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El Águila de un país devastado

Marcos Pereda 28/10/2015

<p>Imagen tomada de un vídeo de Francisco Martín Bahamontes durante el Tour de Francia de 1959.</p>

Imagen tomada de un vídeo de Francisco Martín Bahamontes durante el Tour de Francia de 1959.

RTVE

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Es una historia compartida por toda una generación. Años tan agónicos que, en lugar de tristes, aparecen en la memoria como melancólicos. Apenas había tiempo para llorar al ausente, para lamentar lo perdido. Todo el día se marchaba en llevar algo a la boca, en esconder, durante unas horas, la rabia que el hambre desliga en el interior de los hombres. Memoria acompañada de un recuerdo en blancos y negros que semejan grises. Es el lamento de tantos ejemplificado en el grito de uno. Es, claro, la infancia del Águila, el relato de aquel niño que nunca fue niño en la España de los treinta y los cuarenta. Es el retinglar del corazón en Federico Martín Bahamontes, pero bien podría ser el rasgar en las biografías de muchos otros. Es lo que fue, lo que tantos vivieron. La historia de un niño moreno, cetrino, que tiene que sobrevivir en el Toledo de antes y después de la guerra. Nada importa que aquel zagal creciera y acabase venciendo en el Tour de Francia. O casi nada. Pongan otros nombres, otras latitudes, dibujen destinos, tragedias. Esta es la historia de todas las historias. Quizás también sea la suya.

El padre de nuestro protagonista se llama Julián y es un veterano de la Guerra de Cuba, la del lejano año 1898. Es por eso por lo que no teme ser llamado a filas aquel julio de 1936 que se iba a comer, los sueños de todos. Era viejo, casi anciano, una figura triste y pesarosa que se paseaba por las calles de Santo Domingo, por las cuestas empedradas del Toledo melancólico, tan Sturm und Drang, de principios de siglo. Pero aquel verano no se respetaron los años, no se detuvieron las manos de los malvados. Y nuestro Julián pronto es impelido para que vaya a proteger con su sangre, con su vida, con la de todos los suyos, aquel monumento a la barbarie y el horror que acabó siendo el Alcázar toledano. Y él, claro, huye. Huye a su pueblo, a la finca enorme que el duque de Montoya escupía por cinco duros mal contados a los arrieros a cambio de despojarles de casi todo lo que pudieran llevarse a la boca. Era solo el principio de su exilio.

Porque en la España de 1936 Ítaca era, más que una nostalgia, una promesa de dolor. Y al llegar a su hogar los Bahamontes ven que las tropas republicanas la han convertido en un cuartel artillero. Y son ellos ahora, los rojos, los que quieren reclutar a Julián para su causa. Pero el Bahamontes viejo es pusilánime, es débil de carácter, y siempre, siempre, prefiere huir a afrontar la realidad. Así que coge a la prole y se marcha. Al norte, a esa ciudad de Madrid que parece aguantar las embestidas que llegan desde fuera y que a duras penas soporta las que explotan desde dentro. Abandonan los Bahamontes un cuartel artillero, y años más tarde el joven Federico habrá de recordar cómo, a la vuelta, se ganaba la vida desenterrando de entre sus ruinas bombas y munición, aún activa, para venderla después al peso en el mercado de Zocodover.

Al llegar a Madrid toda la familia va a la Ciudad Universitaria, a un enorme campo de refugiados con miles de personas viviendo bajo lonas, pasando frío y hambre. Allí el joven Federico, apenas un niño de ocho años, tiene que empezar a ayudar para que el clan salga adelante. Lo primero es procurarse algo para poder quemar, algo que caliente por las noches y permita cocinar las menudencias que se van robando al destino. Fácil para el chaval, que pronto demuestra sus dotes como deportista saltando cada noche los enrejados muros del Parque del Retiro gracias a una cuerda y un gancho. Una vez dentro del vergel se dedica a coger madera seca del suelo, y a intentar, la mayoría de las veces de forma infructuosa, capturar alguna ardilla con la que engañar al hambre un día más…

La siguiente parada de esta odisea lleva a todos los Bahamontes a un pequeño piso que la hermana del padre tiene, precisamente, cerca de El Retiro. Allí, en un espacio diminuto, en una buhardilla asfixiante, viven durante meses. A pesar de sus reticencias, de sus miedos, Julián debe comunicar el cambio de domicilio a las autoridades republicanas, porque de lo contrario no tendrá derecho a disfrutar de una cartilla de racionamiento. Y eso, en el Madrid de la época, era tanto como decir que estabas condenado a la muerte por inanición. “Comí de todo cuando era chaval, de todo”, recordaba Federico, “comí pieles de naranja, pan agusanado, fruta podrida, sarmientos, y gatos. Sí, gato. Yo cazaba un gato, le arrancaba la cabeza, las patas, le quitaba la piel y mi madre lo rellenaba con verduras, sal y pimienta… y al horno. Estaba delicioso, lo llamábamos cabritillo”. Pero, una vez dentro del sistema administrativo, los temores del padre se cumplen y es reclutado por el Ejército republicano. Allí, campesino obstinado que parece entenderse solo con los animales, será el encargado de la manutención de mulas y caballos durante la batalla de Brunete, balas silbando en sus oídos, ronroneo amoroso mientras se abraza, temblando, a un burrito lleno de pulgas, Platero en mitad de la guerra, sangre sobre su suavidad grisácea. Brunete es una llama, un cráter. La República está a punto de caer, los soldados huyen, se dispersan. Los Bahamontes se desplazan de nuevo, esta vez a Villarrubia de Santiago, un pueblecito situado casi en la raya que separa Madrid de Toledo. Allí otro cuñado tenía una plantación de olivares. Era poco, apenas sustraerle una sonrisa a la miseria, pero podría ser suficiente. Podría haberlo sido…

Porque Julián, Julián Bahamontes, era un soldado rojo, y los rojos habían perdido la primera parte de la guerra, esa que duró tres años y pintó de bermejo el recuerdo de los españoles. Pero la segunda parte, la segunda, iba a ser casi tan cruel para quienes escogieron (o les fue escogido) el bando que perdió. Así que Julián, pasado a cuestas, solo encuentra trabajo como peón caminero. O, más bien, para ser exactos, picando piedras enormes en cunetas hasta que tuvieran textura de macadam. Y para allá que se lleva al chaval, a ese Federico de doce, de trece años, la primera vez de tantas en que será forzado de la ruta.

Pero con los años todos se dan cuenta de que eso es insuficiente. Y será el mismo Federico quien dé con la solución, al menos para ir tirando. Hace poco se había comprado una bicicleta que había costado 150 pesetas de las de 1946. Usada, claro, sin frenos ni neumáticos, pero una bicicleta. Un instrumento de trabajo. Nunca había tenido el pequeño Federico afición por el ciclismo. El fútbol sí, el fútbol le gustaba, al menos hasta aquella noche en que dormía abrazado a su pequeña pelota de trapos y su madre la arranca de las manos y la destroza. “Tienes que trabajar, Federico, tienes que trabajar, no puedes entretenerte con juegos”. Nunca pudo ser niño.

Así que, sobre la bicicleta, claro, a mercadear. Al mercado negro, cómo no, que era casi el único en aquella época de grandes estraperlos para llenar enormes bolsillos y pequeños engaños con los que arrebatar un día más al destino. Y esa bicicleta, a recorrer los pueblos de Toledo llevando de acá para allá verduras, frutas, a veces, casi nunca, algo de carne. Siempre sin conocimiento oficial. Iba el pequeño Federico, el enjuto Federico, a la hora de más calor, “porque así cuando veía a la pareja de la Guardia Civil era dormida bajo la sombra de un árbol”. A veces, pocas, pero suficientes, los guardias lo veían, y salían en su busca, corriendo o a caballo. Y entonces Federico apretaba los pedales, piernas de Águila futura, y tenía que correr no por un trofeo, sino por su misma libertad. Y ganaba, vaya si ganaba.

Hasta el día en que los vio venir, allí a lo lejos, y comprendió que no podía huir. Y entonces Federico, el de la tez morena, el de los ojos oscuros, tuvo que esconderse bajo un puente, sumergido hasta la boca en el agua cenagada. Esperando y esperando a que pasase el peligro, oliéndolo después volver, no atreviéndose a salir hasta bien entrada la noche, cuando el frío y la ponzoña se habían quedado a vivir en huesos, en pulmones. Llegó a casa sostenido solo por su voluntad, antes de derrumbarse en la cama. Fiebre y delirio. Tres meses sin poder ver la luz de la calle. “Casi me muero, se me cayó todo el pelo del cuerpo. De hecho, el de la cabeza lo tenía liso y fino, y después me volvió a crecer rizado, como lo tengo ahora”. Como lo sigue teniendo. Pasado.

Cuando se recupera, el joven Federico vuelve a las andadas. Un día otro de los pilluelos que se dedican al contrabando sobre la bici avisa: se va a celebrar una carrera en Toledo. Piensa en el premio, echa cuentas. Le sale mejor que seguir con el estraperlo. Y para allá que se va, con un limón y un plátano como avituallamiento. “Me comí incluso las pieles de ambos, de tanta hambre que tenía”. Y, qué hiciste, Federico, en aquella primera carrera. “Atacar, atacar de salida. Desde siempre”.

Empezaba una leyenda. Terminaba una epopeya.

 

Es una historia compartida por toda una generación. Años tan agónicos que, en lugar de tristes, aparecen en la memoria como melancólicos. Apenas había tiempo para llorar al ausente, para lamentar lo perdido. Todo el día se marchaba en llevar algo a la boca, en esconder, durante unas horas, la rabia que...

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Marcos Pereda

Marcos Pereda (Torrelavega, 1981), profesor y escritor, ha publicado obras sobre Derecho, Historia, Filosofía y Deporte. Le gustan los relatos donde nada es lo que parece, los maillots de los años 70 y la literatura francesa. Si tienes que buscarlo seguro que lo encuentras entre las páginas de un libro. Es autor de Arriva Italia. Gloria y Miseria de la Nación que soñó ciclismo y de "Periquismo: crónica de una pasión" (Punto de Vista).

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