mario Cuesta 7/10/2015

<p>Un joven emigrante permanece en el suelo intentando recuperarse de los efectos de los gases lacrimógenos lanzados por la policía local, en Roszke, un pueblo en la frontera serbo-húngara. 8 septiembre de 2015.</p>

Un joven emigrante permanece en el suelo intentando recuperarse de los efectos de los gases lacrimógenos lanzados por la policía local, en Roszke, un pueblo en la frontera serbo-húngara. 8 septiembre de 2015.

Syria Freedom

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“Hungría inhumana". Así de contundente era la pancarta que portaba un manifestante el pasado 12 de septiembre en la marcha a favor de los refugiados en Madrid. La cartulina era reversible y al otro lado rezaba: “Paz en Siria”. Se da la circunstancia de que mi mujer es sirio-palestina, pero su madre es húngara, y cuando comenzó la guerra toda la familia se trasladó a Budapest, gracias a que tienen pasaporte húngaro.

Puedo asegurar que Hungría no es inhumana. Las imágenes que nos llegan desde la frontera con Serbia nos empujan a pensar así, pero los húngaros también se han volcado en ayudar a los refugiados, muchos de ellos arriesgándose a ser penalizados por la ley. Desde que comenzó esta crisis, Hungría está sufriendo un doloroso proceso de polarización, que enfrenta a la población entre favorables y detractores del asilo. El problema no es que las opiniones se hayan dividido, sino que, por primera vez, chocan en confrontaciones ásperas. En España, donde nos hemos insensibilizado al insulto político, puede parecernos normal, pero allí, los que mantienen la cabeza fría ven con preocupación la crispación de sus vecinos.

Desde que comenzó esta crisis, Hungría está sufriendo un doloroso proceso de polarización, enfrentando a la población entre favorables y detractores del asilo

No ha sido la llegada de los refugiados la que ha provocado esta situación, sino, en gran medida, su primer ministro, Viktor Orbán. En los años noventa, la guerra de los Balcanes produjo el éxodo de cientos de miles de croatas y bosnios musulmanes hacia el norte de Europa. La mayoría recaló en Alemania, pero el segundo país receptor fue Hungría. Solo unos meses después de que estallara la guerra, el país germano contaba con 200.000 refugiados y Hungría con 60.000. Basta leer este artículo de 1992 de The New York Times para descubrir el mismo desbordamiento que hoy por la llegada de miles exiliados, con una salvedad: no había islamofobia y sí solidaridad. Los húngaros acogieron sin drama a los bosnios musulmanes y permitieron el paso de los que preferían continuar su viaje hacia el norte. ¿Qué es lo que ha cambiado? La propaganda del gobierno y la islamofobia alimentada en todo Occidente por sectores conservadores, aunque esto último excede los límites de este artículo.

Orbán justifica su actitud diciendo que estos refugiados son una amenaza para el espíritu europeo. Pero lo cierto es que antes de que llegaran masivamente él ya había comenzado una campaña para criminalizarlos y sembrar el miedo en la población. En mayo, los húngaros recibieron una carta en su domicilio en la que se les preguntaba su opinión sobre cómo debía orientar el gobierno la política migratoria. El título de la consulta demostraba la voluntad manipuladora: 'Consulta Nacional sobre Inmigración y Terrorismo'. La equiparación de esos dos conceptos se reforzaba después al preguntar, nada más comenzar, si creía que Hungría podría estar en peligro de sufrir un atentado terrorista. Poco después, el gobierno levantó en las calles unos grandes carteles donde se leía: “¡Si vienes a Hungría debes respetar nuestra leyes!”, y otros con la advertencia de que no debían quitarle el trabajo a sus ciudadanos. Los mensajes estaban escritos en húngaro, una lengua que pocos refugiados conocen.

Durante la guerra de los Balcanes, los húngaros acogieron sin drama a los bosnios musulmanes y permitieron el paso de los que preferían continuar su viaje hacia el norte. ¿Qué es lo que ha cambiado?

Aquellos carteles estaban dirigidos a la población nacional, con la única intención de mostrar que su primer ministro era un hombre firme, dispuesto a protegerlos de un peligro que él había inventado. Unos activistas replicaron a esa campaña con otra, financiada mediante un crowdfunding que recaudó 100.000 euros en apenas unos días. Sus carteles contestaban a los del gobierno con: “Venid a Hungría, nosotros estamos trabajado en Londres” y “Disculpad que el país esté vacío, nos hemos trasladado a Inglaterra”. Orbán se obceca en señalar a los refugiados como el problema migratorio al que se enfrenta su país, obviando que el verdadero drama es el de los cientos de miles de húngaros, especialmente jóvenes, que no encuentran un futuro en su casa.

Esta actitud del primer ministro puede haberse recrudecido por el resultado de las tres elecciones llevadas a cabo en Hungría en 2014. En abril, su partido, el Fidesz, volvió a ganar las parlamentarias con un 45,04% de los votos; la segunda fuerza fue una coalición de izquierdas (25,67%) y la tercera (20,30%), un partido de extrema derecha, el Jobbik, con un discurso ultra, racista y homófobo. Lo más notable fue que el partido de Orbán descendió frente a las elecciones anteriores (del 53% al 45%), al contrario que el Jobbik (del 15% al 20%).

En mayo, las europeas reprodujeron el resultado y en las municipales de noviembre el Jobbik volvió a subir, a pesar de la aplastante victoria del Fidesz. Ese año, por primera vez, se permitió el voto a las minorías húngaras asentadas en países limítrofes como Rumanía. También se ha acelerado el acceso de estas a la nacionalidad húngara. Como era de esperar, los votantes que viven con la nostalgia de haber quedado al otro lado de la frontera de la madre patria tienen un voto marcadamente nacionalista. Orbán sabe que solo el Jobbik amenaza su omnipotencia. Para evitarlo ha endurecido su discurso, usando a los refugiados como excusa.

Alguien podría alegar que sumados los votos de Jobbik y Fidesz resulta que el 65% de los húngaros está en contra de políticas favorables al asilo, pero en unas elecciones donde votó el 61,84% del censo, solo representan a una minoría. Curiosamente, en abril de 2015, una encuesta nacional reveló que el 46% de los húngaros se declaraba contrario a dar asilo a los refugiados, pero tres meses después, en plena campaña propagandística de Orbán, esa cifra bajó al 39%.

A comienzos de septiembre, miles de húngaros se manifestaron en Budapest con el lema “No en mi nombre”, desmarcándose de su gobierno. Muchos querrían implicarse más en ayudar a los refugiados, pero temen las consecuencias. Podrían perder su trabajo, o acabar en un tribunal, puesto que la ley prohíbe, entre otras cosas, trasladar a un refugiado en coche o permitirle hacer una llamada de teléfono. Por eso, la mayoría se limita a llevarles alimentos, a cortarles el pelo gratuitamente, o a invitarles a que se den una ducha caliente en casa. Por supuesto, algunos se arriesgan.

La legislación húngara prohíbe, entre otras cosas, trasladar refugiados en coche o permitirles hacer una llamada de teléfono

Conocemos el caso de una persona que, mientras trasladaba a una familia en el asiento de atrás del coche, tuvo que detenerse en un control policial. El conductor mintió al agente diciéndole que iba a una gasolinera, señalando en sentido opuesto a la frontera. El policía le corrigió y le indicó que la gasolinera que buscaba estaba en la otra dirección, permitiéndoles llegar a Austria. Otros no han tenido tanta suerte y se han encontrado con patrullas ciudadanas de alborotadores que querían impedir, incluso de forma violenta, la solidaridad de sus compatriotas. En el lado opuesto, un compañero de trabajo de uno de mis familiares ha sido despedido de la multinacional donde trabajaba por colgar un post xenófobo en Facebook. Conocemos también a unos hermanos que ya no pueden hablar de política en la mesa sin que acaben sacándose los ojos. La novedad, insisto, no es que haya división de opiniones, sino el grado de enfrentamiento. Esa es la valla que Orbán ha levantado en el corazón de los húngaros, para su propio triunfo político.

Como era de esperar, el miedo escapa al control, se multiplica y encona. La madre de la mejor amiga de mi sobrina, una niña de doce años, ha empezado a recoger a su hija a la salida del colegio por temor a los refugiados. Parece ignorar que, muchas tardes, su hija merienda en casa de mi familia, sirio-palestinos que han huido de la guerra, con el único privilegio de tener un pasaporte europeo. Incluso uno de los canguros que cuidó con cariño a mi sobrina cuando era un bebé cuelga posts racistas en Facebook.

Muchos húngaros no perdonarán a Orbán la división que ha fomentado, ni que el mundo entero les señale con vergüenza. En unos meses su gobierno ha destruido décadas de relaciones excelentes con el pueblo sirio y con el árabe en general. Durante los años de la Unión Soviética muchos sirios estudiaron en Hungría y fueron numerosos los matrimonios mixtos. La comunidad húngara en Siria no era tan numerosa como la rusa, pero sí notable y bien integrada.

Hace unas semanas, antes de irse a la cama, mi sobrina le dijo a su madre que no quería ir al colegio al día siguiente. No soportaba las burlas de los niños, que le acusaban de que los sirios, como ella, son terroristas y echan a los húngaros de sus casas. Niños de doce años que solo pueden reproducir lo que escuchan en casa, y que hasta hace poco nunca habían tratado con desprecio a su compañera. Cuando mi cuñada consiguió consolarla, mi sobrina le dijo con una determinación que sorprendió a su madre: “A partir de ahora tengo que ser un buen ejemplo”. Fue la lección de una niña de doce años para Viktor Orbán, representante de la democracia húngara.

“Hungría inhumana". Así de contundente era la pancarta que portaba un manifestante el pasado 12 de septiembre en la marcha a favor de los refugiados en Madrid. La cartulina era reversible y al otro lado rezaba: “Paz en Siria”. Se da la circunstancia de que mi mujer es sirio-palestina, pero su madre es húngara, y...

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Mario Cuesta

Periodista y guionista, ha escrito series de ficción y documentales para las principales cadenas de televisión españolas, incluido el programa Desafío Extremo, de Jesús Calleja. En 2009 residió en Damasco, que es el origen de su primer libro ‘Por encima de mi cadáver; un viajero sin paciencia por Siria, Líbano y la Turquía kurda’, publicado en 2015 por Ediciones del Viento.

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1 comentario(s)

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  1. José Espejo

    Me ha encantado el artículo. Enhorabuena al autor y a ctxt. Sois un oasis de calidad informativa, gracias.

    Hace 6 años 1 mes

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