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Tribuna

Palabras desgastadas

Las conversaciones grabadas al ministro del Interior confirman nuestras peores sospechas

Sebastiaan Faber 28/06/2016

Malagón

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“Yo soy español por encima de todo” —Daniel de Alfonso

“¿España? España ha muerto” —Luis Cernuda

Las palabras, como las bombillas, ya no duran lo que antes. La culpa, desde luego, la tienen los políticos. Abusan de las palabras como un adolescente que acaba de descubrir la masturbación. Las desgastan en un plis, a fuerza de pura repetición en entrevista tras entrevista, mitin tras mitin, dejándolas vacías de todo significado real. (“El país se rompe”-“la mano extendida”- “gran pacto”- “no hay líneas rojas”-“te sale la cal viva”-“Venezuela”.) Las palabras vampirizadas se quedan apiladas en un rincón, huecas y exangües. A algunas un día las revivirá, con suerte, un soplo de poeta.

Claro que los políticos no son los únicos. También está el comercio, que entra al idioma como vikingo a pueblo inglés, robando a mansalva y dejándolo todo hecho un trapo. Bien pensado, son muchos los colectivos que maltratan la lengua. Los investigadores universitarios, sin ir más lejos, tenemos nuestro cacho de culpa. Cada artículo académico, un cementerio lingüístico.

Menos mal que el lenguaje está hecho para resistir cualquier abuso. Es un ente vivo al que contribuimos todos y que sin embargo no es propiedad de nadie, por más que se niegue a enterarse alguna Real Academia. Un idioma es un bien común infinitamente extensible cuyo rasgo principal es la arbitrariedad. Es decir, la libertad. Que un sonido determinado se escriba con letras determinadas y se interprete de una forma determinada siempre es arbitrario. Y por tanto siempre es cambiable. Pero nunca es dominable por completo, ni por la dictadura más feroz. Cualquier miembro de la comunidad lingüística tiene el poder de inventar palabras. Todos somos poetas aunque no todos tengamos la función social de poetas. Pero incluso esas palabras nuevas entran de inmediato a la propiedad común. Bien mirado, el idioma es un fenómeno anarquista.

De ahí también que los idiomas sean tan hospitalarios a los extranjeros. Al bien común del castellano yo me asumí a los 18 años y nunca ha dejado de recibirme con los brazos abiertos. Me muevo por él como por mi casa, aunque sin olvidar nunca que no es la de mi nacimiento. El afecto que les tengo a las palabras castellanas es un amor adquirido y por tanto apreciado diariamente: el deleite de la sorpresa, no el de la familiaridad.

Un idioma aprendido de adolescente o adulto tiene un aura de misterio y de juguete que no tiene el que se habla desde niño. A los huéspedes idiomáticos que usamos palabras aprendidas nos encanta comprobar una y otra vez que funcionan, como ese amigo que decía ¡he vuelto a ganar! cada vez que sacaba dinero del cajero automático. Se nota en los novelistas que acaban escribiendo en otro idioma que el nativo: Vladimir Nabokov, Joseph Conrad, Max Aub.

La relación de los políticos con el idioma es bien diferente. Por más nativohablantes que sean de la lengua en que se expresan —o quizá precisamente porque lo son— suelen acabar por traicionar todos sus principios libertarios. Lo que está para compartir entre todos, no solo se lo apropian para sí, sino que además lo desvirtúan y lo dejan hecho polvo. Es indignante. Se les debería expulsar del club. Prohibirles el uso. Que para variar se sirvan de otra lengua que no dominen lo bastante como para abusar de ella: una lengua que les obligue a quedarse más bien inermes, balbuceando como párvulos. No dejaría de ser revelador. Imaginémonos a Rajoy de repente obligado a dar sus discursos en inglés. (Quizá sea un mal ejemplo porque lo que es dominar, el castellano tampoco siempre es lo suyo.)

La pregunta del millón que plantea la nueva política española es la siguiente: ¿la relación abusiva entre políticos e idioma es inevitable? ¿Es posible hacer política y no convertirse en compulsivo violador de palabras? La cosa se ve complicada, aunque voluntad no falta. No ayuda la manía —impuesta como si fuera necesidad, y quién sabe si lo es— de convertirlo todo en un eslogan reproducible hasta la saciedad. Tampoco ayuda la idea, ya vieja, de que los políticos no se pueden permitir ser honestos en público. Asumirla, parece, es dar la batalla por perdida antes de librarla. Quien pretende cambiar las reglas, ¿puede empezar por aceptarlas?

De ahí el gran interés por la palabra inadvertida de boca política. La pronunciada sin conciencia de que el micro está encendido, la que escapa en un momento de descuido cerebral, la palabra producto de un cruce de cables (“lo que nosotros hemos hecho es engañar a la gente”). O la palabra grabada en secreto. Choca escuchar la conocida voz de un ministro del Interior conspirando contra sus rivales. No porque no esperáramos que así hablase en privado, sino precisamente porque confirma nuestras peores sospechas.

El ministro pillado, ya delante del micro público, vuelve al fiel y abusado idioma para apropiarse de tres palabras centrales —víctima, conspiración, ilegal— y aplicárselas en beneficio propio. Dos años antes, su interlocutor, para demostrarle su lealtad, se había servido de una de las palabras más abusadas y desgastadas, más manoseadas y vampirizadas de los últimos 80 años —tanto que no hay poeta que la resucite—: “Soy español”.

Autor >

Sebastiaan Faber

Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College. Es autor de numerosos libros, el último de ellos 'Exhuming Franco: Spain's second transition'

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