1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

CONTROVERSIAS CTXT

La libre expresión en la universidad en tiempos de miedo y rabia

El debate sobre la crítica en las facultades llegará pronto a España, como otras tendencias globales. En Reino Unido y EE.UU. se han cancelado cursos y conferencias porque alguien en el campus los consideraba ofensivos

Héctor Fouce 20/07/2016

<p>Entrada de Hardvard.</p>

Entrada de Hardvard.

João Trindade/Flicker

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Pablo Iglesias se permitió ironizar sobre la relación de los periodistas con Podemos en la presentación de un libro de Carlos Fernández Liria, lo que generó una (exagerada) protesta de los informadores. En su defensa, Iglesias explicó que “esto es un espacio académico, no una rueda de prensa”. Asumía, por tanto, que la universidad es el espacio natural para la crítica, un entorno en el que los asuntos pueden ser abordados de frente por muy polémicos que puedan ser. Un espacio gobernado por la navaja de Ockham y no por la sutileza diplomática de las relaciones públicas.

Esos mismos días circulaba por la red la enésima parodia de la escena de la película El Hundimiento, en la que Hitler es informado de que la guerra está perdida. El referéndum catalán, el Real Madrid, las becas Erasmus… ya habían sido motivo de burla usando este escena. En esta ocasión la indignación del Führer se produce cuando es informado de que para pedir los proyectos de investigación universitaria había que volver a redactar el curriculum en un nuevo formato. Una situación que buena parte de los profesores universitarios del país acababan de vivir, puesto que el plazo de presentación de proyecto acababa de cerrarse. Cuando mi grupo de investigación hizo circular la parodia en sus redes sociales, un par de compañeros de facultad consideraron que “era demasiado fuerte” usar a Hitler para criticar un asunto tan cotidiano.

Estas dos situaciones no estarían conectadas si no ampliamos el contexto a la situación de las universidades en el mundo occidental en general. El debate sobre la libertad de expresión y crítica en las facultades puede que no esté en primer plano todavía en España, pero llegará como llegan (con retraso) las tendencias globales a nuestra universidad. En Reino Unido y Estados Unidos estas controversias no son meros debates: se han cancelado cursos y prohibido conferencias debido a que alguien en el campus consideraba ofensivos los planteamientos. El asunto tiene el peso suficiente para que el Sunday Times le dedicase su portada. Sobre la foto de una boca sellada con esparadrapo rojo, el titular decía “Amordazados. Cómo las universidades británicas están machacando la libertad de expresión”. La necesidad de garantizar que las universidades son espacios para el debate y el disenso es una de las tareas que afronta la nueva ministra de Educación, Justine Greening.

En esta ocasión la censura no es ejercida en nombre de la moralidad conservadora o de las buenas costumbres, sino que viene impulsada por grupos feministas, activistas transgénero y las mismas organizaciones estudiantiles. La diana de su ira han sido figuras del feminismo como Germaine Greer o Julie Bindel, activistas por los derechos de los gais como Peter Tatchell o la comediante feminista Kate Smurthwaite, cuya actuación en Goldsmith College fue cancelada después de unas declaraciones en las que defendía que se detenga a los clientes de las prostitutas. Bindel declaró que no cree que los transexuales sean auténticas mujeres, idea compartida públicamente por Greer. Además, buena parte de ellos firmaron una carta en The Independent en la que denunciaban el clima de censura que se ha adueñado de las universidades en los últimos meses, lo que terminó de señalarlos ante los ojos de sus adversarios. El cómico Chris Rock declaró que dejaba de actuar en las universidades porque son “demasiado conservadoras. Su principal preocupación es no ofender nunca a nadie”. 

Otro grupo de profesores, comandados por el sociólogo Frank Furedi, ha escrito otra carta denunciado ese mismo clima de censura. “Una sociedad abierta y democrática requiere de gente que tenga el coraje de discutir ideas con las que no están de acuerdo o que incluso encuentran ofensivas”. En esta ocasión, la espoleta para su indignación fue la propuesta de uno de los colleges de la Universidad de Oxford de retirar la estatua de su antiguo alumno y benefactor Cecil Rhodes, uno de los inspiradores del apartheid en Sudáfrica.

Triunfo y derrota de los liberales

Para satisfacción de los críticos conservadores, parece que el problema de la censura ha experimentado un radical giro político. Ahora son los liberales de toda la vida los que se enfrentan a unos estudiantes radicalizados que, por ejemplo, exigen que en un debate sobre el aborto no estén presentes personas sin útero o que discuten que un transexual tiene una experiencia de la discriminación diferente por el hecho de no haber nacido mujer, el argumento que hizo que la Universidad de Cardiff prohibiese la conferencia de Germaine Greer. 

El actual conflicto nace de una radicalización de las políticas de “no platform” que muchas universidades y organizaciones han mantenido desde los años 70: el objetivo, en su origen, era evitar convertirse en una plataforma desde la que se pudiesen lanzar mensajes racistas. Se trataba de aislar, fundamentalmente, al ultraderechista National Front que en aquellos años experimentaba un notable crecimiento. Pero la lista de temas delicados y de posibles sensibilidades ofendidas ha ido aumentando desde ahora. Los estudiantes parecen demandar que no se mencionen temas que les puedan resultar ofensivos o dolorosos o molestos, lo que sin duda hace que la universidad sea un espacio tan seguro que se condena a sí misma a la insipidez.

La profesora de derecho Jeannie Suk ha denunciado en The New Yorker que sus estudiantes de Harvard exigen ser avisados con antelación si se van a tratar temas que puedan ser traumáticos, como los relacionados con las violaciones. “Imagina a un estudiante de Medicina especializándose en cirugía pero que tiene miedo a angustiarse si ve o toca la sangre. ¿Qué deberían hacer sus instructores? Ese mismo problema es el que enfrentamos los profesores de Derecho al tratar las leyes sobre violaciones”

Como Suk expresa en su artículo, instaurar cursos específicos sobre la violencia sexual (un problema de enormes proporciones en los campus norteamericanos) fue una demanda histórica del feminismo. Ahora, “las asociaciones de estudiantes que representan los intereses de las mujeres avisan de manera rutinaria de que no se deben sentir presionadas para asistir a las clases dedicadas a la violencia sexual si sienten que pueden ser traumáticas para ellas”. De este modo, abrir un debate en clase, pedir a un estudiante que argumente desde cualquiera de los puntos de vista o desafiar los puntos de vista de los alumnos “se hace tan difícil que los profesores están dejando de lado estos temas”. La reacción estudiantil ante la complejidad, la injusticia y la violencia del mundo es encerrarse en el cascarón y convertir la universidad en un espacio en el que nunca nadie va a desafiar sus puntos de vista. ¿Cómo se van a comportar esos estudiantes cuando se conviertan en abogados? ¿Van a rechazar todo caso que incluya episodios que les puedan resultar angustiosos o estresantes? Al fin y al cabo, el derecho sólo es invocado cuando hay conflictos, de modo que podemos estar ante la paradoja de que los abogados formados en las universidades más prestigiosas no estén en condiciones de afrontar casos reales. 

Algunas universidades británicas exigen que los ponentes invitados no sean nunca altamente polémicos. “¿Desde cuándo se preocupan los estudiantes por un poco de controversia?”, se pregunta Rod Liddle en The Sunday Times.  Son muchos los críticos que atribuyen este clima de paranoia a un resurgimiento de la corrección política que nació a mediados de los 80. Greg Lukianoff y Jonathan Haidt, en un muy citado artículo en The Atlantic, discuten esa idea. “La corrección política buscaba restringir el discurso (especialmente el discurso del odio dirigido hacia grupos marginados), pero también era un desafío a los cánones literarios, filosóficos e históricos, buscaba incluir perspectivas más abiertas. Pero el movimiento contemporáneo es básicamente sobre el bienestar emocional”.

Un mundo de seguridades

¿Qué está pasando para que las universidades, criticadas siempre por ser el refugio de las ideas más radicales, enfrenten esta ola de censura y rechacen toda polémica? Buena parte de los analistas están de acuerdo en que es un problema generacional: los estudiantes que llegan ahora a los campus son millennials, educados por unos padres angustiados que han transmitido el mensaje de que “la vida es peligrosa, pero los adultos harán todo lo que puedan para protegerte del dolor”, explican Lukianoff y Haidt. Los niños ya no caminan solos por la calle, sino que van a parques llenos de columpios que han pasado las últimas revisiones de seguridad; pasan la vida rodeados de adultos que los protegen, lo que les impide aprender a solucionar conflictos sin ayuda de estos o desarrollar su independencia. “Las facultades están llenas de chavales cuyos puntos de vista nunca han sido desafiados”, explica la profesora Julie Bindel. Esta generación es también la primera que sufre lo que John Carlin ha llamado “presión conformista” de las redes sociales: decir lo que uno piensa puede ser peligroso, munición en manos de rivales o adversarios, así que mejor no exponerse demasiado. Eso también lo han aprendido los profesores: hay que tener cuidado con lo que se dice en clase, ya que una metedura de pata o una salida de tono pueden colonizar las redes y hacerse viral en un instante, y nadie va a equilibrar esa anécdota con los largos años de coherencia política o con una extensa y rigurosa producción de artículos. ”Las redes sociales han cambiado radicalmente el equilibrio de poder entre estudiantes y profesores; estos cada vez tienen más miedo de lo que los estudiantes pueden hacer con su reputación y sus carreras impulsando campañas contra ellos en la red”, explican Lukianoff y Haidt

Para Lukianoff y Haidt, esta obsesión de mantener los campus limpios de ideas, palabras y temas que pueden ser incómodos o causar ofensa no sólo es desastrosa para la educación, sino para la salud mental de quienes viven y trabajan en las universidades. Su artículo se titula ‘Malcriando las mentes americanas’, y el centro de su ataque es el uso de anuncios explícitos (trigger warnings) que las universidades piden hacer a sus profesores cuando van a tratar temas polémicos. No es sólo que la discusión racional, el disenso o el inconformismo sean amenazados, sino que estos avisos naturalizan una manera de pensar patológica, que ellos definen como “razonamiento emocional”. Este se basa en asumir que tus emociones reflejan, necesariamente, cómo son las cosas. “Yo siento esto, de modo que es verdad. De este modo, definir las palabras de alguien como ofensivas no es solo la expresión de un sentimiento subjetivo, sino una acusación pública de que el interlocutor ha hecho algo objetivamente malo”.

Todo este clima enrarecido se ha intensificado a la sombra de las regulaciones del Gobierno británico contra el extremismo islámico. Muchos profesores sienten que la obligación de reportar a las autoridades si tienen alumnos con visiones radicales del islam, aunque no sean violentas, les obliga a espiar a sus estudiantes y mina su credibilidad en el aula, expulsa del sistema educativo a esos estudiantes que precisamente se quiere vigilar y limita la posibilidad de introducir temas polémicos en el aula. Las universidades, a decir de Timothy Garton-Ash, están atrapadas entre esas regulaciones que llegan desde arriba y la presión de los estudiantes desde abajo.

Los administradores de 24 universidades británicas escribieron una carta en The Times explicando que la aprobación de la Counter-Terrorism and Security Bill  amenazaba a las universidades, que deberían ser lugares donde “las peores ideas pueden ser expresadas y debatidas sin miedo a las consecuencias”. Algunas voces se han alzado contra la tibieza que esas mismas universidades expresan en sus relaciones con los radicales islámicos. Desde The Guardian, Nick Cohen criticaba el doble rasero de las universidades a la hora de defender la libertad de expresión: “Si tus ideas pueden ser caricaturizadas como de derechas o con prejuicios, vas a meterte en líos… Pero no veo esa misma tensión contra el fanatismo religioso. Hay grupos que denuncian que el fundamentalismo religioso es una amenaza tan grande para las minorías étnicas como lo son el racismo o la injusticia social: pocos en el campus quieren oír esa opinión.  Si describes el islamismo radical como un movimiento de la derecha religiosa, escucharás gruñidos de desaprobación en la mayoría de los campus”.

Garton-Ash, que acaba de presentar su libro Free Speech: Ten Principles for a Connected World, pide limitar los vetos cuando estos simplemente remitan a “un grupo de estudiantes diciendo que otro grupo de estudiantes no puede escuchar a alguien a quien quieren escuchar”. En esta línea, ha defendido que la Universidad de Oxford invitase a  Marine Le Pen a exponer sus puntos de vista. “Le Pen tiene más posibilidades de ser cuestionada aquí que en Francia… La forma de relacionarse con ella (y con Donald Trump o el British National Party) es desafiándolos con la libre expresión” 

Las propias organizaciones estudiantiles están lejos del consenso a la hora de definir sus posiciones en esta controversia. La reciente elección de Malia Bouattia, mujer, musulmana y negra, como presidenta de la Unión de Estudiantes, una organización con mucho peso en el gobierno de los campus británicos, fue polémica. Se la acusó de antisemita tras escribir que los medios de comunicación liderados por sionistas están oprimiendo al sur global, y de simpatizar con el terrorismo islámico por oponerse a una declaración de condena al ISIS: “Me opuse a la manera de expresarlo, no al contenido. El lenguaje usado daba a entender que condenábamos a todos los musulmanes, no sólo a los terroristas. Una vez que se reescribió, propuse y apoyé la propuesta”. En cuanto fue elegida, diversas universidades amenazaron con abandonar la Unión, entre ellas Oxford y Cambridge. Aunque al final todas decidieron no hacerlo, la reacción fue aclamada desde las portadas de  buena parte de la prensa británica más conservadora.

Viejos frentes, nuevas teorías

Este tipo de conflictos en el lado de los liberales no parece formar parte del panorama intelectual de las universidades españolas por el momento. Los conflictos en torno a la libertad de expresión y el lugar del feminismo que aparecen en el ojo del huracán en Reino Unido y Estados Unidos tienen aquí viejos frentes, como puso de manifiesto la sentencia que condenó a las autoras de la ocupación de la capilla de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense. Progresistas frente a conservadores, feministas contra machistas y homófobos, laicos contra religiosos. 

No deja de resultar paradójico que estas nuevas amenazas a la libertad de expresión nazcan del triunfo de un argumento teórico que inspiró buena parte de las teorías transformadoras sobre política y sociedad de las últimas décadas. Frente a la vieja distinción entre discurso y acción, se defendía la idea de que el discurso es un tipo de acción. Decir algo es hacer algo. Y si las acciones y prácticas están regidas por una serie de leyes, esas mismas normas deberían aplicarse a los discursos. Nick Cohen, al comentar la carta de las universidades en oposición a las políticas antiterroristas inglesas, argumentaba que el racismo y el sexismo son ofensas a las que debemos oponernos, pero es discutible que esa oposición deba hacerse a través de las leyes y no a través de la argumentación y la sátira de esas posiciones y discursos. El precio a pagar, de no hacerlo así, sería una sociedad en la que la libre expresión está constantemente regulada por códigos y normas.

Esa regulación ya está en marcha en nombre de la protección del bienestar de los estudiantes en muchas universidades anglosajonas. Y está convirtiendo los campus en lugares en los que demasiada gente se lo piensa dos veces antes de pronunciar palabras que alguien pueda llegar a sentir como un ataque, lo que sin duda supone una erosión del principio originario de la universidad como espacio de reflexión, análisis y debate de los temas problemáticos de cada momento. Quizás, como señalaba una  de las cartas firmadas por académicos, el problema es que “los alumnos que se ofenden cuando confrontan puntos de vista opuestos a los suyos no están preparados para estar en la universidad”. O quizás es que la universidad es un eslabón más de una sociedad en la que el miedo y el control están ganando la partida a la libre expresión. Hace unos meses The Guardian decidió restringir los comentarios en su web, siguiendo los pasos de otros medios anglosajones. “La mayoría de esos comentarios (sobre raza, inmigración e islam en particular) tienden al racismo, el maltrato a personas vulnerables y a los periodistas, y las conversaciones añaden muy poco valor pero generan dolor y preocupación entre nuestros lectores y periodistas”. 

Pablo Iglesias se permitió ironizar sobre la relación de los periodistas con Podemos en la presentación de un libro de Carlos Fernández Liria, lo que generó una (exagerada) protesta de los informadores....

El artículo solo se encuentra publicado para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Héctor Fouce

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

3 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. Victor Mesa

    Grata sorpresa encontrarte escribiendo un artículo tan interesante para un medio que me ayuda a comprender, desde la reflexión y muy a menudo, el mundo que nos rodea. Espero que todo os esté yendo de lujo allí donde estéis. Un enorme abrazo y enhorabuena.

    Hace 5 años 2 meses

  2. Fran de Los

    Ver Newborn de Patricia Piccinini. http://cdn.20m.es/img2/recortes/2016/07/23/319747-944-629.jpg

    Hace 5 años 2 meses

  3. Pilar Alberdi

    Excelente artículo.

    Hace 5 años 2 meses

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí