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Sergio González Rodríguez, testigo accidental del horror mexicano

CTXT recupera una entrevista realizada en 2009 con el escritor y periodista, fallecido el 3 de abril. El autor de ‘Huesos del desierto’ y ‘El hombre sin cabeza’ desentraña la génesis y el drama de la violencia extrema y el ‘narco’

Iván Hernández 12/04/2017

<p>Sergio González Rodríguez, en una fotografía tomada en 2014. </p>

Sergio González Rodríguez, en una fotografía tomada en 2014. 

Wikipedia

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Sergio González Rodríguez nació en 1950 y murió el 3 de abril de 2017 en la Ciudad de México, después de dedicar su vida al rock duro, a la literatura de ficción y, sobre todo, a una monumental obra de investigación sobre los feminicidios en Ciudad Juárez y la industria del narcotráfico. Aquí recuperamos una entrevista hecha hace nueve años en un bar de Madrid

¿Cómo, o por qué se ha atrevido a escribir estos libros?

Se trata de asuntos azarosos o, para decirlo mejor, de una predestinación. Las situaciones, cuando no las estás buscando, las hallas. Es necesario vencer el miedo mediante la confianza en la posibilidad de poder hacer algo para contrarrestar la barbarie.

Es el año 2009. Sergio González Rodríguez acaba de publicar un libro sobre la violencia de la industria del narcotráfico y está de visita en Madrid. Apenas una hora antes de la entrevista, a eso del mediodía, se encuentra hojeando libros en la Casa del Libro de la Gran Vía. Seguramente se ha escapado de los compromisos para pasar un tiempo a solas con los libros de otros y allí, en la librería, nadie imagina de quién se trata. Podría pasar horas hojeando libros como si estuviera solo en una biblioteca y sin que nadie lo molestara. Hasta que un mexicano interesado en su obra se topa con él, le pide conversar y el escritor, sin pensárselo dos veces, accede con generosidad.

Una vez en el bar, el entrevistado, tras darle un sorbito a su cerveza, insiste en que en su labor no hay heroísmos. Como en una tragedia griega, él ha sido una mera víctima de los dioses, que se limita a cumplir su papel: 

Yo soy de letras. No soy reportero de nota roja (sección de crímenes de un periódico). Nunca tuve vocación de encontrar temas difíciles. 

Lo dice con esa voz aguda y lenta, que lo mismo le sirve para quitarle hierro a las situaciones en que su vida ha estado en peligro, que para delimitar el horror de sus hallazgos en Ciudad Juárez.

En Huesos en el desierto (2002), el Serge, como le dicen sus amigos, dio fe del horror vivido en Ciudad Juárez ante el asesinato de miles de mujeres. Estamos en 2009 y acaba de publicar El hombre sin cabeza, un reportaje sobre las decapitaciones utilizadas como un nuevo código de la violencia extrema entre los cárteles de la droga. Dentro de cinco años, en 2014 escribirá su último gran libro: Campo de guerra, que le valdrá el Premio Anagrama de Ensayo. Pero el Serge aún no lo sabe. Ni tampoco sabe que después de tantos años de ser perseguido por el narco, de cuidar a sus amigos y a su familia para que nadie sufra lo que él ha sufrido, será un infarto el que le impondrá un silencio. De cualquier forma, aquí y ahora, en 2009, en un bar de Madrid, recordemos algo importante: este hombre, que ha visto la muerte de frente, que se ha enfrentado a hombres sanguinarios, no era en un principio otra cosa que el miembro de una modesta banda de rock. Y entonces: ¿cómo se pasa de bajista a reportero y a personaje de ficción en una novela de Roberto Bolaño?

Años 70. Sergio González Rodríguez toca el bajo con Enigma, una banda de rock duro y su canción Bajo el signo de acuariose convierte en el himno de una generación. 

Principios de los años 80: Sergio González Rodríguez termina de estudiar Literatura Contemporánea en la UNAM.  Años 90, Sergio González Rodríguez ya está escribiendo Huesos en el desierto y pensando en que, cuando acabe de escribir ese libro, empezará otro.  Ese libro que escribirá después de Huesos en el desierto no será ni ficción, ni reportaje puro, sino una mezcla de reportaje-ensayo (El hombre sin cabeza). Él lo explica así:

Cuando empezaba este problema de la violencia ritual de los años 90 en los casos de Ciudad Juárez pensé que había unos usos muy específicos de esa violencia que había que desentrañar. Ya cuando aparecieron en 2005 las decapitaciones como códigos utilizados por cárteles del narcotráfico mexicano tuve claro por dónde conducir mi libro. Me preguntaba ¿Por qué ese uso y no otro? ¿Qué sentido tiene? En el arte y en el cine las decapitaciones son un tema constante. En la historia de México ubico tres episodios muy interesantes en torno a la decapitación: los tzompantlisprehispánicos que son víctimas sacrificadas a los dioses a los que decapitan y ponen en una empalizada; el jefe de la insurrección durante el movimiento independentista en el siglo XIX, que termina fusilado y decapitado; y ya en el siglo XX, la osamenta decapitada de Pancho Villa es robada de un cementerio.

¿Cree que estos códigos de la violencia contemporánea están relacionados necesariamente con los procedimientos de las guerrillas centroamericanas y el integrismo islámico?

Claro que tienen que ver. Los narcos mexicanos han usado la decapitación en parte a imitación de los fundamentalistas musulmanes, que a su vez la han usado para pronunciarse contra la ocupación norteamericana en Medio Oriente. Los fundamentalistas empezaron a ver que el uso de Internet era muy importante. Lo mismo vieron los narcotraficantes, cuyas actividades en la red se volvieron más notorias cuando incluyeron varias decapitaciones de sus adversarios. Es el regreso del primitivismo. En el mayor momento de desarrollo tecnológico, de confianza en tecnología, vuelven situaciones muy tribales. Creo que esto tiene que ver con la cultura pánica en la que vivimos actualmente, en el sentido de que está relacionada con el dios Pan, el dios de la violación, del descuartizamiento, pero también de la imaginación. En una época poscristiana, este regreso trae consigo un regocijo con la violencia extrema muy presente en la representación cinematográfica.

 

El hombre que investiga los crímenes de Ciudad Juárez y rehúye la fama se ha pasado media vida rellenando formularios para pedir información al gobierno y cuando no la recibe, tiene que buscar en otros medios. Sus fuentes principales son declaraciones de detenidos y testigos. Las instituciones le niegan una información que es pública. Le responden a sus formularios diciendo: “La información que me pides es confidencial, no la tengo”. Y es así como el reportero teje su red de informantes: especialistas en inteligencia, exfuncionarios dispuestos a dar información, otros reporteros. Según González Rodríguez, “en México hay una crisis en el aparato de seguridad de la inteligencia. Desde los años ochenta hasta la fecha hay ya una generación que ha perdido el control de la información de Estado. Esta información es vendida al mejor postor. Esto hace posible que los grupos del crimen organizado estén al tanto de todo lo que está pasando por parte de las autoridades, que tengan conocimiento de las estrategias operativas para controlar grupos delincuenciales”

Se ha creado el mito de que, si en México pasa algo y no se le encuentra explicación, es culpa del narco. ¿Cree que el Estado utiliza ese mito para ejercer su propia violencia?

Hay que entender que la noción narco y la noción Estado no están separadas. En México el narco se puede ver como una mafia al estilo siciliano con clanes y redes familiares que se ha extendido vertical y horizontalmente. Esta mafia cobija una serie de industrias delincuenciales, como el contrabando de armas, el tráfico de indocumentados, la extorsión, el secuestro o el robo a gran escala cuyos ejecutores han recibido entrenamiento paramilitar y cuentan con sofisticados medios de comunicación que logran lavar al año entre 120.000 y 125.000 millones de dólares. Esto es imposible sin la complicidad, el amparo y el patrocinio de las más altas autoridades. Recordemos que muchos de los altos cargos de los cárteles eran comandantes policiacos. Es allí cuando el combate al narcotráfico se convierte en una simulación convertida en decomisos, detenciones que nunca tocan a los más altos. Quitémonos entonces la idea de que el narco es algo misterioso que está flotando en el aire. Son males específicos con nombres y apellidos específicos quienes cometen los crímenes. De ahí que el narcotraficante escuchando narcocorridos sinaloenses y vestido estrafalariamente sea una caricatura.

Es imposible preguntarle a Sergio González Rodríguez algo que no sepa. Cuando escucha la comparación entre la violencia en México y la violencia en Colombia, despliega su privilegiada memoria y demuestra que existe una red de intereses mutuos entre las mafias de México, Colombia e Italia; traza coordenadas marítimas de los barcos que transportan la droga o recuerda las fechas exactas en que algunos de los narcotraficantes más temibles fueron detenidos. Sergio es un reportero con talento de escritor, que tiene puesta su mirada más allá de la información que trabaja: parece que, detrás de esas gafas fluorescentes, está intentando encontrar una forma de luchar contra el narco, el narco que no es sino una forma del mal contemporáneo.

Quizá por ello, porque sabe que la violencia del narco es una de las expresiones del mal, su obra se emparenta con la del novelista chileno Roberto Bolaño, en particular con su monumental novela 2066, que habría sido impensable sin Huesos en el desierto.

Bolaño convirtió a Sergio González en personaje de 2066, pero este insiste en que la notoriedad le es útil sólo hasta cierto punto:

--Tienes que ser público, pero a la vez actuar dentro de cierta zona furtiva donde el golpe lo das antes de que la gente se dé cuenta. No te oyen llegar sino cuando ya dejaste de estar y eso es muy importante, porque te mueves lo más rápidamente posible para hacer una investigación y das el golpe.

Frente al peligro que ha corrido su vida durante muchos años,  González Rodríguez reivindica otro peligro que parece más frívolo pero que a él le resulta más importante: el de no saber enfrentarse ante la variedad de los materiales que le ofrece la realidad para intentar escribir sus reportajes. Dice:

--Es necesario establecer una distancia, no lineal ni temporal, sino un punto de observación oblicuo donde puedas ahondar en los hechos con cierto equilibrio y lucidez, abstraerte del vértigo. Esta situación te obliga a desafiar los géneros convencionales, a ampliar los registros con integridad y cuerpo y no solamente con la mirada.

Cuando escribe, además de pensar en cómo escribir, ¿en quién piensa?

En un posible lector que es superior a mí, pero al que yo aspiraría a llegar.

¿Alguna vez le ha pedido su familia o sus amigos que deje de hacer esto?

Mis amigos me han pedido muchas veces que pare, que escriba de otras cosas, que regrese al rock. Pero creo que hay un deber pendiente. Por ese dolor ajeno, integral, que cubre todo un país, me mantengo, aunque soy consciente de mis límites y como mucho aspiro a ser un detective salvaje como los que aparecen en la novela de Bolaño. 

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Una primera versión, de 2009, de esta entrevista, está publicada en el blog La sala de interrogatorios.

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Iván Hernández

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