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La batalla de Barcelona

Alberto Fernández Díaz, concejal del PP y hermano del ministro del Interior, lanza una señal a la afición e inicia una guerra cultural

Guillem Martínez 23/02/2016

Malagón

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Se ha iniciado una guerra cultural en Barcelona. Lo que es una ocasión de oro para poder ver cómo se inicia una guerra cultural, quién la inicia, cómo funciona, en qué consiste y, por el mismo precio, para qué sirve.

La batalla se inició en la entrega de los Premis Ciutat de Barcelona. En el marco de tan entrañable acto, una señora leyó un poema, estructurado como el Padre Nuestro, en el que aparecían palabras como coño o vagina. En ese momento, zas, Alberto Fernández Díaz, concejal del PP, se levantó airado y se piró. ¿Cómo empieza una batalla cultural? Empieza, por tanto, con un político emitiendo una señal a su afición. Esa señal, por otra parte, se realiza ante un objeto menor. El poema recitado, en fin, no era el Mahabharata/nada del otro mundo, en la misma proporción que la obra de títeres con la que se inició otro pollo la semana anterior, no era de David Mamet, o un tuit de Zapata no es un libro de Zapata. Los objetos sobre los que se inicia la batalla no son, en fin, importantes en sí. Son, simplemente, eslabones débiles sobre los que construir una batalla. Agamenón, en fin, no inició su guerra contra Troya y Príamo, sino contra Helena y Paris, dos cosas mucho más frágiles. De la misma manera, una leona ataca a la gacela más débil.

Hace años, por otra parte, que ya no se realizan batallas culturales contra objetos robustos y con una sobriedad artística más sólida. En esos casos, la derrota del agresor suele estar asegurada, en tanto que el enfrentamiento queda nítidamente visualizado como un choque entre arte y el pack barbarie-integrismo. Creo recordar que las últimas batallas/derrotas reaccionarias fueron, en ese sentido, fracasos emitidos antes de que la revolución cultural del Republican Party / The GOP llegara a Europa --llegó, por cierto, en primer lugar y con más fuerza, a España--, en la segunda mitad de los 90's. Fueron los boicots violentos a las películas Je vous salue, Marie, de J. L. Godard (1985), y la espléndida The Last temptation of Christ, de Scorsese (1988).

Bueno. Un eslabón débil y un político que realiza una señal de inicio de la batalla. Es decir, que la acota. ¿Cómo se acota? Es importante acotar la batalla. ¿Contra qué se lucha? Desde la revolución cultural republicana, no se hace ni una sola batalla por la religión o por valores reaccionarios, intolerantes y antidemocráticos. Se hacen por libertades y por valores democráticos, casi libertarios. Como la libertad religiosa, que a finales del siglo XX ya era, gracias a esas batallas, lo contrario al significado de --se dice rápido-- laicismo en el siglo XVIII. La batalla cultural es un objeto antidemocrático, que está afectando a la democracia, reduciéndola, pero a través de una banda sonora radicalmente democrática. En esta batalla concreta, el político emisor de la señal de inicio invocó, entre toda la gama de posibilidades democráticas para iniciar una batalla cultural, mi favorita. La cultura. Existe, por tanto, una cultura buena y una cultura mala. Aquella cultura vertebrada en el salón gótico del Ajuntament era, por tanto, mala. ¿Qué se estaba realizando en la ceremonia cultural de los Premis Ciutat de etc.?

La batalla cultural es un objeto antidemocrático, que está afectando a la democracia, reduciéndola

Básicamente, se estaba haciendo lo que se hace en cualquier premio. Premiar. ¿Qué se premia? La historia de los Premis Ciutat de Barcelona es una metáfora de lo que los premios premian. No todos los premios premian lo mismo. No al menos en todas sus épocas. Los Premis Ciutat de etc. nacieron en los años 50's, para paliar y disimular otros premios, es decir, la pérdida del monopolio del honor cultural, hasta hace poco una propiedad en régimen de monopolio detentada por el franquismo. Como premios, eran una XXXX pinchada en un palo. Se premiaba a personas significadas con el Régimen o, en todo caso, no significadas con su oposición. Mi ganador favorito, quizás la metáfora de estos Premis en aquel momento, no es otro que Mario Cabré, torero, poeta --muy malo, lo que le confiere cierta espectacularidad--, rapsoda y un tipo divertido. Se tiró a Ava Gardner un poco antes que El Fari, si bien no consta que ello fuera ponderado por el jurado en su fallo. El primer Ajuntament democrático no se cargó esos premios en decadencia, sino que los dotó de una mayor cuantía. La razón: Carlos Barral, uno de los primeros premiados, ya estaba en la ruina. Con el premio pudo burlarse de ella durante un tiempo, hasta que accedió, vía elecciones, al cargo de Senador. Esta secuencia convierte estos Premis en una nueva metáfora. Su función es la de dar honor y dinero al intelectual. Es decir, también negar ambas cosas al intelectual que se aleje de cierto perfil. Y la función del premiado es indistinta que la del senador. Se premia a alguien que puede ser senador. Que puede participar, como intelectual o como político, en la democracia. El intelectual, por fin, no se diferencia del político. No tiene fricción o mal rollo con la política oficial, sino que la complementa. Tal vez como Luke complementa a Darth Vader. Algo importante en la región de Europa en la que el Estado da más premios culturales.

La unión entre Estado y cultura se convierte, en esta etapa, en íntima. Como jamás lo había sido por aquí abajo. Hasta ese momento, la originalidad de la cultura española --y la catalana, carente de Estado, ni te digo-- es, básicamente, su alejamiento del Estado. La cultura, en fin, pasa ahora a ser una parte importante del nuevo Régimen. Son sus límites. No va más lejos que la política, y parece animar a no hacerlo. Es su banda sonora. Felipe González formuló/bordó esta nueva función de la cultura a principios de los 80's y a través de la frase: "La ideología de la democracia española es la cultura". Curiosamente, Pujol --tal vez el Felipe González catalán-- viene a decir lo mismo y en el mismo momento: "La cultura catalana es la ideología de Catalunya". Bueno. Al turrón. ¿Qué se estaba realizando en la ceremonia de entrega de esos premios? Pues básicamente lo mismo que en los Premios Príncipe de Asturias. Se realizaba una particularidad cultural, una ceremonia sagrada, tal vez la que más en la democracia española. El premio, esa cosa que embellece y democratiza a la institución que lo otorga, y que honra, enriquece, pero también debilita, delimita y desarma a la cultura que lo recibe. Entonces, ¿por qué se marchó un concejal de derechas?

La cultura española –o catalana–, para ser identificada como tal debe de ser un ejercicio que facilite la cohesión y la convivencia en torno al proyecto gubernamental

Se marchó porque, aparentemente, lo que veía y escuchaba no lo identificaba como cultura. La cultura española --o catalana--, para ser identificada como tal debe de ser un ejercicio que facilite la cohesión y la convivencia en torno al proyecto gubernamental. Es decir, debe de desactivarse y someterse a la ideología del Estado. Defender sus valores y su opinión sobre lo que es democracia o no. ¿En la ceremonia se atacó este modelo cultural? Yo diría que no. Una institución puede soportar escuchar coño o vagina, como puede soportar exponer a Kandinsky u otras cosas objetos que ni le interesan ni tiene por qué entender. Es posible, incluso, que le importe tanto un Bacon como un coño. Lo importante es que la cultura asuma el rol de la institución. Algo que, por otra parte, estaba sucediendo en la sala. Si el político salió de la sala no fue porque se estaba produciendo, por tanto, una ruptura cultural. Es muy posible, de hecho, que no sucediera. La ruptura cultural hubiera supuesto, precisamente, no celebrar esos premios, que una institución dejara de premiar accesos a la cultura, que no fijara ningún canon cultural, de manera que la cultura no le debiera nada, fuera a su bola e, incluso, friccionara contra la institución, viviera fuera de ella y su reconocimiento. El problema, lo que hizo salir al concejal, no era, pues, tanto cultural como político. Una institución que hacía lo de siempre no era reconocida para hacer lo de siempre. Lo que fallaba era, por tanto, la institución. Es decir, el grupo o partido que la gobierna.

La guerra, política, convocada por un político, lanzando su indignación sobre una anécdota débil, ya estaba, en todo caso, iniciada. Faltaba la infantería. No tardó en venir. La Asociación Española de Abogados Cristianos presenta en breve una denuncia a la poeta-rapsoda y a la alcadesa de Barcelona. En tanto que la ceremonia de entrega de los Premis era un ataque a la moral cristiana. En la web de la asociación se definen sus actividades. "La Asociación de Abogados Cristianos es una organización sin ánimo de lucro formada por abogados, procuradores, juristas, profesores y estudiantes de derecho que buscamos la promoción de la Cultura de la Vida, la defensa de la familia y la Libertad religiosa". La asociación se explica a sí misma sus intereses así: "En España a día de hoy se cometen más de cien mil abortos anualmente, se rompen diariamente 350 matrimonios, y hay cerca de un centenar de ataques directos a la libertad religiosa". Las denuncias han sido admitidas a trámite por la fiscalía. La organización www.MasLibres.org, también confesional, recogió en breve 29.000 firmas, según los medios, si bien en su web, en el momento de escribir este artículo, no aparecía registrada ninguna acción de recogida de firmas. Más infantería: el Obispo de Terrassa y Sor Caram, una monja mediática, participaron con sendas declaraciones. Finalmente, intervino el ministro del Interior Jorge Fernández Díaz, hermano del político que inició la guerra. Declaró que el coño pronunciado en el salón gótico era "repugnante, obsceno y lamentable". Unió esta guerra a otra guerra ubicada esta misma semana en Madrid --un concejal se tuvo que refugiar en un bar, acosado por policías municipales de paisano; a eso lo llamó escrache--, y culminó uniéndolo todo todo bajo la frase: "Si gobierna Podemos será un Gobierno de la ETA".

Curiosidad. Dentro de la guerra hubo otra. La derecha catalana participó, a través de sus opinadores, intentando una guerra laica. Lo que pasó en el salón gótico no era tanto un ataque a una religión, sino una muestra de no saber estar. Las instituciones gobernadas por partidos nuevos, en fin, no saben estar. Hacen el ridículo, crean polémicas evitables. Son el caos.

Una guerra cultural, de hecho, aspira solamente a llegar a esa casilla. A demostrar que las izquierdas no están preparadas, poseen mitos reaccionarios, dificultan la convivencia. Funciona. Una guerra cultural sólo fabrica marcos, en los que no cabe nadie salvo los que elaboran los marcos. Es la continuación de la política por otros medios.

Se ha iniciado una guerra cultural en Barcelona. Lo que es una ocasión de oro para poder ver cómo se inicia una guerra cultural, quién la inicia, cómo funciona, en qué consiste y, por el mismo precio, para qué sirve.

La batalla se inició en la entrega de los Premis Ciutat de Barcelona....

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Autor >

Guillem Martínez

Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo), de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo) y de 'Caja de brujas', de la misma colección. Su último libro es 'Los Domingos', una selección de sus artículos dominicales (Anagrama).

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