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Paper III

Claves de la futura presidencia Trump

Los próximos años estarán marcados por una nueva política reaccionaria de la que el nuevo mandatario de EEUU es su primer representante

Marcos Reguera 20/01/2017

<p>Caricatura de Donald Trump.</p>

Caricatura de Donald Trump.

Luis Grañena

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Este es el tercer y último artículo de una serie de tres análisis que pretenden ofrecer herramientas y claves de comprensión para que las lectoras y lectores puedan interpretar las numerosas noticias que se seguirán sucediendo sobre el próximo inquilino de la Casa Blanca.

La serie se inició con El derrumbe del sistema americano y la victoria de Trump, un artículo en el que se intentaba ofrecer una explicación de conjunto de las causas históricas, culturales y políticas que prepararon el terreno para la victoria del magnate neoyorquino.

En el segundo capítulo, Donald Trump, la imagen genuina del American Dream, se analizan las claves de la elección presidencial y del vuelco electoral que llevo a la Casa Blanca al candidato republicano.

Si hasta el momento se ha analizado la historia profunda que guía la actual crisis política que ha llevado a Trump al poder, así como las características políticas del proceso electoral en donde se fraguó su victoria, en este tercer análisis se lleva a cabo una tarea distinta y algo arriesgada: intentar perfilar las líneas políticas sobre las que se podría construir la futura presidencia Trump.

La gestión de la decadencia imperial

A la hora de pensar una presidencia americana entrante, siempre hay que tener en consideración tres elementos que van a definirla:

1. Cuál es el contexto internacional en el que los Estados Unidos como superpotencia van a tener que operar durante la próxima presidencia, y de qué condiciones parten.

2. Qué tipo de líder es el presidente entrante y de qué gente se rodeará para dar forma a su gobierno.

3. Atendiendo a su programa electoral y discurso, cuáles pueden ser las líneas estratégicas de su presidencia, y cómo se entronca con la tradición política precedente.

El lema de campaña de Trump, “Make America great again”, revela una novedad histórica a la que los Estados Unidos no habían tenido que hacer frente hasta ahora. Estados Unidos es una potencia en declive. Es el actor predominante de una cultura y política global cuyo mundo lentamente se desvanece para dar lugar a otro nuevo.

Estados Unidos es una potencia en declive. Es el actor predominante de una cultura y política global cuyo mundo lentamente se desvanece para dar lugar a otro

En contraste a esta situación, la historia de los Estados Unidos ha sido la de un país que a través de 240 años de existencia va creciendo desde unas colonias independizadas hasta convertirse en una república. Por medio de la conquista del Oeste y de la expropiación y la aniquilación de sus habitantes se transforma en un Estado nación, confirmado tras una guerra civil,  que lentamente y a pesar de sus resistencias se transforma en un imperio que, en palabras de Franklin D. Roosevelt, “cae en el mundo”. Primero con su conversión en potencia regional mediante la subyugación de las repúblicas latinoamericanas; más tarde mediante su mundialización a través de la creación de un eje atlántico de dominio global junto a los decadentes países hegemónicos de la “vieja Europa” que queda subordinada a Estados Unidos mediante la OTAN.

Desde la perspectiva del poder imperial americano, los Estados Unidos han sido siempre una fuerza dinámica en ascenso. Pero desde que en el año 2006 quedara claro que la presencia norteamericana en Irak iba camino de producir un segundo Vietnam, la política norteamericana ha tenido que hacer frente a una multitud de retos que desafían el statu quo diseñado durante el punto álgido de su poder tras la caída del muro de Berlín.

La lista de eventos que marcan la vuelta de la multipolaridad es larga y clara: el estallido de la crisis económica global del 2008 y la necesidad de pactar reglas de juego con el resto de economías globales en la Cumbre de Washington de ese mismo año, las celebraciones olímpicas de Pekín de 2008 como escenificación del nuevo poder global de China, el estallido de las primaveras árabes y la transformación del statu quo en Oriente Próximo y el Magreb con la aparición del Daesh; los movimientos de ocupación de plazas en los países desarrollados y las nuevas oleadas de movimientos contestatarios, el resurgir de Rusia como actor global con el conflicto de Ucrania y la anexión de Crimea, el colapso político de la Unión Europea que se consumaría con el Brexit británico. Todas estas son muestras de un mundo en donde el viejo orden global ha dado paso a una nueva realidad en transformación, un mundo de transición que seguirá siendo marcadamente americano pero bajo otras reglas de juego.

Los Estados Unidos cimentaron su poder hegemónico global tras la Segunda Guerra Mundial exportando su consenso de postguerra (el American Way & Dream) hacia el exterior por medio de la americanización del resto de culturas y la construcción de un orden político global estadounidense. La guerra fría generó todo un sistema de contrapesos institucionales para evitar que los sistemas de alianzas comunista y capitalista diesen lugar a la aniquilación total como había ocurrido durante la primera mitad de siglo en el concierto europeo. La bomba atómica obligó a un tipo de compromiso distinto incluso entre enemigos absolutos. El mundo que surgió de los acuerdos de Bretton Woods en el plano económico, y de la conferencia de Yalta y la conferencia de San Francisco en el político-legal era un mundo altamente regulado, dominado por las normas, los acuerdos, las ententes y los foros de diálogo multilateral surgidos bajo la sombra de la mutua destrucción asegurada. Fue la época dorada de las organizaciones internacionales como la ONU, la OTAN, el FMI, el BM y la CEE, que más tardíamente se convertiría en la UE. La lista es mucho más larga, por supuesto, pero lo que esto intenta reflejar es el espíritu de un momento en el que se pretende marcar un estilo y una distancia diametral con respecto a los horrores de la época precedente. Los Estados Unidos dominan esta época desde el doble espíritu de respeto a la bipolaridad y su predominio como primus inter pares. Los Estados Unidos fueron los principales arquitectos de este orden mundial, y una Unión Soviética dirigida por Stalin y preocupada en la reconstrucción posbélica más que en extender la revolución mundial lo aceptó tomando la iniciativa con las nuevas reglas de juego.

Obama ha sido el primer presidente de una América en declive y esto se ha reflejado en su presidencia, más aislacionista que la de sus predecesores

Las dos superpotencias se disputaron el tablero global jugando a su particular ajedrez con el proceso de descolonización y el desmoronamiento de lo que quedaba del antiguo poder europeo. La Unión Soviética, con su prestigio económico y científico, así como con su victoria contra Hitler, dominó la primera guerra fría provocando la aparición de los Estados del bienestar en el primer mundo y los movimientos de descolonización en el tercer mundo. Los Estados Unidos se sentaron a la misma altura que el resto de sus aliados en un gesto simbólico, pero les marcó el ritmo y el fondo a través de los planes de reconstrucción económica de postguerra y su subordinación en la OTAN. Pero estos no fueron sus mayores logros. Su mayor logro fue imponer en el mundo su modelo económico y cultural a través de la exportación del American Way & Dream al resto de países, que asimilarían este modelo de sociedad cada uno en su tradición nacional y cultural específica, pero compartiendo todos una base común como sociedades de consumo americanizadas.

El poder de los Estados Unidos no reside sólo en que haya construido una red de dominación militar, sino en que ha creado un modelo de cultura y civilizatorio que puede sobrevivirle mucho después de que pierda su lugar como superpotencia hegemónica. Con múltiples diferencias por la distancia histórica y el tipo de mundo en que ambos imperios dominaron, sólo ha habido otro imperio hegemónico en la historia que haya conseguido ese nivel de implementación civilizatoria. La Antigua Roma. Este es el hecho que más diferencia a los Estados Unidos de su posible relevo como potencia hegemónica global, China, cuyo modelo imperial se asemeja más al construido por los británicos con la Commonwealth, mediante la búsqueda del predominio de los mecanismo económicos y comerciales globales, pero con un menor interés en intervenir en los asuntos internos de otros Estados cuando esto no afecta directamente a sus intereses más inmediatos. Así como la incapacidad de generar un modelo cultural atractivo para la comunidad internacional (más en el caso de China que en la antigua Commonwealth británica).

Los años setenta con su crisis económica y el inicio de la apertura de China al mercado global son un punto de referencia de transformación de este modelo. Las organizaciones internacionales universalistas, basadas en el derecho internacional como principio rector, serán abandonadas como área de toma de decisiones por las superpotencias y sustituidas por foros anuales para la discusión de la geopolítica económica. La ONU, con un Consejo de Seguridad crecientemente paralizado por los vetos mutuos y una Asamblea General convertida en un altavoz de agravios de los países en desarrollo, dejará de ser el espacio de referencia internacional, y será informalmente sustituido por el G-7 y el WEF (Foro de Davos), como asambleas de toma de decisiones globales.

Trump apuesta por un mensaje de ley y orden en el interior y una incongruente política exterior durísima con los terroristas, pero que evitará las guerras de los presidentes anteriores

Mucho más exclusivistas, con un enfoque preeminentemente económico y no legal, serán las instituciones de poder de un mundo globalizado en el que los Estados Unidos se acabarán por imponer a la URSS. Y con la caída del muro de Berlín intentarán transitar de la bipolaridad (un mundo regido por dos) a la unipolaridad (el predominio absoluto americano). Este fue el gran proyecto fracasado de los neoconservadores. Pero ya durante su gestión había indicios de que el proyecto podía fracasar. En los albores del nuevo milenio no se hablaba del Siglo Americano, si no del Nuevo Siglo Americano, y siempre que se mentaba la fórmula era para subrayar el carácter de apuesta política. Los círculos de poder político neoconservador tenían claro que el siglo XX había sido el siglo de los Estados Unidos, y que el siglo XXI debía repetir los logros obtenidos y las cuotas de poder alcanzadas, pero que no tenía por qué ser así. De ahí su necesidad de escenificar la fuerza del poderío militar estadounidense en guerras espectaculares, que de paso defendieran sus intereses económicos y geoestratégicos.

El mundo en que los Estados Unidos pueden intervenir con impunidad ha desaparecido. Como han desaparecido los clubes exclusivos de países occidentales para la gestión económica de la globalización, o  la centralidad de las organizaciones internacionales que por medios legales y consensuales evitan las catástrofes. Todo ello sigue funcionando casi por inercia histórica, pero no porque cumpla un papel determinante en la gestión de los asuntos globales. Los Estados Unidos siguen interviniendo en sus focos de interés pero a un alto coste, con pocos resultados y muy poca legitimidad internacional. La ONU sigue instituida pero ha dejado de ser el centro de reunión para la discusión de los problemas globales, y tras la segunda guerra de Irak no ha jugado ningún papel de relevancia en la esfera internacional. El G-7 se transformó en el G-8 para dar cabida a una Rusia que estaba reciclando el imperio soviético a gran velocidad, y convive junto al G-20 cuando la crisis evidenció que sin los países emergentes no se podía dar una respuesta adecuada a la crisis económica global.

La presidencia tiene unos límites constitucionales de lo que se puede y no se puede hacer, y es el deber del legislativo la fiscalización de los límites del Ejecutivo

El G-20 y el Foro de Davos son las únicas instituciones internacionales con algo de alcance en la gestión actual de la globalización. Pero la primera no ha jugado un papel determinante desde la cumbre de Washington de 2008, y el Foro de Davos sufre un desprestigio creciente entre la población mundial por su carácter elitista. George Soros y Hillary Clinton, el multimillonario y la política que mejor representan esta conferencia y a la élite que la compone, son estrellas declinantes en comparación con Donald Trump y Vladimir Putin; el tipo de élite dirigente autoritaria que desde hace tiempo toma los mandos en las principales economías del globo.

Barack Obama ha sido el primer presidente de una América en declive y esto se ha reflejado en su presidencia, marcadamente más aislacionista que la de sus predecesores y volcada en un programa de reformas de los Estados Unidos. Este es el signo de los tiempos en la gestión del poder político norteamericano y va a ser también la dinámica que va a marcar la nueva presidencia Trump.

Ahora bien, eso no significa que Obama (o Trump en el futuro) no haya intervenido para defender los intereses americanos por el globo. Las guerras de Libia, Siria y Ucrania son prueba de ello. Pero en todos los casos Estados Unidos ha tenido que compartir el escenario con otras potencias, y su aproximación ha sido más indirecta, por medio de la inteligencia (financiación de grupos leales) y la tecnología (guerra de drones), que el acercamiento bélico convencional (no en el caso de Libia, que sí hubo intervención de una coalición sobre el terreno). Estados Unidos no puede dejar de intervenir en el mundo porque su actual constitución imperial y los beneficios político-económicos que detenta a partir de ella le impiden una retirada aislacionista como la que llevó a cabo tras la guerra civil americana, o tras la Primera Guerra Mundial.

El acta patriótica aprobada tras el 11S supuso un punto y aparte en el esquema clásico entre derecho ordinario y Estado de excepción propios del Estado de Derecho

Esta es la paradoja de la gestión imperial americana. Que los Estados Unidos no pueden renunciar a seguir interviniendo en el mundo para defender tanto sus intereses como las condiciones de asimetría mundial que posibilitan su modo de vida. Pero por otra parte ya no cuentan con ninguno de los tres modelos con los que gestionaron con anterioridad su hegemonía.

Por este motivo, el lema de Trump “Make America great again” aparece como una máxima reveladora de nuestro momento histórico. Es un mensaje fundamentalmente decadente. La expresión y confesión de un poder y grandeza perdidos, y que se sabe perdidos. Que probablemente nunca volverán.

Empresarios y militares: el modelo presidencial de la Administración Trump y sus principales figuras

La globalización en crisis carece de estructuras de gobierno mundial efectivas, y unos Estados Unidos en repliegue han elegido a un presidente crítico con ésta. Trump ha llegado al poder con una promesa de renovación del liderazgo americano basado en una retórica de la fuerza. La fuerza en el liderazgo, en el carácter y la nación. Frente a un Obama que apostaba retóricamente por el diálogo y la multilateralidad, realizados mediante la reforma liberal del país (de los derechos de las minorías y el intento de instituir servicios básicos) y una aproximación indirecta al exterior por medio de la Inteligencia y los tratados de libre comercio. Por el contrario, Trump apuesta por un mensaje de ley y orden en el interior, control fronterizo para mercancías y migrantes y una incongruente política exterior que será durísima con los terroristas, pero que evitará las guerras de los presidentes anteriores. En definitiva, un mensaje de vuelta autoritaria a los moldes del Estado nación, que concuerda con toda una corriente mundial en esa dirección por el fracaso de la gestión de la crisis por la élite internacional.

Trump aspira a mandar delegando la acción de gobierno en su gabinete presidencial y en su equipo, a los que concibe como una suerte de consejo de administración

Hay un debate fundamental y apasionante que está en el centro de nuestra problemática política actual, y que no puedo exponer aquí en detalle, pero sí nombrarlo: ¿Es posible ejercer la democracia fuera de los límites del Estado nación? ¿Podemos volver al Estado nación en la era de la globalización y la interdependencia? El disfrute de nuestros derechos, libertades e historia vital se inscribe en el Estado nación. Pero la realidad que lo hace posible lo desborda.

Donald Trump y toda la nueva derecha que está surgiendo son la respuesta del miedo a estas dos preguntas y afirmaciones. El miedo es la respuesta emocional cuando no se cuenta con ninguna otra respuesta o certeza. Es la emoción que aparece cuando no se atisba esperanza. Pero sólo desde la esperanza se puede construir una alternativa a los problemas, con el miedo no se resuelven, se reprimen. Por eso Trump no puede triunfar en sus políticas, ni su presidencia contribuir a un mundo mejor.

Éstas son las coordenadas de la llegada de Donald Trump al poder. Pero desde una perspectiva más concreta hay una pregunta que ronda a la mayoría de la gente: ¿Qué tipo de presidente será Donald Trump?

De los quince secretarios de su gobierno, un tercio son antiguos directivos de multinacionales y compañías financieras

A lo largo de la historia norteamericana ha habido 44 presidencias protagonizadas por 43 individuos (Grover Cleveland cuenta por dos, y no sólo por su abultado tamaño). Donald J. Trump será el número 45, y en los 44 casos precedentes nos hemos encontrado con distintas formas de concebir el ejercicio del mandato y los límites constitucionales de las atribuciones presidenciales. Por decirlo de otro modo. La presidencia tiene unos límites constitucionales de lo que se puede y no se puede hacer, y es el deber del legislativo la fiscalización de los límites del Ejecutivo. Sin embargo la historia ha mostrado que los Estados Unidos tienen que afrontar crisis para las que el sistema político y legal americano no está preparado, y en dichas crisis la presidencia tiende a aprovechar los vacíos legales o la situación de urgencia política para rebasar los límites constitucionales y reformarse mientras se amplía por la vía de los hechos consumados.

Durante la Guerra Civil Americana Abraham Lincoln decidió utilizar sus poderes excepcionales para subvertir el derecho de los Estados y abolir la esclavitud de forma inconstitucional. Para ello utilizó prerrogativas del derecho de excepción para alterar el derecho constitucional. Y la administración que se había ampliado para poder gestionar el esfuerzo bélico no se desmanteló tras la reunificación. Lo mismo ocurrió con todas las agencias gubernamentales creadas durante el New Deal y la Segunda Guerra Mundial por parte de Franklin D. Roosevelt. El Estado y las atribuciones presidenciales crecieron por encima de sus límites legales e institucionales para dar respuesta a la crisis económica y bélica. Y tras la guerra éstas se transformaron en las actuales instituciones públicas americanas que todos conocemos.

La Constitución y las instituciones pueden servir de muro de contención contra presidentes aventureros que deseen traspasar los límites de su cargo. Pero no son una respuesta infalible y monolítica si existe la voluntad de subvertirlos y el contexto propicio para hacerlo. Ya existe el precedente histórico, sólo hace falta una presidencia con la voluntad de alterar las reglas de juego y que surja la situación propicia o alguien que la fabrique para que la población y las instituciones acepten la subversión del orden por la política de los hechos consumados.

La probabilidad de que las decisiones ejecutivas beneficien a alguna de las empresas de la Trump Organization es muy elevada, y podría ser objeto de un ‘impeachment’

Un caso precedente a esta situación que no implica los escenarios dramáticos de una guerra civil o una guerra mundial lo constituye el proceso de aprobación de la ley 107-56, más conocida por su apodo de “acta patriótica”, que prevé un marco jurídico para poder suspender derechos fundamentales a la manera de la excepcionalidad jurídica de los tiempos de guerra, pero durante el tiempo de paz. El acta patriótica aprobada tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 ha supuesto un punto y aparte en el esquema clásico entre derecho ordinario y Estado de excepción propios del Estado de Derecho. Desde una perspectiva legal ortodoxa resulta difícil seguir incluso hablando de Estado de Derecho, pues esta legislación supone la constitucionalización de lo que Naomi Klein teorizó como “doctrina del shock”. La creación de un discurso de urgencia y peligro social acompañado por nuevos mecanismos legales y políticos que permiten imponer medidas autoritarias en sociedades democráticas sin necesidad de transformar el núcleo del sistema político.

Este es el punto de partida de la Administración Trump. Este escenario Trump lo tiene ganado de antemano como la norma política de nuestro tiempo, y no sólo en el área de los derechos fundamentales y las libertades públicas, sino también en el ámbito de la toma de decisiones económicas a nivel global. Desde las medidas del año 2008, el rescate bancario internacional, el restablecimiento de las líneas de liquidez, y el rescate de las compañías aseguradoras, se abrió un escenario de decisionismo económico global al que los parlamentos estatales se plegaron en una mezcla de impotencia y urgencia, ratificando unas decisiones de gran calado político para las que ninguna institución contaba con un mandato democrático. Esta dinámica se profundizó durante los siguientes años por las políticas de ajuste y contención del gasto público impuestas por la Troika (FMI, BCE y Comisión Europea) para que los Estados pudieran acceder a los paquetes de ayuda y rescate, así como en la gestión de la crisis de la zona euro, fuertemente vinculada con los dos casos anteriores. Nos encontramos entonces con que en el orden económico se ha instituido también una particular “doctrina del shock”.

Tanto en el ámbito legal como en el económico esta situación supone la aceptación de la arbitrariedad del poder en nombre de la seguridad colectiva. Renunciamos al Estado de Derecho en nombre de la seguridad pública en la ubicua “guerra contra el terror”, así como renunciamos a derechos sociales y laborales frutos de décadas de conquistas en nombre de la estabilidad económica. El problema de la instauración de gobiernos marcadamente autoritarios en los países occidentales es que no se establecen en el vacío, sino en terreno abonado por dos décadas de políticas del miedo donde las nuevas políticas de exclusión de grupos y control generalizado serán vividas como una diferencia de grado, pero no de naturaleza. Cuando por el contrario lo que se está dando es un cambio cualitativo hacia sociedades posdemocráticas, donde el autoritarismo de nuevo cuño no puede percibirse claramente por el clima securitario de la época precedente.

El mayor peligro para Trump, la amenaza más sólida a su presidencia, puede venir de una alianza entre Mike Pence y Paul Ryan

Considerando las dos cuestiones presentadas en este apartado: la cuestión del estilo presidencial y el contexto de una creciente concepción autoritaria del poder presidencial y sus prerrogativas, queda por reflexionar sobre el modelo de presidencia que podría instituir el futuro presidente.

Hay un elemento en el estilo presidencial que liga de manera sorpresiva a dos figuras por lo demás tan distintas en el carácter como George W. Bush y Trump, y es la falta de interés en el gobierno que muestran ambas figuras.  

A diferencia de Jeb Bush, que como su padre el expresidente George H. W. Bush demostró desde muy temprano ser un animal político, el mayor de los hermanos Bush no demostró nunca ni cualidades ni un especial interés personal por el gobierno. Ya desde su época como gobernador de Texas transmitía que su contribución a la política republicana era más una cuestión de deber hacia la dinastía familiar que una vocación propia. Pero Texas siempre tuvo un mayor peso político que Florida, y George W. Bush se supo rodear de hombres ambiciosos y capaces, como su mano derecha Karl Rove, que le ayudaron a conquistar la nominación republicana para la presidencia en el 2000. Cuando llegó a la Casa Blanca se inhibió de buena parte de las labores de gobierno, delegando en su jefe de personal (Rove) la gestión presidencial y permitiendo que su vicepresidente, Dick Cheney, actuase como presidente de facto.

Aunque esta atípica división del poder podría haber generado grandes tensiones, el dúo Cheney/Rove resultó funcional gracias a un acuerdo no escrito por el cual Rove asumió la gestión cotidiana del gobierno (que implicaba mayoritariamente la relación entre el ejecutivo y el legislativo para cuestiones de política interior) y Cheney se ocupó de marcar la dirección política de la presidencia y gestionar las relaciones internacionales con sus sucesivas guerras. Bush se quedó con la función simbólica y representativa de la presidencia, hasta el punto de ausentarse largas temporadas de Washington DC recibiendo a la prensa y mandatarios internacionales desde su rancho de Texas. El folclorismo de un presidente cowboy alejado de Washington es una rareza que en cuarenta y cinco presidencias sólo es comparable con la figura del millonario impertinente que ha conformado su equipo presidencial desde la cumbre de su rascacielos en plena Quinta Avenida de Manhattan.

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El caso de Trump guarda similitudes con el de George W. Bush aunque sólo en la superficie. Al igual que Bush, Trump no está interesado en la gestión cotidiana del gobierno. Como presidente de un conglomerado empresarial está acostumbrado a ejercer una labor de representación internacional de los intereses de su emporio y de mando sobre éste como cabeza de sus consejos de administración. Él es la marca, el nombre, la cara y la voz de sus empresas. Pero la ciencia de los números que traduce sus decisiones en gestión empresarial recae en el consejo de administración, en los directivos, en los técnicos y en los asesores. Él manda en sus empresas pero no las gobierna, porque el tamaño y la dedicación burocrática que exigen quedan muy lejos de las posibilidades e interés de un millonario metido a showman.

Cuando los periodistas han preguntado a Trump por su experiencia política y de gobierno él siempre ha ofrecido la misma respuesta: que tiene cuarenta y dos años de experiencia como director ejecutivo de The Trump Organization, y que gobernar una empresa es como gobernar un país, pues debes velar por que las cuentas ofrezcan ganancias y crecimiento a la vez que debes llegar a acuerdos con potencias y socios internacionales. Esta explicación tipo es algo más que una mera justificación. Es la profunda creencia compartida por muchos directivos y magnates que confunden su control efectivo e indirecto de la política con la gestión política concreta. Trump en este sentido es portavoz privilegiado de una clase que manda sin necesidad de gobernar.

Y esta es la clave del perfil presidencial de Trump, que aspira a mandar delegando la acción de gobierno en su gabinete presidencial y en su equipo de la Casa Blanca, a los que concibe como una suerte de consejo de administración. Ésta es posiblemente una de las razones por las que su gabinete presidencial está compuesto en buena medida de exdirectivos de grandes empresas y compañías financieras.

De los quince secretarios de su gobierno (puesto equivalente al de ministro en los regímenes parlamentarios), un tercio son antiguos directivos de multinacionales y compañías financieras (con especial preponderancia de antiguos directivos de Goldman Sachs). Algo más de otro tercio son políticos de carrera que han disfrutado de puestos de poder con anterioridad. Hay dos generales retirados en un caso sin precedentes de militares ocupando puestos civiles y un político que nunca ha disfrutado de un puesto de representación o decisión con anterioridad. A 16 de enero del 2017 queda por nombrar el secretario de Agricultura, que muy probablemente irá para algún empresario o para algún político de Texas o del Medio Oeste con conexiones en la industria del maíz, y por lo tanto, del etanol.

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El gabinete presidencial es atípico tanto por la presencia de militares como por la cantidad de antiguos directivos. En el caso del secretario de Defensa, el general James Mattis, un militar retirado de servicio hace casi cuatro años, se presenta incluso un caso de incompatibilidad de servicio público, pues el acta de seguridad nacional de 1947 (que establece la secretaría de Defensa y funda el Pentágono), en el código 113-a del título 10 establece que el puesto ha de ser desempeñado por un civil, o un militar retirado con al menos siete años de vida civil con anterioridad a asumir el cargo público. John McCain a petición de Trump tuvo que pedir una dispensa especial al Senado para la aprobación de Mattis que ganó por 81 votos a favor frente a 17 en contra.

Pero el periplo legal para la aprobación de Mattis puede resultar una anécdota en comparación con el ineludible y gigantesco conflicto de intereses que atraviesa al presidente electo como principal dueño de una corporación (The Trump Organization) que agrupa medio millar de empresas en decenas de ramos económicos, de las cuales según la CNN 144 se encuentran distribuidas en al menos 25 países y a cuyo frente deja a sus hijos. La probabilidad de que la legislación y las decisiones ejecutivas beneficien a alguna de estas empresas es muy elevada, y podría ser objeto de un impeachment por parte del Congreso como explicaré más adelante.

En cuanto a su familia, Trump ha demostrado durante los dos meses que ha durado el traspaso de poderes y el proceso de designaciones presidenciales una actitud abiertamente nepotista otorgando un importante papel de decisión en el gabinete de transición a sus tres hijos mayores (Ivanka, Donald Jr. y Erik) y a su yerno, el marido de Ivanka Trump, Jared Kushner.

La figura de Kushner abre el análisis a un tema de gran relevancia: los hombres fuertes de la presidencia Trump. No son todos los hombres del presidente, por hacer el juego al título de Bernstein y Woodward, pero sí los más relevantes, los que intentarán ocupar el vacío que deje Trump en las labores de gobierno.

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El gabinete presidencial de Trump, aunque sin lugar a dudas lleva su sello, es obra colectiva de Jared Kushner, Mike Pence y Michael Flynn, con ciertos retoques por parte de Steve Bannon y Reince Priebus. Habrá muchos nombres importantes a la hora de explicar la presidencia Trump, pero el lector debe grabar estos cinco a fuego en su mente pues serán los determinantes a la hora de marcar la dirección política de la presidencia.

Kushner, a pesar de su juventud, ha demostrado ser un sujeto implacable y decidido a la hora de hacer valer su voluntad en el proceso de conformación del gobierno dejando su huella en los nombramientos. En primer lugar, se alió al vicepresidente electo Pence a la hora de descabezar a Chris Christie como líder del equipo de transición para colocar en su lugar al vicepresidente, y tras dicho movimiento y con el apoyo de Flynn se purgó del equipo presidencial a los colaboradores de Christie. Este movimiento propio de Juego de tronos resulta revelador por dos motivos:

En primer lugar porque nos deja entrever un patrón de conducta en la forma de entender el ejercicio del poder que puede revelar el papel a jugar por Kushner en la nueva administración. Trump le ha nombrado consejero senior para la planificación estratégica en la Casa Blanca, uno de los puestos de mayor cercanía al presidente y que en la práctica supondrá que Kushner será el arquitecto de la agenda política presidencial, y actuará como la voz y los oídos de Trump en aquellos espacios en donde el presidente deba estar pero no pueda ser visto para preservar su imagen institucional. Hablar con Kushner va a ser lo más parecido a hablar con Trump.

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En segundo lugar la caída de Christie tiene una gran relevancia tanto en su ejecución como en sus implicaciones. Chris Christie fue purgado por Kushner como venganza por el encarcelamiento de su padre, el magnate inmobiliario Charles Kushner, quien tuvo que responder ante la justicia por donaciones ilegales de campaña (irónicamente al Partido Demócrata), manipulación de testigos y evasión fiscal, y cuyo encarcelamiento fue propiciado por Christie como abogado general del distrito de New Jersey en el año 2004.  La caída de Christie es fundamental pues con él se purgó a la mayoría de políticos profesionales y lobbistas procedentes de los restos del Partido Republicano. Con este movimiento se ha impedido que políticos de segunda fila con una carrera hipotecada copasen el vacío dejado por la derrota que Trump infligió a la élite republicana, y permitió que actores externos al partido se elevasen como fuerza emergente de la derecha. En especial los antiguos directivos que fueron invitados por Pence y Kushner para ocupar los puestos del gabinete.

Pero este relevo de élites no puede realizarse de manera absoluta sin quebrar por completo la clase dirigente, y tal vez ésta haya sido la gran intuición de Kushner cuando, según información de medios tan dispares como Fox News o el New York Times, aconsejó a Trump para que eligiera a Mike Pence como vicepresidente y compañero electoral (Pence había apoyado a Ted Cruz en las primarias contra Trump). Sólo la posteridad dirá si ésta fue la decisión que apuntaló el liderazgo de Trump en el partido o la causa de su caída, pues ambas opciones están sobre la mesa.

En declaraciones a ABC News el 18 de septiembre de 2016, a la pregunta de cuál era para él su máximo referente si llegaba a ser vicepresidente, Pence respondió que admiraba el trabajo y el rol desempeñado por Dick Cheney siendo vicepresidente de George W. Bush, y que él intentaría imitar a su predecesor como hombre fuerte y vicepresidente activo incidiendo en la política presidencial y con una alta actividad junto al Congreso.

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Esta abierta declaración de intenciones resulta de gran interés pues establece una posición política con respecto al presidente que puede ser fuente de conflicto y divorcio político dentro del equipo de la Casa Blanca. Trump puede no estar interesado en gobernar, pero si hay algo a lo que nunca va a renunciar por carácter y trayectoria es al mando. Y si siente que su liderazgo está amenazado es muy posible que no tema entrar en guerra abierta con su vicepresidente, si este se muestra excesivamente activo en su quehacer y atribuciones. Trump no es Bush y no se va a dejar mangonear por su equipo, ni dejará que le conviertan en un elemento ornamental.

Políticamente hablando Pence es marcadamente más conservador que Trump en cualquier asunto de la agenda política. Comenzó como un representante de la derecha evangélica de la órbita de Gingrich a inicios de la era Bush (hijo), y cuando el Tea Party apareció en la Era Obama se adhirió a su ala de la derecha cristiana. Pero al contrario de la mayoría de sus compañeros, como su entrada al Congreso fue anterior a su ingreso en el Tea Party nunca fue víctima de la lógica de los cruzados morales, ya que había creado su red de contactos antes de convertirse en un agitador moralista. En  2012 consiguió ser elegido gobernador del estado de Indiana siendo uno de los pocos políticos del Tea Party en alcanzar esa posición y aunando en su persona la faceta más institucional y corporativa de los políticos profesionales del establishment con un discurso agitador y extremista conservador propio del Tea Party. Tendríamos que retroceder a la vicepresidencia de Millard Fillmore (1849-1850) o a la de John C. Calhoun (1825-1832) para encontrar a un vicepresidente tan conservador como Pence.

El mayor peligro para Trump, la amenaza más sólida a su presidencia, puede venir de una alianza entre Mike Pence y Paul Ryan. Este último, como presidente de la cámara de representantes (con mayoría republicana), puede iniciar un proceso de impeachment si considera que el presidente ha cometido un crimen en el desempeño de sus funciones que atente contra la institución, los Estados Unidos, o rompa la ley de alguna manera. Como apunté con anterioridad la probabilidad de que se produzca un enriquecimiento probado por The Trump Organization gracias a la legislación o la acción ejecutiva de la Administración Trump es muy elevada, lo que daría lugar a una situación de conflicto de intereses y a un delito de enriquecimiento por detentación de un cargo público.

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Durante las primarias republicanas y posteriormente en las elecciones presidenciales Paul Ryan se destacó como líder opositor dentro del Partido Republicano a la candidatura de Donald Trump. El presidente electo jamás podrá perdonarle que, a menos de un mes de las elecciones, Ryan encabezase una rebelión exitosa dentro del partido para horadar su imagen, consiguiendo que destacados miembros del partido pidieran el voto para Hillary Clinton (incluido él mismo). Ryan es además un destacado miembro del Tea Party (de su facción libertariana) y fue candidato para vicepresidente por el Partido Republicano en las elecciones de 2012. Mantiene una excelente relación con Mike Pence, al que invitó a participar en las reuniones del comité de la cámara de representantes tras la victoria en las presidenciales, lo que ofrece a Pence un acceso a los círculos de poder del Capitolio que nadie más en la Casa Blanca obtendrá.

Y es precisamente en esta conexión en donde reside el mayor peligro político para Trump, pues si su imagen pública se resintiese lo suficiente y a la par se enemistase con Pence por el control de la Casa Blanca, no resultaría difícil al vicepresidente aliarse con Ryan para que el legislativo iniciase un impeachment contra Trump que acabase con su carrera política, bien por el resultado del proceso, bien por la presión mediática que esto acarrearía. En caso de que el presidente dimitiera, la Constitución establece que el vicepresidente ocupará su lugar para el resto del mandato, por lo que Pence podría alcanzar el despacho oval sin necesidad de pasar por las urnas, y en el proceso recompensar a Ryan y al resto de líderes del impeachment con puestos en la oficina presidencial. Por otra parte, en el hipotético caso de que los demócratas recuperasen el Congreso en unas elecciones de mitad de mandato, resultaría poco probable que probasen a forzar un impeachment aunque existieran razones objetivas para iniciarlo, precisamente por el riesgo de entregar la Casa Blanca a Mike Pence, al que ven como un político mucho más conservador, hábil y peligroso que Trump.

Aun así Trump no se encuentra completamente desprotegido ante el binomio Pence/Ryan. El presidente entrante ha tenido el buen criterio de escoger a Reince Priebus como jefe de Personal de la Casa Blanca (un puesto parecido al de primer ministro). Este nombramiento le protege en buena medida ante las posibles conspiraciones que puedan provenir del Partido Republicano, ya que Priebus es jefe del Comité Nacional Republicano, y por lo tanto lo más parecido que hay a un jefe del partido a escala nacional. Priebus tiene buenas relaciones con la mayor parte de miembros del Congreso, y particularmente con Paul Ryan, el cual le debe su carrera política debido a que fue Priebus el que le ayudó a llegar a Washington cuando Ryan era un político local en el estado natal de ambos, Wisconsin.

Por lo tanto Priebus se erige como el mayor seguro de Trump contra el impeachment y como un cortafuegos ante las ambiciones de Pence de dominar la Casa Blanca, de la que Priebus es jefe de Personal y por lo tanto líder absoluto.

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En argot político norteamericano existe el apelativo “silent workhorse” para referirse a aquellos políticos que adoptan un perfil bajo de cara al público y la prensa, pero que sin embargo asumen una gran cantidad de trabajo y responsabilidad. Pocos políticos de Washington se amoldan a este concepto mejor que él. Ha sido por lo general discreto en sus declaraciones lo que ha abundado más en su indefinición. De su época como líder  del partido en Wisconsin destaca que fuera capaz de unir y pacificar las relaciones entre el Tea Party y los políticos del establishment, una constante en su biografía política al ser capaz de reconciliar a enemigos contrapuestos. A la vez que representaba al ala más institucional del partido consiguió lanzar a estrellas del Tea Party como Ryan. Y una vez conquistó la jefatura del Partido Republicano en el año 2011, aunque fue incapaz de detener su colapso, pudo al menos contener el choque entre los candidatos más institucionales y los radicales del Tea Party también a nivel nacional. Durante las primarias republicanas fue uno de los pocos líderes del establishment que se abstuvo de boicotear y criticar a Trump, y cuando éste venció construyó con él una alianza leal y sólida, a pesar de que el multimillonario representase una amenaza para el partido.

Priebus ha sido recompensado con un puesto que requiere a un político que sea un trabajador obsesivo, bien relacionado, conciliador, competente y poco dado al exhibicionismo mediático. Virtudes políticas que él corporeiza a la perfección como arquetipo opuesto a Trump. Ahí radica la fortaleza de esta alianza, y si Priebus y Pence no chocan por el control de la Casa Blanca, es muy probable que la gestión cotidiana del gobierno de los Estados Unidos recaiga sobre Priebus, aportando estabilidad al Ejecutivo, al país, y al mundo.

Pero en lo que se refiere a la gestión de la política imperial americana, la política exterior desde una perspectiva militar y de interés nacional, el personaje clave será el general retirado Michael T. Flynn como consejero de Seguridad Nacional. Desde un inicio ha sido uno de los hombres del ejército más cercanos a Trump y desde que éste lanzó su candidatura presidencial ha sido uno de sus más cercanos colaboradores. Su nombre se barajó para ser secretario de Defensa, pero Flynn se enemistó con el Pentágono cuando fue nombrado director de la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA), el servicio secreto y de inteligencia del ejército estadounidense (una especie de CIA del Pentágono).

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Resulta significativa su carrera en el comando de operaciones especiales, participando en la invasión de Granada planeada por Reagan en 1983 para derrocar al gobierno comunista de la isla. Asimismo participó en la operación Uphold Democracy entre 1994 y 1995, una invasión en Haití para devolver a Jean-Bertrand Aristide al poder. Además participó en las guerras de Afganistán e Irak también con operaciones especiales. Posteriormente formó parte del comando estratégico, y como director de inteligencia de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad, el contingente de la OTAN para Afganistán.

Este recorrido por su carrera militar es muy esclarecedor a la hora de perfilar su perspectiva del poder militar al servicio de la política. Siempre vinculado a las operaciones especiales y a los equipos de inteligencia, con experiencia en la política de injerencia de los Estados Unidos en los asuntos internos de las repúblicas sudamericanas y en las guerras de Oriente Medio, se nos muestra a un militar habituado a las aproximaciones indirectas y la intervención quirúrgica, por encima de los grandes despliegues armados. Quizás sea el tipo de militar apropiado para una potencia en declive que debe priorizar el subterfugio por el ascenso de nuevos competidores militares.

Ahora bien, el final de la carrera de Flynn se vio sacudido por una confrontación con las altas esferas del Pentágono y la estrategia militar de la Administración Obama. Flynn, que hasta el año 2014 había sido uno de los altos mandos militares más significados con el Partido Demócrata (fue nombrado director de la DIA por Obama), rompió abruptamente con la administración por su visión encontrada por el enfoque de Obama en Oriente Medio. Según el New York Times y Político, en la DIA comenzaron a perder la confianza en la capacidad de análisis de Flynn por cuestionar la ayuda de los Estados Unidos a la oposición Siria, en especial por las conexiones entre Estados Unidos, Arabia Saudí, y el frente Al-Nusra, así como por el intento de la Administración Obama de presentar a la organización Al-Qaeda como un capítulo superado en la historia. Por el contrario, Flynn aconsejó al final de su carrera un acercamiento a Putin y a al-Ásad en Siria para debilitar al islamismo.

A mediados del año 2014 Flynn se retiró de la vida militar activa y fundó una consultora estratégica con familiares suyos llamada Flynn Intel Group. Flynn tuvo entre sus principales clientes a socios del gobierno turco de Erdogan y posiblemente a raíz de su actividad con esta consultora estableció lazos con el gobierno ruso de Putin. Se desconoce si hubo intermediación turca o si la conexión es anterior, ya de la época final en la DIA (recordemos que para entonces ya recomendaba acercar posiciones a Rusia en Oriente Medio). Lo que sí que es claro es que en 2016, cuando decide implicarse de lleno con la campaña de Trump, ya es uno de los máximos exponentes de la política de un acercamiento de los Estados Unidos a Rusia, y dentro del nuevo organigrama gubernamental destaca como uno de los mayores aliados de Putin en la Casa Blanca. En un artículo del 19 de diciembre el New York Times reveló que Flynn, habiendo sido ya designado futuro consejero de Seguridad Nacional, sirvió de intermediario en un acuerdo entre el partido austriaco de extrema derecha FPÖ con el partido Rusia Unida de Vladimir Putin, en el que posiblemente sea el primer capítulo en la diplomacia de extrema derecha de nuevo cuño.

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Se trata por tanto de uno de los mayores exponentes en el nuevo gobierno para iniciar un nuevo capítulo en las relaciones exteriores con Rusia y uno de los miembros del gobierno mejor relacionados con Ankara y Moscú. Como consejero de Seguridad Nacional será el asesor más cercano al presidente Trump en asuntos de seguridad y política exterior. Sin embargo, está por ver cómo desarrolla su papel habiéndose enemistado con el Pentágono durante el segundo mandato de la Administración Obama, y exhibiendo su amistad con agentes exteriores que para muchos miembros del ejército y la política norteamericana siguen siendo considerados enemigos naturales de los Estados Unidos.

Finalmente, aunque no por ello menos importante, se encuentra el consejero senior para el presidente Steve Bannon. Su nombramiento ha sido el más polémico de todos los realizados por Trump, debido a que es una de las voces más prominentes de la Alt-Right, la nueva extrema derecha norteamericana.

Concretamente Bannon es el gurú de una de sus dos facciones, la facción Breitbart. Será necesario, o más bien urgente, dedicar un artículo monográfico a la Alt-Right, a sus facciones, a sus líderes y a sus ideas, ya que de manera lenta pero decidida se está configurando como la fuerza política e intelectual que puede reconstruir los valores de la extrema derecha a los dos lados del Atlántico.  

Aquí habrá que resumir diciendo que la facción Breitbart (apodada así por Richard B. Spencer, líder de la facción contraria, los Radix) es la facción mainstream de la Alt-Right. Sus miembros publican en el portal de noticias xenófobo Breitbart News (de ahí el nombre), y tienen como mayor fijación de su discurso la lucha de civilizaciones, teorizada por Samuel P. Huntington y popularizada por los neoconservadores: la defensa de un occidente cristiano/democrático y la lucha contra el islam. Son menos originales y más parecidos a sus homólogos europeos que los Radix, pero han conseguido una cobertura mayor en los Estados Unidos.

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Steve Bannon, como director ejecutivo de Breitbart News, fue el responsable del auge de la página como referente de la extrema derecha norteamericana. Se trata de un genio de la comunicación política. Anteriormente fue militar en la marina, bróker para Goldman Sachs y productor cinematográfico de películas y documentales ultraconservadores. Pero el salto decisivo a la política lo daría como jefe de campaña de Trump sustituyendo a Paul Manafort, cuando se descubrieron las conexiones de éste con el expresidente ucraniano pro-Putin Viktor Yanukovych.

Como jefe de campaña de Trump, Bannon realizó un trabajo mucho más acertado que el de su homólogo demócrata, el director de campaña de Hillary Clinton, John Podesta, cuando decidió en la recta final de las presidenciales hacer una gira por los Grandes Lagos que resultó decisiva para terminar de afianzar el voto de la clase trabajadora industrial. Se trata por tanto de un consejero muy sensible a los vientos de la opinión pública, que sabe leer las encuestas de cara a poder maximizar su potencial político y que tiene una particular habilidad para los discursos incendiarios que movilizan a la base más conservadora y racista del Partido Republicano.

En la Casa Blanca Bannon ha asumido el cargo de consejero senior y estratega jefe de la administración, lo que le sitúa junto al yerno de Trump, Jared Kushner, como el consejero más cercano al presidente. Todo parece indicar que entre los dos se va a generar una suerte de especialización de funciones, por la cual Kushner se ocupará de la relación cara a cara con los políticos de Washington, desarrollando la estrategia política desde la perspectiva de las relaciones interpersonales del poder, mientras que Bannon se encargará de la estrategia discursiva y la definición ideológica de la nueva administración. Sin espíritu de que esto se entienda como un juicio moral, Bannon será de alguna manera el “Goebbels” de Trump. Dado que Kushner es judío me abstendré de hacer comparaciones con jerarcas nazis, aunque acuden a mi mente un par de nombres.

La mayor contribución de Banon al ascenso de la extrema derecha podrá venir mediante la normalización de un discurso racista por parte de las instituciones

El ascenso de la figura de Bannon como consejero presidencial ha sido una de las mayores victorias políticas de la Alt-Right. Trump no pertenece a este movimiento, aunque existe la posibilidad de que lleve a cabo parcialmente la agenda política menos extremista de este grupo. Y lo que es más preocupante, sienta un precedente para que políticos genuinos de la Alt-Right comiencen a ocupar un espacio importante en la esfera pública. Con Bannon en la Casa Blanca el discurso xenófobo y las políticas de exclusión racistas cobran carácter de Estado, y su mayor contribución al ascenso de la extrema derecha podrá venir a través de la normalización de un discurso y enfoque racista por parte de las instituciones, que allane el camino a políticos mucho más peligrosos e ideologizados que el multimillonario advenedizo Donald J. Trump.

Renovando la Era Reagan: un ‘New Deal’ nativista y el “America First” como Doctrina Trump

Para finalizar esta serie de análisis sólo queda por comentar cuáles pueden ser las líneas políticas maestras de la futura presidencia. Cuando en un inicio comencé a preparar estos análisis me llamó poderosamente la atención la conflictiva e inseparable relación del presidente entrante con la figura de Ronald Reagan. Anteriormente comenté las coincidencias personales y simbólicas entre ambos candidatos, pero había un punto en donde ambos parecían distanciarse. Su política económica para los Estados Unidos.

Uno de los momentos más comentados de la campaña presidencial por  periodistas y analistas fue la centralidad que ocupó durante su discurso de la victoria el anuncio de una política de obras públicas que estimularían la economía estadounidense. ¿Acaso nos encontrábamos ante un resurgir del keynesianismo de la mano de la extrema derecha republicana?

El Partido Republicano había hecho de la contención del gasto público y la inhibición del Estado en la gestión económica su más preciada bandera desde la Era Reagan. El anuncio de Trump parecía por tanto un punto y aparte con respecto al discurso y el sentido común republicanos de la era precedente. Está por ver si de verdad se efectúa una ruptura con respecto al enfoque de la política económica iniciada con la Reganomics, que junto a las reformas de Nixon darían lugar al inicio de la era neoliberal en  los Estados Unidos.

Sin embargo hay que recordar que si discursivamente Reagan fue un feroz crítico del gasto público, en la práctica su política económica sólo realizó contención del gasto en materia de servicios públicos y financiación de política social, mientras desviaba dichos fondos a la adquisición de contratos con la industria armamentística y el sector de la energía.

Trump puede ser sincero en su idea de intentar lanzar un nuevo New Deal (valga la redundancia), sin embargo es posible que el enfoque con el que lo ejecute diste mucho del programa económico de la Era Roosevelt. El New Deal de Roosevelt (o mejor dicho, los New Deals, porque hubo dos) implicaban algo más que una política de estímulo económico mediante la movilización de recursos públicos para reactivar la economía y generar empleo. Suponía, además de eso, una reforma integral de la economía mediante un cambio en las prioridades de la inversión, el desarrollo de un aparato legal e institucional regulatorio de las prácticas comerciales y financieras, un programa de reforma agraria y de rescate industrial, que trajo aparejado un nuevo avance en la protección laboral de los trabajadores y en la expansión de los sindicatos. Asimismo, la implementación de un programa de ayudas sociales para paliar la pobreza y el paro y el desarrollo de un sistema de pensiones desconocido aún en el país. En resumidas cuentas, el New Deal no sólo fue un plan de rescate económico para los ciudadanos y las empresas estadounidenses, sino además un cambio cualitativo en el rol económico del Estado desde una vocación social y con la reforma del sistema productivo en su conjunto.

Trump puede ser sincero en su idea de intentar lanzar un nuevo ‘New Deal’, sin embargo es posible que su enfoque diste mucho del que tuvo el programa económico de la Era Roosevelt

Donald Trump es principalmente un magnate inmobiliario. Su secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, es un antiguo inversor de Goldman Sachs que durante el periodo precedente y en el más volátil de la gran recesión de 2008 (fuera ya de Goldman Sachs) se dedicó a trabajar para distintos fondos de alto riesgo (hedge funds) participando en la compraventa de bancos quebrados por la crisis. El secretario de Comercio, Wilbur Ross, es un multimillonario que hizo su fortuna (de unos tres mil millones de dólares) mediante la compra y reestructuración de compañías quebradas y el secretario de Exteriores, Rex Tillerson, fue hasta su nombramiento directivo de la compañía petrolera ExxonMobil, una de las sucesoras de la Standard Oil Company, de la familia Rockefeller.

En suma, ¿resulta factible que un grupo de multimillonarios del sector inmobiliario, la industria petrolera, los fondos de alto riesgo y las empresas de reestructuración de quiebras vayan a realizar una transformación económica en términos de redistribución y justicia social?  Parece poco probable.

¿En qué podría consistir entonces la política económica de inversión pública del presidente Trump? Un ejemplo que a mi juicio puede aproximarse  a dicho proyecto de inversión pública sería la política diseñada por Pedro Solbes e implementada durante el gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero conocida como Plan E, que movilizó cerca de trece mil millones de euros repartidos en treinta mil proyectos de obras públicas con el fin de compensar el colapso del sector de la construcción y de la economía del ladrillo.

Aun con todo la apuesta no es desdeñable, pues muchas de las infraestructuras públicas en los Estados Unidos datan de los años setenta y en ciertas zonas del país, donde apenas queda tejido productivo, el plan como medida de choque puede sacar a comunidades enteras a flote mediante trabajos que, si bien no van a ser de calidad, pueden servir para aliviar situaciones extremas.

Podemos encontrarnos ante una reedición de la estrategia económica de Reagan, pero en donde las empresas constructoras sean las nuevas grandes beneficiadas

Uno de los riesgos de esta política laboral y de inversión pública es que puede ser objeto de una política de segregación selectiva. Ya no sólo porque el gobierno pueda priorizar la contratación de población blanca, sino porque la inversión en proyectos puede realizarse de manera selectiva en aquellos condados donde no hay minorías raciales. Con consejeros como Steve Bannon influyendo en la modelación de políticas públicas no sería descabellado que las inversiones se instrumentalizasen para priorizar aquellos caucus que han pivotado circunstancialmente desde el Partido Demócrata al Partido Republicano. El Ejecutivo de Trump podría mantener una política económica muy continuista (y los secretarios elegidos confirman esta hipótesis) a la par que se realizan inversiones estratégicas de gasto público para aliviar la situación de urgencia de ciertas zonas del país que electoralmente el Partido Republicano necesita asegurar, y de esta manera no necesitaría transformar la economía para que las comunidades de clase trabajadora blanca sintiesen que sus demandas han sido satisfechas. Estados Unidos tiene una larga historia de segregación económica en el sur y en los barrios marginales de las ciudades que sirven como modelo para replicar una economía segregacionista y nativista a nivel nacional.

El nativismo fue una corriente política que durante el siglo XIX propugnaba que los Estados Unidos debían ser sólo para la población blanca, anglosajona y protestante (los famosos WASP). Era un movimiento antiinmigración que se oponía a la llegada de católicos a los Estados Unidos, principalmente a los irlandeses.

El componente racial y religioso del discurso antiinmigración que ha resurgido en los Estados Unidos nos permite hablar de un neonativismo. Y no es descabellado pensar que la política económica del gobierno tenga gestos simbólicos hacia esta perspectiva trasladando lógicas segregacionistas ya existentes a políticas económicas nacionales.

Si la Era Reagan económicamente se caracterizó por un desvío de fondos públicos a la industria armamentística y petrolera, podemos encontrarnos ante una reedición de la estrategia económica, pero en donde las empresas constructoras sean las nuevas grandes beneficiadas. The Trump Organization podría verse directamente favorecida por esta nueva política de obras públicas mediante la adjudicación de contratos, aunque el emporio Trump debería generar un sistema de empresas subsidiarias para poder disimular el delito de tráfico de influencias y enriquecimiento ilícito.

Otras políticas marcadamente raciales que implican un gasto público, como la famosa decisión de construir un muro a través de la frontera de México, resultarían factibles aunque polémicas por la cantidad de recursos necesario para implementarlo. Ya existen algunos kilómetros de dicho muro construido, pero la propuesta de Trump de que México asumiese el coste de los kilómetros restantes resulta poco creíble, y sólo tendría visos de llevarse a término si los Estados Unidos revisaran los términos del NAFTA que le son beneficiosos a México y convenciera a Peña Nieto de que pueden reducir significativamente el volumen de mercancías exportadas por México.

Cuando Estados Unidos afronta crisis para las que su sistema político y legal no está preparado, los presidentes tienden a aprovechar para rebasar los límites constitucionales

En este sentido una de las propuestas estrella de Donald Trump, la revisión de los tratados de libre comercio, aunque pudiera iniciarse durante su presidencia, sería difícil que pudiera quedar implementada en una legislatura. Una ruptura unilateral de los acuerdos comerciales queda descartada porque el amplio sector industrial del que aún disfruta los Estados Unidos sufriría un shock cuyas consecuencias serían infinitamente más dañinas que la actual política de tratados de libre comercio, con las situaciones de presión competitiva desleal consecuencia de compartir mercado con economías sin apenas regulación laboral. Los numerosos tratados de libre comercio deberían renegociarse de nuevo uno a uno en un proceso que podría dilatarse durante años. Wilbur Ross tiene una amplia experiencia en invertir en economías emergentes (sobre todo en la órbita de las finanzas rusas), pero está por ver si eso se materializa en una estrategia nacional de comercio. Como ya han incidido muchos comentaristas económicos, el principal problema de iniciar una política proteccionista reside en el efecto reflejo de cierre de mercados por el contagio de la política arancelaria.

En resumidas cuentas, es factible que el presidente Trump aplique el modelo económico de la Reaganomics a una estrategia de inversión en obras públicas, que beneficien a los sectores de la construcción, inmobiliario y financiero a la par que se aplica una lógica nativista y segregacionista en los beneficiarios de la inversión, de cara a afianzar el voto obrero y blanco. La revisión de la política de libre comercio puede iniciarse por la Administración Trump, pero el deseo de conservar la ventaja competitiva en aquellos sectores donde Estados Unidos sigue siendo una potencia exportadora obligará a una renegociación lenta que podría fácilmente rebasar los límites de la legislatura y ser abandonada por sus sucesores.

En cuanto a la política internacional, una de las decisiones que están resultando más polémicas y novedosas es el acercamiento de los Estados Unidos a la Rusia de Putin en un intento de reconfigurar el bloqueo que actualmente sufre el orden internacional e intentar frenar la estrella emergente de China.

El matrimonio Clinton y los demócratas fueron los responsables de promover el encuentro entre las oligarquías rusas y estadounidenses

Una mayor fluidez en las relaciones bilaterales entre los Estados Unidos y Rusia no es algo malo, pues puede aportar estabilidad a la situación geopolítica global en un escenario en el que los mecanismos de seguridad colectiva parecen haber saltado por los aires. Sin embargo, existe el riesgo de que se retroalimenten lógicas imperiales de ámbito regional si los Estados Unidos y Rusia renegocian no intervenir en los patios traseros de su interlocutor, con lo que la influencia de ambas potencias perdería en alcance, pero ganaría en intensidad, lo que se traduciría en un mayor intervencionismo ruso en Asia Central y Europa del Este, así como el regreso de la injerencia de los Estados Unidos en la política de las repúblicas sudamericanas.

Una ironía de las fluidas relaciones existentes entre Rusia y el entorno de Trump (sus secretarios de Estado y Comercio) es que se originaron en los programas de encuentros bilaterales promovidos por la Administración de Bill Clinton con el Gobierno de Boris Yeltsin, durante el proceso de privatización de la economía pública exsoviética auspiciada por el ministro de Economía ruso Yegor Gaidar, en donde el gobierno ruso buscaba capitales extranjeros y numerosos empresarios estadounidenses buscaban entrar en lo que para ellos era un “mercado virgen”. El matrimonio Clinton y los demócratas pueden vilipendiar al Gobierno de Donald Trump por sus conexiones con Rusia, pero ellos fueron los responsables de promover ese encuentro entre oligarquías.

Como se ha comentado, el terreno común que une la administración estadounidense entrante con Rusia es su mutuo deseo de detener el lento pero constante peso de China en la política y economía internacional. Rusia, que, durante los mandatos de Vladimir Putin y Hu Jintao, creó una sólida colaboración bilateral por la agresiva política exterior de George W. Bush, ha acabado por enfriar sus relaciones con el gigante asiático molesta principalmente por la expansión económica y diplomática de China en las repúblicas de Asia Central durante la última década. Las repúblicas exsoviéticas de Asia Central fueron descuidadas por una Rusia hostigada por Estados Unidos y la Unión Europea a partir de  los años noventa y se concentró en la defensa de su área de influencia en Europa del Este. China aprovechó la debilidad diplomática de Rusia para ir influyendo en las repúblicas de Asia Central a través de una política de inversiones y soborno a las autoridades públicas con el fin de controlar las inmensas reservas de petróleo y gas natural de dichos países.

La implosión de la economía y el Estado soviético ha obligado a Rusia a tener que aceptar que potencias extranjeras realicen incursiones en su área de influencia. La reconstrucción oligarquizante con privatizaciones masivas de la Era Yeltsin y de la presidencia de Putin ha dejado un país mucho más desigual, pero ha permitido el surgimiento de una élite alrededor de la cual se ha reconstruido el Estado, y que ha servido a Putin y a la facción belicista del Kremlin, los Siloviki, para relanzar una política exterior agresiva que ayudase a recuperar parte de la antigua esfera de influencia en Europa del Este, y detener temporalmente los avances de China en Asia Central. El regreso de Rusia a Oriente Medio mediante el apoyo de Putin al régimen Sirio de Bashar al-Ásad no solamente se explica desde la perspectiva de la defensa de su base naval de Tartus, y con ella de uno de sus últimos aliados en la zona, sino que además ha obligado a Estados Unidos a replantearse su desastrosa estrategia para Oriente Medio, donde múltiples potencias aliadas suyas y una miríada de organizaciones (muchas de ellas terroristas) financiadas por los Estados Unidos luchan por la hegemonía de una zona con demasiados actores como para que ninguno pueda imponer su criterio.

No debemos olvidar que es frente a individuos como Donald Trump y su equipo de donde surge la lucha por un mundo mejor

El acercamiento de Trump a Rusia puede ser entendido por la Administración estadounidense entrante como una oportunidad de replantear su política de alianzas en Oriente Medio, repleta de aliados como Israel, Turquía o Arabia Saudí que hace mucho tiempo han dejado de obedecer el mandato geopolítico de los Estados Unidos y se dedican a promocionar sus propios intereses en la zona. Trump puede enfocar la entrada de Rusia como una oportunidad para pacificar Oriente Medio sin tener que asumir todo el coste militar, económico y diplomático de un teatro de operaciones como el de la segunda guerra de Irak (cuyos resultados son más que cuestionables desde cualquier perspectiva). Y en colaboración con Rusia y cediendo una parte de su proyección de poder en la zona, puede comenzar una retirada efectiva y eficiente que le permita concentrarse en la que es la máxima prioridad para Trump, la reforma interna de los Estados Unidos, sin verse demasiado desgastado por la política exterior.

El “America First” que Donald Trump ha lanzado como su eslogan de política exterior no será tanto un repliegue aislacionista, como un replanteamiento de la política exterior norteamericana propiciando las relaciones bilaterales con ciertos actores que puedan serle de utilidad en un repliegue nacional. Además del caso ruso, el acercamiento a la Inglaterra de Theresa May estará propiciado por la amistad histórica de las dos potencias atlánticas, la sintonía política que se vive en los dos países y la debilidad diplomática en que quedará Gran Bretaña tras el Brexit que le harán aceptar una situación de subalternariedad que en otras épocas habría sido impensable. Además de con China, Alemania y con ella la Unión Europea verán sus relaciones resentidas con unos Estados Unidos que la ven más como una competidora comercial que como una aliada. Los primeros meses del Gobierno de Trump pueden influir decisivamente en la nueva extrema derecha europea y propiciar posibles victorias de Marine Le Pen, Geert Wilders y Heinz-Christian Strache, con los que reconstruir desde una perspectiva de Alt-Right las relaciones transatlánticas.

La década que hemos vivido desde el inicio de la crisis en 2008 hasta la actualidad ha sido un ciclo de duros ajustes económicos y de un despertar en la conciencia social y la movilización ciudadana. Aumenta el número de personas críticas con el sistema que buscan una alternativa y politizarse ha sido una de las quiebras más positivas en contra del consenso neoliberal que desde hace décadas nos conduce a una situación de dislocación social y ausencia de alternativas. Esta ha sido una década de renacer de una conciencia colectiva sobre lo público y lo común. Pero este despertar de conciencias no ha sido lo suficientemente masivo y en la actualidad, y tras muchos duros recortes y luchas que no han terminado de fraguar, hay un repliegue hacia el mundo privado. Sujetos como Trump van a aprovechar este repliegue de la movilización colectiva para realizar su revolución de extrema derecha alternativa: un mundo de oligarcas que prometen recuperar paraísos perdidos tras los muros de un nacionalismo racial y religiosamente excluyente. Frente a ellos habrá que luchar por volver a movilizar las conciencias dormidas. Ante problemas globales que no pueden resolverse con una vuelta en falso al Estado nación hay que plantear redes de colaboración internacional que nos ayuden a buscar alternativas a una crisis ecológica y a un sistema económico que no ofrecen salidas a la inmensa mayoría de la población, así como a sistemas políticos que se volverán tendencialmente más autoritarios. No hay que engañarse, los próximos años, quizás la próxima década, estarán marcados por una nueva política reaccionaria de la que Trump es su primer representante. Pero tampoco debemos olvidar, que nuestras libertades y derechos se ganaron frente a esta clase de autócratas y a los oligarcas que lo rodean, y que es en esa lucha de defensa de las libertades y búsqueda de alternativas en la que se han construido los proyectos políticos más valiosos que atesoramos en nuestra historia. Que es frente a individuos como Trump de donde surge la lucha por un mundo mejor.

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Marcos Reguera. Investigador en la Universidad del País Vasco.

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5 comentario(s)

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  1. Saúl

    Bravo Francisco Bravo! así se reduce todo al absurdo. De eso se trata investigar, de ver más allá de los hechos, de basándose en indicios y en la experiencia preveer ligeramente el curso de los acontecimientos. Si solamente quieres leer hechos, este no es tu tipo de artículo. Por mi parte, un aplauso para el Autor. Todo un análisis!

    Hace 4 años 8 meses

  2. María D. Stettler

    La política es un tira y afloja entre lo que el pueblo demanda y los políticos están capacitados para poder dar ( o quieren dar ). Cada país con sus circunstancias históricas, religiosas, económicas, sociales y políticas. Estos artículos sobre el momento actual de EEUU y su trayectoria desde que es Estado/Nación, me han ayudado mucho a entender el porqué este país ha acabado nombrando a un presidente tan polémico. Si los pronósticos para el futuro se van a cumplir o no, está por ver, pero no parecen descabezados. Gracias por las aclaraciones y por el análisis bien fundado e inteligente que se han expuesto en los tres artículos.

    Hace 4 años 8 meses

  3. Francisco Bravo

    Trump no ha comenzado a trabajar aun y usted ya lanza augurios....... deme los numeros de la lotto por favor los necesito con premura!!!!!!!!!

    Hace 4 años 8 meses

  4. Jesús Jiménez y María Ibáñez

    Nos ha gustado el análisis, y síntesis, del artículo, enriquecedor. Gracias.

    Hace 4 años 8 meses

  5. Jesús Sánchez

    Me gustaría compartir con los lectores de este artículo un doble análisis en torno a Donald Trump. El primero es sobre el significado y consecuencias del populismo xenófobo, machista y homófono de Donald Trump. Su relación con la tradición del populismo norteamericano y con los nuevos populismos xenófobos desarrollados en Europa. El segundo es sobre la victoria de Donald Trump, encuadrada en el contexto de la tendencia global a la polarización socio-política, el ascenso de los populismos derechistas y la reconfiguración de la globalización neoliberal. Sus títulos: «Trump, el nuevo intento de asalto al poder del populismo (xenófobo) en Estados Unidos» “Trump, populismos derechistas y globalización neoliberal” Se pueden encontrar en el siguiente blog : http://miradacrtica.blogspot.com.es/

    Hace 4 años 8 meses

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