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Antonio Ferres / Escritor

“Ser un maldito en un mundo maldito es cojonudo”

El escritor Antonio Ferres (Madrid, 1924) mantiene la cabeza activa, lúcida y brillante. Miembro de la Generación de los 50, su nombre cayó en el olvido porque “en este país el que no está no existe“.

Miguel Ángel del Arco 28/06/2017

<p>Antonio Ferres en su biblioteca</p>

Antonio Ferres en su biblioteca

M. Á del Arco

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Recibe amable, risueño, en su casa, cerca de Cuatro Caminos. Está con su amiga Gloria y Nikki, con dos k, un gato negro. Se llama así porque tenía otro que se murió y se llamaba Níquel. “Este gato es gilipollas, porque cree en la humanidad”, dice. Andaba perdido, una amiga veterinaria le ponía comida y, tras varios días, mojado y aterido, empezó a comunicarse, así que Antonio Ferres se lo quedó. Es media mañana, ya ha bajado a la cafetería a desayunar, como cada día.

Antonio Ferres nació en Madrid, en el barrio de Argüelles, en 1924. Lo tiene todo en una cabeza activa, lúcida y brillante. En ella hay nombres, amigos que han muerto, compañeros de viaje, vivencias, argumentos de novela, poesías, políticos, dirigentes de la cultura... Su pensamiento salta de unos asuntos a otros, y a veces es difícil seguirlo. Hablamos de la Feria del Libro de Madrid, de por qué no está él con tantos libros a sus espaldas, de por qué es una suerte de maldito olvidado y, sin puntos y aparte, dice de Podemos, de la soberbia de Felipe González, de la historia del PCE, de la Transición, de la foto en la que aparece con Neruda, de un cuadro del Museo del Prado, de su amistad con Max Aub, de su vida en EEUU, de los mandarines de la cultura, o recita un poema. “Ahora solo escribo poesía”, aunque se acaban de publicar, por primera vez juntas, las cuatro Sonatas de Valle-Inclán y él ha escrito el prólogo. Y su editor, Javier Santillán, de la editorial Gadir,  tiene dos novelas.

Seguro que me dejo alguno, pero estos son los títulos de Antonio Ferres que se pueden encontrar en las librerías: La piqueta (1959), Caminando por Las Hurdes (1960), Los vencidos (edición italiana, 1962), Las manos vacías (1964), Tierra de olivos (1964), Mirada sobre Madrid (1967), En el segundo hemisferio (1970), Ocho, siete, seis (1972), Al regreso del Boiras (1975), El colibrí con su larga lengua y otras historias (1977), Los años triunfales (1978), El gran gozo (1979), La vorágine automática (1982), Cuentos (1983), La muerte reincidente (1990), Los confines del reino (1997), En la inmensa llanura (1997), La inmensa llanura no creada (2000), Memorias de un hombre perdido (2002), La desolada llanura (2005), El torito negro (2005), Crónica de amor de un fabricante de perfumes (2007), El caballo y el hombre y otros relatos (2008), El otro universo (2010), París y otras ciudades encontradas (2010), La urraca y los días iluminados (2012) y El libro de los cambios y las hojas (2014). ¿Cómo es posible que un hombre con esta obra, miembro de la generación del 50, junto a los Ignacio Aldecoa, Sánchez Ferlosio, Martín Gaite, Ana María Matute y Alfonso Grosso, sea invisible en la universidad, la academia y la cultura españolas? Su editor se pregunta por qué no tiene el premio Cervantes.

Quizá la censura franquista, su pertenencia al Partido Comunista y su exilio americano encierren alguna explicación. “Si a mí me da igual lo que soy, que les den dos duros, yo tengo 93 años”.

¿Se considera un escritor maldito?

Sí, claro. Pero eso me alegra. Ser un maldito en un mundo maldito es cojonudo. Así que soy maldito al cuadrado. Sería el colmo que siendo quien soy me trataran como si fuera uno de tantos, eso es imposible. En una reunión de escritores un lituano me dijo: “Te conozco”. Había visto mi foto en Caminando por Las Hurdes, que antes de salir aquí en una revista falangista había salido en Les Temps Moderns. Si yo he publicado en todos los sitios, me da igual. Si a mí me dice alguien que no me conoce, pues le respondo que es un ignorante.

¿De verdad no le molesta ser ninguneado?

A mí no. No me gusta, pero tampoco me molesta. Estoy rodeado de gente que no puedo ni ver o que no puede ni verme. ¿Quién da los premios? Coño, la respuesta está en Los mandarines de Simone de Beauvoir. Ellos lo hacen todo, el canon. Debe ser una cuestión de desencaje. Lo mejor es estar en tierra de nadie, estar comprometido de verdad.

 

Fue premio Sésamo, finalista del Nadal. La piqueta es una novela ya mítica, pasa por el culmen de la novela social, pero Ferres dice que es una novela de amor. La acción se sitúa en el madrileño barrio de Orcasitas, y cuenta la demolición de una casa, de las que construían los emigrantes por la noche frente a la vigilancia de la Guardia Civil. En realidad, es la historia del barrio, la de los llegados desde el campo a la ciudad. Hoy el escritor tiene una calle allí. El uso de la piqueta entonces es parecido al que hacen hoy los desahucios. Los vencidos es otro hito. Fue prohibida en España y salió en la prestigiosa editorial italiana Feltrinelli.

 

¿Quizá influya su exilio en ese olvido?

Supongo que influye que me fuera de España. En este país el que no está no existe.

¿Por qué se fue dos veces?

La primera vez me fui por miedo, la segunda por hambre.

¿Cuando se marchó la primera vez estaba ya afiliado al PCE?

Sí. Cuando me fui la primera vez salí en los periódicos porque di una conferencia en la universidad. Me metieron en volandas en un aula grande llena de gente. De repente cerraron las puertas y llegaron los chicos con una pancarta que decía ‘El Partido Comunista saluda a la universidad’. Todos cobrábamos del Partido, trabajábamos como redactores de Radio España Independiente, donde pagaban muy bien las colaboraciones. Total, que les digo: “Señores, esto es una mierda, es una provocación de la policía. Somos escritores antifascistas, estamos contra el general Franco, pero esto no tiene nada que ver con la universidad ni con la afiliación obligatoria a un sindicato”. Y me llevaron en volandas a casa, donde me estaba esperando la policía. Pero no me pasó nada, entre otras cosas porque no eran idiotas. Estábamos en una dictadura cada vez más vergonzante y me fui.

Cuando me voy a América era más importante que cuando vuelvo. Ya había estado allí antes porque nos habían invitado a Ana María Matute,  a Rosario Castellano, a mi y otros a la Universidad de Indiana. Una semana para ir a ganar dinero. Allí soy profesor titular, cosa que no hubiera conseguido aquí. Es muy típico de EEUU. Llegas con un libro y das una clase magistral. ¿Quién va a enseñar literatura mejor que Ana María Matute, que decía “Literatura soy yo”? Que no tenía nada, quizá el bachillerato, pero es quizá nuestra mejor escritora.

¿Eso le parece?

Sin duda. Ana María Matute es una de nuestras mejores escritoras, yo creo que de todas las escritoras la mejor. Sobre todo la Matute de La primera memoria. Dice -y cito de memoria- ”A ti el señor no te ha enviado, es un libro de Jeremías, y en buscando has conseguido que ese pueblo confiara en la mentira”. Eso lo escribe en un país con un jefe del Estado por la gracia de Dios, Franco.

También viajó por Europa.

A Francia fui muchas veces a dar conferencias antes de ir a América. Y a la Unión Soviética, pero eso sin que nadie se enterara, con otro nombre. Cuando murió Stalin querían abrirse y empezaron a invitar a comunistas de otros países. Íbamos a Zúrich, allí nos daban otros papeles y volábamos a Moscú. Te daban un pasaporte. El mío era cubano. Fui con mi mujer, con Carla y con mi hija. Fuimos al Mar Negro y al Báltico. Estuvimos justo donde detuvieron luego a Gorbachov, una residencia para extranjeros en Yalta.

 

Su amiga Gloria muestra una fotocopia de una foto en blanco y negro en la que se ve a Antonio Ferres joven y con bigote. Formó parte del Congreso Mundial de la Paz, en Helsinki, en 1965. Un grupo en el que se puede ver a Pablo Neruda, a  Jean-Paul Sartre y a Miguel Ángel Asturias. Ferres no era invisible ni desconocido. Era miembro del PCE y un escritor internacionalmente considerado. Todavía mantiene en la cabeza esos viajes y esas compañías, como tiene también la España de la Transición, el papel de la cultura en ella y el juego que dieron algunos dirigentes y antiguos luchadores antifranquistas.

 

¿Y vuelve a España tras la muerte de Franco?

Así es. ¿Y qué pasa al volver? Que vienen mi excuñado Claudín y Jorge Semprún, y hay que pasarse al PSOE. A mi no me salió de los cojones, por Felipe González, que es un sinvergüenza. Mi cuñado llegó a ser presidente de la Fundación Pablo Iglesias y Semprún llegó a ser ministro. Pero yo y la gente que no quisimos meternos en el PSOE tuvimos que irnos de nuevo, esta vez por hambre, porque ¿cómo vives aquí? En este mundo todos nos conocemos y nos olemos. Mira, cuando iba a ganar Felipe González nos invitó a casi todos los escritores del momento, a Torrente Ballester, a García Hortelano, a Alfonso Grosso, a todos… Se veía a la legua que iba a ganar de calle por mayoría absoluta.  En aquella reunión me levanté y le dije a Felipe: “Me parece muy bien lo que dices, es necesario, pero no es cambio, es más de lo mismo. Propones algo cuantitativo y no cualitativo. Que haya más gente, que se abra la cultura, pero eso no es suficiente”. Vaya cara puso. Montó en cólera. Entonces intervino Torrente Ballester, que dijo: “Es que Ferres viene de fuera, pero claro, si en la universidad no hay grandes bibliotecas, si no existe la posibilidad de que haya grandes profesores, si en España la burocracia no te deja ser catedrático, eso no es cambio”. Y entonces Felipe se calló.

¿Y qué quería contarles Felipe González?

Lo del cambio que se iba a producir, que a España no la iba a conocer ni la madre que la parió. Estaba allí el Guerra, que era un ignorante. Me saludó y me dijo que le había gustado mucho Caminando por Las Hurdes. Estaban Semprún y Sartorius, gente importante, nobles. Como en las reuniones del partido comunista, en las que apenas había obreros, todo eran nobles.

¿Usted desde cuando tenía el carné?

No había carné. Cuando yo vine, muerto Franco, Armando López Salinas me dijo que qué es eso del carnet. El PCE nos gustaba cuando era peligroso y difícil. Ahora que está tirado ya pasamos. Armando era una gran persona. Entró en el partido conmigo.

¿Es entonces, cuando gana el PSOE, cuando se volvió a marchar?

Claro, había venido con mi compañera Doris Rolfe. Y nos pusimos a traducir libros, a Dickens, a Mark Twain --con un prólogo de Doris se ha repetido por todas partes--. Pero pagaban cuando querían. Doris decía que aquello no podía ser, que en EE.UU. es sagrado el respeto al trabajo, que si trabajas te pagan. ¿Que tuvimos que hacer? Pues largarnos otra vez. Estuvimos dando vueltas. En Senegal expliqué La ronda de Guinardó de Juan Marsé. Y en México, allí también he dado clases.

 

En México conoció a Max Aub. En realidad, Max Aub sabía de sobra quién era Ferres -- "La obra de Antonio Ferres respira tal verdad que está más allá de la literatura”, había escrito--.  Así que Ferres dijo a su amigo José María de Quinto que le pusiera unas líneas a Max Aub preguntando si podía recibirle. Y el autor de El laberinto mágico contestó a vuelta de correo diciendo: “Aquí no se muere de hambre nadie y menos alguien como Ferres”. E hizo una colecta entre los amigos y sacó dinero para pagarle el billete de avión. “Y Max Aub me recogió. Es un genio”. Aub ayudó a Ferres y éste le contó a Aub cómo estaban las cosas en España. Doris y Ferres son personajes de La gallina ciega.

En su segundo regreso a España publicó unas descarnadas Memorias de un hombre perdido y una curiosa novela experimental, La vorágine automática. “Con esta novela gané un dineral. Me la contrató Andrés Sorel para la editorial Legasa del País Vasco. También contrató otra a Juan José Millás, El jardín prohibido o algo así”. También escribió otra obra no menos extraña que editó Carlos Barral, 8.7.6. “Un cachondeo. Es sobre un niño monstruo como el de El tambor de hojalata. Creo que la novela, la literatura, es una experiencia de lectura abierta, una aventura de la imaginación”. Le dieron algunos premios y era el alma de las tertulias. No en vano decía Max Aub: “Ferres es una tertulia andante”.

 

Ahora sigue escribiendo, dice que solo poesía. Su editor, Javier Santillán, tiene La península perdida, la historia de un exiliado que no vuelve nunca, y una vida de Goya a su vuelta de Burdeos arruinado, y El horizonte de sucesos, que versa sobre el borde de los agujeros negros. “Pero hubiera preferido que me publicara una colección de poemas”, dice.

Cada jueves va a una tertulia en la calle Santa Engracia con científicos. Y los martes acude una tertulia literaria en el Café Gijón.

El acto de escribir, ¿es gozoso, trabajoso?

Lo decía Baroja: el escritor nace y no tiene opción. Yo empecé a escribir muy pronto, a los cinco años. Escribí una novela que era como lo que había leído, Salgari y eso, llena de aventuras. No conocía el mar, pero escribía sobre él. El escritor no puede ser otra cosa. Le doy vueltas, me acuesto, me viene un poema y lo escribo. O no. Están en la cabeza. Los sueño a veces. Por la mañana mi amiga Gloria y yo nos preguntamos qué hemos soñado.

Donde es famoso es en Orcasitas, ¿no?

Es que ese barrio se ha hecho desde la piqueta. Hay allí un paseo con mi nombre. Para mi es mayor éxito que si me dieran el Planeta, pero creo que me lo van a quitar.

¿Y eso?

Es broma. Sostienen que no es un paseo ni una calle. Está frente a Pradolongo, un sitio precioso. Pero la derecha dice que no hay ninguna calle de un vivo. Y la izquierda dice que no es una calle, que es un paseo. Es una lucha. Eso es Madrid. Durante la guerra, en Orcasitas pararon a las brigadas acorazadas italianas. Y luego los emigrantes, cuando acabó la guerra, hicieron el barrio. Me hace ilusión lo de ponerle mi nombre a un paseo porque eso no lo tiene cualquiera. Es la hostia. Mira, me hicieron un homenaje por el cincuentenario de La piqueta en la Universidad Complutense y había veinte personas, entre estudiantes y profesores. En cambio, cuando llegamos a Orcasitas para lo del paseo, había una masa inmensa de gente, impresionante. Mi hija vino desde Barcelona para presenciar el homenaje, con mis dos nietas.

¿Seguirá con las memorias? Anunció la segunda parte, Memorias de un tiempo maldito.

Cuando salieron las anteriores memorias todo el mundo decía que me había dejado cosas en el tintero. Memorias de un tiempo maldito las tengo por ahí. Están como están y ahí lo he dejado. Creo que no voy a dedicarme a eso, me voy a dedicar a la poesía

¿Sigue la actualidad literaria?

Bueno, ahora me acaba de traer Gloria La montaña mágica. Prefiero releer. Pero bueno, tengo muchos criados. Le digo a la chica “Vete a comprar Patria y me la dejas”. Quiero ver por qué es tan interesante y tiene tanto éxito.

¿Cómo se informa?

Leo todos los días la prensa, pero veo que la mayoría de las veces las cosas están manipuladas. El País no es ni mucho menos lo que era. Es curioso cómo es posible que un periódico que era tan interesante se haya convertido en otra cosa, se haya transformado. Dicen que es mejor que gobierne el PP. Y que para que haya gobierno hace falta el apoyo del PSOE. O eso o el caos. Es lo que apoyan El País y Felipe González y, claro, ves que lo de las puertas giratorias es verdad. ¿Qué hacemos? Pues nos dedicamos a la poesía pura y ya está.

¿Ha seguido las primaria del PSOE?

Desde Felipe González a Vargas Llosa han dicho que hace falta un acuerdo entre los grandes partidos para que haya gobernabilidad. Me quedo alucinado. No quieren que se mueva nada. Y uno se pregunta por qué la gente sigue votando al PP. Creo que, aunque la gente sepa que hay corrupción, quiere cobrar su retiro. Por eso les vota toda la gente mayor, salvo algún chalado.

¿Cómo ve a Podemos?

Los de Podemos son un grupo de gente demasiado intelectualoide. Hay una serie, que a veces veo, que se llama Big bang theory. Pues los de Podemos son como esos personajes, como el Sheldon que sale diciendo que el cielo se toma al asalto. Y, claro, un pensionista eso no lo entiende. Creo que Podemos de momento no va a encajar. Así que me voy a dedicar a la poesía pura.

¿Sigue sintiéndose comunista?

No, que va. Hubo una economía de medios de barricada, un momento terrible en el que había que estar, un tiempo de emergencia. Dejé el PCE cuando, al volver, vi lo que pasaba en la Transición. Vi que el Partido Comunista iba a ser un partido de tantos. Y hasta hoy, que han sido tan gilipollas que se han dejado mangonear por Podemos. Habrán pensado que igual ganaban algo así, pero lo han hecho mal. Hay que ver qué pasa con el PSOE y el PP, es imposible que gente decente acepte la manipulación que hay dentro.

 

 

 

 

Autor >

Miguel Ángel del Arco

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