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GENTES DE MAL VIVIR

Giacomo Casanova: la máscara y el enamorado

No era un conquistador, no era un simple mujeriego: era un enamorado, un hombre que entreveía la gloria a través de la belleza

Miguel Ángel Ortega Lucas 3/02/2016

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Persona, en latín, significa máscara. Persona, entonces, es lo que llevamos puesto usted y yo mientras dura este baile, este carnaval de luz y crueldad, esta furiosa contradanza del mundo.

¿Cuál es, entonces, el verdadero rostro de alguien; qué cara se esconde tras la más-cara? ¿Quién sabe lo que ve, lo que puede ver realmente, al mirarse en un espejo, tanteando por entre la penumbra alguna luz de Verdad emergiendo de los ojos? ¿Qué puede uno saber realmente de uno mismo? ¿…Qué carajo podemos saber, entonces, de lo que se esconde tras la máscara del otro, de aquel oculto tras la máscara (siempre distinta y siempre la única, como intuyó Borges) del deslumbramiento y el misterio y la ceremonia amorosa…? Algunas criaturas se dejan la vida tratando de responder a esta oscura pregunta (única y múltiple) llena de espejos, de máscaras, de lámparas y de sombras esfumándose por todos los balcones de la noche. Todas bendecidas, desde donde quiera que esté, por la mano inmortal y enguantada del delincuente magnífico Giacomo Girolamo Casanova: nacido en Venecia, en 1725, de una mujer –libérrima y bellísima– que se dejó raptar por un cómico para unirse en matrimonio, y convertirse ella misma en actriz; muerto en Dux, Bohemia (actual República Checa), en 1798, habiendo pasado los últimos años como bibliotecario y consagrado a la escritura de su obra maestra, las memorias descomunales, en cantidad y en calidad [editadas en España por Atalanta, con traducción de Mauro Armiño], llamadas Historia de mi vida.       

Y sin embargo la máscara histórica atribuida al hijo preferido (y maldito) de la República Serenísima de Venecia resulta a día de hoy tan uniforme como aquellas mismas máscaras que en Grecia y Roma servían para mostrar un arquetipo dramático (tristeza, ira, alegría…) instantáneamente reconocible para el público: igual de maniquea. De leyenda (para muchos literal, de alguien que nunca existió) a arquetipo, y de arquetipo a tópico vulgar para denominar al ocasional follarín de fortuna… Por fortuna, también, la ordinariez palmaria de nuestro tiempo ha acabado por desterrar el término Casanova para tratar de denominar a cierto tipo masculino. Ha quedado felizmente obsoleto para una época en que, como decía el otro, a cualquiera lo llaman caballero en el letrero de los urinarios de la discoteca.

Son 132 las mujeres supuestamente rastreadas y contabilizadas como conquistas en las memorias de Casanova; entendidas éstas, suponemos, en su más amplio espectro. Y sin embargo no hay más que leer a ese anciano bibliotecario, ilusoriamente olvidado de todos en Bohemia; leerlo bien, con una sonrisa socarrona o cómplice, siempre al borde de la carcajada o la ternura, con emoción siempre y al galope; escuchar, casi, cómo recuerda su apabullante y escandalosa vida el viejo Giacomo Casanova, para darse cuenta de que resulta una grosería referirse a él con el término –etiqueta en su caso– de conquistador.   

Porque nunca será lo mismo conquistar que seducir. Conquistar sugiere una especie de desembarco bélico y arrogante cuyo único objetivo es arrasar la tierra, someter al pueblo y expoliar el botín. Seducir es –debería ser, sería digno que así fuera– vislumbrar a lo lejos la (siempre dudosa) tierra prometida, hincar la rodilla al llegar, y ofrendar una fascinación; pues el seductor (hombre o mujer, no sé si hace falta señalarlo) sólo lo es, cuando lo es de verdad –cuando actúa de verdad–, en tanto que seducido: ha habido un deslumbramiento, una revelación, y se acerca a tientas adonde refulge el ídolo para reconocerlo y reconocerse en él, no para hacerse con él. Casi, casi, como un niño que se acerca a otro con el asombro intacto para descubrir, no para poseer nada. A esta última estirpe, no a la primera, pertenece Casanova.

Nadie retrataría, décadas después, a las muchachas fortuitas con quienes se inició en las artes eróticas con esa ternura, con esa devoción por lo vivido, con tal gratitud, si no mediara lo que él mismo, de manera quizás ingenua, pero desde luego sincera, llama enamorarse: “Me enamoré”, dice, repite siempre; “Me enamoro de las dos hermanas [Nanette y Marton]; olvido a Ángela”, señala en el índice del capítulo V (no tuvo más remedio: perdió con ellas la virginidad a los dieciséis años; con las dos; experiencia que repetirían asiduamente); “Me enamoro de Cristina y le encuentro un marino digno de ella”, avisa al comenzar el IX del segundo volumen (es lo que de hecho sucedió), sin asomo de ironía, como un templario al servicio de un dios al que no se debe cuestionar jamás.

Sequere Deum

El amor –una suerte de amor cortés, pero con todas las consecuencias– sería siempre su estrella polar, sin perder jamás una línea en el horizonte y guiado siempre por esa voz interior o daimon socrático que suele susurrar más alto al oído de los hombres de genio: “Sequere Deum” (Sigue a Dios, es decir, a lo que el destino te ponga por delante), le aconseja uno de sus primeros protectores, el señor Malipiero; y a pesar de su escepticismo innato ante cualquier formulación sobre el comportamiento humano o divino, eso será lo que hará, fatalmente.

Y ahí estará (casi) siempre la Fortuna, para alargarle la mano; ya sea en forma de bruja o de sacerdote tutelar; de desconocido a quien socorre y salva la vida a la salida de un baile (resultando ser un anciano senador que, hechizado por los conocimientos de Cábala del joven, le apadrina y restituye sus galones de burgués libertino, a punto casi éste de caer en la golfería callejera sin solución), o de la mismísima mujer del hombre que le persigue para ajusticiarlo: tras su cinematográfica huida de la inexpugnable cárcel de Los Plomos –adonde cayó por vaporosos motivos, y no por ningún delito–, un Casanova treintañero va a parar, en su huida de territorio veneciano, como sonámbulo, como guiado por un hilo, a la casa del jefe de los esbirros, o alguaciles. Que justo una hora antes ha salido a caballo: para dar con el prófugo Giacomo Casanova. La mujer del oficial se lo pone en bandeja confundiéndole con un buen amigo del marido; Casanova, evidentemente, se deja llevar. Y pasa la noche como un príncipe, en la misma casa del hombre que en ese momento le busca por toda Venecia… con un único pero: “Si mi alma hubiera estado tranquila, le habría dado marcas inequívocas de mi gentileza y de mi gratitud [a la muy bella y embarazada mujer del esbirro]: “Pero el lugar en que me hallaba, y el peligroso papel que interpretaba, me preocupaban demasiado”. (Se lo perdonamos, Excelencia.)

Cómo supo apurar todo lo hermoso y lo diabólico que le otorgó su máscara, cómo amó y sufrió; cómo peleó y amó sinceramente este hombre legendario, sin descanso posible, demoledor en el afinamiento de las posibilidades de su época [una época infinitamente menos gazmoña y amordazada por lo criminalmente correcto que ésta para muchas cosas, con una libertad de costumbres ejercida por hombres y mujeres que haría correr hoy día al juzgado de guardia tanto a los inquisidores de un lado como a los del otro.]. Y el anciano Casanova que recuerda la historia de su vida no tiene reparo alguno en ocultar nada, al ajustar todas las cuentas consigo mismo (incluyendo, sí, ciertas anécdotas nada decorosas). No oculta nada y no se avergüenza, cuando es pertinente, más que ante el espejo implacable de sí mismo. De la misma manera que miraba a las mujeres: a los ojos, de tú a tú, como a un igual en el duelo encarnizado de la devoción o del deseo; como a un hermoso espíritu al que ofrendar un último baile, antes de que les apagaran la luz. 

“Durante la mayor parte de su infancia vive, enfermo y como atontado, sin otro amor que el de su abuela analfabeta”, escribe en el prólogo de Aventuras en Venecia la casanovista Marina Pino: “Ninguna línea de sus célebres Memorias refleja el menor amor” por la madre. El niño sufría frecuentes y escandalosas hemorragias nasales, que le dejaban aturdido, hasta que un día –el primer recuerdo consciente al que Casanova puede o quiere rendir pleitesía– la abuela Marzia lo saca “a escondidas de toda la casa”; lo sube en una góndola, y se lo lleva con ella a la isla de Murano, a media hora de Venecia. Allí, previo pago de un ducado de plata, una vieja bruja lo somete en su choza a un ritual de sanación que incluye encierro en un baúl, imprecaciones, conjuros y exposición a alucinógenos. “Me dice que la hemorragia irá desapareciendo poco a poco, siempre que no cuente a nadie lo que ella me había hecho para curarme… [Después] me anuncia que una dama encantadora iría a visitarme a la noche siguiente, dama de la que dependía mi felicidad si era capaz de no decir a nadie que había recibido aquella visita”.

Efectivamente, desvelado esa noche de repente, el niño de 8 años ve o cree ver “bajar por la chimenea a una mujer deslumbrante, con un gran miriñaque y ricamente vestida, que llevaba en la cabeza una corona constelada de pedrerías. Con pasos lentos y aire dulce y majestuoso vino a sentarse a mi cama. Sacó de su bolsillo unas cajitas, que vació sobre mi cabeza murmurando algunas palabras. Después de haberme dirigido un largo discurso del que no comprendí nada, y de haberme besado, se marchó por donde había venido; yo volví a dormirme. A la mañana siguiente, mi abuela me impuso silencio en cuanto se acercó a mi cama para vestirme. Me amenazó de muerte si me atrevía a contar lo que me había ocurrido por la noche”.

¿Quién (o qué) fue esa mujer? ¿De dónde, esa mujer, ese fantasma? ¿Qué vació sobre su cabeza? ¿Qué fue aquello que le dijo? ¿Fue todo un sueño, una alucinación…? …Y, pero, alucinación o no, sucediera o no realmente: ¿qué diferencia habría, para ese niño atónito de 8 años?

No: no era un conquistador, Casanova, no era un simple mujeriego, un donjuán inconsciente o lascivo porque sí: era un enamorado; no un hombre cercano a la bestia, sino un hombre que a través de la belleza diabólica ante sus ojos entrevé la gloria, y se arrodilla. (Y que tal vez buscara sólo, fatalmente y sin saberlo, alguna llama originaria).

Sólo alguien que buscó, insaciable, como un acto de fe, el reflejo de su propia máscara en la máscara infinita.

 

Persona, en latín, significa máscara. Persona, entonces, es lo que llevamos puesto usted y yo mientras dura este baile, este carnaval de luz y crueldad, esta furiosa contradanza del mundo.

¿Cuál es, entonces, el verdadero rostro de alguien; qué...

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Miguel Ángel Ortega Lucas

Escriba. Nómada. Experto aprendiz. Si no le gustan mis prejuicios, tengo otros en La vela y el vendaval (diario impúdico) y Pocavergüenza.

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