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EL IDIOMA Y SUS VARIANTES

Pequeños matices

Españoles y argentinos hablamos la misma lengua, o eso dice la cantinela de “el idioma de Cervantes y Borges” y bla, bla, bla… Pero, ¿qué supone para un argentino enfrentarse a los “modos idiomáticos” de cierta clase de español? Veamos

Santiago Gerchunoff 29/07/2017

<p>Biblioteca de una universidad. </p>

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NOTA INTRODUCTORIA

Las páginas que siguen provienen de unas breves crónicas que escribí, durante tres o cuatro semanas perdidas en medio del año que trabajé en la librería del servicio de publicaciones de una universidad, en Madrid. Fue entre 2006 y 2007, justo antes de que naciera nuestra primera hija. Fue un momento limbo; tengo buenos recuerdos, estaba escribiendo mi tesina de máster y algunos trabajos para los cursos de doctorado. No había redes sociales; sí había blogs con largos comentarios y esas cosas. Gobernaba Zapatero y el líder de la oposición era Rajoy. No existía ni remotamente Podemos, no había ni remotamente aún conciencia de “crisis”. “Populismo” era una palabra encerrada aún en la academia. “Neoliberalismo” se usaba muchísimo pero “antiglobalización” ya no tanto. No tuve ninguna intención de registrar la época y creo que, en rigor, no lo hice; pero sí que hay de fondo algunas imágenes o climas muy propios de entonces. Si, pese a mi pereza habitual para escribir y la necesidad de aprovechar cada momento libre para escribir “filosofía” por imperativo académico, continué más allá del primer capítulo fue porque, a través de mi mamá, hacía llegar por email a mi abuela estas crónicas, y ella, desde Buenos Aires, las disfrutaba como loca. Comparto con ella, y quizás con muchos judíos rusos cosmopolitas, una fascinación irresistible por los personajes patéticos. Una fascinación que se puede despachar como mero síndrome de supuesta superioridad cultural (la interpretación sórdida), o como una forma retorcida pero muy civilizada de afecto. Esa fascinación, en efecto, aunque incluye la sorna, no está exenta de cariño, aprendizaje y hasta admiración. Algo así creo que lograba sentir mi abuela por Rober cuando leía estas crónicas y se reía sola y conmigo, aunque yo no estuviera.

I. PRECEDENTES

En un paraíso se está convirtiendo mi trabajito. El lunes mi jefe me dice: “Sin que sirva de precedente, te comento que, como en esta época no viene casi nadie, por la tarde no hace falta que estemos los dos... Nos podemos turnar”. ¡Espectacular! Tengo todas las tardes libres para estudiar y escribir: las que puedo no venir, obviamente; pero también las otras en las que él no viene: paz absoluta.

Intentaré, en unas crónicas diarias, reflejar algo de lo que es Rober, mi jefe (algo de lo que es la España con la que me tocó encontrarme).

II. MARICONADAS

Hoy Rober, mi jefe, me pide que me quede solo otra vez a la tarde: tiene la misa por el primer aniversario de la muerte de su padre. Yo le digo que no hay ningún problema y trato de poner un tono solemne diciéndole que siento lo de su padre... Pero él me comenta: “Esto del velatorio es una mariconada. En realidad nadie quiere ir y a todos nos complica”…

A mitad de mañana enciende una vela para recordar a su padre y me dice que eso es lo que cuenta: “Yo enciendo la velita y rezo un padrenuestro y me acuerdo de mi padre... Esa mariconada del velatorio, ¿qué me importa? Es como la mili. Yo terminé la mili un 24 de noviembre y con los compañeros nos pegamos un banquete y una fiesta que no veas... Entonces, cada 24 de noviembre, Conce [su mujer] me trae una botella de cava y yo me la tomo, aunque esté solo, y me acuerdo de ese día y de todos los que estábamos ahí (y mira que a la mayoría no los he vuelto a ver en treinta años)”.

III. TABERNARIO

Como cada mañana, escuchamos la radio por internet minutos antes de abrir la librería. El que elige la emisora, obviamente, es Rober. Le gustan la Cope (la radio de la Conferencia Episcopal) y Onda Cero, esas tertulias de la mañana en las que casi todos los tertulianos comparten convicciones básicas como que Zapatero es esencialmente malvado y es la punta de lanza de un proyecto articulado para destruir España. Este proyecto tiene como hitos los atentados del 11-M y las manifestaciones manipuladas de los días siguientes contra las sedes del PP, las leyes que permiten las bodas homosexuales, la presentación del plan Ibarretxe en el Congreso, el estatuto catalán y por supuesto el proceso de negociación con ETA. Rober no es tan moderado como estos opinólogos, él sabe (“intuición de perro viejo”, dice) que los atentados del 11-M, no es que fueran aprovechados electoralmente por el PSOE, sino que fueron pertrechados y realizados por el propio PSOE (“El señor Felipe González Márquez es capaz de eso y de mucho más”, dice).

En fin, hoy escuchábamos la tertulia de Carlos Herrera en Onda Cero, a las nueve de la mañana, y estaban hablando (muy mal) de Evo Morales y de Chávez, y tenía la palabra (afilada palabra) nuestro compatriota Carlos Rodríguez Braun. Contaba indignado que había un profesor español (afín al PSOE) de derecho constitucional en Valencia que era colaborador estrecho de Chávez y sus maléficos secuaces. Decía Mr. Braun: “¿Cómo es posible que un profesor universitario de nuestro país se junte con este tipo de personajes mentirosos, oscuros, de aire tabernario?”... Entonces, Rober, que seguía la intervención con atención dijo: “Y eso ¿por qué?... no lo entiendo. Ves, eso no me gusta, es una mariconada... ¿Qué tienen de malo las tabernas; si están de puta madre?”.

Oír hablar a Rober tiene momentos mágicos. Una magia que tiene que ver sobre todo con la repetición de muletillas o coletillas idiomáticas hasta el hartazgo, y con una extraña variedad de usos

IV. TRANQUILIDAD Y BUENOS ALIMENTOS

Todo el esfuerzo puesto en estos textos sobre Rober está dirigido a poder plasmar unas cuantas frases, que, como extraños lugares comunes, visitan una y otra vez su discurso. Es decir, las tres o cuatro historias o anécdotas aquí narradas no son más que una excusa en el siempre renovado (y utópico) proyecto de plasmar la lengua viva en escritura. No sé cuán interesante puede ser la vida de Rober; para la mayoría (quizás para mí también, a veces), puede sonar patética. Pero oírlo hablar tiene momentos mágicos. Una magia que tiene que ver sobre todo con la repetición de muletillas o coletillas idiomáticas hasta el hartazgo, y con una extraña variedad de usos. No puedo conformarme con una mera transcripción en un listado de esos tópicos Robericos básicos (que son cuatro o cinco). Fuera de contexto, no llamarían la atención ni harían gracia. Porque lo maravilloso que tienen está en su uso, en su repetida y extraña aparición en las largas parrafadas de Rober (en la dimensión pragmática del lenguaje, diría un pedante). Entiéndase entonces todo lo que se cuente como el decorado de fondo para la aparición de los lugares comunes de Rober, verdaderos protagonistas de estas crónicas.

Hecha esta aclaración, retomemos la crónica.

Hoy Rober está muy nervioso y contento; han sucedido en la misma mañana dos cosas importantes. Por fin ha salido publicado en el BOE (Boletín Oficial del Estado) su nombramiento como administrativo, condición obtenida hace ya tres meses frente a un tribunal de oposición pública, después de casi treinta años de ser sólo auxiliar-administrativo, pues nunca antes había aprobado el primer examen de la oposición (eliminatorio), a pesar de haberlo intentado en más de cinco ocasiones. “Hijos de puta, estos progres del gobierno, como todos los demócratasdetodalavida, al final siempre te la meten doblada”. “Sí, te la meten doblada. Hablan de solidaridad de los trabajadores y después siempre ellos te la meten doblada.” Rober está indignado por la tardanza de más de tres meses en salir publicado el nombramiento, nombramiento sin el cual su contrato laboral no cambia (de auxiliar-administrativo a administrativo) y por tanto su sueldo tampoco. “Es que estoy perdiendo dinero, son noventa euritos al mes, que no es mucho, pero para invitarte a un corderito sí que daría”. Por lo visto, Rober atribuye al gobierno todas las decisiones administrativas. Es decir, él parece creer que son el propio Zapatero o el ministro Rubalcaba quienes están detrás de la tardanza (por lo demás, harto habitual) en la publicación del nombramiento. Es decir, su odio a los socialistas es tan expansivo e imaginativo (como el de los peronistas o los gorilas en Argentina), que se ha convertido en un maestro de ver el tinte progre, de demócratadetodalavida, en casi cualquier manifestación de la vida cotidiana en la España de Zapatero. 

Bueno, decía que hoy por fin ha salido publicado en el BOE su nombramiento, lo cual lo tiene agitado (téngase en cuenta que todas las mañanas desde hace tres meses, desde el día siguiente a haber superado el examen, Rober mira en internet el BOE del día y, ante la desilusión, suelta su insultos a los cabrones de los sociatas). Pero no sólo eso, hoy también se ha confirmado la venta de la casa de sus padres, venta de la cual él había sido encargado tras la muerte de su padre por el resto de sus siete hermanos. La familia de Rober vino a la Península desde Ceuta hace ya cuarenta años. Tanto su padre como su abuelo habían desarrollado labores de intendencia en el ejército español. Concretamente, eran los panaderos del destacamento del ejército en esas tierras hispanoafricanas. De modo que, para Rober, la infancia y la adolescencia son Marruecos, la casa de su abuela, la playa, los mercados, etc. No creo que Rober pudiera escribir un libro como los que escribieron los Durrell sobre su vida en Grecia, pero los ojos le brillan tan soñadoramente cuando habla de esa época y de esos lugares que a uno le dan ganas de saber más.

Decía entonces que por fin Rober vendió la casa de los viejos. Y el mismo día en que salió su nombramiento. No para de ir de un lado para otro; está corrigiendo y redactando el contrato de compraventa que tiene que firmar esta tarde, y también la carta al jefe de sección de la universidad comunicándole su nombramiento. Me pide que lo ayude con la redacción, habla por teléfono con su mujer, con su hermana, con un amigo de su hijo que es abogado (“fue abogado de Jesús Gil, y por eso es muy bueno con los contratos de compraventa”, me cuenta). Es increíblemente desordenado y atolondrado con los papeles, imprime una sensación de nervios constantes pero alegres, y él se da cuenta y lo explicita y no para de hablar. Inicia una tarea y la interrumpe con otra y se queda en blanco y no recuerda qué es lo que estaba haciendo. Es entonces cuando se dice a sí mismo, pero en voz alta y clara: “Tranquilidad y buenos alimentos, Roberito, está usted un poco atacado”. Se centra otra vez, sigue tecleando en la computadora, me dice algo y vuelve a descentrarse. Entonces, lanza otra versión: “A ver, Rober, a ver, pare usted un poco... ante todo, tranquilidad y buenos alimentos”. Y después una y otra vez, durante las sigueintes horas, en infinitas variaciones. “Rober, para ya. Respira un poquito. A ver: uff, uff. Eso es, tranquilidad y buenos alimentos”.

Le he preguntado a Rober de dónde sacó eso de "tranquilidad y buenos alimentos". Me dice que no sabe, que lo ha oído por ahí. Le pregunto qué quiere decir con eso, me mira y sonríe incrédulo: “Santiago, ¿qué va a querer decir? Eso, siempre, en cualquier situación, es lo primero: antes de liarse con nada, tener paz y buena comida. Si tenemos eso, ¿por qué nos vamos a poner nerviosos? Tranquilidad y buenos alimentos, Santiago”.

V. VIRGENCITA, VIRGENCITA...

La librería tiene un gran ventanal que da justo a la entrada de la cafetería de la facultad. Por eso, desde nuestro puesto de trabajo, estamos en posición privilegiada para ver quién entra y quién sale de la cafetería. Además, desde que rige la ley antitabaco, los fumadores se juntan en la puerta de la cafetería, justo enfrente de nuestras miradas. Se puede vigilar bien el ir y venir de profesores y trabajadores de la universidad en general cuando van a desayunar o a tomar un café o simplemente a fumar. No es que Rober esté mirando fijo hacia afuera todo el tiempo; de hecho, la mayor parte del tiempo está leyendo los diarios en internet. ¡Gratis, picha! Desde que tenemos internet aquí no he vuelto a comprar un periódico, je, je.” Y puede pasarse cuatro o cinco horas seguidas mirando la pantalla, porque recorre todo el espectro político, primero los diarios de derecha, para informarse seriamente, pero luego siempre dice: “A ver qué dicen hoy tus amigos los sociatas”, y lee un rato elplural.com y se ríe de las barbaridades que a su juicio publican los periodistas afines al régimen zapaterista. Todas las mañanas, en un momento dado, dice también: “A ver qué dicen los chicos de ETA”, y abre Gara.net, el periódico de la izquierda abertzale, el más cercano a ETA: hay que estar bien informado. “Por lo menos estos dicen lo que piensan de verdad, no como los demócratasdetodalavida del PSOE, que nunca sabes lo que piensan.” Bueno, pero esta no es la cuestión; la cuestión es que mientras mira la pantalla de la computadora, tiene una especie de tercer ojo siempre atento con el que mira afuera y ve quién entra y quién sale de la cafetería, quién pasa de un lado para el otro, quién se apoya en nuestro cristal a fumar y charlar. Y nombra siempre lo que ve por ese tercer ojo: “Ahí va Alvarito, qué gordo está el cabrón”, “Mira, ahí va María Emilia, la jefa de limpiadoras, la conozco desde que entramos aquí, hace treinta años. Su hija es compañera de clase del maricón de mi hijo”, “Uy, uy, uy, cómo fuma el Carlos, está fatal; lo operaron del hígado hace un año”. Miles de comentarios como éstos, dichos en un tono neutro, casi automático, pueblan las mañanas. Al principio creo que es simplemente una costumbre inconsciente, para llenar el silencio, con un leve orgullo por reconocer a casi todos los que ve, como esa gente que gusta de nombrar a los actores que va viendo aparecer en las películas: “Mira, qué viejo está Paul Newman.”, pero un día me doy cuenta de que esta costumbre un poco como de portero es en realidad, para Rober, un importante reflejo de supervivencia, como la del agente secreto que duerme siempre con un ojo abierto y la pistola debajo de la almohada. Lo sé cuando veo que el tono con el que va nombrando a la gente que desfila frente a nuestro cristal cambia totalmente cuando se trata de “altos cargos”. Entonces se excita y lo oigo decir con uno tono como de sigilo y agitación al mismo tiempo, como temiendo que alguien lo escuche: “Joder, joder, joder. Mira, mira, qué peligro, ¡qué peligro! A ver, a ver quién está. María Roberes, la secretaria del rector. ¡Y el José Emilio, el vicegerente de medios impresos! ¡Qué peligro, qué peligro! Hostia, y el López Asensi, ¡el jefe de negociado de reprografía!”. U otro día: “Mira, mira qué peligro. La Aguirre Cabañas, esa es catedrática de filología, y muy amiga del rector. Y se está fumando un cigarro con Gonzalo, el secretario del vicedecano de políticas. Cuánta mentepensante junta; qué peligro, qué peligro...”

Y siempre, pero siempre, después de señalar la presencia de varias mentespensantes juntas –así llama Rober a todos los que están por encima de él en la escala de poder–, expresa la esencia de su temor de la misma forma: mientras sigue vigilando a las mentespensantes a través del cristal, (preguntándose qué estarán tramando), junta las manos en forma de rezo y vocifera tembloroso: “Qué peligro, qué peligro...virgencita, virgencita, que me quede como estoy, que me quede como estoy”.

VI. PEQUEÑOS MATICES, I

Enfrento por fin el capítulo más importante quizás de estas crónicas. “Importante” es una palabra exagerada; no tiene ninguna importancia lo que voy a escribir. Pero dado que me propuse plasmar los usos más visitados del habla de Rober, resulta que el momento de expresar el más recurrido, el más repetido de todos sus tópicos es un momento importante. Y difícil. Tanto que, al revés que otras veces, empezaré presentando la frase en cuestión: “Pequeños matices”. No pasa casi ningún día sin que Rober diga, casi siempre para cerrar alguna anécdota: “Son pequeños matices, ¿sabes?” O simplemente, que es la forma que a mí me gusta: “Pequeño matices”. Sí, ésta no es una frase original de Rober, pero no creo en realidad que ninguna lo sea; lo genial es el uso que da Rober a estas frases probablemente comunes. Pido perdón por tanta teoría pedorra, pero enfrentar la mera narración dándole contexto a “pequeños matices” me da un poco de miedo, miedo a que no se perciba del todo el carácter fundamental del uso y re-uso de esta expresión en la personalidad de Rober. Para que se entienda, muchas de las frases que se vienen volcando hasta ahora en estas crónicas han sido escuchadas cuatro o cinco veces en total, antes de hacerse dignas para mí de ser narradas. Pero “pequeños matices” es algo que Rober dice todos los días; en ocasiones cinco veces en un solo día, y cada vez casi, lo juro, con un significado distinto. Los días en que Rober no dice ni una vez “pequeños matices” son días raros, sospechosos, en los que hay que salir con paraguas y andar bien atento. Como no me creo capacitado para dar cuenta de la pluralidad de usos de “pequeños matices” con mera cháchara teorizadora, emprendo ahora la narración. Por lo dicho de la repetición y relevancia de este tópico es esperable que le dedique más de una crónica. Veremos, mi pereza dictará. Empecemos con un ejemplo extraño que (espero) permitirá vislumbrar la amplitud del uso de “pequeños matices”.

Los días en que Rober no dice ni una vez “pequeños matices” son días raros, sospechosos, en los que hay que salir con paraguas y andar bien atento

Discutimos sobre la ley de la Memoria histórica en España. Para Rober no hay que remover el pasado, ya se hizo la transición y la gente lo que quiere es “libertad, libertad sin ira, libertad”. Además, dice, son todas maniobras del PSOE para distraer la atención del desastre que es su gobierno hablando de cosas que pasaron hace más de setenta años. Le doy la razón en parte y se lo digo. Pero él plantea las cosas con la típica idea de que hubo “dos bandos” y en los dos se cometieron atrocidades y esos dos bandos acordaron en el 78 olvidar sus barbaridades y seguir adelante sin remover la mierda de las atrocidades pasadas. Lo que le discuto es que los dos bandos hayan sido iguales en sus atrocidades, que la cosa sea simétrica, y le recuerdo que, por ejemplo, algo que diferencia sin lugar a dudas a los “dos bandos” es que los republicanos llegaron democráticamente al poder y los nacionales mediante un golpe de Estado y una guerra civil. Y que además unos aniquilaron, fusilaron, exiliaron y desaparecieron a cientos de miles de personas. ¿Qué problema hay en que se haga ahora un reconocimiento público, por parte del Estado, de ese pasado? “Ah, claro, me dice sonriendo, cierto que se trata de demócratasdetodalavida”. Y me cuenta: “Mira, picha, mi abuelo regenteaba una cafetería en el Rif, desde los años veintipico y también durante la época de la República. Sus clientes eran los soldados y legionarios republicanos, los demócratasdetodalavida de aquella época. Como eso era el desierto y había muy pocos medios y casi siempre estaban aislados, el bar podía ofrecer muy pocas variantes de comida; y muchas veces, nada. ¿Sábes lo que hacían aquellos demócratasdetodalavida? Traían unas orejas y narices y se las daban a mi abuelo para que las friera un poquito para picar con la cervecita a la que los invitaba”. Lo miro confundido, no entiendo lo que me está contando, pero intuyo algo siniestro. “¿Orejas, narices?”, pregunto, visualizando esa apestosa comida típica española que es la oreja de cerdo a la plancha. “Sí, picha, las orejas y narices de los paisas [marroquíes] que se traían de recuerdo los soldaditos republicanos de sus paseos por el desierto. Ja, ja”. No sé qué contestar, me lo quedo mirando estupefacto, esperando que diga algo más. Y, cómo no, lo dice sonriendo como siempre: “Pequeños matices. No te quedes así, Santiago, son pequeños matices”.

VII. PEQUEÑOS MATICES, II 

Hace unos días hubo un programa “innovador” en televisión llamado algo así como Señor Zapatero, tengo una pregunta para usted. La propuesta consistía en que un grupo de cien ciudadanos que se supone representan a las distintas capas y estratos de la sociedad española tenían derecho a hacerle una pregunta en directo al presidente. No estuvo mal, pero hubo muy pocas preguntas sorprendentes, que pudieran ponerlo en un aprieto. La única fue un detalle ridículo, pero que sirvió de comentario durante los días siguientes, sobre todo en la prensa de la derecha, cuyos decires, Rober mediante, estoy condenado a conocer. Un señor le preguntó si sabía cuánto valía un café. Zapatero lo pensó un poco, se lo vio dubitativo, y finalmente respondió que ochenta céntimos de euro. El café vale de promedio 1’20, y ese error fue interpretado como que “el presidente vive en una burbuja”. Días después, ante el éxito de ese programa (fue audiencia récord), se realizó la misma propuesta pero esta vez con el jefe de la oposición como protagonista: Señor Rajoy, tengo una pregunta para usted. Con la experiencia encima del otro programa, la cosa fue aún más previsible y aburrida, salvo por la pregunta sorprendente (el análogo al “café de Zapatero”), que esta vez fue mucho más descolocadora y generó en los días posteriores un debate mucho más serio. Una señora mayor, con signos de estar bastante perjudicada física y mentalmente, a la que le costaba hablar, le dijo: “Señor Rajoy, yo soy pensionista; mi pensión es de trescientos euros al mes. ¿Le importaría decirme cuánto gana usted?”. Rajoy se puso blanco, dudó y no respondió a la pregunta, sino que dijo: “Desde luego yo gano bastante más que esos trescientos euros que gana usted; pero lo que le puedo asegurar es que, como todo el mundo sabe, yo no me he metido en política por dinero”. Esto generó muchas críticas de parte del PSOE y medios afines, y muchos diputados y cuadros socialistas empezaron a revelar sus sueldos para dejar en evidencia a Rajoy como alguien que tiene cosas para ocultar. Sobre todo, se habló de cuánto gana Zapatero y cuánto se supone que gana Rajoy. Rober estaba, obviamente, enojadísimo con esta reacción rastrera y demagógica de los socialistas y sus sicarios. Entonces dijo: “¿Por qué se habla tanto de lo que gana Rajoy, y dale con lo que gana Rajoy, y nadie pregunta por lo que gana el señor Felipe González Márquez, que está ahí tan tranquilo con sus bonsáis (sic)? ¿Eh, por qué nadie habla de eso?”. Me lo quedo mirando sin saber qué responder. “¿Lo ves, no? Son matices,  pequeños matices.”

VIII. PEQUEÑOS MATICES III (EL USO CANÓNICO)

Esta crónica no es divertida. Tampoco interesante. Es una crónica meramente aclaratoria. Para que se sepa más o menos cuál es el uso más “normal” que se puede encontrar de la expresión más repetida por Rober. Yo creo que este es el uso original, el que él pretendería aplicar siempre, porque como ama tanto esa expresión no le importa que la situación no la requiera. Es como ese personaje de Kusturica en Underground, que cada vez que la cámara lo enfoca exclama “¡catástrofa!”, sin importarle si se trata de una situación catastrófica o qué (pero la gracia no es el mero absurdo sino la particular combinación de esa expresión con cada situación en la que se dice).  Pero vamos a lo nuestro: el uso original, el “primer analogado”.

Están entrevistando a Ruiz Gallardón (alcalde de Madrid del PP) en la radio. Carlos Herrera (muy cercano a las posiciones del alcalde), después de hacerle una entrevista muy benévola, le hace una pregunta “malvada” (para mostrar que es un periodista “plural”): “Señor Gallardón ¿qué será lo próximo, parar el tráfico de la Gran Vía durante cinco años para llevar el metro hasta Sevilla?”, haciendo referencia a las obras con las que el alcalde ha mantenido medio parada la calle de circunvalación M30 (y Madrid con el tráfico colapsado) durante años. “Qué cabrón”, dice Rober, que aunque no lo confiesa explícitamente, adora a Gallardón y sus obras. Entonces, Gallardón, con su habitual rapidez retórica le contesta: “No, señor Herrera, pero permítame decirle que ya les gustaría en Sevilla tener el metro que tenemos en Madrid. Le recuerdo que en doce años de gobierno del PP en Madrid se han hecho doscientos kilómetros de metro. Doscientos kilómetros en doce años. ¿Sabe cuántos se hicieron en los anteriores doce años, en los que gobernó el Partido Socialista? Catorce kilómetros en doce años...”. Estalla la sonrisa de Rober y me dice: “Pequeños matices, ¿ves? Esos son los matices que me importan a mí... Pequeños matices”.

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Autor >

Santiago Gerchunoff

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