1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Retinoblastoma

Parte de vida 5

CTXT publica hoy el quinto 'parte de vida' de Alain-Paul Mallard. El escritor cede a este medio las cartas sobre el cáncer de su hijo

Alain-Paul Mallard 12/08/2016

<p><em>Selfie</em> de pareja con ojos llorosos.</p>

Selfie de pareja con ojos llorosos.

A.-P. M.

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

[Nota del autor: nunca enviado, el Parte V propone un ensamblaje de apuntes sueltos del mes de marzo. Sus tiempos, su tono, son por ende distintos a los del resto de las cartas. Se inserta aquí y ahora porque, en su impudor, ayuda a fijar con valor de presente el vértigo emocional de aquellos primeros instantes de zozobra.]


 

mes de marzo 

Darío tiene cáncer. Darío tiene cáncer. Darío tiene cáncer. Tres palabras que no dan tregua a mi mente entumecida. Darío tiene cáncer. No consigo desactivar su giro. Darío tiene cáncer. Darío tiene cáncer. Algo en mí las repite, repite, repite. Pierdo de vista los objetos y formas que están ante mis ojos. Cuando se me habla, no entiendo lo que se me dice. Darío tiene cáncer. Son palabras, arguyo, que no concuerdan. Palabras injuriosas, falsas: nada me induce a darles crédito; me empecino en negar tan escueta e inadmisible cantinela. ¡No!, Darío no tiene cáncer. No obstante, ese «algo en mí» que me habla sabe más que yo. Sabe que son verdad. Ese «algo» me habla con mi voz.

Durante días, y por oleadas, un sentimiento de irrealidad anega mi estar en el mundo. Con el atroz mantra Darío tiene cáncer llegan también visiones. Revivo, una y otra vez, el momento atroz en que, sin decir «agua va», nos cayó encima el diagnóstico que trastoca radicalmente nuestra vida cotidiana:

La oftalmóloga, a quien acudimos a ver como mera rutina tras la revisión pediátrica del año (hacía apenas unas semanas habíamos celebrado el primer cumpleaños de Darío, —sin duda la mejor fiesta de mi vida—), se empecina, algo crispada, en el examen de fondo de ojo. Darío forcejea sentado encima de su madre. Matiana le aprisiona los brazos. Yo contengo su acalorada cabecita, sus piernas. Darío chilla. Odia sentirse sometido. Está furioso y asustado, llora. Su grito es cada vez más estridente y agudo. Traspasa sin duda las paredes del consultorio.

Forzando los párpados a abrirse, la doctora apunta con un haz de luz a través de las pupilas dilatadas al máximo y trata de mirar, con una gran lente, al interior de los ojos aterrados. Darío se zafa.

«¡Sostened sus manos, papás! ¡Esto es importante!», nos conmina con severidad.

Darío patalea como gato panza arriba. La doctora no afloja; al contrario...

¿A qué viene tanta violencia?, me interroga Matiana con la mirada. Estoy por decir algo cuando la doctora suelta al fin a Darío. Lo bajamos al piso, colorado como tomate y empapado en sudor. Llora a todo pulmón. Huye a gatas, a refugiarse en el rincón como un animalito. Pretendo acercarme a consolarlo pero la doctora, sin perder la compostura, nos pide sentarnos:

—Tengo algo muy importante que deciros. Vuestro hijo tiene retinoblastoma bilateral. Tumores malignos en ambos ojos. Es un padecimiento extremadamente grave y debe tratarse sí o sí. Hay que empezar de inmediato. El lunes a primera hora.

Es viernes por la tarde. «Yo el lunes trabajo», desatino a pensar mientras me levanto a abrazar a mi bebé. Más lúcida y más sabia, Matiana concluye con voz a un tiempo frágil y valiente:

—Malignos. Es decir, cáncer.

La doctora asiente con un aplomo y una autoridad escalofriantes, incuestionables, que desactivan todo posible escepticismo. Luego matiza: 

—Son tumores tratables y están lejos del nervio óptico. Y eso es muy positivo.

Nos da cita en un hospital: insta a una resonancia urgente para ver si el cáncer no ha migrado a otra parte del cuerpo y a iniciar, acto seguido, tratamiento oncológico.

Ahí suelto el hilo del diálogo y rescato a Darío del helado linóleo.

Durante semanas repasaré la escena del diagnóstico creyendo que podré mágicamente, con el pensamiento, modificar alguna variable de lo real. Por ratos casi estoy persuadido de que puedo lograrlo. La escena vuelve vívida para cada uno de mis sentidos. Regresa incluso el olor de mi niño. Cada que la repaso me estremezco, me sé y siento desvalido e idiota.

Otros momentos me resultan menos claros. Recuerdo entre brumas una vaga confusión a la hora de pagar la consulta. Salimos del consultorio. En el lobby del edificio hay un burdo mural hecho con arena pintada. Tres monjes peregrinos que avanzan desdibujados por la lluvia. No lo noté al entrar. Curioso que lo note al salir. Llevan sombreros cónicos, los del Japón rural.

La calle. Fría y gris. Darío ya está sereno: se le fue el susto. Hay que ponerle el gorro, atarle la bufanda. Estupefactos, empujamos el carrito tres o cuatro manzanas. Matiana decide llamar por teléfono a su madre, en México. Yo quiero aferrarme a nuestra vida de antes, nuestra vida de hace un par de horas. Pienso, absurdamente, que mientras nada digamos nada habrá pasado... Me llevo a Darío un par de metros más adelante. Lo entretengo. Me llega, tasajeada de sollozos, la voz de mi mujer.

Matiana termina por colgar. Sólo entonces se derrumba. Pongo freno al carrito y me precipito a abrazarla. Lloramos juntos un rato. Es el acto inaugural de nuestro nuevo pesar. Ajeno al drama, solito, Darío mira los coches, a esa hora ya escasos, que bajan por la calle de Muntaner.

¿Qué nos queda? Pugnar por conservar remedos de normalidad en el último fin de semana antes de sumergirnos en lo desconocido; proseguir con los planes de una tarde que imaginábamos anodina y feliz.

Darío va en su carrito, bien arropado. Menea contento su ratón de peluche. Descendemos hasta la tienda TIGER. Entro solo. Elijo trozos de fieltro de colores, los más alegres, y una pistola de pegamento. Busco, en vano, cascabeles. Al día siguiente, sábado, es la fiesta brasileña a la que tiempo atrás nos convidara Laise, la nana de Darío. He prometido fabricar, para Darío, una fantasía de carnaval. Tenía pensado hacerle, a partir de un pijama de rayas, el disfraz. Habrá que forzar las cosas para que los días parezcan días de fiesta y de alegría. Compro también, para nosotros, dos rojas narices de payaso.

De la tienda, nos llevamos a Darío al parque. Ansía bajarse del carrito y ensayarse a caminar. Ayudado de la manita, va de un lado para otro. Jugamos hasta que comienza a caer la noche y los faroles se encienden.

Ya en casa, tras el baño, la cena y el arrullo, una vez que Darío duerme en su cuna, comenzamos a hacer llamadas telefónicas con noticias espeluznantes. Matiana llama a su padre. Yo postergo un cuarto de hora o dos la llamada a los míos. No puedo hacerle eso a mi madre: el nacimiento de su nieto tardío le ilumina la vejez; no merece el dolor y la angustia de saberlo amenazado. Al fin lo hago, por Skype. Es doloroso pero necesario. Si el pesar compartido opera como suma o como resta no lo sé, pero quedo un poco más ligero. Matiana habla con su hermana, que es pediatra y tiene en su entorno especialistas competentes. Nos consigue algunos números de teléfono. La diferencia horaria con México juega a nuestro favor. El hospital pediátrico de Sant Joan de Déu comienza a perfilarse como opción evidente.

Dormimos abrazados.

Ya de mañana, trazo, recorto, presento, coso, pego. Lo que confecciono, dadas las circunstancias, es a la vez lo más absurdo, lo más importante, y lo más urgente: una fantasía de payasito. En la fiesta, Laise nos dirá: «estamos en el mismo barco».

Durante días, en sucesivas oleadas, se alternan con gran confusión distintos sentimientos.

De indefensión, de injusticia... ¿¿¿Por qué nosotros???, ¿¿¿Por qué Darío??? Pienso en el Libro de Job. En los heraldos negros de Vallejo. ¡Si al menos hubiera motivos ulteriores!

Sentimientos de ira: la vida a ciegas de mi niño me parece la peor putada concebible. Quisiera irme a patadas contra todos esos extraños instrumentos oftalmológicos que veo en los consultorios, contra las bandejas relucientes. ¡Qusiera prenderle fuego al mundo!

Mezquinos sentimientos de odio y de rencor: una pareja anónima que empuja por la calle el carrito de su nena dormida me pone a punto de ebullición. ¿Y ellos qué? Me hiere la indiferencia del mundo, un mundo que no se detuvo en seco como nuestras vidas.

Bajo por la calle de Balmes a hacer alguna diligencia. De pronto pienso en los monjes de arena. ¡Los heraldos negros!, decide mi mente alucinada. Los heraldos negros que nos manda la Muerte. ¡Son ellos, por eso los notaste! La diligencia me encamina, por puro azar, hacia al edificio de consultorios donde recibimos tan atroz diagnóstico. Siento miedo. De los heraldos negros. Doy un rodeo y evito pasar por ahí.

Me digo que estoy perdiendo el sentido. Al menos un poco. Me prometo que al remontar la calle de Balmes pasaré frente a la clínica, haré frente a los inocuos monjes nipones. No lo consigo. Me invento otra ruta.

Ante el sonriente Darío en su silla alta (tierna sonrisa de dos dientecitos), todo es solicitud y un entusiasmo un tanto fabricado. Descubro que evito mirarlo a los ojos. Cuando podemos (o mejor dicho, cuando ya no podemos) su madre y yo nos escabullimos, de manera alternada, a llorar escondidos. Cedo la cuchara de papilla y me meto a llorar, largamente, bajo la ducha. El agua salpica un rostro todo muecas, escurre salada de sollozos, de lágrimas, de moco. Mi rostro es un puño apretado. Nunca he llorado así. El murmullo del agua mata bien que mal los gemidos.

Salgo de la ducha con la cara adolorida. Pienso al secarme en los 64 músculos faciales que, según recoge una marginalia del poeta Vallejo, precisa el dolor para fruncir un rostro: el dolor, concluye el sufrido poeta, es harto más deportivo que la alegría.

Detrás de la puerta, según escucho, concluyó ya el demorado ritual del desayuno y el bebé camina dando jubilosos rebuznitos asido al dedo de su madre.

De noche, tendidos lado a lado en la habitación a oscuras, Matiana me cuenta que esa misma tarde se desplomó en la acera, ni a media manzana de la casa, presa de un ataque de llanto. No podía parar. No menos de cuatro personas se acercaron a preguntar si estaba bien. Asintió, por sacárselos de encima, sin poder pronunciar palabra. Luego (se dice incapaz de estimar cuánto duró todo) se levantó, se sacudió la ropa y secó la cara, y se fue a hacer lo que tenía previsto.

Me duelo de no haber estado ahí, para ella.

Dormir es imposible. Matiana y yo sufrimos insomnios paralelos. De trecho en trecho alguien pregunta en la penumbra:

—¿Duermes?

—No. ¿Y tú?

—Tampoco.

—¿Llevas mucho despierta?

—Sí. No sé... Creo que sí.

Una voz interior desesperada y a menudo incoherente me taladra la mente, me llena de terror con un verso de Pavese —Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Para acallarla, tomo pastillas.

Emerjo embotado, antes del amanecer, del pastoso sueño químico. Un sueño inerte, sin visiones ni genuino reposo. Sólo durante alguna siesta de media tarde, breve y profunda, repongo el mínimo de fuerzas para seguir operando. En los verdosos espejos de los ascensores me encara un rostro cascado y febril.  

Darío tiene cáncer.

Dar la noticia es simple y llanamente atroz. Verse obligado a nombrar el mal con esa infausta frase de tres palabras. Las siete sílabas que cifran todo nuestro miedo, nuestro dolor, nuestra incertidumbre. La noticia también resulta terrible para quien la recibe. Cercana o de circunstancia, la gente no sabe dónde meterse, se le va el alma al suelo y se le descomponen las facciones, quiere salir corriendo, pretende dar consuelo y dice dislates («¿Por qué no buscan una segunda opinión?». También está la idiota redomada que dice que el cáncer se trata muy bien con homeopatía o con flores de Bach...) A quien no sabe la noticia es mejor evitarlo: preferible el silencio. Llamadas y correos van quedando sin respuesta, todo por no decir aquello que no podríamos no decir y que tampoco podemos decir.

Honestos, los partes médicos que mando a México, a la ansiosa familia y a los amigos más allegados, son no obstante parciales: bien evitan hurgar en mis nudos de negrura interior. También a mi amada Matiana intento, dentro de lo posible, protegerla de mis demonios. Aunque entre nosotros, Matiana y yo tratamos de no callarnos nada.

Un célebre libro sobre el duelo narra cómo ante un golpe trágico del destino —que en un instante trastoca por entero una vida— la mente más racional se revierte al pensamiento mágico.

Ansío un milagro secreto, un deus ex machina, un «todo era un sueño».

Me aferro al amuleto africano que, estando en la frontera de Senegal con Mauritania, hice fabricar durante el embarazo para proteger, en el lejano vientre de mi amada, a un hijo todavía sin nombre. Al hoy tierno y hermoso Darío. El Darío que tiene cáncer.

Me digo que estoy dispuesto a todo, al osculum infame (besarle el ano al Diablo), para que el mal salte a mis ojos. (Soy, en cierto modo, escuchado: en los entresijos de una pesadilla la gente huye de mí con un horror que no comprendo. Descubro azorado que avanzo hacia ellos con las cuencas vacías...)

Me entero de que, sin que moviéramos un dedo, sin que nadie me lo consultara, en México se han organizado cadenas de oración.

—¿Cadenas de oración? ¿Y qué carajos es eso?

—Personas que se reunen para rezar y piden por Darío.

Recibo perplejo la noticia de que en Guadalajara tienen a quinientas personas orando por la sanación de mi niño...

Cadenas de oraciones.

Creía que eso —sujeto, verbo, complemento; subordinadas adverbiales— lo hacía yo para explicarme el mundo. Me sé conmocionado, amordazado por el miedo, mudo, incapaz de eslabonar el sujeto 'Darío', con un predicado menos inaceptable que 'tiene cáncer'...

—Bueno, pues que pidan, sí. Gracias. Gracias. Claro que sí, que pidan.

Quisiera, también yo, saber cómo apoyarme en Dios como en el pomo de la puerta.

Me escribe mi amigo Roger. Su correo, escueto y sabio, nos aporta sosiego y fe: 
 

« Muy querido Alain-Paul,

La noticia atroz ha caído como un terremoto. ¡Quisiéramos Josefina y yo estar en Barcelona para ayudar, para consolarlos, para acompañarlos. La suerte ha querido que el diagnóstico haya sido temprano. Seguro que se salvará y que los acompañará con su alegría durante una larga vida. Pero ahora, ante el proceso de sanación, la naturaleza pareciera que se ha vuelto una enemiga a vencer.

¡Y será vencida!

Al pensar en el terremoto he recordado el poema de Voltaire sobre el sismo de Lisboa: 

Éléments, animaux, humains, tout est en guerre.
Il le faut avouer, le mal est sur la terre:
Son principe secret ne nous est point connu.
De l’auteur de tout bien le mal est-il venu?

¿Dónde está el autor maligno? La pena me lleva a la búsqueda inútil y metafísica de culpables... Pero la ciencia salvará a Darío y los consolará.

Josefina y yo les mandamos a Matiana y a ti todo nuestro cariño. Y muchos besitos para Darío.

Tu amigo Roger.»

 

La magia, la religión, existen por encima de la Naturaleza y nos tientan con la promesa de doblegar sus leyes.

La ciencia no. Ésta se hunde en la entraña de la Naturaleza para desmenuzar sistemáticamente sus mecanismos. Una vez que ha logrado comprenderlos, puede actuar y —acaso— alterar el curso natural de las cosas. Lo posible está acotado por lo real.

Revisito, obsesivamente, nuestra primera cita con el oncólogo. En este caso, el repaso es un acto voluntario, controlado, un minucioso repaso de información.

Estamos presentes Matiana y yo. (Cuidado por su abuela, el luminoso Darío explora las salas de espera del hospital, los claros corredores.) El Dr. Salvador —hombre de infinita dulzura y discreción— nos describe y explica con gran transparencia la enfermedad, las armas que existen para hacerle frente. Lo escucho en un extraño estado de hiper-lucidez.

El retinoblastoma, un cáncer del desarrollo, es una enfermedad muy rara y por ende sin perfil público visible. Al ser, en su primera etapa, asintomático, un diagnóstico temprano es poco habitual. En ello hemos tenido suerte. Aunque la práctica pediátrica prescribe un examen de fondo de ojo como rutina, no parece haber justificaciones estadísticas suficientes para llevarlo a cabo y es más bien raro que se haga. Los padres consultan cuando, de un día para otro, una línea blanca —signo clínico denominado leucocoria— atraviesa la pupila de su niño. Ya para ese momento, el o los tumores suelen estar en estadíos avanzados, difíciles de tratar.

Gracias a la coroides, la membrana que lo rodea, el ojo es una estructura poco permeable. Mientras el cáncer permanezca contenido dentro, no pone en peligro la vida. Si —sirviéndose del nervio óptico—  las células cancerosas migran al cerebro, no hay ya nada que hacer. Antes, el pronóstico depende del estadío y la agresividad de los tumores. Se privilegia según el caso: 1. salvar la vida; 2. salvar el ojo (en tanto estructura); 3. salvar lo que se pueda de la vista.

Hay, sí, una cura radical, instantánea, la que se emplea en los países pobres. La enucleación. «Se extirpan los ojos y ya está: el cáncer está curado.» Tan brutal solución me transporta, transido de horror, a los crueles mitos de la Antigüedad.

Para nuestro pequeño hijo el pronóstico es inusitadamente bueno. El doctor nos propone una técnica desarrollada en un hospital de Nueva York: quimioterapia intra-arterial, en ciclos repetidos, con un cocktail de fármacos antineoplásicos depositado localmente en las arterias del ojo. Y un riguroso seguimiento mensual hasta los cuatro años, momento aproximado en que los ojos de Darío habrán terminado su desarrollo. Cuando los ojos dejan de crecer, el riesgo de nuevos tumores desaparece.

«El pronóstico es muy favorable», aventura el médico. «Darío conservará la vista».

De esas dulces frases me aferro para forjar un nuevo mantra.

A todo decimos «sí» y nos ponemos, con esperanza y gratitud anticipada, en manos de la misteriosa ciencia.

(Palpo, en el bolsillo, el gastado amuleto de cuero con oscuras plegarias selladas dentro. Algunas las escribí yo. Imbécil redomado, creo que no puse nada contra la ceguera.)

Miro a Darío jugar.

Rasca durante un rato un intrigante nudo en la madera del piso. Me trae a su presente, y en su perpetuo presente me evado de las amenazas del futuro.

Darío. ¡Es tan pequeñito! Cuando nació, mi vida adquirió un centro. Él me calma y me cura.

El oscuro nudo en la madera clara dijo (por hoy) todo lo que tenía que decir. Darío alza la vista. Me mira y sonríe. Aplaude. Por nada en concreto, por el puro regocijo de aplaudir. O es, acaso, un voto de confianza: me insta a algún acto de prestidigitación que amerite el aplauso anticipado...

Le hago una torre de cubos. La echa a tierra. Aplaudimos los dos y él aguarda la nueva torre, para tumbarla. Volcamos luego su Caja de las formas. Pelotas de madera y tubos de cartón ruedan por el piso. Estruendosas tapas de metal. Caen también palitas, cajas de distintos tamaños, envases de plástico, listones. La basura variopinta con que tanto nos gusta jugar. Los objetos de la caja poseen una gozosa capacidad de combinarse y recombinarse. Jugamos, durante media hora o más, al Juego de las formas. A hacer ruidos, meter y sacar cosas, forzarlas a embonar, poner un par de objetos en precario equilibrio.

Insaciable, Darío me ordena luego que lo lleve a caminar. De inmediato obedezco. Me incorporo y —su puñito izquierdo apretado en torno a mi dedo índice— damos trompicones por el pasillo.

Ahora que un vendaval parece haber barrido con todo en nuestra vida, el menudo presente del juego resiste, se afianza. Y se lo debo al inocente y dulce Darío.
 

-----------------------------

Parte de vida 1 / Parte de vida 2 / Parte de vida 3 / Parte de vida 4 / Parte de vida 6 / Parte de vida 7 / Parte de vida 8  / Parte de vida 9 / Parte de vida 10 / Parte de vida 11 / Parte de vida 12

Autor >

Alain-Paul Mallard

Escritor, coleccionista, fotógrafo, viajero, cineasta, dibujante, Alain-Paul Mallard (México, 1970) es autor de 'Evocación de Matthias Stimmberg', 'El don de errar' y 'Nahui versus Atl' y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte - FONCA, México. En su filmografía destacan las películas 'Evidences' y 'L'adoption'. Enseña la escritura y dirección del cine documental. Tras dieciocho años de vida parisina, radica hoy en Barcelona.

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí