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REPORTAJE

Donald Trump y el ocaso de la historia

¿Cómo puede un candidato afirmar, contra toda evidencia, que Obama fundó ISIS o que él mismo nunca apoyó la invasión de Irak?

Sebastiaan Faber Oberlin (Ohio) , 5/10/2016

<p>Donald Trump con el expresidente Ronald Reagan en una recepción en la Casa Blanca en 1987.</p>

Donald Trump con el expresidente Ronald Reagan en una recepción en la Casa Blanca en 1987.

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“Yo no creo que existiera racismo alguno hasta la elección de Obama”, afirmó Kathy Miller, la jefa de campaña de Donald Trump en el condado de Mahoning (Ohio), en una entrevista con un periodista del Guardian. “Si eres negro y no has tenido éxito en los últimos 50 años, te lo debes a ti mismo. Porque has tenido todas las oportunidades, te lo han regalado todo”. España no es el único país con problemas de memoria histórica, por más que su ministro del Interior mantenga que “algunos pretenden ganar la guerra civil 40 años, o no sé cuántos años después de haber terminado” —o por más que un líder político de derechas proclame, absurdamente, que “tenemos que unirnos para luchar contra los terroristas … del mismo modo que luchamos unidos contra los fascistas y ganamos”—. Si se trata de reescribir el pasado con fines políticos, reordenar eventos históricos o silenciar episodios de opresión y olvidar a sus víctimas, Estados Unidos emula al Estado español.

“La candidatura de Trump … representa la predecible explosión de un electorado cuya conciencia cívica se ha vaciado por completo”, escribía el periodista Kevin Mahnken en enero. “Estamos pagando la cuenta de décadas de fracaso en la enseñanza … de los conceptos fundacionales de [nuestra] propia historia y sistema político”. Las estadísticas son abrumadoras: sólo un 23% de los escolares de 14 años en Estados Unidos pasa un examen básico sobre el funcionamiento del sistema político. El resultado es aún peor en materia de Historia Nacional: suspende un 82%. Pero quizá sea la primera vez que cabe predecir con casi total seguridad que un candidato republicano a la Presidencia suspendería ambos exámenes. En marzo, un ciudadano le preguntó a Trump cuáles eran, en su opinión, las tres funciones principales del gobierno. El millonario no supo contestar.

“Trump encarna el fracaso de un sistema educativo en el que la enseñanza de la historia tiene cada vez menos importancia”, afirma Kurt Russell, profesor de Ciencias Sociales en una escuela secundaria en Ohio —Estado clave, swing state,en todas las elecciones recientes—. “Pero no sólo es que la historia recibe menos horas y tiene cada vez menos peso. Antes, todos entendíamos que si se enseñaba Historia y Derecho Cívico era para formar a ciudadanos conscientes. Ciudadanos que supieran cómo funcionaba el sistema, comprendieran la evolución de este país, y la vieran en términos de valores: la verdad y la mentira, la justicia y la injusticia. Que dieran por supuesta la idea que el gobierno sirve para proteger los derechos de las personas en condiciones de igualdad. Ya no. Y lo que está acabando con todo ello es el régimen de exámenes estandarizados a que nos vemos sometidos todos los que trabajamos en la educación pública. Un ejemplo: según las pautas que nos dicta el Estado de Ohio, los alumnos tienen que conocer el Tratado de Versailles. Pero en ningún momento se habla de los valores e ideales que lo informaron”.

Según el ‘Washington Post’, un 78% de lo que dice el candidato republicano es mentira

El sistema federal estadounidense estipula que sean los gobiernos estatales los que determinen los planes didácticos para primaria y secundaria. En Ohio gobierna desde hace muchos años el Partido Republicano. “Y se nota”, dice Tracy Blake, profesor de Historia en un instituto mayormente blanco y de clase media ubicado en un suburbio de Cleveland. “Las pautas que nos dictan desde Columbus, la capital, no animan precisamente a que los alumnos adopten posturas críticas ante lo que leen. Y en todo el plan didáctico de las Ciencias Sociales no hay ninguna mención de Derechos Humanos —un concepto que, como bien sabemos, no es muy del agrado de los políticos republicanos—. Como profesor hago lo que puedo porque mis alumnos se interesen en la política y, sobre todo, porque se informen debidamente de la actualidad. Pero apenas hay tiempo”.

Según el Washington Post, un 78% de lo que dice Trump es mentira. ¿Qué significa enseñar Historia cuando un candidato a la Presidencia puede afirmar, contra toda evidencia, que Barack Obama fundó ISIS o que él mismo nunca apoyó la invasión de Irak? “Nos hace la vida sumamente difícil”, dice Blake. “El problema es no es tanto que los que apoyan a Trump sean ignorantes. El problema es que exhiban su ignorancia con orgullo. También hay que tomar en cuenta que la difusión de las noticias se ha polarizado y fragmentado. Todos ven sus creencias continuamente confirmadas en las redes sociales. Consumen una ola constante de información extremadamente sesgada. A los educadores se supone que nos toca reintroducir algún sentido de balance. Se espera de nosotros que enseñemos a los alumnos a distinguir entre contenidos informativos y editoriales. Pero es una tarea casi imposible”.

“A veces alucino”, continúa Blake. “Me veo en una situación inaudita. Tengo un verdadero dilema profesional. Siempre me he esforzado por mantener cierta neutralidad política en mis clases, incluso en casos tan recientes como la contienda entre Obama y Romney. Les decía a mis alumnos que los dos candidatos presentaban visiones y programas diferentes que cabía valorar en base a sus méritos respectivos. En el caso de Trump es simplemente imposible. No he podido por menos que decirles lo que pensaba: que es un payaso, un payaso muy peligroso”.

Así como su colega Russell, Blake también lamenta el auge de la cultura del testing, en la que no existe conocimiento que no sea cuantificable y en que las humanidades parecen cada vez más prescindibles frente al extraordinario valor atribuido a las matemáticas, las ciencias naturales y la tecnología. “La administración de las escuelas está obsesionada con los resultados de las reválidas”, dice. “No parece que les interese otra cosa. Duele, porque es obvio que ya no confían en nosotros como profesores. Exigen un control cada vez mayor; tenemos cada vez menos libertad. Se nos trata como a robots. Si fuera por ellos, todos enseñaríamos exactamente lo mismo, en el mismo minuto de cada día, para poder garantizar scores perfectos. Y lo peor es que todos esos test y reválidas —cuyos resultados llegan a determinarlo todo, incluso nuestros salarios— no son nada fiables”. 

¿Qué significa defender el valor del juicio razonado en un país donde Donald Trump está a un paso de la Casa Blanca? “Trump apela a los miedos de sus votantes”, dice Russell. “Y atrae a personas que no están dispuestas, digamos, a dar demasiada importancia al valor factual de lo que dice, por ejemplo en materia de Historia. Y desafortunadamente, en ese sentido los medios están faltando a su deber. Mira, en este país siempre nos hemos ufanado de que cualquier persona puede presentarse a la Presidencia —esto es, cualquier persona medianamente capacitada para el puesto, y dispuesta a servir a su país—. Trump sólo está interesado en servirse a sí mismo”.

La jefa de campaña de Trump que negó la existencia del racismo en Estados Unidos tuvo que dimitir poco después

“Atrae a un ala del Partido Republicano, y a un segmento de la población, que en realidad existe desde hace mucho tiempo”, afirma Dan Czitrom, catedrático de Historia en Massachusetts y autor de Out of Many: A History of the American People, un libro de texto de gran difusión. “En los noventa, por ejemplo, estaba el loco de Pat Buchanan. La diferencia es que entonces se le reconocía la locura incluso dentro del partido. Ahora ese discurso representa al mainstream. Hace poco, Hillary Clinton tuvo que disculparse por llamar a los votantes de Trump una cesta de seres deplorables. ¡Pero si tenía razón! Sólo hay que ver las encuestas. Muchos están convencidos de que Obama es un musulmán nacido en Kenia. Muchos son racistas y misóginos. En términos freudianos, representan el id [ello] del país. El problema es que ese id lo compone un 40%”.

Por más que desconozca la historia del país, dice Czitrom, Trump representa un arquetipo norteamericano. “Es George Babbitt, personaje de Sinclair Lewis, o P.T. Barnum, el famoso fundador del circo: un empresario hiperpatriota cuya vida entera es un show. Su éxito se debe a la fuerza de uno de los mitos fundadores del país. Ya lo decía Ronald Reagan: ‘Lo que me gusta de Estados Unidos es que uno puede hacerse rico’. Pero lo que representa en el fondo es el credo egoísta Hoorah for me and fuck you —que viva yo y jódete tú—. Y sin embargo”, agrega, “no estoy tan seguro de que la candidatura de Trump se deba sólo o principalmente a un fracaso del sistema educativo. La educación no sólo ocurre en las escuelas. La verdad es que los que enseñamos Historia tenemos toda la cultura en contra. Lo noto en mis estudiantes. El hecho de que estés interesado en Historia te marca como idiota o, a lo más, como nerd”.

Estados Unidos está asfixiando la memoria histórica precisamente cuando más la necesita, dice Bryan Stevenson, un conocido abogado activista afincado en Montgomery, Alabama. “Tenemos un defecto fundamental en Estados Unidos: somos del todo incapaces de reflexionar honestamente sobre nuestra historia”, afirmó en 2014 al recibir el Premio de Derechos Humanos otorgado por los Archivos de la Brigada Lincoln y la Fundación Puffin. “Tampoco somos capaces de reconocer lo que hicimos mal. Y es que confundimos el orgullo patriota con la idea de que es imposible pedir disculpas nunca”. 

La fortuna familiar de Trump tiene sus orígenes en una empresa inmobiliaria que se negaba a alquilar pisos a familias negras

Stevenson lleva décadas luchando por los derechos de los reos condenados a muerte y contra el racismo inherente en el sistema judicial norteamericano. En los últimos años, sin embargo, también ha venido trabajando por la recuperación de la memoria histórica. Le interesa sacar a luz las profundas secuelas de la opresión racial en Estados Unidos. No sólo de la esclavitud y la segregación, sino de los miles de linchamientos y cuasi linchamientos que durante muchos años constituyeron un verdadero régimen de terror entre las comunidades afroamericanas del país. 

Inspirándose en los modelos de Latinoamérica y Sudáfrica, Stevenson ha pedido que se instituya en Estados Unidos un proceso de Verdad y Reconciliación. “El objetivo no sólo es darles voz a las víctimas”, decía en 2014. “También es una oportunidad para todos nosotros de escucharles y decidir juntos qué debemos hacer para avanzar. El caso es que no puedes insistir en el tema la reconciliación. Sólo puedes insistir en el tema la verdad. Lo importante es que salga la verdad. Y tienes que esperar que, en reacción a esa verdad, la gente diga: ‘¿Sabes qué? Ya es hora de que se protejan los derechos de las personas de color en este país. Queremos hacer lo posible porque a ninguna persona de color se le niegue nunca más el derecho a voto’. Porque eso es lo que significa reconciliarse. Sólo si asumimos la verdad de lo que infligimos a los americanos de ascendencia japonesa durante los años 40, cuando fueron internados en campos de concentración, nos podemos comprometer a no desfavorecer a los inmigrantes, a no criminalizar a los que han llegado a este país para trabajar”. “Trump es la última manifestación de un largo linaje de odio”, decía Stevenson en una entrevista en CNN en diciembre. “Y si no lo denunciamos por lo racista que es, estamos alineándonos con las fuerzas que perpetuaron la esclavitud … e instituyeron la segregación”. 

La jefa de campaña de Trump que negó la existencia del racismo en Estados Unidos tuvo que dimitir poco después. “Mis comentarios personales no fueron apropiados y pido disculpas”, declaró. “No soy portavoz de la campaña y no hablé por ella”. Pero en el primer debate entre los candidatos, Hillary Clinton nos recordó que la fortuna familiar de Trump tiene sus orígenes en una empresa inmobiliaria que se negaba a alquilar pisos a familias negras. Trump quiso minimizar el caso y alardear de su buena voluntad. “Si hablas de curar heridas, creo que he desarrollado relaciones muy, muy buenas con la comunidad afroamericana”, dijo. Pero después agregó, en uno de esos breves ataques involuntarios de honestidad que le abren grietas en el edificio de mentiras: “Over the last little while”. Es decir, desde hace más bien poco.

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Sebastiaan Faber

Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College. Es autor de numerosos libros, el último de ellos 'Exhuming Franco: Spain's second transition'

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2 comentario(s)

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  1. Raul Sirera

    Solo por ver estas reacciones. Me dan ganas de votar a Trump. El texto lo indica muy bien, que se jodan

    Hace 4 años 8 meses

  2. jordi guim

    Lo que más me preocupa es que la gente lo crea, lo escuche y no le plante.

    Hace 4 años 8 meses

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