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Diario de un trabajador temporal

Un aventajado estudiante de Filosofía empleó las pasadas vacaciones navideñas en un trabajo basura. Esta fue su experiencia

Pablo Muñoz 20/01/2017

<p>Fotograma de <em>Mr Magorium y su tienda mágica.</em></p>

Fotograma de Mr Magorium y su tienda mágica.

20th Century Fox

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“Cuento de Navidad”, podría titularse este diario, escrito por un aventajado estudiante de Filosofía que empleó las recién pasadas vacaciones navideñas en un trabajo basura, como dependiente de una tienda de legos y juguetes. Hubo un tiempo en que estudiantes y trabajadores circulaban por pasillos distintos. Hace mucho que no, y entretanto los llamados becarios ocupan uno de los escalones más bajos del lumpenproletariado.

Este diario es para su autor “tarea pendiente”, que se plantea de la siguiente manera: hacen falta más relatos sobre el mundo en el que vivimos, trabajamos, sentimos. El propósito del diario es ofrecer un bosquejo de una situación concreta, imaginable o real: la de un trabajo ocasional (un empleo de corta duración en una tienda comercial) en una ciudad reconocible.

El propósito es entonces dejar que una voz se explique y testimonie una serie de hechos. El diario es una voz práctica. La condición de testimonio y partícipe impide que la voz sea ejemplar o edificante. El propósito se resume así: ofrecer un lugar y una mirada.

8 de noviembre

La entrevista ha ido bien. Lo que se podía esperar. La aclaración ha sido pertinente, un trabajo de campaña de Navidad. El entrevistador ha insistido en que no pasa nada si veo este trabajo como algo alimenticio, aunque he ofrecido un compromiso y entusiasmo: a fin de cuentas, he sentenciado en voz alta, vender-juguetes-de-una-marca-especializada no es algo tan dramático. La tienda es monísima, claro. Está pensada para que los chicos jueguen, no hay pasillos.

17 de noviembre

Me han contratado. No acabo de comprender la reforma laboral y sus condiciones. El mundo puede ser rematadamente opaco. El contrato lo ha hecho una gestora, me aseguran. Asiento. Me esfuerzo en que mi cara diga “por supuesto” en cada movimiento.

18 de noviembre

El contrato lo ha hecho una gestora, me aseguran. Asiento. Me esfuerzo en que mi cara diga “por supuesto” en cada movimiento

Primer día. Conozco a mis compañeras de tienda. El entrevistador era uno de los dueños y jefe de tienda. Insiste en “la calma”. Mi compañera es la encargada de la tienda. Insiste en “la atención”. Si él dice que con un “Hola, ¿qué tal?” ya basta; ella insiste con miles de detalles para “hacer que el cliente se sienta cómodo en la tienda”. Surgen nuevas preguntas.

¿Cuándo está incómodo? Por qué no puede cargar con un paquete y distraerse?

Porque así compra menos. Va cargado y eso provoca que tenga prisa.

Al parecer las técnicas de venta consisten en una mezcla entre conductismo y agresividad retórica. La encargada vindica su efectividad. Está en la tienda desde que la abrieron. Conoce el sector.

19 de noviembre

Primer día de diez horas. Bosquejo de sensación: la hora y media para comer pasa muy deprisa, el tiempo de trabajo está siempre presente. Uno mira el reloj y piensa: de acuerdo, entonces me queda… Obsesionado por el tiempo libre, el tiempo es siempre tiempo restante; comprendo mejor ahora a las personas que hablan de “la necesidad de desconectar”.

Se refieren a la necesidad de sentir que el tiempo no es tiempo restante sino tiempo posible o tiempo disponible.

21 de noviembre

Lunes, descubro el almacén. Y las llamadas de teléfono, abundantes. Constato que mi pasión por la marca se ha reducido. Segunda constatación: no tengo ni un tercio de información que mis compañeras. Parece ya evidente. Alguna insinuación me ha llegado: “Deberías ir acostumbrándote a” o, en su versión más sutil: “Yo es lo que hago al llegar a casa”.

¿Cómo explicar que al llegar a casa uno no contempla la posibilidad de prolongar los quehaceres laborales?

Barajo dos respuestas posibles. La primera pasa por una confesión con malas consecuencias. Mala estrategia.

La segunda es una modesta oda a la pereza. No es conveniente.

25 de noviembre

Hay algo conmovedor en la interacción con clientes. Todos te escuchan creyendo en la autoridad que te ha sido conferida. Es la primera tarde en la que me atrevo a pronunciar: “Verá, yo le recomiendo...”. Lo digo dos veces, a un padre muy simpático –le he visto todas las tardes en las que he trabajado en la tienda– y a una joven madre. En ambos he visto un gesto semejante: ojos abiertos y asentimiento.

¿De dónde viene esta autoridad? ¿Por qué leo en sus miradas “Vaya, tú debes saber mucho de esto, yo, en cambio, no tengo ni idea”?. ¡Qué fácil acostumbrarse a ella!

Nueva corrección: el cliente debe estar atendido en todo momento, es imprescindible ofrecer alternativas a sus deseos, si no alcanza con el stock disponible. La buena vendedora siempre insiste.

26 de noviembre

Obsesionado por el tiempo libre, el tiempo es siempre tiempo restante; comprendo mejor ahora a las personas que hablan de “la necesidad de desconectar”

Pequeña reprimenda. Hemos empezado a sacar los instrumentos de limpieza cinco minutos antes de agotarse el horario. No nos pagan para eso. Gran indignación de mi compañera. Me da unas sorprendentes razones utilitaristas de su enfado: “Hago ganar mucho dinero a la tienda. Y así me lo agradecen”.

Le explico que no trata de quién tiene razón, pero en este caso, está claro que la razón le pertenece a los jefes, que son los contratantes. Creo que no ha entendido lo que le digo. Son muchas cosas, añade, y mi comentario –ahora es ya indudable– la ha ofendido.

Bien. Trato de explicárselo una vez más. Las razones subjetivas no importan cuando el dinero interviene en un contrato de estas características. Me da por imposible. Yo también: no tengo reservas de consuelo, y he preferido lanzar una reflexión.

Una nota evidente: intentar diálogos socráticos en la vida corriente es un juego ocioso.

1 de diciembre

Descubrimiento trágico, ya anunciado: soy muy patoso envolviendo regalos. Muestras de compasión entre los clientes, aparece incluso el recuerdo de quien envolvió zapatos en unas navidades antiguas.

La tarde transcurre a lo Capra. A la dulzura del recuerdo, le sigue la amargura de la constatación: otra señora señala con gran detenimiento lo mal envuelto que está el paquete y cómo debería hacerse.

Evidente frustración entre mis compañeras. Inverosímil o no, me afecta.

3 de diciembre

Los matrimonios y sus relatos públicos. Por la mañana, un señor hace llorar a su esposa mientras su hija juega como si no escuchase los sonidos de algo que hace demasiado que está sucediendo.

Por la tarde una señora me pide pijamas, y luego dice: “Aunque se duerme más cómodo sin ellos ¿no?”. Su acompañante es su marido, ella me lo recuerda y, con gran risotada, insiste en flirtear de un modo descarado.

Vergüenza ajena. El marido asiste algo frustrado al juego de la señora; ella remata diciendo lo ideal que sería llamar a “todo un cuerpo de bomberos” mientras mira el pack que va a regalarle a su hijo. 

5 de diciembre 

Estamos más cerca de comenzar la cuesta. No llega. No acabo de comprender las metáforas geológicas y sus matices. Estoy muy cansado. 

16 de diciembre 

Eludo la cena de empresa, y su posterior farra, aunque no su relato la mañana siguiente. Tomé la decisión precipitadamente, inventé una excusa a última hora: la idea de compartir un escenario de amistad me parece inadecuada.

17 de diciembre

Aparece en la tienda alguien que estudió filosofía, no lo he sabido hasta diez minutos después de su entusiasta defensa de los juguetes que ha comprado, de su espíritu educativo y de su actual profesión; la lingüística computacional variante marketing.

Es de Girona –su acento no le delataba del todo, aunque luego sí su anecdotario– y celebra que yo esté ahora terminando la carrera. Dice que a él le cambió la vida. Hablamos de Habermas. Dice muy contento que es una cosa seria, seria.

Me dice que no chute las piezas. He visto hacerlo a mi supervisora. ¡Pero me callo! Pequeño triunfo de la micro-solidaridad obrera: serlo con quienes no son tus amigos pero están en el mismo lugar

Al llegar al autobús, un episodio extraño. Un señor calvo llega corriendo con mochila de trabajo y zapatos desgastados. El conductor le dice: “Bueno! ¡parece que has perdido tu pelo en esa carrera ¿Eh?”. Me siento agredido en ese momento. ¡No solamente por mi pertenencia al club de los prealopécicos! Subir a un autobús y que alguien te suelte un chiste magnífico. Invento una norma propia para el humor que utilizaré en la tienda: de ahora en adelante, chistes blancos, fáciles. 

23 de diciembre

Ha dejado de parecerme navideño el espíritu de la tienda. Pequeño rasgo antisocial: no puedo soportar la intimidad ajena, aunque sean pequeños bosquejos de relaciones, vida; lo he descubierto en las conversaciones con las compañeras.

No puedo conversar si luego estaré sometido a un juego de jerarquías y lealtades, etcétera. Veo improbable que pueda prosperar la amistad. Gran fracaso en el ejercicio social de compartir películas y series.

“Estoy cansado de La Guerra de las Galaxias y no me parece que Black Mirror tenga ideas sino lugares comunes sobre la “tecnología” y sus efectos”. Me vengo arriba con la fregona y mis opiniones, todo muy ridículo.

Juzgo estúpido el “fenómeno de las series” y mi compañera cree que la he llamado estúpida. Hago un llamamiento a la prudencia: “No tengo ni idea de…”. Ella insiste, la ofensa redobla sus tambores.

Friego en silencio.

24 de diciembre

Cambio en la fisonomía de los clientes. Cambio memorable: son directos, necesitan comprar, esperan muchas cosas, no conciben que los productos se hayan agotado, quieren saber en qué otro sitio lo tienen. Esperan cooperación entre las fuerzas del comercio, amabilidad a raudales, soluciones efectivas. 

27 de diciembre

Una de las tareas importantes es vender el stock acumulado. Decido centrarme en la colección para niñas, que con sus ponys, estrellas del pop y ferias me parece engolada.

Gran éxito. Di que algo es para “niñas inteligentes” y el mar del orgullo te permitirá ver sus olas valientes. Añádele la respetabilidad de las fuerzas del comercio a modo de falsa apostilla –“además se vende muy bien”– y serás invencible.

¡Qué sensación de triunfo!

30 de diciembre

La puntualidad de las nóminas. Éste ha sido el mes de los domingos trabajando, me digo. Han sido un pequeño fracaso. Hermosura de la patología social: la gente no compra en domingo. Quiere descansar. El día del Señor a estas alturas de mi vida.

Cuando salgo, el salario ya está en la cuenta corriente y la tonadilla de Notorius Big y P. Diddy –“No sé qué quieren de mí / es como si cuanto más dinero viniera / más problemas viera”– viene a mi cabeza.

31 de diciembre

Lo memorable: tener que estar en un almacén colocando cajas, o piezas, o preparando pedidos. Me doy cuenta de que estoy ejercitando la memoria visual. Hago una broma de Rain Man que a nadie le parece divertida.

Regresa la señora insinuante. La tienda tiene al menos cuarenta personas dentro. Ni siquiera recuerdo cuantas veces he dicho ya “¡Hola! ¿puedo ayudarla?” Ella decide humillarme: “Lo que no podemos hacer es agobiar al cliente, ¿no?”.

Me doy cuenta de que se me ha caído la botella del ánimo al suelo ¡y quedan otras cuatro horas!

2 de enero

Primera marabunta memorable. Mis jefes deben ayudarme a envolver regalos, dada mi torpeza. Uno de ellos me mira al final de la jornada con unos ojos donde, creo, hay una reevaluación muy resentida de su decisión de contratarme. El resto de la semana trabajaré diez horas, acepto, improviso algo relacionado con el honor y la responsabilidad.

3 de enero

Primera vez que me insultan. Ha entrado una familia con un juguete con un fallo. Sabía que eran pobres. Podía verlo en el calzado (las deportivas baratas), el chándal, los dientes algo separados

Almacén con mi compañero, que gestiona el almacén. Oyéndole hablar parece uno de los jefes. Es biólogo. Está convencido de la salud democrática y de la grandeza de Cataluña. Me da muchas órdenes. Me dice que no chute las piezas. He visto hacerlo a mi supervisora. ¡Pero me callo! Pequeño triunfo de la micro-solidaridad obrera: serlo con quienes no son tus amigos pero están en el mismo lugar. 

4 de enero

Incidente en la tienda. Primera vez que me insultan. Ha entrado una familia con un juguete con un fallo. Sabía que eran pobres. Podía verlo en el calzado (las deportivas baratas), el chándal, los dientes algo separados. Faltaban doce piezas, me ha dicho la madre, indignada. Respondo como es habitual, explicando que no somos una tienda oficial sino especializada y que el servicio de atención al cliente está en Internet. “¿Y si no tenemos Internet?”, me dice la madre. Me siento profundamente imbécil por mi supuesto.

Ojos de incomprensión. Indignación. Un compañero acude al rescate. Nos ganamos más gritos e insultos.

El padre se gira y me dice: “Si todo fuese por Internet, tú no trabajarías aquí”. Mi compañero está afectado por los insultos, les llama imbéciles, etcétera. Profunda tristeza, cuando el padre ha pronunciado esa frase he constatado su ignorancia.

Resulta terrible. Uno puede responder a los insultos o hacer chistes. Pero existía la posibilidad de aceptar la autoridad. Un ser humano que ni siquiera imaginaba que existe la programación, que no sabe que tras Internet hay trabajo, trabajo humano, de ingenieros, de mantenimiento. No lo consideraba. 

5 de enero

Día final. Tranquilidad, pequeña sorpresa –después de todo, he envuelto un regalo perfectamente–, con broma nada maliciosa incluida. Una anciana uruguaya y aristocrática viene a la tienda. Compruebo cómo el orgullo viaja –como sus hijos, que viven en Londres y conocen “la tienda que hay en Londres y que supongo que conocerás”–, pero sus suposiciones no pueden herirme. Desprecia la guerra, pero termina comprando algo relacionado con la saga de las Galaxias. Reivindica el saber de los ingenieros, dice que por esa razón le gusta nuestra juguetería, porque tiene cajas de aprendizaje donde se prioriza la economía y la técnica. Tras la conversación, considero que mis simpatías hacia la doctrina consecuencialista son una pequeña ingenuidad juvenil.

Se celebra mi entusiasmo y mi compromiso. Se señalan como grandes virtudes. Se me invita a regresar cuando quiera. Se me pide algo de autocrítica –parece evidente que el “hándicap” era no saber envolver. Luego otras cosas a mejorar que tengan que ver con la tienda. Intuyo que las palabras tienen que ver con mis compañeras. Uso la modestia: “Tal vez algo más de comunicación en el reparto de tareas”. Entendimiento rápido entre adultos, leer entre líneas la estrategia.

(Pero no es estrategia, es prudencia).

Me marcho. Me doy cuenta de que me he olvidado unas alarmas en el bolsillo. Terminan en una basura cercana. Lo cierto es que comeré en el japonés donde el camarero chino me hablará entusiasmado de su infancia en Shangai, de su pasión por nuestra juguetería y su marca, de sus recuerdos.

¡La Historia sigue adelante después de todo!


Pablo Muñoz (Mataró, 1988) Ha escrito sobre cine para Blog de cine y El Español. Ha publicado Padres ausentes (Alpha Decay, 2011) y ha participado en libros colectivos como CT o la Cultura de la Transición (Debolsillo, 2013).

 

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Pablo Muñoz

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