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GASTROLOGÍA

Cocinar para Corto Maltés o Hugo Pratt

Homenaje a Hugo, a Corto, a Proactiva, a Ascensión Mendieta, a Emilio Silva, a la ficción y la memoria de ese tiempo… Reivindico la épica y la estética a pesar de lo atroz, evitable e inútil de la Guerra Civil

Ramón J. Soria 30/06/2017

<p>Corto Maltés.</p>

Corto Maltés.

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Hemos preparado gazpacho bien frío y luego un bacalao desalado aliñado con berenjenas y pimientos asados. De postre sandía muy dulce y casi helada. Para beber un tinto con casera para que pueda hablar mal la poscensura gastró. Ahora la casa está en penumbra y el sábado admite una siesta. Pero yo nunca me duermo. Cojo uno de los libros de Hugo Pratt que hace mucho tiempo que no abro y han sobrevivido a todas mis mudanzas. Está de moda Stefan Zweig y algunos añoran hasta el Imperio Austrohúngaro. Pero mi “santo” preferido es Hugo Pratt o Corto Maltés, siempre confundí sus vidas. A Hugo sólo le faltaba haber tenido algún antepasado austrohúngaro para ser el perfecto europeo. Nació italiano pero tenía antepasados franceses y sefardíes de Toledo. Vivió en Etiopía, Argentina, Inglaterra… Corto, su personaje más famoso, nació en Malta, de madre gitana sevillana y padre marinero de Cornualles, Inglaterra. Tras sus ojos están las callejuelas de Córdoba en las que anduvo de niño, las llanuras de China y de la Patagonia, el sol demoniaco de Etiopía, la dulce brisa en una playa de La Antigua, de Samarkanda, Venecia, Estambul, Dublín, Hong-Kong, Mû… Sus amigos son Teilhard de Chardin, Pandora, el bueno de Jack London, el inquieto Butch Cassidy, Rasputín, Soledad Lokaarth, el silencioso Herman Hesse o el mismísimo Stalin, a quien conoció cuando no era nadie, en 1907.  Su vida es una forma de aventura que hoy casi está extinguida. En 1936 Corto Maltés se alista en las Brigadas Internacionales para luchar por la República en la Guerra Civil española, y allí desaparece. ¿dónde la ficción y dónde la realidad? ¿Dónde Europa y dónde Pos-Europa? A veces me sobresalto porque me parece ver a Corto Maltés en el barco de Proactiva Open Arms salvando a personas. Escucho a Oscar Camps y su rabia, sus denuncias suenan como la voz que tenía para mi Corto. Hace dos años  se editó Bajo el sol de medianoche, ambientado en el Gran Norte canadiense. Corre el año 1915. Sus autores son dos españoles, Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero. El libro es estupendo, en él Hugo sigue muy vivo. Pero yo sigo echando de menos que Hugo Pratt no hubiera tenido tiempo para contarnos el final de Corto. Su muerte. Advierto que lo que viene ahora es ficción pero no me disculpo. Es mi pequeño homenaje a Hugo, a Corto, a Proactiva, a Ascensión Mendieta, a Emilio Silva, a la ficción y la memoria de ese tiempo… Reivindico la épica y la estética a pesar de lo atroz, evitable e inútil de la Guerra Civil:

 

“(…) Uno de ellos que iba por libre y había hecho buenas migas con la gente de Mera se llamaba Hugo Corto, ¿os acordáis? A todo el mundo le hacía gracia su apellido porque era el más alto de los milicianos que iban con él. Vino varias noches a leer sus historias junto a Barea.

—Sí, lo recuerdo muy bien —responde Teodoro—. Eran historias extrañas que hablaban de brebajes estupefacientes, islas tropicales, puertas mágicas que permitían viajar al pasado o al futuro. A Arturo le entusiasmaban las historias de Corto y su estampa de marino larguirucho, algo perdido de estar tierra adentro, con su gorrita de marinero y su pendiente de veterano navegante a vela por el Cabo de las Tormentas como nos contó una noche mientras nos llenaba a todos los ojos de salitre, de miedo y tempestad.

—La última vez que le vimos Iker y yo fue en el Ebro, subido en las peñas de Cavalls, aguantando los bombardeos mientras nos retirábamos de la posición de Juanín Dalmau después de que hubiera sido destruida. Nos contaron unos chavales de la quinta del biberón que Hugo Corto se había quedado defendiendo la retirada de los suyos con un Lee Enfield, treinta cartuchos y seis Lafittes. Sonreía siempre, no estaba herido. Era joven, hubiera podido salvarse y seguir su vida en cualquier otro sitio. Era un tío listo, con recursos, con mucho mundo a sus espaldas, pero se quedó allí hasta que sus compañeros salvaron un estrecho sendero desguarnecido y batido por los tiradores rebeldes. No les dejó asomar las narices. Tenía una puntería prodigiosa, según el miliciano que nos lo contó nunca le habían visto fallar un tiro. Después de la guerra sé que Iker Elorza siempre buscó el nombre de Hugo Corto en los libros, en las listas y documentos que atesoraban las asociaciones de brigadistas y los historiadores amigos. No encontró nada, ni una mención, ni entre los vivos ni entre los muertos. —Buen tipo el Corto, uno de los nuestros— pensaba Iker — pero, ¿por qué se quedó en aquel erial cuando ya estaba perdida la batalla del Ebro y la guerra cuando hubiera podido salir de allí con un poco de suerte? Sonreía y nos dijo, ¡os cubro! Ninguno de los chavales que salieron corriendo a su orden dijo nada, ni una despedida, ni una palabra, no había nada que decir, pero en los ojos de aquellos soldados de diecisiete años, de esos chiquillos que se escabullían entre las peñas quedó grabada a fuego y para siempre la sonrisa de Corto, sus ojos pequeños, su gorrilla calada, su pendiente de pirata. Sabían que gracias a él nadie cayó muerto o herido en aquel pasillo pelado de más de cincuenta metros que pasaron corriendo uno tras otro. Oían los tiros regulares de Hugo y sabían que cada estampido era un enemigo muerto y uno de ellos vivo. Todos contarían años después a sus hijos y a sus nietos la gesta de aquel hombre extraño, un marinero de Malta que les salvó el pellejo, la vida, el futuro.

Hace pocos años, cuando Iker ya había desaparecido, Evaristo pudo saber por fin qué había sido de Hugo. Él siempre había creído ciertas historias escuchadas en una tabernucha de Londres en la que solían reunirse antiguos brigadistas ingleses. En una le contaron que un tal Corto vivía muy bien en un palacete de La Habana vieja alquilando su barco y sus servicios a turistas americanos para pescar marlines y organizar parrandas con putas adolescentes; en otra un brigadista que ahora trabajaba de cocinero en un carguero llamado Winip que hacía la ruta a Calcuta se jactaba de haber compartido dos botellas de ginebra y una tortilla de patatas con un español que regentaba un restaurante en Fort Dauphin y que había peleado como él en Brunete, en Guadalajara y en el Ebro. Llevaba siempre una vieja gorra de marinero y un aro de oro en la oreja izquierda. Pero Evaristo siempre dudó de aquellas fábulas. El Corto que conocieron en el Madrid sitiado no tenía tragaderas para acabar de chulo trabajando para yanquis borrachos de rosáceas carnes achicharradas por el trópico, ni de empresario de la restauración de la tortilla de patatas.

Pocos meses antes recibió la visita de uno de los nietos de esos hombres que pudieron escapar de aquella vaguada tras la Cota 632. Pertenecía a una asociación para la “Recuperación de la Memoria Histórica” y estaba entrevistando a los soldados supervivientes de aquella última masacre de la sexta contraofensiva. Al terminar la entrevista, Evaristo se acordó de Corto y le preguntó al joven historiador si sabía algo de un tal Hugo Corto. El chaval lo miró asombrado, como si la pregunta la hubiera hecho un espectro, un fantasma que le producía a la vez temor y respeto.

—¿Conoció usted a Corto? Por favor, hábleme de él.

Evaristo le contó en detalle aquel primer encuentro en Madrid con el Brigadista, el respeto que le tenía Mera, las hipnotizantes historias que escuchaban de sus labios en Transradio, el extraño acento de su voz, su temeridad suicida y su valor, los rumores que le situaban en La Habana o en Madagascar. El joven historiador apagó la grabadora y lo miró a los ojos como sólo se mira a aquellos con los que se va a compartir un secreto asombroso.

No hay ninguna referencia sobre ese miliciano. Ha pasado por la historia como una sombra, no he leído ni escuchado a nadie que le hubiera conocido salvo tres personas y ahora usted. Yo pensaba que era un mito aunque mi abuelo y otros dos compañeros suyos que también estuvieron con él en la sierra de Cavalls resistiendo en la última y decisiva ofensiva fascista me contaron la misma historia heroica de un extraño brigadista que les cubrió las espaldas. Pero hace unos años murió mi abuelo. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica comenzaba a sonar con fuerza en los medios de comunicación. Se empezaban a abrir las fosas infames de los paseados de la Guerra Civil, a enterrarlos con nombre y a honrar la memoria de aquellos españoles con orgullo y sin miedo, por fin. Así que mi abuelo, ya sin el terror que le había atenazado toda su vida, antes de morir, me hizo un plano, me pidió que buscara el cuerpo de aquel olvidado y me dio indicaciones bastante precisas del lugar en el que debían hallarse los restos.

—Cuando lo encuentres entiérralo allí mismo, es lo justo, porque allí decidió morir, pero quiero que le lleves esto. No lo abras, es una cuenta pendiente entre nosotros, los quince soldaditos de la quinta del biberón que le debemos la vida.

Y el historiador miraba a Evaristo como si necesitara su expectación.

—Mi abuelo me entregó un paquete bien embalado que debía contener algo bastante sólido de uno o dos kilos de peso. Conozco la zona bastante bien y esta primavera con la ayuda de su croquis y un mapa en el que tenemos apuntados con precisión las cotas y los frentes busqué el lugar. Encontré con relativa facilidad la referencia de la trinchera desde la que batían los rebeldes el paso y pude deducir cuál debía haber sido el sendero pelado por el que tuvieron que correr lo soldados, pero tardé varias horas en encontrar el pequeño parapeto de piedra que ocupaban ellos porque un espino bastante frondoso y pegado a la tierra ocultaba ahora la zona. Faltaban apenas una hora para anochecer y comenzaba a levantarse un viento fresco desde el Ebro. Aparté con un palo las ramas del espino y descubrí entonces los restos de aquel hombre. Me parecía increíble que aún conservase la posición de tumbado con las piernas abiertas, un herrumbroso rifle inglés entre las manos apuntando todavía en dirección a la fortificación enemiga y una gorra de lona oscura sobre la calavera. Deduje que por allí no logró pasar ni un enemigo. Seguramente al final le habrían matado a tiros desde las cotas más altas que había a su derecha, pero nadie tocó el cuerpo, ni lo encontraron después. Era verdad la fábula heroica del brigadista. Allí estaba, igual que el día que lo dejó mi abuelo antes de salir corriendo, me parecía increíble. Excavé con la pala desmontable un agujero al pie del espino y metí con respeto sus huesos, su gorrita de marinero y el paquete que me había entregado mi abuelo. Recogí el rifle y apunté con cuidado en el mapa el lugar del enterramiento. Un experto en armas de nuestra asociación restauró el Lee-Enfield y ahora está en un museo en Gandesa.

—¿Y abriste el paquete?  —le preguntó Evaristo.

—Sí, tenía curiosidad, me intrigaba. Lo abrí allí mismo antes de enterrar a Hugo Corto. —Demonios, ¿y qué contenía?

—Cómics.

Pensó que le tomaba el pelo.

—No me lo puedo creer… ¿Cómics, quieres decir que dejaste unos tebeos?  

—Sí, tebeos, una colección de tebeos muy leída entre la gente de nuestra generación que cuenta las aventuras de un personaje llamado Corto Maltés cuyo autor, Hugo Pratt, le hace desaparecer en la Guerra Civil española y junto a los libros una fotografía y una hoja de papel firmada por los quince hombres que lograron sobrevivir al final de la guerra y a la locura de la posguerra. Pudieron seguir viviendo, tener hijos, esperanza, y morir en paz sin olvidar jamás a aquel extraño jovenzuelo que les sonreía mientras ellos se alejaban corriendo de la muerte. Luego supe que años antes los hombres que le acompañaron en aquel parapeto de Cavalls volvieron a reunirse en un bar de Madrid, ya viejos, tomados por forasteros o turistas jubilados porque en su voz sonaban acentos extraños, porque tenían pasaportes argentino, inglés, francés, brasileño… Se hicieron todos juntos una foto, y brindaron con cerveza fría gritando un nombre ante la mirada indiferente de los otros escasos parroquianos. ¡A la memoria de Hugo Corto!

—Un tipo listo el Corto —dice Teodoro—. Hablaba bien el portugués, el francés, el inglés y contaba esas historias espeluznantes de aparecidos, de elixires que te transportaban a otro tiempo, de barcos fantasma. Había leído a Anselmo Lorenzo y era capaz de citarlo de memoria, a Iker le tenía hipnotizado. En Madrid, después de hablar por la radio, nos íbamos al bar de enfrente, ese bar que me dices, a tomar un orujo y discutir si después de la guerra sería aún posible luchar por una sociedad en pacífica anarquía.  El joven historiador  —prosigue Evaristo— no quiso hablar más del Corto y encendió otra vez la grabadora para seguir la entrevista. (…)


Hoy aún sigue el ruido entre el cómic de Arturo Pérez-Reverte La guerra civil contada a los jóvenes (Alfaguara) y ¿Qué fue la Guerra Civil? Nuestra historia explicada a los jóvenes (Akal), de Silvia Casado Arenas y Carlos Fernández Liria, escrito con menos equidistancias. Yo hoy, que tengo aún ojos de niño asombrado, me quedo con Hugo Pratt, que además le gustaba el gazpacho y el bacalao aliñado. Por azar, una amiga que está haciendo una película, me dijo que tal vez la iba a titular Ríete siempre. Es un verso escrito por Miguel Hernández en 1939. Recuperé la seguidilla completa: “Desperté de ser niño./ Nunca despiertes. / Triste llevo la boca. / Ríete siempre”. Y pensé: como Hugo Pratt, como Corto Maltés, como cuando somos niños, como todos los que hacen de la risa y la libertad una bandera.

Autor >

Ramón J. Soria

Sociólogo y antropólogo experto en alimentación; sobre todo, curioso, nómada y escritor de novelas. Busquen “los dientes del corazón” y muerdan.

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