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Jorge Dezcallar / Exdirector del Centro Nacional de Inteligencia (CNI)

"Los españoles no somos conscientes del espionaje industrial"

El diplomático publica ‘Valió la pena’, un libro en el que cuenta su dimisión tras los atentados del 11-M y su labor como embajador en Washington, Líbano, el Vaticano y otras plazas

Óscar Sainz de la Maza / Ainhoa Campos Madrid , 28/10/2015

<p>Exdirector del Centro Nacional de Inteligencia (CNI).</p>

Exdirector del Centro Nacional de Inteligencia (CNI).

Robert D. Ward

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Jorge Dezcallar  (Palma de Mallorca, 1945) se reclina en el asiento; viste con elegancia y su voz, suave y apagada, denota sofisticación. El hall del Hotel Velázquez de Madrid, amueblado con maderas bruñidas y grandes espejos en las paredes, parece el escenario adecuado para cualquiera de los mundos en los que este hombre se ha movido a lo largo de su vida, y que le han dejado una verdadera riada de anécdotas que sólo recientemente ha recogido en sus memorias: Valió la pena. Una vida entre diplomáticos y espías  (Península, 2015).

El primero de esos mundos ha sido el de la diplomacia española: contribuyendo a su reconstrucción una vez diluidos los efluvios del aislamiento franquista, siempre a la sombra del ministro, y bajo las firmes batutas tanto de González como Aznar; un mundo que le ha enseñado que para defender los intereses en el exterior “hay que estar dispuestos a pagar un precio”. En Uruguay, en 1978, vio de cerca las pútridas mazmorras de su dictadura y hubo de encargarse de ayudar a los opositores detenidos, de los que el propio cónsul español opinaba que debían seguir en la cárcel. En 1986, vivió el establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel: algo inédito, primero por la aversión de los judíos al fascismo pro-alemán de Franco, y más tarde por las veleidades antisemitas de este. Le tocó sufrir también el Líbano de la década, viajando bajo las balas de los francotiradores cristianos o escoltado por matones sirios de pelo engominado y pegatinas de Minnie Mouse en los subfusiles. En Liberia, organizó una evacuación en medio de una guerra civil: aquellos que decidieron quedarse morirían a machetazos.  En Libia, rememora el saludo de Gaddafi al ministro socialista en 1989 --“Israel debería ser destruida, ¿no cree?”--, muy propio de un dictador sanguinario cuyos diplomáticos hubieron de ser expulsados de España cuando pretendían volar por los aires a un opositor en un hotel situado en plena Gran Vía. Y recuerda los embrollos en los que el tráfico de armas español metía a su cuerpo diplomático cuando las naciones compradoras decidían, a su vez, vendérselas a terceros países africanos. Finalmente, la negativa de Alfonso Guerra a dejarle volar con él desde Angola, y la memorable disculpa del jefe de Gabinete: “Al vicepresidente le guhta viajar ansho.”

¿Su otro mundo? El espionaje. Tras pasar de 1997 a 2001 como embajador en Marruecos, pasó a dirigir el CESID, inmediatamente reorganizado como CNI. De nuevo, situaciones tensas y filtraciones parlamentarias. Viajó a Venezuela en 2002, viendo como Chávez divagaba para ganar tiempo y ayudar a huir a los etarras que el CNI había ido a buscar. También en casa: días después del 11-M, sostiene Dezcallar, un Aznar cada vez más ensimismado en su versión de los hechos llegó a marginarle en la investigación y ocultarle algunas de las pistas más sonadas del caso.

Tras el cambio de gobierno, fue liquidado por Bono y enviado como embajador a la Santa Sede, donde trataría de encauzar el impacto que las reformas de Zapatero tenían sobre el Papado, entonces ultraconservador. De aquello, recuerda los esfuerzos de los políticos por conseguir sitio en el funeral de Juan Pablo II (un expresidente llegó a exigir su dimisión ante el Rey por no lograrlo), y el sonado chasco de los socialistas cuando quisieron hacerse una foto con el nuevo Papa: el fotógrafo había recibido órdenes de no atenderles, con motivo de la aprobación en España del matrimonio homosexual. Tras Roma, llegaría Washington --donde firmó la tardía paz entre los españoles y los indios Ácoma, masacrados en 1598-- y, finalmente, la nada. Mariano Rajoy no quiso trabajar con él y Dezcallar asumió que aquel era el mejor momento para retirarse.

Ahora, sin tiempo casi para leer la prensa, se enfrenta a nuestra entrevista; en media hora, a otra. Y después, ha de tomar un avión. Parece cumplirse entonces la sabia profecía que le hiciera en tiempos el camarlengo del papa Juan Pablo II: “Haga ahora todo lo que tenga que hacer, porque cuando se jubile no tendrá tiempo”.

Antes de comenzar, una duda, a raíz de lo leído en su libro: cuando se produce un cambio de gobierno, ¿se borra toda la información?

Efectivamente, hay momentos en que sí. Recuerdo que cuando se fue Calvo Sotelo, dio orden de borrar y no entregar cosas a los socialistas de Felipe González. Y cuando se fue Aznar, dio orden de hacer desaparecer todos los archivos, con el recochineo añadido de que le pasó la cuenta del encargo a Zapatero. No sé si se sigue haciendo o no, sé que se hizo en el pasado porque lo he vivido. No me parece bien. Cuando yo he estado al frente del CNI, le he pasado todo, absolutamente todo, a mi sucesor.

Ha dirigido la Inteligencia española desde 2001 a 2004 pero ¿llegó a ser en algún momento agente de campo, espía?

Nunca; una cosa es la diplomacia, otra el espionaje. Cuando he dirigido espías, siempre era otro al que le encargaba el trabajo. Para eso hay que valer, no todo el mundo sirve.

¿Qué se necesita para ser espía?

Cualidades especiales: se necesita ser muy arrojado, se necesita temple, ser capaz de trabajar en equipo, valor, discreción... Un montón de cosas.

Fue embajador en Marruecos entre 1997 y 2001. ¿Cómo son nuestras relaciones con el vecino del sur? ¿Cómo entiende Marruecos la diplomacia?

La diplomacia en Marruecos no depende, como en España, de un cuerpo profesional. Aunque algunos sí son profesionales, la mayoría de los diplomáticos allí son muy políticos; han de disfrutar de la confianza del Rey, que es el que los nombra y los cesa. A diferencia de lo que le ocurre a los nuestros, que están destinados en cada país unos tres/cuatro años, los embajadores marroquíes pueden pasarse quince años en un mismo lugar. Respecto a las relaciones entre ambos países, son poco racionales y muy pasionales. Son así, y lo van a seguir siendo en un futuro. Son como “dientes de sierra”, a veces van mejor, a veces peor: es decir, no son plácidas ni tranquilas. Tenemos muchísimos intereses compartidos y, cuando las relaciones son tan intensas, es normal que no estemos de acuerdo en todo. Lo importante es que tengamos la voluntad de resolverlo como buenos amigos. Ahora nos encontramos en un momento muy bueno. Ojalá dure, pero sé que llegará un momento en que volverán a estropearse.

¿Cómo evolucionó la relación con José María Aznar, el hombre que le puso a cargo del CESID? [CNI a partir de 2001].

Puedo contar mi parte; la suya la desconozco. Él me ofreció el cargo “sin anestesia”, no me lo esperaba. Decidí que lo mejor que podía hacer un jefe de Inteligencia era decirle la verdad tal y como la veía. Eso es lo que hice. Soy consciente de que a veces le gustaba más, y a veces le gustaba menos. Pero creo que la gente que siempre dice “sí” al jefe le hace un mal servicio.

¿Ocurre eso mucho en política?

Ocurre muchísimo en política. Es lo más frecuente. Por mi parte, preferí ser honesto con él, y soy consciente de que algunas cosas no le gustaron, pero qué le vamos a hacer...

¿En algún momento se enturbia la relación entre ambos, se corta la comunicación..?

No sé, sospecho que se va enturbiando cuando le digo, por ejemplo, que no veo relación alguna entre Sadam Husein y Al-Qaeda. O que no tengo constancia de que queden en Irak armas de destrucción masiva. Pero realmente fue un proceso lento, que se fue produciendo a lo largo del tiempo.

Parece que los servicios de Inteligencia españoles tenían una relación cercana con los de Sadam. ¿Es eso así?

Efectivamente. El CESID, luego CNI, tenía buena relación con los servicios de Inteligencia de Saddam Husein.

Y suponemos que eso facilitó el saber si Sadam mantenía relación con Al Qaeda o no...

No, porque en ese caso, ellos tampoco nos lo habrían contado. Uno puede relacionarse con el otro, pero al fin y al cabo defiende los intereses de su propio país. Los de Sadam le dictaban mantener cierto grado de incertidumbre sobre si tenía o no tenía armas de destrucción masiva; de cara a sus vecinos (con quien tenía muy mala relación) y de cara a su propio pueblo (a quien tenía sojuzgado). Pensó que no le iban a atacar. Como dijo Tony Blair, “él iba de farol y nosotros creíamos que iba en serio, así que nosotros fuimos en serio pero él se creyó que íbamos de farol”.

¿Estaban listos para hacer frente en enero de 2004 a la amenaza yihadista? El País informa de que sólo se dedicaban 150 agentes de distintos cuerpos a investigarlo...

La verdad es que desconozco el dato. Nosotros ya teníamos un problema muy grave que era ETA: había matado a 800 personas; en mi época, a una docena. Trabajábamos fundamentalmente para combatir su terrorismo. Pero el yihadismo era un fenómeno nuevo que apareció en 2001 y hubo que aprender a luchar contra ello, a utilizar métodos diferentes. Cuando el inspector Torrenteras murió en la casa de Leganés, murió porque no estábamos preparados para luchar contra gente que, cuando ibas a ponerles las esposas, se volaban en pedazos junto con el edificio en el que se encontraban.

¿No había habido precedentes de terrorismo yihadista en los 70, 80..?

Alguna cosa. Algún atentado realizado por facciones palestinas, el de la carretera de Barajas [bomba en el restaurante El Descanso, en 1985], algo contra los americanos... Cosas pequeñitas, contra objetivos concretos, no terrorismo yihadista como tal. Esto fue una novedad: comenzó una cooperación internacional que antes no se había dado. Nosotros estábamos volcados en ETA y tuvimos que cambiar la orientación, reutilizar a parte de los agentes (sin abandonar a ETA), preparar traductores... ¡Teníamos conversaciones que no entendíamos! Los etarras hablan en euskera o en castellano pero los yihadistas usan mil dialectos diferentes. Formar especialistas y desarrollar esas capacidades lleva tiempo.

¿Cómo manejaron el PP y el PSOE los días posteriores al 11-M?

Creo sinceramente, y esta es una constatación amarga, que se impuso el interés partidista sobre el interés nacional. Había elecciones tres días más tarde y todos jugaron a obtener ventaja en ellas como consecuencia del atentado. Creo que, si todos los partidos políticos --a iniciativa del Gobierno, que es el que tenía la responsabilidad de hacerlo-- se hubieran reunido en una mesa y hubiesen dicho “estamos ante el mayor atentado terrorista ocurrido en España, vamos a ver cómo salimos de esta entre todos” se habría producido una situación diferente. Desgraciadamente, los dos grandes partidos no lo hicieron. Lo que ocurre es que la responsabilidad es mayor en el caso del Partido Popular porque era el que tenía responsabilidades de gobierno.

¿Aznar llegó a desclasificar documentos del CNI?

Eso fue unos días después, no ya del 11-M sino de las elecciones. Decidió desclasificar algunos documentos con la aparente intención de demostrar que la responsabilidad por haber defendido la autoría de ETA no era sólo suya, sino que había sido inducido a ello. En el libro, aparte de explicar por qué no me pareció bien, creo que demuestro, además, que aquello no era cierto.

¿Esta desclasificación afectó a las relaciones con los servicios de Inteligencia extranjeros?

Claro. Los servicios de Inteligencia mantienen una cooperación muy estrecha después del atentado de las Torres Gemelas. Intercambiamos información y documentación frecuentemente sobre los terroristas que conocemos. Pero si eso corre el riesgo de aparecer en un periódico, pues no te la van a dar, porque puede comprometer sus fuentes y poner en peligro la vida de sus propios agentes. Así que aquella desclasificación impidió la colaboración con otros servicios: a mí me cerraron el grifo.

¿Los socialistas llegaron también a desclasificar documentos una vez en el poder, con fines opuestos?

No, lo que sucede ahí es que la Comisión de Investigación del 11-M les pide los documentos, y el Gobierno se los entrega.

Señala que, después del 11-M, los terroristas intentaron un segundo atentado...

Sí, hubo un atentado fallido. El problema, una vez pasado el 11-M, era que los terroristas seguían vivitos y coleando --no había habido suicidas, como decían algunos medios de comunicación-- y almacenaban aún una cantidad de explosivos que no conocimos con certeza hasta que se detuvo a Trashorras y se comprobó cuántos kilos de explosivos habían salido de su mina en Asturias. ¿Que podían hacer otro atentado? Era evidente. ¿Que querían hacerlo? Sabíamos que sí, porque ellos iban a morir matando. Es más, en uno de los comunicados en los que reivindicaban el atentado, amenazaban con seguir matando. Entonces, cerca de Mocejón, en Toledo, se encontró un explosivo en las vías del AVE dispuesto para explotar cuando pasara el tren por encima. Claro que lo intentaron, pero se impidió el atentado: hay muchos que se impiden. Esos son precisamente los que no salen a la luz. La gente sólo se entera de un atentado... cuando fracasamos.

Sobre el final de ETA, dice: “A enemigo que huye, puente de plata”. ¿En qué medidas se traduce eso?

ETA, gracias a la política que se ha llevado a cabo estos últimos años, tanto por unos como por otros --y ahí alabo lo que hizo Aznar en su época, porque es la que conocí de cerca y en la que yo trabajé--, está en el suelo, desangrándose y muriendo. A ETA sólo le queda pedir perdón y entregar las armas antes de desaparecer, la única forma en la que puede recobrar una pizca de dignidad, porque dignidad no tiene ninguna. Creo también que con el vencido --y ETA está completamente vencida-- se ha de ser generoso y ayudarle a hacer lo que tiene que hacer. ¿Cómo se traduce eso en términos políticos? Eso es algo que el Gobierno debe de hablar con el Gobierno vasco, que está muy cerca también del tema, cooperando ambos en la búsqueda de soluciones. Y ETA lo que tiene que hacer, no nos engañemos, es pedir perdón, entregar las armas, desaparecer, acabar de morirse y desaparecer por el desagüe de la Historia.

¿Existe riesgo de escisión en la banda?

Siempre se habla de eso. No sé qué político decía el otro día “lo que queda de ETA cabe en un microbús”. Lo cierto es que, para matar, basta un único descerebrado armado con una pistola, basta una “escisión” de uno. Pero creo que no hay terreno para una escisión en este momento. Para montar una, ¿en qué habría que basarse, en mantener la lucha armada? Ni la sociedad española ni la vasca admiten, a día de hoy, que ninguna causa se defienda con un tiro en la nuca. Y cuando tu único argumento es matar al que no está de acuerdo contigo, y no puedes matar porque la sociedad no te lo compra, te quedas sin argumentos. Así que no tiene sentido una escisión en estos momentos: matar, es posible que mataran a alguien, pero no conseguirían nada...

¿Han llegado a crearse, en las autonomías, servicios secretos paralelos? En Cataluña se montó el CESICAT, del que los hackers de Anonymous revelaron que había espiado a periodistas, izquierdistas, etc, y Madrid sopesó crear el suyo propio tras sufrir una crisis de espionaje interno...

No hay nada. Lo que sí puede haber es... no quiero utilizar la palabra “policía política” pero sí organizaciones al servicio de intereses políticos. Si estaban espiando a periodistas o a políticos de la oposición, eso no es un servicio de Inteligencia, eso es una policía secreta al estilo de las que pudiera haber en la época de Franco. La misión del CNI, de los servicios de Inteligencia, es defender la seguridad del Estado sin interferir en la política partidista y tratando de proteger los derechos individuales. Es decir, todo lo contrario de lo que usted me está diciendo. Llamar “servicio de Inteligencia” a estos casos es un insulto a los servicios de Inteligencia de verdad.

En el caso Litvinenko (el exagente del KGB ruso envenenado en 2006 con polonio radiactivo) el abogado de la viuda dice que Litvinenko trabajaba con la Inteligencia española y británica y cobraba de ambas: les informaba sobre cómo el Estado ruso absorbía el crimen organizado para utilizarlo extraoficialmente. ¿Eso se ha llegado a aclarar?

De eso no voy a decir una palabra. De temas operativos no puedo hablar.

¿No se puede revelar una fuente ni siquiera después de muerta?

Nunca, nunca.

¿Está el espionaje español preparado para el cibercrimen? España sufrió 54.000 ciberataques en 2013, según INTECO, destruyendo el 1,4% del PIB español…

Las guerras tradicionales entre dos ejércitos enfrentados, como en la época de Napoleón o la Segunda Guerra Mundial, han pasado a la Historia. Hoy en día, los conflictos más frecuentes son entre una entidad estatal y otra no estatal, como por ejemplo un grupo terrorista; el Estado Islámico, en este momento. Dentro de eso, es cierto que el ciberterrorismo ha crecido, y mucho. El ciberterrorismo puede tener dos objetivos. El primero, de tipo político, destruyendo las infraestructuras básicas de un país, impidiendo que las centrifugadoras iraníes funcionen, haciendo caer la Bolsa de Estonia en un momento determinado o haciendo que Sony pierda 100 millones de euros en dos días como venganza por estrenar una película. O bien puede estar ligado al espionaje industrial, que es más frecuente. Sacando secretos --las condiciones para una licitación-- para luego mejorarlas y ganarla uno mismo... Mire, el CNI creó en mi época el Centro Criptológico Nacional. Nosotros sí que lo vimos venir. El CCN es un instrumento potente y eficaz. ¿Puede con todo? No. Si algo ha demostrado la NSA es que hay cosas moralmente malas que se pueden lograr si se dispone de unos medios tremendos: espiar el telefono de la señora Merkel o el de mi amigo Jôao Vale de Almeida, embajador de la UE en Washington cuando negociaba allí el Tratado Transatlántico de Libre Comercio. No estaban “investigando” nada, estaban tratando de obtener  datos sobre la posición europea para tener información privilegiada y podernos ganar en la mesa de negociaciones. Eso no es honesto, no está bien. Pero claro, la NSA tiene unos medios que no tiene el CNI. En este mundo no hay ni buenos ni malos, están los que pueden más y los que pueden menos. Dentro de eso, hay gente que se ajusta más a la ética y gente que menos. Pero cuando a una organización le das mucho poder, tiende a usarlo mal: eso es una constatación.

¿Y estamos preparados para combatir el espionaje industrial? Otros países lo previenen --o ejercen-- con bastante fuerza...

Ante el espionaje industrial, los españoles todavía no somos conscientes de la enorme vulnerabilidad de todo cuanto contamos por teléfono o por correo electrónico. Es muy fácil pinchar una línea o meter un virus Troyano en un ordenador y sacar todo lo que tenga dentro. Pero esto no es que lo hagan los servicios de Inteligencia, que lo hacen con autorización judicial cuando hace falta, es que es fácil incluso para organizaciones mafiosas, para hackers, para Estados que se dedican a hacer eso de forma organizada: algunos países tienen departamentos muy potentes dedicados a esto. Lo que tenemos que hacer es utilizar mensajes encriptados, comunicaciones cifradas y... no hablar. Como embajador, he visto cómo empresas españolas perdían contratos, en los países donde estaba destinado, porque el grupo rival ofrecía una oferta por un dólar más. ¿Por qué? Porque el español hablaba con su representante y con la central en Madrid vía fax y correo electrónico. Todo el mundo lo interceptaba.

Jorge Dezcallar  (Palma de Mallorca, 1945) se reclina en el asiento; viste con elegancia y su voz, suave y apagada, denota sofisticación. El hall del Hotel Velázquez de Madrid, amueblado con maderas bruñidas y grandes espejos en las paredes, parece el escenario adecuado para cualquiera de los mundos en...

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Autor >

Óscar Sainz de la Maza / Ainhoa Campos

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