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FLAMENCURAS / Antonia Jiménez, guitarrista

“Todavía muchos se sorprenden al ver a una tocaora”

Esteban Ordóñez 24/08/2016

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Antonia Jiménez nació en 1972, en el Puerto de Santa María (Cádiz). Pasaba el día entero jugando en la calle. Los gitanos y los payos, como ella, formaban una comunidad sin fisuras, al menos en el mundo infantil. Sólo se distanciaban por una cosa: algunas noches, sus amigos se iban a otra parte, a ese otro mundo catártico que es la fiesta flamenca. Antonia aún se recuerda admirando de lejos aquella algarabía.

Hoy es una guitarrista incuestionable, ha acompañado a figuras como Carmen Linares, Belén Maya o Montse Cortés; pero primero debió superar el obstáculo de ser la única, alguien que no era normal. La única niña con una guitarra entre las manos en una clase de 30 alumnos y, durante muchos años, la única mujer rasgueando y picando cuerda en los tablaos. Los hombres la vigilaban, implacables, deseosos de detectar una nota sorda o un patinazo del compás que confirmara una fijación: la guitarra flamenca no es cosa de mujeres. Y no sólo le realizaban una auscultación técnica, las críticas llegaban a mayores: “Me han dicho cosas muy fuertes, cosas que prefiero no recordar”, lamenta.

Ahora está componiendo y grabando los temas de su primer disco como solista. Será un álbum con los adornos instrumentales justos. Guitarra pura.

Veía aquellas fiestas de los gitanos como algo que le fascinaba pero ha dicho que no formaba parte de usted. ¿No había afición flamenca en su casa?

Sí, a mi padre le gustaba mucho. Él nunca ha cantado, pero mi abuela y mis tíos sí. Pero yo en casa no lo he respirado porque mi padre no nos ponía música, ni un disco ni nada. Y fíjate que yo siempre he tenido inquietud por tocar, aunque en mi casa tampoco hubo una guitarra hasta que la llevé yo. Desde los tres o cuatro años ya se la pedía a mi madre como si fuera un juguete. Un día estaba viendo la tele con mi hermana y apareció Paco de Lucía tocando, me quedé impresionadísima, me acuerdo nítidamente hasta de la camisa que llevaba.

Una vez con la guitarra en la mano, ¿aprendió de manera autodidacta?

Primero mi madre me apuntó a una escuela de música para leer solfeo y eso, pero a mí aquello me aburría soberanamente, me desencanté, y hasta que no di con el flamenco no empecé a desarrollar mi pasión. El flamenco se aprende de otra forma, más de oído. Empecé con el maestro Antonio Villar, en el Puerto de Santa María. En las clases éramos 30 o 40 chiquillos. Él iba uno por uno poniéndonos un dedito en el traste, en la cuerda…

Fue pronto una alumna destacada, ¿no?

Es que me gustaba tanto que me entraba como el agua. No tuve mucha dificultad, le dedicaba todo el día al instrumento. Era una niña y ya era lo que más me divertía. La academia tenía dos plantas --arriba, la nuestra, y abajo Miguel Villar, hermano de nuestro profesor, daba clases de baile--. Yo no llevaba ni un año aprendiendo, pero Antonio me vio espabilada y me bajó a tocar para el baile, y con catorce años me gané mis primeras 500 pesetas.

¿Había más niñas?

No, siempre he sido la única mujer.

¿Sintió ya entonces el peso de la discriminación?

En ese momento no. Antonio nos trataba a todos igual, de hecho yo era una de sus alumnas más aventajadas. Él me llamaba siempre que le hacía falta un guitarrista para alguna actuación. Era su mano derecha.

A su padre le gustaba el flamenco, ¿cómo se tomó que tocara la guitarra?

Fatal, fatal. No me quería ni escuchar, nunca me dijo un ole. Este tema fue duro. Mis padres lo pasaron mal porque no querían esa vida para mí, no querían que me dedicara a la guitarra. Yo también lo pasé muy mal, hasta el punto que cuando cumplí la mayoría de edad me fui de casa. Allí no me daban lo que necesitaba y decidí abrirme al mundo y buscarlo por mí misma. Entonces (en Madrid) empecé a contactar con otros músicos, a coger una clase de vez en cuando, a meterme en clases de baile para mejorar. En esa edad era una esponja y necesitaba nutrirme. Tocaba con todo el mundo, incluso sin ganar dinero, para mí era un regalo. Y así empezó mi lucha.

¿Había alguna tocaora en los circuitos flamencos que fuera su fuente de inspiración y le animara a seguir a contracorriente?

No, no había conocido nunca a otra.

Eso debía causarle una sensación de soledad importante, hacerlo todo más complicado…

La verdad es que sí. Fue duro porque en el Puerto, de pequeña, cuando iba con mi maestro por unos locales y por otros, la gente me trataba igual que al resto. Pero cuando me eché al mundo, a lo grande, cuando me vi un poco desprotegida de aquello, empecé a notar que yo no era normal, que la gente me miraba diferente, no me quería, me ponía a prueba. Me han metido mucha caña siempre.

Una de las críticas más repetidas es que a la mujer le falta fuerza para tocar la guitarra…

Sí, también se ha dicho que no tenemos capacidad rítmica. A mí me han dicho muchas veces: “Ay, mira, para ser una mujer, no te vas de ritmo”. Cosas que tú dices, coño, qué tendrá que ver una cosa con la otra. Y, bueno, lo de la cuestión de fuerza, tampoco se necesita tanta fuerza para tocar. Yo conozco a guitarristas que son más pequeños que yo. La complexión del hombre suele ser más fuerte, pero también conozco a mujeres que tocan más fuerte que otros guitarristas. La guitarra no es de hierro: hace falta técnica y, bueno, meter la fuerza donde hay que meterla. Lo puede hacer cualquier mujer. Ahora hay muchísimas compañeras que están tocando para rabiar. El discurso de fondo de todo eso, en realidad, era: “Las mujeres de la casa se dedican a otra cosa, la guitarra y la música son para los hombres”.

Lo curioso es que en el baile y en el cante el protagonismo de la mujer se ha normalizado. ¿Qué tiene la guitarra de especial?

Pues no lo sé, a lo mejor ocurre porque hay que dedicarle muchísimas horas de estudio. Es un instrumento muy sofisticado a nivel técnico, rítmico, y tanto en el acompañamiento como en la falseta solista. Abarca tanto que, tal vez, se han llegado a pensar que la mujer no es capaz. El flamenco es un mundo muy carca y las cosas van cambiando, pero muy poco a poco.

Alguna vez ha dicho que no había que confundir tradición con ideología conservadora…

Mira, yo necesito beber de la fuente antigua, necesito escuchar a don Ramón Montoya, a Sabicas, a Niño Ricardo. De ahí donde crecemos todos. Lo antiguo es necesario. Lo que no necesitamos son los pensamientos que no expanden el arte, sino al contrario. Imagínese cuántas guitarristas hemos perdido por limitar el sitio de la mujer, muchas habrán sido vetadas en esta profesión sólo por eso.

En esa lucha, ¿qué ha supuesto su maestro Enrique Vargas?

Es un maestro excelente, me ha aportado todo, me quedo corta hablando de él… Me siento como una parte de él, ha hecho un gran trabajo conmigo, sobre todo técnico. Tiene una capacidad de análisis impresionante. Es la persona más nutritiva que me he encontrado en mi carrera. De hecho, todavía tenemos contacto. Yo lo necesito, se creó un vínculo que va a durar siempre.

Para las nuevas generaciones de tocaoras, Antonia Jiménez es la referencia que usted no tuvo. ¿Cómo es la relación con ellas, le expresan sus dudas, sus inquietudes?

Tengo amistad con la mayoría. Sé que hay guitarristas buenísimas, por ejemplo, Laura González, a la que le tengo mucha admiración. Es que resulta tan difícil que una mujer pueda dedicarse a esto en contra de la estructura patriarcal del flamenco... El caso de Bettina Flater es más complicado todavía, aparte de ser mujer, es extranjera. Imagínese: lo antiflamenco.

Pero, a pesar de la hostilidad, llegó a lo alto y ha acompañado a grandes artistas como Carmen Linares.

Sí, he conocido a mucha gente, he viajado por todo el mundo haciendo música. Una vida apasionante. En el extranjero me quedé impresionada. Allí te acogen mejor que en España, te valoran más, te cuidan mucho. Y sobre todo si eres una mujer, entonces ya se vuelven locos. Nada que ver con lo que ocurre aquí. Aquí, el flamenco en general se percibe como una música que no es culta, cuando para mí es una música de culto. Una música étnica, popular, respetada en todo el mundo por el público y por grandes músicos.

Sin embargo, en su trabajo diario hay mucho tablao. ¿Qué lecciones se extraen de un tablao y no de un concierto más comercial?

El tablao es mi trabajo del día a día. Ahí lo he aprendido todo. Es la universidad porque requiere un lenguaje de improvisación muy exigente. Yo me he subido muchas veces al escenario y no conocía a la persona con la que estaba trabajando, la he conocido ahí arriba. Ahí aprendes lo máximo. Además de respetar los códigos flamencos, los compases, las armonías, hay que aprovechar para sacar tu personalidad y darle un sabor. Y, sobre todo, aprendes la picardía, algo fundamental. En el teatro se aprende también, pero lo pícaro del flamenco, el estado puro, lo enseña el tablao.

Cuando se habla de las noches de tablaos de los setenta, se alude casi a un mundo legendario. ¿Cómo es la vida nocturna de hoy en los tablaos?

Depende mucho de los compañeros. Trabajar en un tablao te hace encontrarte con el estado puro de cada artista. Hay noches que son un mero trabajo, lo haces y te marchas, pero hay otras veces que subes y se crea una magia de la que te vas a acordar toda la vida. Todos arriba dándolo todo, improvisando y, de repente, la magia. Son experiencias que se viven en el instante.

¿Cómo dio el paso de la guitarra de acompañamiento a la de composición?

Sin querer. Todo guitarrista conforme avanza y crece llega un momento en que se topa con la composición. Cuando me llegó, me di cuenta de que me encantaba y de que, además, no se me daba mal. Lo aprendí con el baile, empecé a crear pequeñas piezas y me fascinó, es una de las facetas que más me gustan de mi profesión. Llevo casi un año trabajando en un disco. Va lentita la cosa, compongo, grabo; tengo muchos temas. Para el año que viene estará terminado. Será sobre todo guitarra, quiero plasmar mi composición. Contaré con otros músicos, tendrá sus adornitos, pero quiero que la guitarra sea la protagonista.

Después de toda la vida enfrentándose a la discriminación, ¿qué cree hace falta para que a la mujer se la tome en serio y se la valore como guitarrista flamenca?

A lo mejor, lo que tendría que pasar es que no distinguiéramos entre mujer y hombre. No decir mujer que toca la guitarra, sino simplemente, guitarrista: sin género. Esa es la manera. Muchas veces me han propuesto hacer agrupaciones femeninas y siempre me he mostrado reacia a ese tipo de cosas porque creo que la igualdad no nace así. Debemos ser mixtos. Que no haya un festival paralelo femenino, que todos participen en un festival mixto, y cuanto más nos mezclemos, menos importancia se le dará al género. Hay que normalizarlo. La gente, todavía hoy, se sorprende muchísimo de ver a una mujer tocaora.

Autor >

Esteban Ordóñez

Es periodista. Creador del blog Manjar de hormiga. Colabora en El estado mental y Negratinta, entre otros.

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