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UN DOMINGO CON MARTÍNEZ

Sobre el destino

Guillem Martínez 19/04/2016

La boca del logo

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Viajamos durante horas. Sólo nos detuvimos en mitad de la nada. Había una acacia. El chófer y el traductor invirtieron unos minutos en buscar algo por el suelo. Parecía que buscaran oro o fruta. Pero recogían pequeños trozos de madera, casi astillas. El chófer hizo una hoguera diminuta con todo ello. Y, en el poco tiempo que duró esa llama, un té. El sol era abrasador, y el paisaje, el silencio, el tabaco y el té fabricaron 15 minutos de absoluta plenitud. Luego volvimos al jeep. Al desierto le llaman desierto por llamarlo de alguna manera. No está desierto. La noche anterior, por ejemplo, dormimos en otro punto de la nada. Al despertarnos, vimos que a nuestro alrededor todo estaba repleto de huellas de animales, inexistentes el día anterior. No habíamos dormido solos. Quizás, nunca habíamos dormido menos solos. Esa misma mañana, en la ruta, habíamos visto un lobo. El chófer, lacónico e inexpresivo, quedó un tanto sorprendido al verlo. Creía que ya no quedaban. Por las minas. El lobo tenía sólo tres patas. Habría pisado una mina. Nos estuvo siguiendo, al galope, durante un buen rato. Estaba condenado a cumplir su destino, pero con una pata menos. Al cabo de muchas horas llegamos a nuestro destino. Otra vez, la nada. De la nada aparecieron soldados. Al principio un par. Una docena. En breve, cientos. Como sucede con los soldados, no parecían soldados. Recuerdo a uno. Era casi un anciano. Había matado, dijo el traductor, a más de 200 enemigos. Era un número al azar. Nadie llevaba ese tipo de cuentas. Los mataba de noche, con arma blanca, arrastrándose por el suelo hasta la zona enemiga. Allí, nos dijeron, todo era fácil. El enemigo, aterrorizado, se dejaba matar. El anciano no entendía la lengua en la que nos hablaba el traductor. Aun así, sabía lo que estaba diciendo. Lo escuchaba como quien escuchaba un ruido. Parecía un Antiguo. Es decir, un indolente. Los Antiguos mataban y morían sin pasión, sin euforia, sin orgullo. Simplemente, lo hacían. Como un lobo mutilado hace todo lo que hace. Homero explica cómo las armas blancas de los Antiguos atravesaban una boca, la llenaban de sangre, rompían sus dientes y, finalmente, mataban. Aquel anciano, en cierta manera, era Néstor. Un anciano que había visto y hecho todo eso. Todo-eso, a su vez, no parecía ser nada especial. El camino de vuelta lo hicimos por otra ruta. Recuerdo que nos pasaron un par de cosas. Una es que, de repente, el chófer y el traductor --ahora sé que no eran inexpresivos, sino Antiguos-- intercambiaron algunas palabras en su lengua, con cierta gravedad. El chófer aminoró, y estuvo conduciendo con lentitud durante una hora. Luego, detuvo el jeep. Bajó. Se alejó del vehículo con el traductor. Ambos se pusieron a orar. Con movimientos Antiguos, sin exteriorizar ningún fervor o pasión. Era raro. No era hora de oración. Inquiridos, nos dijeron que, por error, habíamos atravesado un campo de minas. Unas horas después, ocurrió otra cosa. Importante. He empezado a escribir estas líneas, de hecho, para explicarlo.

El chófer y el traductor divisaron algo en la lejanía, donde nosotros no veíamos nada. Lentamente, vimos cómo se distinguía la figura de un hombre, sentado, en mitad de la nada, bajo una acacia. El traductor amartilleó su pistola. Sin teatralidad, como cuando oraba, o buscaba trozos diminutos de madera. Con los movimientos mínimos y correctos. No dijo nada, pero todos sabíamos que, si era un enemigo, le mataría. Estábamos en zona de guerra. Y eso es la guerra. Le mataría de forma rápida y efectiva, sin ninguna pena o ninguna gloria. Como los Antiguos. Cuando llegamos a su altura, vimos que no era un enemigo. Era un negro, un hombre nacido a miles de kilómetros de allí. Esta guerra no era, pues, su guerra. Los Antiguos respetan esos detalles. El hombre llevaba lo puesto. Con una camiseta se había construido un turbante para protegerse del sol. Sin gracia, sin saber hacerlo. Por no llevar nada, tampoco llevaba ningún recipiente con agua. El traductor le habló en su idioma. Probó en inglés. Luego, en francés. "Comme ça va?". El hombre sonrió y dijo: "oh, ça va bien. Ça marche". Levantó un pulgar para confirmarlo. El traductor le preguntó, con la sinceridad y el distanciamiento de los Antiguos, si necesitaba algo. "No". Le ofreció agua. La rechazó. "Non. Ça va bien. Merci". El traductor no reiteró sus ofrecimientos. Dio por terminado el contacto. El chófer volvió a encender el coche. Nos fuimos. "No tiene agua, y dice que ça va bien", dijo el traductor, riendo, por primera vez desde que lo conocimos. Nos explicó que era un inmigrante, que iba hacia Europa. Su país debería estar a dos Europas de este punto, la nada. Luego, con la indolencia de los Antiguos, dijo que moriría. Por la regla de tres. Ya saben. No se puede vivir tres minutos sin aire, tres días sin agua, treinta sin comida.

He pensado mucho en aquel hombre muerto. No nos pidió socorro, sencillamente porque ni siquiera imaginó esa posibilidad. Era también un Antiguo, y estaba copado por su destino, del que no nos hizo partícipes. Era solo suyo. Su destino era llegar a Europa. Era un destino tan intenso que se podía cumplir sin agua. Cuando el destino es así, da igual el agua. O el mar. O las alambradas. Da igual el ejército, la policía, los gases. Da igual toda la energía de la UE, esa cosa que no es Antigua, que sólo entiende reglas absurdas, inimaginables para Homero. Y que ignora la Antigüedad de la situación. No entiende que aquel hombre a punto de morir era, en verdad, imparable. Contenía en su ser una esencia humana que hemos olvidado con los siglos, y que, en tiempos, fue más valiosa que la propia vida. El ansia de cumplir el destino propio. Una fuerza que hace que te arrastres de noche empuñando un arma blanca, que corras sin una pierna, que te muevas con lentitud y precisión hasta donde tu destino decida. 

Es, hasta cierto punto, anecdótico que aquel hombre no lo consiguiera. Lo demás en él era categórico. Hay millones como él. Uno solo ya son más que todos nosotros.

Autor >

Guillem Martínez

Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo), de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo) y de 'Caja de brujas', de la misma colección.

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6 comentario(s)

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  1. David

    Me permito sugerir una lectura de este artículo que demuestra que el autor en absoluto persigue una definición esencialista del otro (el Antiguo como oposición al occidental). No está describiendo al otro. Está describiendo su destino (trágico por definición). Y está describiendo que ese destino es una co-construcción occidental. El otro desconoce este punto y, por tanto, asume su destino. Si no lo desconociera, igual le daba por quejarse, por montar una Primavera Árabe o por immolarse en un mercado. Claro que para que el relato funcione mejor necesita que el otro sea un personaje tipo muy concreto, plano, unifuncional y peculiar. Pero este aspecto es, creo, secundario. Mera estrategia. La clave, pues, está en mirar los dos planos (el destino co-construido por Occidente y la figura trágica del otro) desde un punto de vista tal que los dos planos encajen, como la mirilla de una escopeta y la presa. Y esto en tres niveles: a) Estático: el destino del otro es inalterable con el paso de los siglos. Su asunción es igualmente inalterable. El Antiguo es Parménides. b) Dinámico: el destino del otro está siendo construido por nuestras demiúrgicas instituciones. Occidente le impone Heráclito al Antiguo. Sin que se dé cuenta. c) Hermafrodita: el destino del otro es captado por nuestros otros, los que viven dentro de nuestras fronteras. Son otros a los que el destino les duele. Ojo: no porque compartan etnia o religión con ellos. Comparten, en una región profundísima de lo humano, una indignación que les motiva a actuar. Son una mezcla de Nietzsche a pequeña escala y Hessel. Bueno, eso creo.

    Hace 5 años

  2. Molloy

    Sigue escribiendo, Guillem, haznos ese favor...

    Hace 5 años

  3. no_pais_normal

    … el buen salvaje reloaded, vamos. Son esencialmente diferentes, nos anteceden, son mejores. Pensar en esos términos es seguir alimentando un mito zombi que nos separa.

    Hace 5 años

  4. no_pais_normal

    Los personajes de esta historia, salvo el narrador que nos representa, se nos describen como radicalmente Otros respecto a nosotros. Tanto que son Antiguos (esto es, tienen sentido del destino). Es un estereotipo eficaz (nos los creemos y nos emociona; va en nuestra cultura) pero es más esencialista que dios. Del autor, que por lo demás me parece bastante lo puto crack, no me lo esperaba.

    Hace 5 años

  5. Beatriz

    Me ha encantado, Guillem. No sé si te pega o no, es la primera vez que te leo, pero pieso leerte más. Gracias.

    Hace 5 años

  6. no_pais_normal

    El Antiguo, el Otro… No te pega nada esta vena esencialista, Guillem

    Hace 5 años

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