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HISTORIAS DEL PELLIZCO

La Repompa de Málaga, la niña que fue diosa de los tangos

“Los gitanos en las bodas bailamos por ti, cantamos por ti. Ay, gitanita, tan buena y tan guapa. Ay, gitanita, si estuvieras aquí”, cantó Camarón a la artista, fallecida a los 21 años, que fue una de las grandes en los años 50

Esteban Ordóñez 26/04/2017

Seisdedos

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Debía de ser difícil atreverse a decirle algo a La Repompa. Que sonara el cierre de la guitarra por tangos en los primeros años del Corral de la Morería y que se abriera un silencio pálido en la sala ante la quietud de la niña ahí arriba, iluminada sobre las tablas; ver su última figura, los brazos levantados, amenazando como aguijones mientras su sonrisa fogueaba más abajo; observarla resollar desde una mesa, guapa como un crujidito de leña. Debía de ser difícil hacer algo más que buscar el vaso a tientas y vaciarlo y tratar de sobrevivir a lo que acababa de suceder. La Repompa conseguía que todo el público se sintiera aludido, mirado a bocajarro, cuando, seguramente, no había mirado a nadie. Cantaba y se huracanaba el pelo y enloquecía por alegrías y se espigaba. En los remansos del compás se abría, desplegaba las costillas casi volando. Cuando aparecen reyes, líderes o leyendas ante nosotros, uno necesita inventarse un vínculo: a partir de cualquier pequeño contacto imaginamos una intencionalidad, una simpatía o un reconocimiento personal que nos da valor y nos hace creer que existimos un poco más que otros; pero en el fondo sospechamos que se trata de pura fantasía. Acercarse a La Repompa debía dar miedo, al fin y al cabo, significaba enfrentarse a la posibilidad de no ser nadie.

Hace falta saber que mientras ocurrían cosas como estas, Enriqueta Reyes La Repompa,estaba a punto de morirse; siempre estuvo a punto de hacerlo: desapareció en 1959 con sólo 21 años. Por entonces, Camarón tenía ocho años y, probablemente, aún no le había dado tiempo a escuchar los siete cantes que dejó La Repompa. Ella se había metido en el estudio apenas unos meses antes de fallecer. La peritonitis que la fulminó se demoró lo justo para que su voz entrara en la historia. Comentan los entendidos que sin esos escasos 20 minutos de música, la voz de Camarón (entre otras) nunca habría sonado del mismo modo. En él se captan flecos, raspaduras y caídas melódicas de ella.

El cortejo fúnebre fue memorable, recorrió toda la ciudad: el puente de Tetuán, la Alameda, la calle Alcazabilla y la calle Victoria. Cuentan que caía una lluvia cerrada sobre el cementerio de San Miguel

Mucho tiempo después, ya grande, Camarón acudió a El Jaleo, un tablao de Torremolinos donde trabajaban la hermana y la hija de La Repompa (Remedios y Rosi). El de la Isla quería escuchar a Remedios. Ella aceptó. Sólo le hizo falta medio cantecito para desarmar a un cantaor legendario. La joven tenía un timbre y un estilo muy semejante al de su hermana. Camarón no pudo aguantarlo y salió de la sala emocionado.

Enriqueta Reyes nació en una Málaga rota. Agosto de 1937: plena represión militar, seis meses después de la Batalla de Málaga. Los niños de entonces crecieron entre ecos de una historia terrible: atemorizados por la llegada de los nacionales, muchos vecinos intentaron escapar hacia Almería, pero por mar y aire las fuerzas alemanas e italianas los reventaron a bombazos. Murieron casi cinco mil inocentes asustados. Cinco mil es un número inabarcable para un niño. Ese relato se susurraba dentro de las casas cuando Enriqueta Reyes daba los primeros pasos por El Perchel, un barrio de siglos construido fuera de la muralla para que el olor de la industria del secado de pescado no apestara la ciudad.

Mientras en gran parte de Málaga triunfaban las malagueñas (cante de moda a finales del siglo XIX y principios del XX), los gitanos de El Perchel se lucían por tangos y por bulerías. No sabemos si la preferencia por palos más rápidos respondía a un vestigio histórico. Supongamos: en una zona plagada de cadáveres de peces, si uno se atrevía a cantar con una cadencia parecida a la de las malagueñas, acababan comiéndole las moscas. Mejor, el galope de palmas de las bulerías, los jaleos y los requiebros: ahí no se atreven a entrar ni las avispas.

Mientras en gran parte de Málaga triunfaban las malagueñas (cante de moda a finales del siglo XIX y principios del XX), los gitanos de El Perchel se lucían por tangos y por bulerías

Enriqueta era una niña graciosa, imparable y rechoncha, por eso la apodaron como Repompa. El Perchel era pobre y con guirnaldas. A las casas de la calle La Puente, su calle, se les transparentaban los huesos. Desde muy pequeños, los chiquillos recorrían las tabernas echando unos cantecitos y unos bailes a cambio de unas monedas. Enriqueta solía acompañarse de amigos como La Cañeta, La Quica o Pepito Vargas, que era un niño muy flaco, bailaor y con pestañas. En total se juntaban seis y siempre repartían la ganancia a partes iguales, aunque a veces sólo actuaran dos o tres. Alquilaban los trajes por dos duros y salían a pedir. En las fotografías de la época, Enriqueta es ya una adolescente liviana: había perdido la gordura, pero se quedó con el apodo. En una ocasión, su padre le dijo que dejara de andar de un lugar a otro cantando. Ella agarró un jarrillo de lata y se lo lanzó: “¡Yo quiero ser artista!”.

El grupo se profesionalizó al entrar a trabajar a El Refugio, un tablao abierto en los bajos de una carpintería. Los chavales también se sumaron al cartel de El Pimpi. El nombre de Enriqueta empezó a aparecer en los anuncios de las actuaciones de la prensa. “La Repompa” no significaba nada para muchos lectores de desayuno y coñac, pero debajo de esas anotaciones sin alma, se disparaba la historia. Los amigos formaron el cuadro gitano Los Vargas; sus espectáculos atraían mares de público. La fama llegó a oídos de Pastora Imperio, que un día asistió al espectáculo y decidió llevarse con ella a La Repompa y a Pepito Vargas.

Corría 1955,  le quedaban cuatro años para morir y le iba a dar tiempo de convertirse en un símbolo. Enriqueta salió de Málaga con el germen de su leyenda vivo en la garganta. Eran unos tangos que iban a pasar a la historia con su apodo y a fijar los mimbres de decenas de artistas. Hoy se siguen pariendo versiones, incluso desde fuera del flamenco puro. Venían de viejo, ella no los inventó, pero sí los cantó mejor que nadie y los grabó. La fuente conocida era Dolores Campos La Pirula, madre de su amiga La Cañeta. La Pirula tiene una foto con mantilla, hombros firmes y una mueca irónica que encaja perfectamente con los golpes venenosos del compás, con esa furia como de última advertencia. Dicen que originalmente estos tangos procedían de las zambras de Granada y que en su forma primigenia se cantaban coro. Tal vez por reducirlos a una sola voz poseen ese sonido tan peculiar y dramático. Evocan una escena muy concreta: una mujer, cansada de sufrir y de huir, se rebela de pronto y vuelve de frente contra el mundo; no se oyen, pero tras su voz bombean las voces de todas las mujeres ajustando cuentas. “Tú eres la piedra más chica de la acera de mi calle”. La Repompa aprendió el estilo de su propia hermana Paca Reyes y no directamente de La Pirula. Ella también había muerto jovencísima, a los 33 años. 

Corría 1955,  le quedaban cuatro años para morir y le iba a dar tiempo de convertirse en un símbolo

De la mano de Pastora Imperio, Enriqueta comenzó su carrera en solitario en el Corral de la Morería. Se convirtió en una más entre las grandes figuras de la época. Había viajado a Madrid con su padre, que seguramente era ese hombre que un cronista anónimo veía esperar a la puerta del local todas las noches “con las manos en la chaqueta y un cigarro negro en la boca”.

En el año 58 entró a la cabina de grabación. Aquella jornada en el estudio no debió vivirse como algo trascendente.  La apuesta carecía de ambición a juzgar por el título genérico del primer disco Bailes españoles. El segundo (1959) sí llevó su nombre.

Su voz comenzó a sonar en la radio y se expandió, su infiltración en el imaginario de la música flamenca ya sólo era cuestión de tiempo. Ella murió enseguida. El cortejo fúnebre fue memorable, recorrió toda la ciudad: el puente de Tetuán, la Alameda, la calle Alcazabilla y la calle Victoria. Cuentan que caía una lluvia cerrada sobre el cementerio de San Miguel.

***

Día tras día, la gente pegaba la oreja a los altavoces para escuchar a La Repompa. Para oírla bien se mandaba callar al personal en bares, tabernas, comercios, casas… Por alguno de esos medios la descubriría Camarón. Enriqueta apenas es conocida fuera de la afición flamenca, pero siempre ha permanecido delante de todos a través de los artistas que, como el de la Isla, rompieron las murallas del gueto. En la prodigiosa Tres luceros hay un mensaje oculto. Toma como préstamo la melodía de la bulería del Rey Faraón de La Repompa. La letra original relata una fiesta confusa; la coronación o el bautizo de un Faraón al que llaman “parecito de tos los calós”. Se describe una jarana de palmas y alegría. Hay algo de mesías en ese Rey Faraón, una mixtura ancestral e incomprensible de mitos. Pero en la bulería que cantó Camarón cambia la letra; sin ser nombrada, La Repompa aparece como la verdadera diosa. “Y los gitanos en las bodas bailamos por ti, cantamos por ti. Ay, gitanita, tan buena y tan guapa. Ay, gitanita, si estuvieras aquí”.

Dicen que cuando el cortejo fúnebre llegó a la altura de El Pimpi, los gitanos empezaron a mecer el ataúd. Aquel local había sido una de sus plazas predilectas, allí iba a cantar cuando le atacó la peritonitis. La caja bailaba, casi se volaba. Dentro, tan buena y tan guapa, dormía La Repompa.

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 BIBLIOGRAFÍA

--La Repompa de Málaga. Libro de Paco Roji, Ramón Soler Díaz y Paco Fernández.

--Entrevista con el biógrafo Ramón Soler Díaz.

--El Arte de Vivir el Flamenco

--El Perchel, memorias de un barrio

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Autor >

Esteban Ordóñez

Es periodista. Creador del blog Manjar de hormiga. Colabora en El estado mental y Negratinta, entre otros.

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