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Tribuna

Umberto Eco. El maestro, el aprendiz y el colegio invisible

El autor italiano fue el erudito capaz de apabullar con un conocimiento enciclopédico y al tiempo alegrar el día con una broma chusca, arte en el que era único

Cristina Peñamarín 23/02/2016

<p>Uno de los nietos de Umberto Eco, hablando ante los asistentes al funeral del escritor, el martes 23 de febrero, en el Castello Sforza</p>

Uno de los nietos de Umberto Eco, hablando ante los asistentes al funeral del escritor, el martes 23 de febrero, en el Castello Sforza

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De las múltiples facetas que cabían en la persona de Umberto Eco, para mí la más atractiva y perdurable es la de maestro de comunicación y semiótica. Un maestro que se preciaba de su función de profesor, hoy aquí acosada por temibles ataques. El asalto en toda regla de las normas universitarias europeas que desprecian el valor de la docencia y sólo puntúan en las tareas del profesor la investigación, siempre que esta se rinda a la productividad cuantificable y capitalizable. A este se suma en España el embate de las políticas nacionales de estos años de asfixia de la universidad y la investigación públicas. Además, me parece que el aprecio social al profesor no es aquí como en la tierra de Eco. Como española he sentido siempre una punzada de envidia ante el deje de respeto-admiración que me parece envuelve en italiano el apelativo ‘profesor’. Hoy al dolerme por la muerte de Eco me veo obligada a reconocer que la aborrecible dama me fuerza a mirar de otro modo al profesor amigo. Se diría que más que el profesor, es el maestro quien alza su figura en la hora de la muerte, cuando destaca todo lo que le sobrevivirá para seguir alimentando la discusión sobre los problemas actuales y futuros. Maestro solemos llamar al que se sobrevive y nos sobrevive. Pero desde mi perspectiva, parcial, desde luego, y condicionada por haber sido su estudiante, no puedo separar en Eco las facetas de profesor y maestro, que me vienen ligadas a las preguntas que como todo aprendiz me hacía ya entonces sobre qué necesitamos saber o qué es aprender. Las preguntas que se imponen también hoy cuando, quizá más perdidos que nunca, suponemos que la información está accesible a todos sin esfuerzo, libre y gratis en la Red.

La prodigalidad de Eco en la producción de novelas y sobre todo de ensayos y artículos justifica que muchos le recuerden sobre todo como escritor literario, mundialmente popular desde El nombre de la rosa, en la que por cierto es central la relación entre maestro y alumno. Pero llegó primero a amplios públicos, y ya como maestro, a través de sus escritos ensayístico-académicos. En los años 60, cuando aún estaba por generalizarse la devoción por el estructuralismo, se difundieron en español casi simultáneamente su crítica de esa corriente y sus brillantes análisis de los objetos banales de la cultura de masas. De pronto, la cultura, las humanidades, la propia academia habían dado un vuelco. Preludiando los cambios del 68, la forma de hablar y los asuntos de los que hablaban algunos habían roto radicalmente con las tradiciones del saber y la intelectualidad. Liderando ese cambio estaban Roland Barthes, Umberto Eco o Stuart Hall. Los dos primeros traducidos y publicados sin problemas en España, pues su semilla contestataria escapaba a la visión estrechamente política de los censores, mientras los ávidos lectores de aquellas obras tendían a magnificar su potencial transformador. La comunicación y la semiótica aparecían como las claves del pensamiento crítico y hasta revolucionario a los estudiantes de la década del 70. Afortunadamente para él, Eco no podía comprender entonces cuán grande era su figura para aquellos seguidores y eso le evitaba tener que acomodarse a la inmensa popularidad que pronto iba a alcanzar y que con el tiempo logró bandear con una ambigua desenvoltura. Le gustaba gustar, buscó el éxito, pero evitó que este le hiciera renunciar a su explosivo humor campechano, al trato próximo y cordial con estudiantes, amigos o colegas, a pesar de su timidez y de su tendencia a ausentarse de la conversación que le rodeaba.

Diría que distinguen al maestro dos facultades raras, la de despertar en sus receptores el interés por algo que no habían previsto y la de enseñar a otros a aprender. Seguramente, los objetos que abordaba Eco, la creación, la experiencia estética, el lenguaje, tanto el elevado y literario como el cotidiano y de la baja cultura de los cómics o la publicidad, estaban llamados a interesar a las generaciones posteriores al nacimiento de la sociedad de masas y de “la juventud” como sector autónomo del gusto y del consumo. Pero su estilo de pensamiento y escritura duplicaban la fascinación que tales intereses podían producir. En Eco se encuentra el erudito capaz de apabullar con un conocimiento enciclopédico –enciclopedia es precisamente un concepto clave de su perspectiva semiótica-- y capaz en las mismas líneas de alegrarnos el día con una broma chusca fuera de tono (arte en el que era único). Un autor tan hábil para rebatir el razonamiento más alambicado con una observación de sentido común como para desmentir la asunción común recurriendo a la reflexión sabia sacada de la biblioteca más sofisticada.

El maestro de la escritura trató siempre de ser un profesor serio que exhibía su compromiso con su universidad, la boloñesa, y con la docencia. En el aula, como en sus textos académicos, Eco podía ser extremadamente minucioso y agotador en su afán de exhaustividad, reservando el toque humorístico para contados momentos o para la respuesta tajante a una objeción pretenciosa. En un curso de aquellos que aún duraban 9 meses, desplegaba ante los estudiantes el proceso de su investigación, nos hacía partícipes de los escollos, los hallazgos y frustraciones. Al tiempo, sus colaboradores introducían su contundente Tratado de semiótica general en sus lecciones paralelas, entre otras obras y autores ineludibles, y los aprendices nos hacíamos la ilusión de ir captando algo de ese enorme continente del saber que nos prometía darnos las claves de algo. ¿De qué? Si no podíamos “desenmascarar la ideología”, como pretendíamos, y Eco nos quiso desengañar en seguida de perseguir ese “señuelo”, era claro que ese hombre asombroso y quienes le acompañaban en el intento tenían las claves de lo que ocurría en la comunicación y el sentido, lo que venía a ser un buen sustituto.

El interés por estos objetos y modos de saber se hizo propio allí y aún marca el empeño en el que seguimos. El continente del conocimiento se ha hecho aún más inabarcable, con la comunicación en el centro de nuestra vida y de los cambios tecnológicos, culturales, ecológicos. Cada estudioso de este campo o de semiótica se recluye en una parcela mínimamente acotada y “rentabilizable”, aunque todos sabemos que cada uno no es nada sin la comunidad de todos los otros. En las aulas de Bolonia nos había deslumbrado la fuerza del equipo de semiótica, el poder de la colaboración para realizar clases, seminarios, publicaciones y sus correspondientes encuentros festivos. Ciertamente, pronto veríamos las fisuras de nuestros maestros y sus entornos, que se nos antojaban entonces muy italianos en lo bueno y en lo malo. Pero me doy cuenta de que no puedo pensar en el Eco profesor y maestro separado de la comunidad de colaboradores-discutidores de los que se rodeó y que considero una de sus creaciones más importantes. Eco fue un gran generador de equipos y redes, de acuerdo con su creencia en la investigación-docencia como labor colegiada, colaborativa y polémica. Para lograrlo aplicó su inteligencia también a las cuestiones de gestión y administración y a cómo delegar estas tareas. Fue clave para que en las universidades italianas la semiótica esté extendida y asentada como quizá en ningún otro país. Y mientras hacía todo esto, sin dejar de opinar sobre las cuestiones de su tiempo, a las que siempre estaba atento, se dedicaba a conversar con el descomunal  “colegio invisible” de autores cuyas ideas le interesaban. No creo que tengamos la fortuna de encontrar muchas enciclopedias vivas como la que guardaba la cabeza de Eco. En sus obras se le encuentra discutiendo con lingüistas, semiólogos, filósofos, estudiosos del arte, la estética, la literatura, el cine, los medios, según el momento y el tema, además de con los clásicos antiguos, medievales y modernos, con un dominio de este vastísimo territorio del saber posiblemente sin parangón. Esta desmesura en sus conocimientos lo hace también único.

Sin embargo, quiere la paradoja que sólo puede ser maestro el que puede ser también ignorante –parafraseando a Rancière--. Tener maestros cerca, en la privilegiada situación de encuentro oral del aula que hoy nos toca defender, permite comprender que el maestro ha de saber aprender. Aun cohibido por su poco saber, el aprendiz comprende que puede, y hasta debe, desafiar al maestro a aprender. El miedo del maestro ante al aprendiz acecha en la posibilidad de que este sepa más que él y le pueda contradecir en algún punto. Pero hay otro temor mayor, que el interlocutor, sea o no aprendiz, le pueda impugnar mostrándole que no ha visto dónde está lo que vale la pena aprender o cuál es la pregunta, el problema que merece que tengamos que aprender algo nuevo.

El maestro, Eco, nos causa asombro de nuevo muy pasada la edad del aprendizaje, por ejemplo, cuando descubrimos que él llegó hace tiempo al punto en el que hoy me encuentro yo y con su característico acierto me apunta el camino. Habíamos olvidado algo clave de sus enseñanzas, que creíamos “amortizadas”, por seguir con el lenguaje económico que conviene a la noción de saber-capital hoy vigente. Ciertamente mucho de lo mejor del maestro ha de ser olvidado. En su propio proceso de búsqueda, el aprendiz pone a dialogar entre sí todos los sistemas que puedan dar respuestas a los problemas que se le han mostrado, incluyendo el sistema del maestro. El aprendizaje, que partió de la curiosidad, avanza con el arduo proceso de reajustar los conocimientos previos para dar cabida y organizar lo nuevo, es decir, de apropiarse de algo para poder usarlo. El aprendiz ha de sentir como propios los recursos que ha tomado de otros y ante el temor de no ser más que una réplica de los autores precedentes se dice que al menos será suya la combinación particular que por el azar de sus circunstancias o de su persona le lleva a hacer su propia síntesis y, sobre todo, sus propias preguntas.

En cada momento el investigador, como el profesor, tienen que afrontar la cuestión de qué es necesario aprender hoy. La pregunta que le hace a uno verse como el aprendiz que no se rinde ante el maestro, ni siquiera ante uno tan descomunal como Umberto Eco. 

Autor >

Cristina Peñamarín

es catedrática de Teoría de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Profesora de semiótica en Campus de Excelencia Internacional Moncloa.

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1 comentario(s)

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  1. fabiana

    Me encantó leerte y encontrar una nueva imagen de Eco, entre profesor y maestro tan lejana para mi y a la vez admirada. Gracias.

    Hace 5 años 1 mes

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