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La “superioridad” de la izquierda

5. Un exceso de moralidad

El impulso contra la injusticia social empuja al revolucionario a superar todos los obstáculos pese a su coste social. El reaccionario compensa su déficit moral con un sentimiento de superioridad intelectual

Ignacio Sánchez-Cuenca 19/04/2017

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Argumento:

1. Las personas tienen desacuerdos ideológicos irresolubles.

2. La democracia, aun si establece un margen amplio para la deliberación y el acuerdo, apela al voto como mecanismo para tomar decisiones colectivas ante desacuerdos irresolubles.

3. La ideología no es una mera reputación, no es un mecanismo para ahorrar costes de información. La ideología contiene valores y principios que nos permiten formarnos una idea global sobre los asuntos públicos. La ideología es una forma de organizar nuestras opiniones sobre la política.

4. La ideología no viene determinada ni por los genes ni por el interés económico. Es más bien una cuestión de carácter moral.

5. Las diferencias ideológicas proceden de nuestra distinta sensibilidad hacia las injusticias.

6. Las personas de izquierdas tiene una mayor sensibilidad hacia las injusticias que las personas de derechas y por eso desarrollan un sentimiento de superioridad moral.

7. El exceso de moralidad en la política, típico de la izquierda más radical, lleva a intentar realizar la justicia a toda costa, aun si eso supone un coste social enorme.

8. En la derecha, como reacción, se desarrolla un sentimiento contrario, de superioridad intelectual ante cualquier propuesta de un cambio profundo.

9. El mayor idealismo moral de la izquierda explica la frecuencia de sus conflictos internos, de sus rupturas y escisiones.

10. La socialdemocracia como programa de cambio encarna el compromiso más acabado entre moralidad y eficacia políticas. La socialdemocracia entra en crisis cuando desequilibra ese compromiso en detrimento de su compromiso moral con la justicia. 

En la entrega anterior argumenté que el izquierdista tiene buenos motivos para considerar su posición ideológica moralmente superior, pues se toma más en serio que los demás las injusticias que se producen en la sociedad. El compromiso de la izquierda con las personas que sufren privaciones y sufrimiento es mayor que el del resto de las ideologías.

Los problemas, sin embargo, empiezan justamente aquí, ya que un sentido excesivamente desarrollado de la justicia puede llevar a estrategias políticas que resulten contraproducentes, en el sentido de que la urgencia por reparar las injusticias a toda costa puede provocar males aún mayores que aquellos que se desean combatir.

Los más extremistas entre los anarquistas consideraron justificado realizar atentados indiscriminados contra la sociedad burguesa, con el fin de aterrorizar a los biempensantes y de agitar la conciencia del proletariado

En la historia de la izquierda quizá hayan sido los anarquistas las personas más sensibles hacia la injusticia. Se sentían asqueados por la sociedad en las que les había tocado vivir. Donde los demás veían progreso económico y tecnológico, ellos percibían hipocresía y sufrimiento de los más débiles. Su sentimiento de la injusticia era tan agudo que no concebían otra solución que no pasara por la destrucción del orden social burgués. Como escribió Nechaev en su sórdido Catecismo del revolucionario(1868), “dentro de lo más profundo de su ser, el revolucionario ha roto --y no sólo de palabra, sino con sus actos-- toda relación con el orden social y con el mundo intelectual y todas sus leyes, reglas morales, costumbres y convenciones. Es un enemigo implacable de este mundo, y si continúa viviendo en él es sólo para destruirlo más eficazmente. (…) Para él sólo es moral lo que contribuye al triunfo de la revolución. Todo lo que la obstruye es inmoral y criminal”.

Los más extremistas entre los anarquistas consideraron justificado realizar atentados indiscriminados contra la sociedad burguesa, con el fin de aterrorizar a los biempensantes y de agitar la conciencia del proletariado. Querían además dejar clara la pureza de sus intenciones y no ser confundidos con criminales ordinarios, por lo que no era infrecuente que después de un magnicidio se dejaran detener, asumiendo las consecuencias de sus hechos. Tenían la conciencia tranquila, pues sabían que actuaban por una buena causa, la emancipación del género humano de todo yugo político y económico.

En general, el impulso que late en la lucha contra la injusticia social empuja al revolucionario a superar todos los obstáculos que se interponen en su camino. Siente una urgencia por acabar ya y de una vez por todas con un orden político y económico que percibe podrido desde la base. Es más, el fin que persigue el revolucionario es tan noble que todos los medios que contribuyan a su consecución se consideran válidos.

La figura clásica del comunista resulta fascinante precisamente porque su creencia en el ideal le libera de toda cortapisa en la consecución del mismo

En nombre de la justicia, la izquierda radical ha cometido atrocidades sobrecogedoras a lo largo de la historia. 

La figura clásica del comunista resulta fascinante precisamente porque su creencia en el ideal le libera de toda cortapisa en la consecución del mismo. Si es necesario para establecer la justicia en la Tierra eliminar a los enemigos, a los traidores, a los tibios, a los agentes dobles, a los quintacolumnistas, a los aventuristas, a los pequeñoburgueses, a los revisionistas, a los titistas y a los trotskistas, etc., etc., etc., pues adelante. Aun siendo solamente una anécdota menor, la carta que envía Santiago Carrillo a su padre Wenceslao tras el golpe de Casado no deja de ser un ejemplo perfecto de las exigencias que la militancia comunista puede acarrear.  Carrillo se dirige mediante carta pública a su progenitor:

Cuando pides ponerte en comunicación conmigo olvidas que yo soy un comunista y tú un hombre que ha traicionado a su clase, que ha vendido a su pueblo. Entre un comunista y un traidor no puede haber relaciones de ningún género. Tú has quedado ya del otro lado de las trincheras.  No, Wenceslao Carrillo, entre tú y yo no puede haber relaciones, porque ya no tenemos nada de común, y yo me esforzaré toda mi vida, con la fidelidad a mi partido, a mi clase, a la causa del socialismo, en demostrar que entre tú y yo, a pesar de llevar el mismo apellido, no hay nada de común.

El derechista contempla con cierto regocijo el fracaso abismal de las revoluciones de izquierdas que ha habido en el mundo

La lucha política lleva a Carrillo a romper su relación filial con el padre. Esa misma determinación férrea, proyectada políticamente sobre la colectividad en los regímenes comunistas, ha llevado a la aniquilación de toda forma de resistencia al mandato revolucionario.

El objetivo de acabar con la injusticia a cualquier precio obliteraba el debate sobre qué hacer cuando la revolución tuviera éxito. La izquierda revolucionaria pensaba que bastaba con destruir el régimen burgués para que surgiera el “hombre nuevo”. No se preocupó demasiado por los problemas que ocupan la atención del liberal y del conservador: los problemas de cómo limitar las decisiones del Estado, de cómo evitar una concentración excesiva de poder, de cómo encauzar la oposición. ¿Qué oposición puede haber al intento de construir el comunismo, el modo de producción que garantizará la plena autorrealización de los seres humanos? Tampoco le quitó el sueño la cuestión económica, es decir, cómo conseguir el mejor uso de los recursos escasos con los que se cuenta para producir bienes y servicios.

El derechista contempla con cierto regocijo el fracaso abismal de las revoluciones de izquierdas que ha habido en el mundo. Él tendrá un sentido de la justicia menos desarrollado, pero no se le puede acusar de complicidad con el gulag ni con la hambruna del “gran salto adelante” ni… El derechista se reconforta recordando el dicho de que “el infierno está empedrado de buenas intenciones”. Él no cuenta con sentimientos morales tan elevados, pero sabe cómo gestionar los asuntos públicos, es plenamente consciente de las complicaciones que surgen no ya cuando se quiere transformar radicalmente la realidad, sino cuando se intenta reformar.

El derechista utiliza los malos resultados conseguidos por los revolucionarios para desarrollar lo que Albert Hirschman llamó la “retórica de la reacción”: cualquier propuesta de cambio pasa a ser considerada “perversa” (el cambio, aunque no lo entienda así su proponente, empeorará aquello que se intenta arreglar), “fútil” (el cambio es ilusorio y voluntarista, las estructuras sobre las que se asienta la realidad social son más sólidas de lo que supone el izquierdista) e innecesariamente “arriesgada” (pone en peligro logros trabajosamente conseguidos).

El reaccionario compensa su déficit moral (su indiferencia política hacia el reparto injusto de oportunidades y resultados en la vida social) desarrollando un sentido de superioridad intelectual. Al izquierdista no le regatea sus buenas intenciones, pero le lanza a la cara su ignorancia sobre asuntos políticos y económicos. 

(continuará)

Autor >

Ignacio Sánchez-Cuenca

Es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid. Entre sus últimos libros, La desfachatez intelectual (Catarata 2016), La impotencia democrática (Catarata, 2014) y La izquierda, fin de un ciclo (2019).

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