1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Debate

Ante el declive socialdemócrata, izquierda radical

Exhausto y agotado el proyecto del último socialismo, es necesario construir un frente internacionalista antifascista y anticapitalista para que retornen los grandes valores a nuestra vida cotidiana y la igualdad política y civil sea también económica

Víctor Alonso Rocafort 6/12/2016

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

---------------------------------
CTXT necesita la ayuda de sus lectores para seguir siendo un medio radicalmente libre e independiente. ¿Nos echas un cable?

---------------------------------

El apoyo del PSOE a un gobierno reaccionario y neoliberal, bajo el beneplácito de Felipe de Borbón, es quizá uno de los casos más extremos del derrumbe que sufre parte sustancial de la socialdemocracia europea, estos días golpeada también por la renuncia a la reelección por parte de François Hollande y la dimisión de Matteo Renzi. 

El que Unidos Podemos y sus confluencias se asienten ya por encima del PSOE en los últimos sondeos despierta la cuestión acerca de si tenemos un proyecto alternativo de raíz o estamos ante más de lo mismo, con una resultona capa discursiva de barniz. Esta es una cuestión trascendental no solo en nuestro país sino también en el continente. 

Los fracasos de los laboristas británicos encabezados por James Callaghan y de los socialistas franceses liderados por François Mitterrand en los años que siguieron a la crisis del petróleo marcaron un punto de inflexión para la socialdemocracia. "La política de la tercera vía" de Olof Palme en 1982 significó también el giro del referente sueco, que se confirmaría con el neoliberalismo compensatorio de los noventa y la regresión social provocada. La nueva tercera vía de Blair, Clinton y Schroederdaría enseguida directamente a escoger sin pudor entre "modelos de capitalismo". 

La puntilla llegaría con la crisis de 2008, que evidenció lo destructivos que habían resultado los consensos neoliberales de Jackson Hole y Washington también para el llamado primer mundo. El resultado de anteponer los intereses de las élites económicas a los de los ciudadanos quedaba a la vista de todos. La desregulación financiera y laboral, el triunfo de la estabilidad presupuestaria y el control de la inflación en perjuicio de los viejos objetivos de pleno empleo, condiciones de vida digna e igualdad, habían traído la mayor crisis económica en Europa desde los años treinta. Las desigualdades, al alza desde aquellos años cruciales que podemos situar en torno a 1980, se dispararon aún más. 

Mientras, la socialdemocracia participaba de los grandes consensos y ayudaba a construir la Unión Europea a mayor gloria del Pacto de Estabilidad y el BCE, de los antisociales y antiecológicos tratados de libre comercio como el CETA; mientras, votaban sí a las políticas de austeridad una y otra vez; y mientras, erigían la fortaleza fronteriza de Schengen ejecutando la vergonzosa política migratoria europea que ha terminado aboliendo prácticamente el derecho de asilo con decenas de miles de cadáveres en el Mediterráneo. 

Estos hitos han provocado una paulatina pérdida de credibilidad en la otrora dominante socialdemocracia europea, una desconfianza y una decepción traducidas en descensos de afiliación y de apoyo electoral que se han agudizado con el cambio de milenio. 

Según datos de Cornelia Hildebrandt, la socialdemocracia ha pasado de representar en el Parlamento Europeo el 34,9% de los votos en 1994, a obtener en 2009 y 2014 alrededor del 25%. El Partido Popular Europeo ha descendido en este último intervalo de apenas cinco años del 36% al 28%. Hay un nuevo y preocupante actor en danza, los llamados populismos de derechas que en la mayoría de los casos ya adoptan formas neofascistas. 

Si analizamos lo que sucede en cada país el mapa se complica, no así la tendencia general. Los socialdemócratas resisten electoralmente —lo que no siempre les permite gobernar, y en cualquier caso los sitúa lejos de las grandes mayorías del pasado— en Portugal (32%, 2015), Gran Bretaña (30%, 2015), Suecia (31%, 2014), Noruega (30%, 2013) o Croacia (33%, 2015).  

En Dinamarca los socialdemócratas lograron un 26% en las últimas elecciones parlamentarias de 2015, manteniéndose en los mismos niveles de los últimos años pero lejos de los porcentajes, superiores al 35%, que solían lograr en los años noventa. En Italia el Partito Democratico, que alcanzó un 25% de voto en 2013, había logrado en los últimos tiempos un ascenso que en parte seguía conservando en las encuestas (alrededor de un 30%); sin embargo, la debacle del referéndum ha forzado su salida del gobierno y quién sabe si un próximo desplome electoral. En Eslovaquia un partido socialdemócrata de tintes neoliberales y cada vez más xenófobos gobierna en coalición con la derecha tras haber caído 16 puntos, hasta un 28%, en las parlamentarias de 2016. 

Han descendido a niveles de entre el 20-25% de los votos en las últimas elecciones los socialdemócratas de tres países de peso, Austria, Alemania o Francia. En este último país, Hollande no contaba con más de un 12% según los sondeos cuando anunció su retirada de la carrera electoral. En Hungría los socialdemócratas perdieron las elecciones en 2010 (19%), tras ocho años en el poder, y en 2014 conformaron una coalición de cuatro partidos con la que volvieron a perder obteniendo conjuntamente un 25% de los votos. Ese mismo año, en solitario, los socialdemócratas húngaros se precipitaron hasta el 10% en las elecciones europeas. En las encuestas prosigue el imparable ascenso del autoritario y xenófobo presidente Viktor Orbán mientras el partido neofascista Jobbik se asienta como segunda fuerza. 

En el grupo del 20% además de España están los socialdemócratas de la República Checa, que decidieron pactar con el movimiento populista del controvertido multimillonario Andrej Babiš y los democristianos. Por debajo de estos niveles, tenemos que en Finlandia la socialdemocracia obtuvo un exiguo 16% en las elecciones de 2015, aunque hoy de nuevo lideran los sondeos. En Bulgaria, por su parte, descendieron considerablemente hasta el 15% en 2014. 

Por último, se encuentran en caída libre en Grecia (4,6%, 2015), Holanda (alrededor del 10% en los sondeos de 2016) e Irlanda (6,6%, 2015), mientras no sobrepasan el 5% en Polonia, donde llegaron a gobernar en diversos periodos hace unos 10 años y ahora están sin representación parlamentaria. 

La socialdemocracia europea tiene así un grave problema electoral, agudizado estos días por los casos francés e italiano. El derrumbe en cualquier caso no es total, sino parcial, pues en algunos lugares están logrando tímidas remontadas e incluso gobernar con apoyos muy diversos. El problema se hace más grave si analizamos el fondo de su proyecto político y lo conectamos con su reciente trayectoria. Como decía Lucio Magri, quizá también sea que estamos utilizando aún palabras antiguas como socialdemocracia para indicar ideas, proyectos o decisiones muy diferentes de aquello para lo cual habían nacido. 

En España los gobiernos de Felipe González, se ha dicho muchas veces, comenzaron pronto a personificar el paradigma del socioliberalismo. El gobierno de Zapatero de 2004 se constituyó con una dirección económica francamente neoliberal que explica mejor aquellas rendiciones de 2010, reforma constitucional y laboral incluidas, que hicieron enfilar con decisión al PSOE el camino hacia el abismo electoral, el mismo que han seguido recientemente con renovados bríos González, Susana Díaz y la llamada Gestora. El partido socialdemócrata europeo que más apoyo electoral ha perdido durante la crisis ha sido el propio PSOE, solo superado por el PASOK griego. 

La socialdemocracia, conviene recordarlo, surge del movimiento socialista de fines del siglo XIX, de las contradicciones de aquellos revolucionarios que comenzaban a lograr conquistas políticas en el árido terreno de las instituciones liberales, de aquel partido de Ferdinand Lasalle y los primeros compromisos alcanzados con los marxistas en la ciudad de Gotha (1875), acuerdos de los que significativamente renegaría el propio Marx

La ampliación del sufragio hasta universalizarlo traería la mejora de las condiciones de la clase obrera y las mujeres. Las libertades civiles conseguidas bajo duras condiciones represivas, con especial atención a las sindicales, de expresión y de prensa, fortalecerían la movilización popular necesaria para obtener la jornada de ocho horas y la erradicación de la explotación infantil. La representación política, el sindicalismo, el Estado y las instituciones judiciales podrían finalmente tener otro papel al asignado por el primer marxismo como mero instrumento del capital. Las rápidas mutaciones tecnológicas y comerciales precisaban nuevas aproximaciones teóricas. Las contradicciones del sistema podrían no tumbar el capitalismo y el crecimiento económico, tras un adecuado reparto, podría contribuir al desarrollo de los más desfavorecidos. 

Eduard Bernstein, quien fuera leal discípulo de Friedrich Engels, comenzó a tirar del hilo de estas dudas razonables que recorrían ya diversas corrientes de la izquierda, también la revolucionaria, para terminar sin embargo aunando socialismo y liberalismo. Como expone José Luis Monereo, la revisión de las obras de Marx acabó en su caso conduciendo a un reformismo político que no coadyuvaba en la transformación, sino que suponía el lento pero firme desplazamiento de los objetivos revolucionarios. Ya no solo se rechazaban los planes insurreccionales o la dictadura del proletariado, sino que pronto se abrazaron las instituciones liberales mientras se olvidaba aquella necesidad de superar la explotación capitalista que vio nacer el socialismo. 

La socialdemocracia tuvo su primer gran cataclismo cuando el SPD alemán votó a favor de los créditos de guerra en 1914. La Unión Sagrada de los partidos burgueses —profundamente nacionalistas e imperialistas— con los socialdemócratas en Francia, Alemania y el resto de grandes naciones echó por tierra la II Internacional. Se daba luz verde a una guerra que sembraría Europa de millones de muertos de la clase obrera. Las canciones patrióticas de los primeros días de la contienda fueron incapaces de ocultar el alcance de la traición. Tras aquella Gran Guerra, las revoluciones rusa y alemana y, significativamente, tras la tortura y asesinato de Rosa Luxemburg durante la represión ordenada por sus antiguos correligionarios socialdemócratas, nada sería igual en las relaciones de la izquierda. 

Llegaría entonces la creación de la III Internacional comunista, en 1919; el señalamiento en 1928, en pleno auge estalinista, de los socialdemócratas como "socialfascistas" por esta misma Komintern; y finalmente el giro tardío de 1935 hacia los Frentes Populares que, como es sabido, se plasmaría en Francia o España. La falta de consistencia de las alianzas, su tardanza frente al creciente dominio fascista de Europa, indicaría que además de todos los errores cometidos había una dificultad  para el acuerdo en lo más profundo. 

Las críticas más interesantes a la socialdemocracia provendrían de marxistas críticos con la nueva realidad soviética que se estaba conformando. Luxemburg, defensora desde el principio de una democracia radical que iba a inscribir en el mismo corazón del socialismo, lo teorizó de manera temprana en sus célebres debates con Bernstein. Las crisis volverían, el crédito avalado por el revisionismo sería protagonista principal de estas, los sindicatos reformistas cada vez se acomodarían más negociando la explotación bajo la urgencia de lo inmediato. Habría por tanto que seguir reivindicando la revolución como acto de creación política, como ruptura con los injustos marcos políticos y económicos que en apenas unos años se habían creado. No caían estos del cielo, no estaban esculpidos en piedra por milenios; podían transformarse. 

Walter Benjamin, ante la postración y desconcierto socialdemócrata durante el ascenso del fascismo de entreguerras, criticaría la idea de progreso que inflamaba las esperanzas reformistas. Lo que llamaban progreso era tan solo el impulso del viento huracanado que desde las ruinas y cadáveres del pasado impulsaba sin control la historia, el impotente Angelus Novus. La fe de los progresistas en la técnica, su puritano ensalzamiento del trabajo y la aceptación del dominio sobre la naturaleza traería desastres mayores, alertaba, una barbarie ética y social en lugar de la anunciada emancipación de las masas. 

Benjamin dedicaría su undécima tesis sobre la historia a desmontar el conformismo de la socialdemocracia: no solo era una estrecha táctica política lo que les movía, eran cesiones económicas concretas. Precisamente por sabernos en permanente estado de excepción no podemos conformarnos. Esa ansiedad por ganar de cualquier modo que constituye la apuesta electoral atrapalotodo no suele significar más que un recambio elitista en la cúspide burocrática y hambre para mañana entre la clase trabajadora, una muestra de debilidad política en tiempos de paciente desguace social, de directo ascenso neofascista. De 1982 a Zapatero, precisamente por estar donde estamos, sabemos de lo que hablaba el pensador alemán. 

Desde su irreverente heterodoxia, Benjamin rechaza el relato socialdemócrata de la emancipación de una clase obrera que se guía únicamente por la imagen de liberación de sus nietos, sin mirar atrás. No, sentenció, así no se liberará a nadie, son los pasados vencidos, la ira surgida de las imágenes de nuestros abuelos esclavizados, lo que nutrirá la fuerza de "la clase oprimida que lucha" por una auténtica liberación en vida. 

Los oprimidos no solo son obreros, también mujeres, judíos, gitanos, campesinos, homosexuales, desempleados, inmigrantes y refugiados como lo era Benjamin en Francia. Desde su visión materialista este autor abrió el campo de la opresión marcando la necesidad de las alianzas. No se era sujeto transformador de la historia por pertenecer a una clase o un partido, sino porque se luchaba. Frente a una socialdemocracia "empeñada en eliminar de la política el impulso de la indignación" —como interpreta Reyes Mate—, Benjamin explicita que la tarea de un partido realmente socialista ha de ser colaborar en la reflexión crítica sobre las injusticias presentes, solidarizándose también con las pasadas. En el conflicto, en la lucha, se va conformando esa clase que identifica las opresiones soportadas, capaz de entender cada vez mejor el eco de las voces que han sido acalladas para posibilitar el actual orden injusto. Desde ahí, consecuentemente, comienza la acción política activa y eficaz por la emancipación. 

Benjamin acertará en sus avisos. El progresismo y conformismo socialdemócratas supondrán un inesperado puente de plata para el fascismo. Sin embargo, tras la contienda vendrá la época dorada de la socialdemocracia europea. Un espejismo como sabemos hoy, un islote en un mar de desigualdad, pero una potente realidad durante décadas para un puñado de países europeos y millones de ciudadanos. 

Pocos recuerdan hoy que aquellos Treinta Gloriosos que comenzaron en 1945 lo hicieron con un periodo de intensas nacionalizaciones. La propiedad, uno de los pilares reales y no solo discursivos de la oligarquía capitalista, fue lo primero que se repartió en Gran Bretaña. Hasta 1948 los laboristas nacionalizaron la producción del acero, del carbón y del gas, el Banco de Inglaterra y la aviación civil, los transportes y las comunicaciones telefónicas, así como crearon el Servicio Nacional de Salud. No serían los únicos en atreverse. Se construía sobre el impacto del horror de los campos en unos años en que al otro lado del muro crecía otro mundo, el soviético, que pugnaba ideológica y militarmente por la supremacía.  

En ese universo congelado los socialdemócratas no pudieron ir más allá. Por un lado el terror, el dogmatismo y la burocratización que imprimió definitivamente Stalin a la URSS impedía que se acercasen a aquel otro mundo no ya los socialdemócratas, sino los propios comunistas occidentales. Por otro lado, la superación del capitalismo hacia una verdadera democracia económica alejada del modelo soviético no se contempló como opción. Y en el desconcierto, flaquearon. 

Los socialdemócratas perdieron gobiernos de manera consecutiva en Alemania y Reino Unido, mientras en Francia seguían sin despegar. Se abandonó el objetivo de la propiedad. El corsé de lo permisible se iría cerrando en torno a los ingresos y la igualdad de oportunidades: políticas fiscales expansivas, sistemas impositivos progresivos, redistribución, provisión de servicios sociales, políticas de igualdad de género, reformas educativas. Habitación y mejoramiento, había escrito Karl Polanyi: los estratos inferiores avanzarían hacia lo básico sin molestar a los ricos. Para ello se precisaba de un crecimiento económico que permitiera pleno empleo y beneficios empresariales, que ofreciera avances igualitarios sin tocar los privilegios de los grandes capitalistas. 

En algunos países se lograron conquistas históricas bajo estos parámetros, pero en cuanto se presentó la enésima crisis cíclica del sistema, la socialdemocracia inició su actual declive. 

Había algo en lo que el proyecto de aquellos años apenas había reparado más allá de algunos bienintencionados discursos, algo sin embargo inscrito en las primeras generaciones marxistas de Luxemburg y del propio Lenin. Más allá de Europa reinaba la pobreza y la desigualdad, se erigía un sistema económico internacional marcado por una división del trabajo injusta, por una desigual relación de intercambio entre naciones. Dominaba un auténtico imperialismo económico apoyado en fuerzas militares, en una OTAN que ejercía de salvaguarda de intereses muy concretos, de toda una forma de vida. Las primeras cumbres climáticas alertaron de otro límite que empezaba a evidenciarse: el crecimiento económico capitalista estaba destruyendo el planeta a un ritmo despiadado. 

Decíamos que el reformismo socialdemócrata no logró avanzar hacia la superación del capitalismo y sus marcos de injusticia. Quizá quienes más cerca estuvieron fueron los suecos. Estos, orgullosamente, afirmaban que tras la democracia política se había llegado a la social. El siguiente objetivo, como apuntan Luis Buendía o Petter Nilsson, era la democracia económica. Cuando en los años 70 desde el partido socialdemócrata se replanteó el tema de la participación de los trabajadores en las decisiones en la empresa o la propiedad de los medios de producción vía fondo de asalariados, cuando los trabajadores empoderados por sus salarios, condiciones y nivel de sindicación se movilizaron y explicitaron que querían decidir sobre sus empresas, la reacción fue brutal. 

Eran los años del aterrizaje de Reagan y Thatcher en el poder, convenientemente precedidos de Pinochet. Privatización, apertura externa y represión, así de duro sonaba el nuevo terceto. Y de nuevo, como en entreguerras y como ahora mismo, la socialdemocracia se quedó anonadada, timorata, sin proyecto ni alternativa que ofrecer. 

Derecha y patronal, sustentados por el nuevo paradigma, trocaron en toda Europa los objetivos sociales por los de estabilidad presupuestaria y económica, había que contener la inflación y con ella los salarios. Los políticos socialdemócratas, sabedores del nuevo sentido común que invadía a sus votantes, no tardaron en comprarlo. Vinieron los años de Maastricht y la construcción neoliberal del proyecto europeo, de la caída del Muro y el fin de la historia, llegaron los años de la difusión de esa palabra amable, globalización

Los intereses de los grandes empresarios y acreedores marcaron las agendas, se desataron los demonios financieros y se volatilizaron, en un país tras otro, las protecciones sobre la vida de sus legislaciones laborales. Las desigualdades se expandieron por el globo. En nuestro país la combinación de desempleo (19%) y precariedad, con un 15% de trabajadores pobres y subiendo, da cuenta de los rasgos que va tomando el reajuste sistémico post-2008. Los recortes en el sistema educativo y la escandalosa pobreza infantil (de hasta un 30%) auguran enormes dificultades para reducir la desigualdad en el futuro. 

Una vez dicho todo esto, desde la izquierda radical hemos de admitir que en gran parte somos también socialdemócratas. Nos diferencia que las medidas que propugnamos las defendemos de verdad, no como señuelo, cercanos quizá a aquella vieja idea de socialdemocracia. Aceptamos así las instituciones representativas, no planeamos ninguna insurrección inmediata, confiamos en que podemos usar el Estado y las leyes para mejorar las condiciones sociales de vida de la ciudadanía, apostamos por políticas keynesianas expansivas, redistributivas e igualitarias, por la regulación de los mercados, por la desmercantilización de nuestro trabajo a través de incrementos en los salarios diferidos (pensiones, subsidio de desempleo, etc.). Creemos en la reforma educativa y la defensa de los servicios públicos, proponemos reformas fiscales progresivas y hasta hay quienes nos atrevemos a plantear que sectores estratégicos como el de la energía han de nacionalizarse. 

Pero al mismo tiempo, no queremos ser socialdemócratas ni nos consideramos como tales. Es así que defendemos la ruptura democrática de los marcos políticos y económicos de la opresión, de ahí que sea tan importante la relectura sobre la Transición que se está haciendo los últimos años. No aceptamos que la igualdad política y civil no se traduzca en igualdad económica. Confiamos no solo en utilizar las instituciones representativas, sino en transformarlas. Sabemos que si no somos ejemplares en la democratización radical de nuestros partidos, de nuestras empresas e instituciones, el recorrido será muy corto. Estamos trabajando por una Nueva Constitución y una república democrática. Estamos convencidos de que es en la emergencia del conflicto, en las calles, desde donde se organizará la clase oprimida para luchar, para abrir posibilidades hoy inimaginables y lograr las conquistas que necesitamos. Por eso no somos una izquierda asimilable a este orden injusto, porque estamos dispuestos a transformarlo. 

Nos apoyamos en la ira que nos provoca la crueldad ejercida contra quienes nos precedieron, la indignación por ser aún un país de cunetas y desaparecidos, de legados fascistas evidentes, porque desde ahí, traduciéndola constructivamente en acción política, sabemos que acabaremos mejor con el origen de muchas desigualdades que cruzan la Justicia, el IBEX 35, la violencia contra las mujeres, los CIE. La lucha por la memoria democrática es principalmente una lucha por nuestro futuro. 

Renegamos de la mercantilización de nuestras vidas. Además de regularlos proponemos que los mercados sean socialistas, solidarios, que los impulse la generosidad y la reciprocidad en los intercambios. La actual autorregulación dirigida y protegida en interés del capital, de apenas doscientos años, está destruyendo la vida social estos últimos tiempos de forma trepidante, sin apenas resistencia desde ese otro movimiento protector de otras épocas, hoy gripado por la austeridad mientras se enriquece el 1%. 

Queremos otra distribución de los frutos del trabajo, sí, pero previamente reclamamos otra distribución entre capital y trabajo decidida entre todos y todas. Queremos acabar con el sustrato capitalista de la vida cotidiana y reducir la jornada laboral, repartirla, alcanzar la conciliación en plena igualdad, repensar las raíces de nuestros hábitos consumistas, desafiar la masculinidad dominante, erradicar la pobreza infantil como punto esencial de nuestro programa, potenciar una cultura crítica, popular y democrática, musical, enfrentar la depresión, el aislamiento del individuo contemporáneo del que se alimentan una vez más poderosos nacionalismos. Queremos desafiar las costuras excluyentes del Estado-nación, sus fronteras, rebajar su escala política de millones para defender un municipalismo radicalmente ecologista, democrático, cercano. Queremos transformar y no solo cambiar. 

El estado de emergencia permanente en el que vivimos es lo que nos hace renegar de 1982 como una victoria de las clases populares, de los atajos, de las cesiones y del conformismo.  

Pero es que además de todo, no podremos ser socialdemócratas aunque queramos. Es este un proyecto exhausto, agotado, que desde hace décadas desconoce cómo responder a los desafíos ecológicos, paralizado ante la nueva revolución tecnológica y laboral, cómplice del auge de los trabajadores pobres y de la injusticia económica internacional, la misma que en gran parte permitió la anomalía del Estado del bienestar europeo. La última crisis vuelve a demostrarnos la incompatibilidad de la democracia y los derechos humanos con el capitalismo. Se podrá ser socioliberal pero difícilmente se podrá ser ya socialdemócrata. La alternativa cada vez aparece más clara: capitalismo neoliberal o ruptura socialista y democrática. 

Y así volvemos a los datos electorales expuestos más arriba, a la situación de relevo en la izquierda española y quién sabe si en otros países como Francia. Eso sí, tengamos en cuenta que aunque en el Parlamento Europeo la izquierda radical es el grupo que más subió en 2014 respecto a 2009, lo hizo alcanzado un insuficiente 7 %. 

Quizá en España sea donde estemos mejor situados para gobernar, sin perder de vista que en Portugal existe un gobierno socialdemócrata que se atrevió a contar con el apoyo externo de la izquierda radical. Por su parte Syriza, la coalición de izquierda radical griega, está tratando de minimizar los daños de la dura derrota sufrida frente a la Troika y la UE. Su desgaste, sus políticas y el intento de captación de sus líderes por la socialdemocracia comunitaria son evidentes y decepcionantes. No conseguirán captar, eso sí, a la base militante del partido, lo que augura nuevos giros en la trama. 

El laborismo de Corbyn tiene poco que ver con nuestra socialdemocracia y la de otros lugares, tampoco con la de su propio partido en los últimos años. Es así que puede llegar a compartir estrategia con el proyecto de la izquierda radical europea. Recordemos que el propio Corbyn ha llegado a votar 536 veces en contra de decisiones clave de su partido en los últimos años. Estamos ante un partido —como afirmaba recientemente John McDonnell, ministro de Finanzas de su "gobierno en la sombra"— donde ya no hay que susurrar a escondidas palabras como socialismo y transformación. 

A la luz de estas tendencias europeas, mi conclusión sería que para que cale el relevo de una socialdemocracia vendida al ethos neoliberal, para que se produzca un efecto dominó en el resto de Europa que nos acerque a políticas efectivamente transformadoras, a una nueva cultura que ayude a que los grandes valores cívicos se impregnen en nuestra vida cotidiana, se necesita un proyecto claro, sólido y coherente, alternativo de raíz, alejado del conformismo socialdemócrata y de sus versiones populistas o eurocomunistas. 

Debatámoslo sin sectarismos ni caricaturas, con respeto a quienes seguramente creen defender objetivos no tan lejanos o lucharon en el pasado en condiciones muy difíciles, pues aquí debe caber mucha gente y toda aportación valiosa ha de ser incorporada. Pero seamos firmes en defender lo esencial del proyecto que necesitamos para liderar las alianzas por venir. Incluso para que socialdemócratas como los laboristas de Corbyn giren hacia nuestras posiciones. 

Para ello habrá que construir, formular y difundir, en la calle y en las tribunas que se vayan conquistando, las bases de este amplio proyecto de izquierda radical, de frente amplio antifascista y anticapitalista. Un proyecto internacionalista que nos volverá a juntar en la praxis, poniendo nombre y soluciones entre todos y todas a la experiencia de privación, desempleo y precariedad que se expande angustiosamente entre la clase trabajadora. Y desde ahí construir una comunidad plural, abierta, sin patrias ni liturgias sectarias, que desde la solidaridad sepa luchar por la reconquista de la vida, de la felicidad pública. 

Un proyecto cuyos fundamentos sean la revolución democrática, la urgente transformación económica y ecologista. La defensa de los derechos humanos. Un proyecto concebido para ser el corazón de la resistencia en estos tiempos oscuros en que la dislocación neoliberal vuelve a traernos fascismo. Un proyecto ético que sea capaz de reivindicar los principios, la honestidad, también a la hora de hacer política. Sin cinismos ni grandes tiburones, sin todo ese relativismo ético triunfante en la competitiva, selvática, época neoliberal. Un proyecto cultural, bien explicado, que nos anime a pensar críticamente desde abajo, un torrente democrático que desborde desde el interior los marcos establecidos para construir otros más justos.

Estamos en un momento histórico en el cual de nuevo millones de personas nos lo jugamos todo. Afrontémoslo con audacia y responsabilidad. Hay un gran proyecto en ciernes, unámonos para ponerlo en marcha. 

Autor >

Víctor Alonso Rocafort

Profesor de Teoría Política en la Universidad Complutense de Madrid. Entre sus publicaciones destaca el libro Retórica, democracia y crisis. Un estudio de teoría política (CEPC, Madrid, 2010).

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

1 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. SalvaE_Viena

    ¿podría contarse con traducción al inglés o al alemán de este texto? ¿habría algún conflicto legal para hacerlo? (Sería interesante compartirlo con la peñita de allende los pirineos...)

    Hace 4 años 5 meses

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí