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Generación crápula

Caballeros toledanos

Lorca, Dalí, Alberti y María Teresa León, Pepín Bello y muchos más formaron parte de la orden fundada por Luis Buñuel en 1923

Miguel Barrero 28/10/2015

<p>Catherine Deneuve en una imagen de <em>Tristana</em>, drigida por Luis Buñuel.</p>

Catherine Deneuve en una imagen de Tristana, drigida por Luis Buñuel.

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No hay cinéfilo que no recuerde, especialmente si entre sus filias se encuentran los delirios buñuelianos, aquella escena de Tristana (1974) en la que la bella Catherine Deneuve se inclinaba sobre una estatua yacente en un rapto necrófilo, donde el impulso determinante no era la atracción por el difunto que yacía bajo una fría losa de mármol, sino ese poderoso magnetismo que desprende la belleza cuando se manifiesta sin ambages, en plena posesión de todas sus facultades. Como podrán imaginar quienes conozcan o tengan una mínima noticia de las motivaciones que guían la obra del cineasta aragonés, nada en ese tramo del metraje es casual: la obsesión del director con el clero y todo lo que representaban (u ocultaban) los rituales inexcusables del catolicismo, la querencia por buscar territorios de confluencia entre el sexo y la muerte, la confrontación de lo vivo y lo inerte, materializada en la dicotomía abierta entre una mujer hermosísima y una máscara mortuoria. Al margen de lo evidente, el tête à tête que establecen el personaje de Tristana y la momia de alabastro es, también y sobre todo, un guiño del director a su propia biografía en un momento, él acababa de cumplir setenta años, en el que comenzaba a entreverse el final del camino y resultaba complicado conjurar la nostalgia hacia un país que había tenido que abandonar más de treinta años atrás y al que ya nunca regresaría. De hecho, un año antes había ensayado idéntico recurso, el mostrar el cadáver de un obispo bien acomodado en su sepulcro, en el largometraje La Vía Láctea (1969), aunque lo que en aquella ocasión era sólo una pista, esta vez sí, para perfectos iniciados, en Tristana se convirtió todo un homenaje autorreferencial hacia lo que acaso entendió que habían sido sus mejores años.  

La historia que terminó dando lugar a esa escena comenzó en Toledo, en 1923, en plena festividad de San José y trece días después de que el mismísimo Albert Einstein visitara la ciudad. Pero aquella tarde el aún jovencísimo Buñuel no estaba allí para rendir honores al celebrado físico, sino que recorría las empinadas callejuelas del casco histórico en busca de tabernas donde saciar una sed de dimensiones mitológicas. Sin que sepamos muy bien cómo, el maño imberbe acabó, completamente borracho, paseando por el claustro de la imponente catedral gótica. Fue allí donde escuchó, primero, a miles de pájaros cantar al unísono y, después, una inesperada voz interior que le conminaba a acudir de inmediato al convento de Los Carmelitas; no para presentar las credenciales que le permitieran incorporarse a la orden, sino con la única finalidad de robar la caja del convento. Fiel al mandato —tan excepcional, a decir verdad, como atractivo—, Buñuel se encaminó al cenobio y el portero le condujo hasta un fraile que salió enseguida a recibirle y escuchó cómo el joven le hablaba de su súbito, ferviente y cínico deseo de profesar en las filas de los carmelitas. El monje, perro viejo al fin y al cabo, percibió el fuerte olor a vino que desprendía su aliento y, muy educadamente, le acompañó de nuevo hasta la puerta para devolverlo a las gélidas e intrincadas calles de la ciudad. “Al día siguiente”, relató el propio Buñuel en su momento, “decidí fundar la Orden de Toledo”.

El maño imberbe acabó, completamente borracho, paseando por el claustro de la imponente catedral gótica.

El invento se fraguó entre los muros de la madrileña Residencia de Estudiantes. En aquel reducto donde se venían defendiendo desde 1910 los postulados de la Institución Libre de Enseñanza, estaba instalado entonces el embrión de lo que se convertiría en uno de los más fulgurantes grupos de la cultura española, aunque el brillo de sus frutos terminara deslucido por la crudeza del exilio al que se vieron abocados muchos de sus componentes. El mismo Buñuel era, como se sabe, uno de sus residentes, y es de suponer que, una vez vuelto de su aventura toledana, no tardaría en hacer partícipes de sus planes a sus cómplices. Entre ellos, los dos más próximos eran Federico García Lorca y Salvador Dalí, pero hubo muchos otros que de inmediato se incorporaron a un heterodoxo cuerpo nobiliario que no prometía grandes privilegios, pero sí dibujaba en el horizonte unas expectativas ciertamente pintorescas. La Orden de Toledo arrancó, así, con una jerarquización organizada por el propio Buñuel, que distribuyó a sus miembros, captados mayoritariamente en las habitaciones de los Altos del Hipódromo, en función de su disposición de plegarse a las cinco normas básicas que debían cumplir quienes pretendieran inscribir sus nombres y apellidos en el club.

El cineasta en ciernes se reservó para sí el título de condestable, el de más alto rango, y colocó como secretario a Pepín Bello, uno de los más conspicuos inquilinos de la residencia y máximo apóstol, hasta su fallecimiento, de los principios que habían guiado la labor de la institución. El siguiente grado en importancia era el de caballero fundador, y a él se adscribían Federico García Lorca y su hermano Francisco, Pedro Garfias, Augusto Centeno, José Uzelay, Sánchez Ventura y la bibliotecaria Ernestina González. El título de caballeros a secas lo compartían Hernando y Lulu Viñes, Rafael Alberti, José Barradas, Gustavo Durán, Eduardo Ugarte, Jeanne Rucar, Monique Lacombe, Margarita Manso, María Luisa González, Ricardo Urgoiti, Antonio G. Solalinde, Salvador Dalí, José M. Hinojosa, María Teresa León, René Crével y Pierre Unik. Tras estos escalafones, los netamente nobiliarios, estaba el de los escuderos y sus derivaciones —jefe de invitados de escuderos, invitados de escuderos y los peculiares invitados de invitados de escuderos—, en los que se integraban aquellas personas que estaban de acuerdo con la excursión a Toledo, pero se desentendían solemnemente de todo lo demás.

Había que ir a Toledo con la mayor frecuencia posible y ponerse en disposición de vivir las más inolvidables experiencias.

¿En qué consistían, pues, los preceptos que orientaban la existencia de la Orden? En algún momento, Buñuel los resumió en una sola frase: “Había que ir a Toledo con la mayor frecuencia posible y ponerse en disposición de vivir las más inolvidables experiencias”. En realidad, el cumplimiento de ese mandato sólo permitía que quien lo obedeciera alcanzara el rango de escudero. Para demostrar voluntad de ascender en el escalafón, era absolutamente necesario que los aspirantes respetaran el catálogo completo de postulados, que se recogen a continuación, por riguroso orden de importancia, acompañados de un somero repaso de todo cuanto suponían.

Primero. Vagar durante toda una noche por Toledo, borracho y en completa soledad

En realidad, sólo Luis Buñuel llegó a cumplir rigurosamente este precepto —y seguramente por eso resolvió que sólo él merecía poseer el grado de condestable de la orden— y lo hizo en la festividad de San José en que decidió fundar la congregación tras vivir aquella experiencia seudomística en el claustro de la catedral. Lo cierto es que los miembros de la Orden vagaron muchas noches borrachos por Toledo, pero siempre en compañía o, como mucho, dispersándose sólo de manera puntual. Rafael Alberti recordaba cómo, recién incorporado al grupo, sus compañeros jugaron a despistarle tras armar un ingenuo aquelarre en torno al convento de Santo Domingo y lo consiguieron “dejándome abandonado, solo, perdido en aquella asustante (sic) devanadera de Toledo, sin saber dónde estaba y sin la posibilidad consoladora de que alguien me indicase el camino de la posada, pues además de no encontrar a esas alturas de la noche un solo transeúnte, en Toledo, si no le informan a uno a cada treinta metros, puede considerarse, y aun durante el día, extraviado definitivamente”. El poeta definiría esa experiencia como “una de las peores pruebas a las que se veían sometidos los novatos de la hermandad”, aunque a la postre no fuera tan fiera como llegó a temer: el extravío le permitió localizar el lugar donde nació Garcilaso de la Vega, y Alberti continuó su errático deambular nocturno “como si Garcilaso, un Garcilaso de hojas frescas y oscuras, echase a caminar conmigo por el silencio nocturno de Toledo en espera del alba”.

Segundo. No lavarse durante la estancia

Era, como se podrá imaginar, la norma más difícil de asumir, pero Buñuel y sus compinches ponían de su parte todo lo posible para que se obedeciera debidamente. Los miembros de la orden tenían por costumbre hospedarse en la posada de la Sangre, un vetusto establecimiento que ya no existe y que se encontraba extramuros de la ciudad antigua, aunque no muy alejado de Zocodover. Se llegaba a ella descendiendo la escalinata bajo el arco que conduce al hospital de la Santa Cruz y la leyenda aseveraba que en ella había escrito Miguel de Cervantes su novela ejemplar La ilustre fregona, aunque parece ser que la fonda en que dormían condestable, caballeros y escuderos de la hermandad buñueliana se encontraba unos metros más arriba de donde se había levantado, en tiempos, la posada original. Vicente Blasco Ibáñez, que la visitó para rastrear en ella posibles huellas cervantinas, la describió como “una casucha agrietada, fea, sucia y mal oliente, como todos los establecimientos de su clase”. Pepín Bello, rememorando sus veladas toledanas en compañía de los cofrades de la orden, llegó a explicar que era “un patio sucio, con un carro a un lado y con una mula comiendo al otro”. Se pasaba allí la noche a cambio de una peseta, y si Bello consideraba su limpieza “bastante dudosa”, Buñuel iba aún más allá a la hora de enumerar sus características generales: “La posada apenas había cambiado desde los tiempos de Cervantes: burros en el corral, carreteros, sábanas sucias y estudiantes. Por supuesto, nada de agua corriente”. Es sabido que María Teresa León pasó más de una noche insomne por temor a que se la comiesen las chinches.

Tercero. Acudir a la ciudad una vez al año

Podemos decir que este requisito marcaba el mínimo imprescindible. Se sabe que los miembros de la orden acudían a Toledo muchas más, como demuestra el hecho de que sus integrantes contasen con un ritual debidamente tipificado que procuraban llevar a cabo con la mayor de las fidelidades. “A menudo”, relata Buñuel, “en un estado rayano en el delirio, fomentado por el alcohol, besábamos el suelo, subíamos al campanario de la catedral y escuchábamos en plena noche los cantos de las monjas y los frailes a través de los muros del convento de Santo Domingo”. El plan consistía en llegar a Toledo un sábado a la caída de la tarde —entonces el viaje en tren desde Madrid duraba dos horas—  y, una vez allí, tomar los primeros chatos de vino antes de cenar en cualquier tasca, todo de una forma muy modesta porque, en palabras de Pepín Bello, “no teníamos para más”. Tras el repostaje, tocaba vagabundear por la ciudad durante buena parte de la madrugada, extraviándose y reencontrándose por las callejuelas que discurrían entre la sede episcopal y el convento de Santo Domingo el Antiguo. Cuando el cansancio o el alcohol nublaban del todo el entendimiento, el grupo se recogía en la posada de la Sangre y el domingo, bien temprano, regresaba a Zocodover para desayunar y quitarse las telarañas de la resaca.

No es raro que los miembros de la hermandad tuvieran que pedir dinero a Madrid vía telégrafo.

Era después cuando se encaramaban a la torre catedralicia y rendían visita a determinados hitos inexcusables —entre ellos, la iglesia de Santo Tomé— antes de retirarse a comer. Solían celebrar el almuerzo en la venta de Aires, una casa de comidas que, salvo la ubicación, no tenía nada que ver con la que, con el mismo nombre, se levanta hoy en día en el paseo del circo Romano. Allí tomaban tortilla a caballo, perdiz escabechada y vino de Yepes. En la sobremesa, si había suerte, Federico García Lorca recitaba algún poema y Salvador Dalí se dedicaba a hacer “sus cosas”, según recordaba Bello con enigmática elocuencia. Eran ya las postrimerías de la estancia, y pese a la frugalidad con que se desarrollaba todo hubo ocasiones en que el apasionamiento les hizo quedarse sin recursos. No era raro que los miembros de la hermandad tuvieran que pedir dinero a Madrid vía telégrafo, y se sabe que el pintor José Uzelay, uno de los fundadores de la orden, se vio obligado al menos una vez a improvisar una serie de dibujos que vendió por las calles de Toledo, obteniendo así la calderilla que necesitaba para coger el tren de vuelta.

Cuarto. Amar a Toledo por encima de todas las cosas

¿Por qué esa fascinación por Toledo? La pregunta es un tanto ociosa, ya que pocas personas pueden resistirse a la atracción que ejerce una ciudad en la que convivieron tres culturas y donde el tiempo tuvo a bien detenerse, una vez finiquitada su época imperial, para convertirla en uno de los paisajes urbanos más bellos y definitorios de toda la península. En sus callejuelas laberínticas perviven vestigios excepcionalmente conservados de las tres confesiones que a lo largo de la Historia impregnaron su espíritu, y en su tranquilidad nocturna resuenan los ecos de las armas y las letras que hicieron de ella uno de los centros intelectuales más vivos de Europa. Si en nuestros días resulta tremendamente sencillo evadirse en Toledo de las inaplazables demandas de la vida moderna, cabe imaginar que en los tiempos en los que la orden hacía de las suyas por sus rincones esa facilidad para abstraerse sería aún más pronunciada por cuanto Toledo, tras el estancamiento que sufrió entre los siglos XVII y XIX, cuando la Corte abandonó definitivamente sus predios y tuvo que acostumbrarse a cimentar su supervivencia en el recuerdo de las glorias pretéritas, no habría cambiado gran cosa desde los tiempos de Carlos I.

A la conservación de su fisonomía urbana había que sumar que en Toledo (o sobre Toledo) habían desarrollado sus creaciones El Greco, Miguel de Cervantes, Gustavo Adolfo Bécquer, los miembros de la Escuela de Traductores de Alfonso X, Garcilaso de la Vega y otros muchos nombres que componían todo un imaginario en el que se encontraba lo más granado de la historia de la literatura y el arte españoles. Que ese breve amasijo de calles en pendiente hubiese condensado tal cantidad de talento sólo podía devenir en la configuración de un espacio mítico en el que dar rienda suelta a las fantasías juveniles de un grupo que más antes que después también iba a acabar ampliando los horizontes creativos de su país natal. Jean Claude Carrière, guionista inseparable de Buñuel, lo explicaba así a raíz de la publicación de su libro autobiográfico Para matar al recuerdo: “Para ellos Toledo era un lugar de peregrinaje sagrado, pero no a la manera religiosa. Las razones de esa pasión por Toledo no las he llegado a entender del todo. Quizás fue la mezcla de pueblos, culturas e imágenes que uno se encontraba aquí. Esa debió de ser la razón más profunda de su amor”.   

Quinto. Velar el sepulcro del cardenal Tavera

En este punto del rito se fundamenta el homenaje autorreferencial que Buñuel tuvo a bien hacerse en su Tristana. Juan Pardo de Tavera fue un cardenal que llegó a ocupar el cargo de inquisidor general de España. Fue, además, arzobispo de Ciudad Rodrigo, Osma, Santiago de Compostela y Toledo. En esta última ciudad hizo construir, en 1541, el hospital de San Juan Bautista, un portentoso edificio que se considera la primera muestra castellana del Renacimiento clásico. Del protagonismo que adquirieron tanto el personaje como el complejo por él fundado da fe el papel que a este último le confirió El Greco en uno de sus lienzos más emblemáticos. En Vista y plano de Toledo, Doménico Theotokópoulos sitúa la construcción no en el lugar que le correspondería teniendo en cuenta su disposición geográfica, sino flotando sobre una nube que emerge en primer plano, como un faro que orientase el devenir de la ciudad. El hospital de San Juan Bautista, el hospital Tavera, fue un lugar importante y continúa siéndolo hoy en día: en su interior se encuentran el Museo Fundación Lerma y la sección del Archivo Histórico Nacional dedicada a la nobleza, y su doble claustro trazado en cumplimiento de las más venerables normas arquitectónicas de la Roma clásica es una de esas visitas inexcusables que uno debe rendir si anda de paso por Toledo. Es el corredor central que marca la divisoria entre los dos patios, de hecho, el que nos conduce hasta las puertas de la iglesia del hospital, un templo que impresiona por su imponente austeridad y donde los cofrades de la orden solían culminar sus efímeras huidas a esa escarpada orilla del Tajo.

“Si hay una cosa que no fallaba nunca”, evocó en su día Pepín Bello, “era ir al hospital Tavera. Dábamos una vuelta viendo los grecos y viendo sobre todo el sepulcro de Tavera”. Buñuel también tuvo ocasión de recordar esos “minutos de recogimiento delante de la estatua yacente del cardenal, muerto de alabastro, de mejillas pálidas y hundidas, captado por el escultor una o dos horas antes de que empezara la putrefacción». El sepulcro, esculpido por Berruguete, sigue estando en el mismo sitio, frente al altar mayor, y su contemplación atenta resulta, en verdad, impresionante. El realismo casi fotográfico de las facciones del difunto, la delicadeza con que el escultor supo tratar el alabastro, la minuciosidad con que se tallaron incluso los detalles más accesorios, hacen que la sepultura compita seriamente en belleza e interés con las obras de El Greco que allí se conservan y que constituyen el principal polo de atracción para los viajeros que se acercan hasta este reducto alejado sólo unos pocos metros de la Puerta de la Bisagra. Era en este lúgubre canto a la finitud de los días donde el grupo, igual que ahora nosotros, ponía término a su excursión para caminar el aún largo trecho que les separaba de la estación y coger el tren de regreso a Madrid, dejando a sus espaldas la silueta de una ciudad eternamente sumergida en las neblinas de un pasado que, entonces como hoy, se resiste a abandonarla del todo.

No hay cinéfilo que no recuerde, especialmente si entre sus filias se encuentran los delirios buñuelianos, aquella escena de Tristana (1974) en la que la bella Catherine Deneuve se inclinaba sobre una estatua yacente en un rapto necrófilo, donde el impulso determinante no era la atracción por...

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Autor >

Miguel Barrero

Asturiano de Oviedo, 1980. Ha escrito Espejo (KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012) y Camposanto en Collioure (Trea, 2015). Ha colaborado en obras colectivas como la antología Náufragos en San Borondón (Baile del Sol, 2012) o Tripulantes (Eclipsados, 2007).

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