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ADELANTO EDITORIAL

Catálogo de decisiones y fragilidades

Toni Álvaro 21/12/2016

<p>Fábrica abandonada.</p>

Fábrica abandonada.

VINCENT FERRON

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Reproducimos tres fragmentos de Catálogo de decisiones y fragilidades (El Lokal, Barcelona, 2016). Se trata de un libro del periodista y guionista Toni Álvaro, que es, a su vez, la selección y colección de sus entradas diarias escritas en Facebook durante varios años, que han significado todo un fenómeno en la red, con entradas compartidas, en ocasiones, por más de 3000 usuarios. Se trata de un compendio de biografías de personas cuya vida se vio seriamente afectada una vez tomaron pequeñas decisiones vitales y políticas. Más sobre el libro en www.ellokal.org

Reyes magos en Aiscondel 

Las naves de Aiscondel en mi pueblo habían alojado hasta unas 1600 personas, mi padre entre ellas. Fundada en 1943 en Barcelona, Aiscondel se trasladó definitivamente a Cerdanyola en 1964, convertida en uno de los grandes motores de crecimiento de la ciudad.

A mi padre sus compañeros le llamaban el Campeón. Enlazaba el turno de tarde con el de noche y al salir se echaba unas horas repartiendo con la DKW para completar el sueldo. A Aiscondel venían los Reyes, pero allí nadie regalaba nada. Allí se encontró, apenas entrar, a uno de su pueblo que había estado en la cárcel con el abuelo. Allí conoció, en aquel momento no lo sabía, claro, al que también sería abuelo de su nieto mayor. Allí se hizo mi padre de las Comisiones Obreras.

En 1962, a raíz de la declaración del Estado de excepción en Asturias, Gipuzkoa y Bizkaia, ya se produce la primera huelga en Aiscondel, con el resultado de varios despidos. Un despido significaba entrar en la lista negra y no volver a ser contratado en ninguna fábrica. La gente quería trabajar en una fábrica porque ahí se fabricaba el futuro de sus hijos, muchos de los cuales llegarían a ser el primero en generaciones en acceder a la Universidad.

En 1966 viene otra huelga que logrará la jornada laboral de 8 horas. Y más despidos que acaban descabezando a CC.OO. Era un ciclo habitual: una reivindicación laboral lleva a la huelga (ilegal), la huelga a los despidos y encarcelamiento de los más incómodos para la empresa, que para calmar los ánimos ofrece algunas compensaciones que no logran impedir nuevas movilizaciones pidiendo la readmisión de los represaliados, uniendo reivindicación laboral con reivindicación política.

Pasados los años, vendría el cierre de todas esas fábricas y el desmantelamiento de todos los derechos allí ensamblados

Eran tiempos de jornadas laborales de 12 horas, de lunes a sábado. Tiempos de listas negras y sindicato vertical. Tiempos de PSUC y CC.OO. Tiempos de tricornio, miedo y palizas en una habitación mal ventilada. Aquí llegaron inmigrantes bregados en la supervivencia, mineros de Fígols y obreros rebotados de la Aismalíbar y Mir Miró con la reivindicación en el cuerpo.

Eran tiempos de cargas policiales y puertas que se abrían dando cobijo. Si Aiscondel paraba, todo se paraba en un efecto correa de transmisión que recorría la industria local. Eran tiempos de asambleas semiclandestinas en el merendero de Les Fontetes un domingo por la mañana, asando sardinas en un somier, con alguien subido en un pino para avisar si venía la Guardia Civil. Eran tiempos de abogados laboralistas, nuestros primeros héroes.

En 1973, a raíz del asesinato de Manuel Fernández Márquez en la huelga de la construcción de la central térmica de Sant Adrià, el turno de noche de Aiscondel plantea una huelga de protesta contra la violencia policial. Manifestaciones, cargas y el cierre durante dos días de fábricas, comercios y bares mientras la policía ocupa las principales vías urbanas. La huelga sirve para plantear nuevas reivindicaciones laborales y se alarga en algunos centros. La dirección de Sintermetal se pasa tres pueblos con las medidas disciplinarias y Aiscondel da su apoyo y se embarca en una huelga que se alarga prácticamente todo el mes y acaba con más de 70 despidos, incluyendo en el paquete a todo el comité de empresa. Por estas cosas, supongo, y por algún ojo a la virulé que trajo papá, mi madre siempre me aconsejó ver, oír y callar para evitar problemas y progresar en el trabajo. El hombre del saco se parecía mucho al sargento Pizarro.

En 1976 la pancarta Meler en lucha, por el pan, el trabajo y la libertad recorre Cerdanyola. Son los prolegómenos de las huelgas generales de aquel año. Cerdanyola contabilizará, según prensa de la época, 6000 huelguistas, 396 empresas cerradas y una asamblea unitaria en el campo de fútbol. Y muchos descubren que una hora de lucha puede agotar más que doce en la cadena de montaje.

Luego, pasados los años, vendría el cierre progresivo de todas esas fábricas y el desmantelamiento acelerado de todos los derechos que allí se fueron ensamblando. Ahora de Aiscondel sólo queda un solar de 50.000 m2 propiedad, cómo no, de un banco.  

José Antonio Alonso Alcalde

Fin de semana en Foix, en el Ariège. Durante la II Guerra Mundial un puñado de republicanos españoles, la mayoría comunistas, liberaron Foix y el Ariège de las fuerzas de ocupación nazis. Hoy, en una habitación de hotel de Foix, una mujer y un hombre liberan sus cuerpos de ropa y los envuelven en una sola piel. Lo hacen, en buena parte, gracias a la lucha de aquellos republicanos españoles.

El grupo de guerrilleros españoles que liberó Foix y el Ariège lo encabezaba José Antonio Alonso Alcalde, el comandante Robert, un asturiano emigrado a Catalunya que a los 17 años, edad de echarse novia, se echó un fusil al hombro para acabar en el frente en la batalla del Segre. Lo hacía, en buena parte, para poder desnudarse frente a una mujer, y libres fundirse en una patria de caricias. 

José Antonio Alonso cruzó los Pirineos a pie un 19 de febrero de 1939 para ser encerrado en el campo de concentración de Septfonds. Luego vinieron varios batallones de trabajo y varias fugas, incluyendo una del tren que le llevaba a Mauthausen. Vía Partido Comunista francés se integra en la Resistencia, en el Ariège. El grupo de José Antonio, siete republicanos españoles, empieza la guerra contra los alemanes con 2 pistolas y 6 granadas. Acabarán formando la III Brigada de Guerrilleros Españoles, unos 300 hombres dedicados a tareas de sabotaje y hostigamiento. Dos cuerpos desnudos brindan hoy su fragilidad, orgullosos de años y cicatrices. Contienen muertes ajenas que los hacen bellos en sus imperfecciones y hacen de los gemidos una oración de agradecimiento.

No luchaban o morían por un país, o por una bandera, lo hacían para ahuyentar el miedo

El 19 de agosto de 1944, los guerrilleros comunistas al mando de José Antonio, comandante Robert, se bajan de la montaña y liberan Foix tras duros combates con la Wermacht. Unidos a otros grupos de guerrilleros españoles liberaron el Ariège. No luchaban o morían por un país, o por una bandera, lo hacían para ahuyentar el miedo, ese miedo que sacan a pasear cada mañana los señores de la guerra que nos gobiernan y no soportan que dos cuerpos se amen. 

Hoy ahuyentamos el miedo tapándonos con las sábanas hasta la cabeza, encendiendo nuestras bocas que se buscan para condecorarnos a dentelladas furiosamente tiernas. La ternura y los abrazos de la gente del Ariège fueron las mejores condecoraciones que se llevó José Antonio Alonso, el último de los guerrilleros españoles que combatieron al fascismo en Francia, muerto el 16 de diciembre de 2015. Las otras, la Legión de Honor, la condecoración del Senado francés, todas las que tenía en su modesto hogar, en el fondo, no eran más que bisutería.

José Antonio Alonso Alcalde, comandante Robert, pudo decir con orgullo que murió sin ser súbdito del rey de España. En esta habitación de hotel, una mujer y un hombre sólo son súbditos de su deseo y proclaman sus cuerpos inviolable reducto de soberanía. Y porque no hay en la tierra, todavía, nada que sea tan dulce como una habitación para dos, si es tuya y mía, damos las gracias un día más a los muertos de nuestra felicidad.

Gladys del Estal

En primavera de 1979 el núcleo del segundo reactor de la central nuclear de Three Mile Island, Harrisburg, Pennsylvania, había sufrido una fusión parcial y la gestión del accidente por el Homer Simpson de turno hizo el resto. Ahí andábamos un grupo de amigos con nuestros folletos y chapas de ¿Nuclear? ¡No, gracias!, intentando convencer a una pareja de pastores mormones sobre el deber de construir el paraíso en la Tierra.

En fin. Éramos capitanes de quince años y aún teníamos la mirada transparente, como el aire que queríamos respirar. Francamente, no sabíamos mucho sobre fusiones y fisiones nucleares. Tampoco sabíamos mucho sobre Gladys del Estal. Sólo que tenía 22 años cuando la mataron. Y que la mataron por protestar contra la energía nuclear, armada sólo con una mirada transparente.

Gladys estudiaba Química en la Universidad y era miembro del Grupo Ecologista de Eguía y de los Comités Antinucleares de Euskadi. El 3 de junio de 1979, mientras la central de Harrisburg aún humea futuras leucemias, se bajan a Tudela para una Jornada Internacional contra la Energía Nuclear y protestar contra el Plan Energético Nacional y, ya de paso, contra el Polígono de tiro de las Bardenas.

Le condenaron a 18 meses de cárcel que no cumplió y fue condecorado con la cruz del mérito

La jornada tiene todos los permisos gubernativos habidos y por haber y va transcurriendo sin incidentes en una Tudela tomada por la Policía Nacional y con todos los accesos cortados por la Guardia Civil. Después de la comida, con ligero retraso, empieza el mitin. Aunque hay permiso hasta las 17 horas, a las 16'15 horas aparece la policía y exige la disolución de la concentración.

Mientras se intenta aclarar el desfase horario que parece sufrir la policía, suena el silbato y empieza la carga. Pelotas de goma y botes de humo caen sobre los concentrados y cunde el pánico. Finalmente, la intercesión de un diputado foral consigue detener la violencia a cambio de que los presentes abandonen Tudela.

La muchedumbre marcha ordenadamente hacia las afueras entre un pasillo formado por las fuerzas policiales. Van cruzando el puente sobre el Ebro camino de la zona de estacionamiento donde han aparcado autobuses y coches. Un grupo de jóvenes, entre los que está Gladys, deciden hacer una sentada, la protesta pacífica por excelencia. La Guardia Civil no está para sentadas ni pacifismo y los obliga a levantarse a golpes y empellones.

El guardia civil José Martínez Salas le dirige un comentario obsceno a Gladys, que responde con un insulto. Martínez Salas dialoga como mejor sabe. Le propina un culatazo con su subfusil Z-70 en los riñones. Gladys cae de bruces al suelo. Cuando intenta levantarse, Martínez Salas se acerca y le pega un tiro en la nuca. El médico que certifica la muerte de Gladys del Estal habla de tiro de gracia.

El asesino de Gladys fue juzgado y declarado autor responsable de un delito de imprudencia temeraria, con resultado de muerte. Le condenaron a 18 meses de cárcel que no cumplió y en 1992 fue condecorado con la Cruz del Mérito Militar por el alcalde del PSOE de Tudela.

El asesinato impune de Gladys nos cambió la mirada, se le puso al fondo como un poso de tristeza. La mirada transparente de Gladys sigue ahí, su nombre vive en un parque donostiarra y esa tímida sonrisa nos recuerda que, pese a todo, el sol, la fuente de vida que defendía, sigue saliendo cada día.

Reproducimos tres fragmentos de Catálogo de decisiones y fragilidades (El Lokal, Barcelona, 2016). Se trata de un libro del periodista y guionista Toni Álvaro, que es, a su vez, la selección y colección de sus entradas diarias escritas en Facebook durante varios años, que han significado...

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Toni Álvaro

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