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FLAMENCURAS / PEPE HABICHUELA

“Aunque sea en casa con los amigos, siempre tocaré la guitarra”

Esteban Ordóñez 3/08/2016

<p>Pepe Habichuela</p>

Pepe Habichuela

René Robert

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Para quien paseara por la Granada de finales de los cincuenta, José Carmona, hoy Pepe Habichuela (1944), era uno de esos niños remolones que aún se ven a la vera de algún adulto en los talleres familiares o en los puestos de los mercados. Hasta los 14 años, el genio de la guitarra se dedicó a aprender el arte de la taracea junto a su tío. Pero él tenía la sangre contagiada por otra forma de sacarle brillo a la madera. Su abuelo, Habichuela el Viejo, al que él llamaba abuelo Ico, se buscaba la vida por las tabernas, guitarra en mano, junto a su tía Marina Habichuela. “Eran los años veinte o treinta y había que buscarse las habichuelas”, cuenta el tocaor. Su padre, José Carmona, siguió el ejemplo y recorrió la ciudad de la Alhambra con sus hijos haciendo música para sobrevivir.

Un día, con una de las herramientas de la taracea, Pepe se apuñaló un dedo y, como él recuerda, vio claro que ese trabajo no era lo suyo y se fue corriendo, directamente  a tocar al Sacromonte. La huida continúa hoy. No obstante, Pepe Habichuela tañe la guitarra con una concentración de artesano, apenas retira la mirada del mástil y de los trastes, vigila con meticulosidad que cada dedo aplique la pulsación exacta; y, a la vez, parece que intenta desentrañar el misterio que él mismo provoca.

Su carrera ha dejado maravillas como A Mandeli (1983), Yerbagüena (2001) o Despegando (1977), junto a Enrique Morente. El sonido que destiló su conjunción con Morente fue único en el flamenco, era el equivalente musical de una imagen: la visión de una línea de campo, a lo lejos y brillando, desde la ventana de un edifico alto de una ciudad. Era evocación y modernidad.

¿Cómo era la vida de la Granada de su niñez y su adolescencia?

En aquella época íbamos a buscar la vida por las tabernas mi padre, mi hermano Luis y yo. Luis cantaba y yo tocaba. Nos daban dos duros, cinco duros. Eran unas vivencias muy extrañas, muy raras, pero al mismo tiempo nos ha enseñado la vida, es la esencia de la vida. La escuela era la calle, eso es lo que hemos vivido nosotros. Yo casi no fui a la escuela, estuve dos o tres meses: aprendí a firmar y dos-por-dos-cuatro y salí corriendo. Me fui.

No es que le gustara mucho, ¿no?

No, no, yo prefería tocar. Yo decía qué hago en la escuela si no hay para comer, qué hago yo en la escuela si no había garbanzos ni había papas ni había nada.

¿Y cómo es que no empezó directamente con la guitarra y aprendió taracea?

Yo tocaba un poquito, pero como no había curro ni nada, entonces me metí con mi tío. Pero no hay mal que por bien no venga: me pegué la puñalada en el dedo y me fui a dedicarme a la guitarra.

¿Quién le guió en los primeros pasos?

Mi padre fue el que me puso la guitarra en la mano. Otro vecino mío, El Chispita, muy buen guitarrista, también me enseñaba algunos acordes. A la vez, aprendí mucho de mi hermano. Yo chupaba de todo el que se ponía por delante. Yo era un crío y me daba ilusión tocar en Sacromonte, y tocara bien o tocara mal, salía con una ilusión de niño. Me fui fraguando hasta que pude dar una avanzá y tocar con un hombre mayor que yo. Él tenía unos 60 y yo unos 14.

Se cuenta que en aquella época los artistas grandes y consagrados iban a escuchar la música del Sacromonte.

La música de Granada llamaba mucho la atención, había un toque diferente, una escuela muy bonita. Venían muchas veces Valderrama o Manolo Caracol. Iban las figuras del momento ver el baile, el cante y el toque de allí. Había una cultura de estar siempre escuchando y aprendiendo. 

Y llegó el momento de ir a Madrid…

Fui a Madrid en el año 60 o 61. Me reclamó mi hermano Juan para sustituirlo porque él se iba a Nueva York. Llegué con una bolsa de plástico donde tenía unos zapatos, una tortilla de papas y un traje muy malo muy malo. Mi hermano, al verme, me dice: “Venga, Pepe, dame la maleta”. Yo le di la bolsa de plástico. La coge y me vuelve a repetir: “Pero dame la maleta”. Y le dije: “Ahí la tienes”, señalándole la bolsa. Tiene gracia [Ríe]. Y, nada, llegamos a casa de mi hermano, me puse un traje suyo que me estaba grande, unos zapatos negros que me estaban grandes, y a Torres Bermejas a tocar. Aquello era el templo del flamenco, ahí estaban las máximas figuras. 

Daría miedo…

Yo era un crío. Cuando me encontré con aquellas figuras del momento me asusté, la verdad es que me acojoné un poco: Fosforito, Niño Ricardo, La Paquera, Mario Maya. Yo ni me creía que estaba con ellos. Estaba ilusionadísimo.

¿Qué artista le impresionó más conocer?

Hombre, el Niño Ricardo. Cuando lo veía pasar por ahí, hombre, me fijaba en las uñas, en cómo iba vestido, en cómo se peinaba… Era un personaje en aquella época, la referencia de todos. También conocí a Melchor de Marchena, a Esteban Sanlúcar. 

¿Cómo era una noche en aquel Madrid tan flamenco?

Yo estaba en Torres Bermejas tocando. Cuando terminaba, me iba a Las Brujas o al tablao de Manolo Caracol. Si ese día había ganado 15 duros, me los gastaba allí para escuchar a las figuras que actuaban. Oía a Cepero, Gaspar de Utrera, Bambino, Encarnita de Jerez, Terremoto. Era un privilegio ver a esa gente.

¿Llegó a acompañar a Caracol?

Sí, en una fiesta, por suerte, llegué a acompañarle. Estábamos Melchor de Marchena, Bambino y la Perla de Cádiz. Marchena se tomó dos copas y se echó a dormir [Ríe]. Y Caracol dice: “Niño, coge la guitarra”. Cuando me dijo esa palabra yo me asusté, pero le toqué por fandangos. Yo tenía 20 años, eso para mí es imborrable, no se me olvidará nunca.

¿Y qué nos cuenta de Paco de Lucía y Camarón?

Eran mis colegas de aquella época. Íbamos a los billares de Callao. Allí nos juntábamos los flamencos porque nos dio por el billar. Camarón era muy malo muy malo. Una vez le pegó un tacazo al tapete y lo rompió. Paco le decía: “¡Apunta bien, apunta bien!”, y se reían. Paco jugaba muy bien. Eran muy buena gente los dos, muy sensibles. Dos artistas sencillos. Por ejemplo, a Paco le gustaba mucho la gracia, se tomaba dos copas y las formaba, era un genio. Desde joven era un genio, tenía un humor ese hombre, se cachondeaba hasta de él mismo. Camarón era más tímido. 

¿Y cómo conoció a Enrique Morente?

Me lo presentó mi hermano Luis. Me dijo: “Pepe, hay un chaval joven que está cantando muy bien”. Yo no lo conocía. Estaba él en Zambra y vino una vez a Las Brujas, donde tocaba yo en ese tiempo. Me dijo que quería hacer un disco conmigo y que empezáramos a funcionar los dos. Y yo dije que encantado. En aquella época ganaba 500 pesetas en el tablao y me salí para ir con Morente. Mi padre me echó una bronca que no veas. Me dijo: “Tú estate ahí, que 500 pesetas son 500 pesetas”. Pero yo me arriesgué y acompañé a Morente. Trabajábamos dos veces al mes y lo que ganaba él lo dividíamos entre dos. Yo flipaba con él, era un cantaor soberbio, un músico extraordinario, un buen compositor; sabía muchísimo de cante antiguo, era el más estudioso que yo he conocido; un poeta excelente y una persona excelente. Estuvimos más de 25 años juntos. Recorríamos peñas y festivales por España y medio mundo.

Al principio, las innovaciones de Morente no eran muy bien vistas por muchos, ¿no?

Los puristas lo hacían pedazos y el hombre tuvo dos cojones de aguantar ahí, pin, pin, hasta que llegó a ser el que mandaba en España. Tenía mucha capacidad de resistencia. Eso le pasa a otro cantaor y se viene abajo. Sin embargo, él pensó a mí me gusta esto y voy a hacer esto. Yo le decía: “¡Viva tú que no tienes miedo a la gente tradicional del flamenco!”.

¿Cómo fue la decisión de pasar al primer plano y convertirte en guitarrista solista? 

En eso, fui el único Habichuela que se echó para adelante. Mario Pacheco, de la compañía Nuevos Medios, me lo propuso. La verdad es que me dio miedo. Entonces estaba Paco revolucionándolo todo, también Manolo Sanlúcar y Serranito. Pero me atreví y ese disco que se llama A Mandeli salió en todo el mundo. Mandeli era mi abuelo por parte de madre.

Algunos temas recogían cantes de su abuelo…

Mi abuelo cuando se tomaba dos copas se ponía a canturrear y hacía unas músicas preciosas que a mí no se me han olvidado y las pasé a la guitarra. La rumba que aparece venía de un cante suyo.

¿Qué intención de estilo quería darle al disco?

Quería hacer cosas antiguas y cosas más de los 80. En esos años había muchos personajes cambiando la música, Las Grecas, Los Chorvos... También metí cosas tradicionales: soleá, granaínas, bulerías, rumba.

En siguientes trabajos como Yerbagüena abrió más el abanico de la fusión. ¿Cómo se le ocurrió grabar junto a músicos hindúes?

Me lo planteó también Mario Pacheco. Los tíos estos hindúes son monstruos, fuimos a Barcelona y grabamos un tema en directo, habiendo ensayado muy poco. También grabamos en Madrid y en la India.

¿Qué relación encontró entre la música de ellos y el flamenco?

Los indios y los gitanos somos familia y tenemos un vínculo en la música. Hay diferencias como que ellos usan otro compas, el 13 por 8, pero llegamos a la conclusión de que el dialecto de hablar entre nosotros era la música. No nos entendíamos en conversación, pero en cuanto sacábamos la guitarra y la percusión ya estábamos al hilo. Lo mismo me ocurrió con Dave Holland. Él no sabía español ni yo inglés, pero sabíamos de música y salió un trabajo muy bonito, muy interesante. 

¿Le gusta explorar otras músicas del mundo?

En mi casa tengo mucha música diferente. Yo a los Ketama les he puesto canciones de Ravi Shankar, McLaughlin, Miles Davis… Para un flamenco no existe solo el flamenco, también hay que oír rock, jazz, blues, bossa nova… La cosa es que se haga desde la raíz, desde el sentimiento.

Usted tuvo mucho que ver en que la dinastía Habichuela diera lugar a ese fenómeno llamado Ketama. ¿Cuál fue su papel?

Cuando Josemi [hijo], Juan y Antonio [sobrinos] eran críos, se dedicaban a vender vasos y pintauñas por ahí. Yo les dije que se juntaran conmigo en la casa e intentáramos tocar y cantar. Les puse música del mundo entero y, poco a poco, los fui drogando en el buen sentido de la palabra, los fui drogando de música. A Juan Camborio le puse un laúd en la mano. Él no lo había tocado nunca, pero al final lo dominó como si fuera la guitarra. A Antonio igual: lo puse en la caja y le dije: “Sígueme lo que hago”. Josemi era el más joven de los tres, pero era un musicazo y más listo que el hambre.

¿Qué valores les inculcó para la música y para la vida?

No sólo en lo musical, claro, yo les decía que para andar por el mundo lo más importante es el respeto hacia las personas mayores, ser siempre educados y estudiar mucho, con disciplina.

¿Alguna vez ha pensado en retirarse de la guitarra?

Ya tengo 72 años, no es lo mismo que cuando tenía 40. La guitarra es mi pasión, pero algún día me tengo que retirar, la verdad. Me estaré un añico o dos más y ya me retiraré. Me cuesta viajar. Ahora, cuando viajo para algún concierto tengo que ir un día antes, no puedo ir el mismo día y tocar porque me canso.

¿Pero la guitarra seguirá siempre en sus manos?

Hombre, eso no lo dejo nunca, aunque sea en casa con los amigos, la tocaré siempre.

Hace apenas unas semanas nos dejó el mejor guitarrista para acompañar al cante de España. Se llamaba Juan Habichuela, su hermano. ¿Qué le gusta recordar de él?

A Juan lo han respetado todos los guitarristas y todos los cantaores. No ha sido una persona que haya alardeado con la guitarra, sino que le encantaba darle mucho cariño a los cantaores, no quería molestarlos. Hay muchos guitarristas más exhibicionistas que se preocupan de picar, pero mi hermano no, él ha sido un genio, el mejor para el cante. Hacía unos trémolos que eran un caramelo, pero siempre dejando su sitio. Ahora es muy difícil encontrar un tocaor que sea soporte para el cantaor. Ahí quien era un fenómeno era Juan Habichuela.

 

Autor >

Esteban Ordóñez

Es periodista. Creador del blog Manjar de hormiga. Colabora en El estado mental y Negratinta, entre otros.

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