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¡¡¡Maldita Dolly!!!

La gestación subrogada o la tensión entre derechos, libertades y ética

Mercedes de Pablos 26/07/2017

<p>“Todo el mundo es Dolly”, grafiti en Tesalónica en 2010.</p>

“Todo el mundo es Dolly”, grafiti en Tesalónica en 2010.

Pvasiliadis

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Cuando la tierna oveja Dolly púsose a balar todas las alarmas de los creacionistas (que no sabían aún que lo eran) saltaron por los aires mientras los muy partidarios de la ciencia se dividían entre los que abrazaban eufóricos el futuro y los que se acordaban de Asimov o de Wells con cierto repeluco. Desde aquel verano de 1996 hasta ahora la biotecnología y la biogenética han corrido que se las pelan, casi tanto como la informática, de manera que la realidad (esa evidencia) nos ha pillado en muchos casos con morales analógicas, hijas del cristianismo o el marxismo, o de ambos, que datan uno y otro de dos mil y cien años, respectivamente.

La donación de órganos (también en vida) ha encontrado una respuesta tan generosa en la sociedad española que sería suicida ponerle alguna pega

Tiempo después el niño sevillano que nació para salvar a su hermano de una enfermedad letal fue bautizado en este carrusel de jolgorio informativo-científico como niño medicamento para gran cabreo de sus padres y del médico investigador que hizo posible ese prodigio. De eso ya hace  más de un lustro, en 2009. Desde parte de la jerarquía eclesiástica, católica y afines, se puso el grito en el cielo (dónde si no) augurando un horizonte pavoroso de  bebés a la carta y una suerte de selección genética que emularía a Mengele y  a los reyes  de Esparta. Aunque no se hizo mucho ruido teniendo en cuenta que parte de esa Iglesia había escarmentado con  los trasplantes de órganos. Parece que hemos olvidado el rechazo de ciertos jerarcas católicos a los trasplantes, en nombre de la llamada resurrección de los muertos, una postura que tuvo escaso éxito y que la misma ortodoxia religiosa si no revisó teóricamente sí aceptó a la chita callando. Cómo clamar por la integridad de los cadáveres hasta el día del Juicio Final si estaban a punto de negar el infierno tipo Dante y El Bosco y algún otro texto sagrado. La donación de órganos (también en vida) ha encontrado una respuesta tan generosa en la sociedad española que sería suicida ponerle alguna pega.

Hasta ahora, pues, la prevención a la investigación genética y biológica encontraba oposición en sectores religiosos y claramente reaccionarios. Aunque hemos de reconocer que muchas de esas conquistas científicas daban su poco de miedito, conscientes de que  hasta la Ciencia tiene dueño y no hay beneficio colectivo si no hay control y regulación. Causa sonrojo reconocer que algunas enfermedades están erradicadas, y suenan casi al mundo de Cervantes, sola y exclusivamente en los países desarrollados o aproximadamente ricos. Que le pregunten a Patarroyo. Pero esa objeción ante lo incierto choca con la idea del progreso (y progresismo) que heredamos del siglo XIX y que tiene en la capacidad de avance de la sociedad la esperanza de un mundo mejor y más libre. Las Iglesias, cada cual según sus parroquias, sí han plantado batalla y han reclamado el peso de su moral en las decisiones que afectan a valores, reproductivos sin duda, y hasta de dignidad de la vida y la muerte. Los cambios científicos han traído aspiraciones nuevas, derechos nuevos, reivindicaciones que antes no pasaban de un sueño. El caso de la eutanasia y la muerte digna, por ejemplo, ha obligado a regulaciones jurídicas en muchos países aunque luego cada cual gestione sus precauciones y miedos como pueda. Y hasta en ese ámbito que avala la profesión sanitaria la moral religiosa ha pedido su sitio: en los comités de bioética la jerarquía católica está presente, como lo están los capellanes en los hospitales y para algo más que para consolar a sus pupilos.  

En toda esta melé aparecen, hace más tiempo del que queremos recordar, investigaciones muy significativas que afectan a la reproducción y, al mismo tiempo, leyes de igualdad que resetean el concepto de familia y la aspiración de maternidad/paternidad. La legalidad del matrimonio homosexual, con plenos derechos, incorpora protagonistas y revoluciona muchas vidas. Parejas lesbianas eligen ser madres, una gestante la otra donante, madres ambas al fin, y los  gais comienzan  mirar a otros países y a acariciar la realidad de criar vástagos de su sangre. Perpetuarse no es un invento gay, parece evidente, aunque en la bronca que estamos viviendo haya quien los culpabilice. Se están diciendo muchas barbaridades.

Y en ese contexto en España se empieza a reivindicar la gestación subrogada, ciertamente reclamada por sectores LGTB, pero en la práctica utilizada casi en un 70% por parejas heteros y mujeres con dificultades para llevar a término un embarazo. Parece algo novedoso pero deberíamos recordar que en Estados Unidos es a mediados de los ochenta, con el caso de Baby M (madre que reclama al niño que gesta a pesar de un contrato privado con un matrimonio, padres biológicos), cuando se decide regular, cada estado a su aire. California es la primera que acepta la gestación subrogada con las garantías de un contrato y en el marco del derecho comercial y administrativo. Le siguieron otros pero no de la misma forma, hay estados de EEUU donde sólo se regula con carácter altruista que es la opción de la mayoría de los países de Europa, de Canadá y de Australia. Aunque el debate lo vivamos en España como un apocalipsis, el caso es que se trata de una práctica legal (con carácter crematístico) en algunos estados de EEUU, México, India, Rusia o Sudáfrica.

En la línea de Canadá o la reciente ley portuguesa (referenciados por los defensores de la regulación en nuestro país) ya hay precedentes en Europa: Bélgica, Reino Unido, Grecia o los Países Bajos. Prohibida expresamente está en España, Francia, Italia o China. Sin ningún marco legal está en prácticamente toda Centroamérica y Suramérica, África y Oriente Medio. Un caso peculiar es el de Brasil donde la ley permite que los familiares hasta segundo grado lo hagan de forma altruista.

¿Existe el derecho a ser padre o madre por encima de otros? No parece, como tampoco parece muy ético prohibir, por nuestra moral, la voluntad de algunas mujeres sobre su cuerpo y su capacidad de parir

Los riesgos de esta posibilidad no son nimios, de hecho el miedo a que se explote a mujeres pobres para solaz de parejas adineradas y se comercialice la gestación  como otro producto más del Mercado es real. Los argumentos de quienes se oponen frontalmente al pago por ese servicio no son irrisorios, como no es menor la realidad del tráfico de órganos, el trabajo infantil en multinacionales para consumo de países donde los niños tienen plenos derechos o la esclavitud a la que muchas compañías someten a pueblos enteros. Se llama lucha de clases y las mujeres en esa batalla siempre son doblemente explotadas. El rechazo frontal de parte del movimiento feminista, con nombres de indudable peso como Amelia Valcárcel, Victoria Camps o Amparo Rubiales a la cabeza, no es banal, aunque con razonable recelo ante la comercialización de los úteros de las mujeres, olvidan que sus propietarias, ellas, tienen el derecho a ser cómplices del nacimiento de una vida. Hemos oído cosas tremendas, se ha hablado del capitalismo gay incluso y se ha vivido como un fracaso que la última encuesta de opinión sobre el asunto (Observatorio MyWord, julio 2017) revele que la ciudadanía mayoritariamente  acepta esta práctica en su vertiente solidaria y un número no desdeñable no descarta la transacción comercial. Especialmente los y las jóvenes.

La subrogación gestacional (sic) por altruismo es acusada por quienes se oponen a la regulación de ingenuidad por un lado y de  tapadera de una explotación exacta a la prostitución en la práctica. El argumento es eficaz aunque encierra una contradicción peligrosa: la abolición de la prostitución  supone negar que el comercio sexual sea un oficio y perseguir a los clientes y proxenetas por lucrarse a costa de las mujeres pero nada podemos, ni debemos, hacer, en el ámbito estrictamente privado, en la alcoba de cada cual. ¿O perseguimos el matrimonio por interés o la coyunda por un viaje en primera clase? ¿Interrogamos a todo aquel o aquella que haya tenido un hijo para luego cambiar de pareja o de opción sexual o asumir en solitario la patria potestad? Es lícito, y necesario, tener una posición moral sobre cada acto humano pero no tanto aplicar (a  cristazos en su época) esa moral a todo quisqui con ánimo de salvarlo, quiera o no. Cuando se regulan al extremo las decisiones privadas rompemos el equilibrio entre derechos y libertades que son la base de una convivencia plural.  

El debate hoy es fruto de una propuesta parlamentaria de Ciudadanos, pero hace tiempo que se cuece en los partidos de izquierda: en el PSOE se llegó incluso a querer incluirlo en el primer programa electoral de Pedro Sánchez y en IU y Podemos pesan los precedentes de partidos “amigos” como el Bloco portugués que ha defendido el modelo altruista. Pero hace dos años exactamente el Centro de Estudios Andaluces y la asociación LGBTI Adriano Antinoo organizaron un seminario que pretendía aportar miradas  expertas y sosegadas. No fue fácil pero fue posible. Mucho antes de que nuestro país vecino aprobara una ley con énfasis en la protección de la mujer gestante y sus derechos, el profesor feminista, y uno de los teóricos más brillantes de la nueva masculinidad, Octavio Salazar, que expuso honestamente su rechazo a los que llamó vientres de alquiler, planteó sin embargo  la posibilidad de una regulación garantista que, a su juicio, hacía ese marco prácticamente inviable y que sin embargo hoy sustentan leyes como la portuguesa o la británica. Hubo otros intervinientes que alertaron  de los riesgos legales y de la obsolescencia del código civil español ante las nuevas realidades (existe el delito de incesto que podría afectar a una madre que por ejemplo se prestara a gestar el bebé de su hija) y también partidarios de una regulación a la americana, defensores de  la  transacción económica. Pero para la mayoría del público asistente (no mayoritariamente gay por cierto) los límites éticos  y jurídicos que plantearon los profesores Rodríguez Ramos y Salazar fueron un argumento definitivo. Y cambiaron su opinión tal como  ha ocurrido, ciertamente,  con  Ciudadanos, que comenzó defendiendo el modelo California y ha terminado con el modelo  Canadá: no  al comercio, sí al altruismo.

¿Existe el derecho a ser padre o madre por encima de otros? No parece, como tampoco parece muy ético prohibir, por nuestra moral, la voluntad de algunas mujeres sobre su cuerpo y su capacidad de parir. Desde el aborto a cuestiones menores como la cirugía plástica hay decisiones que merecen respeto aunque no sean las nuestras o incluso las aborrezcamos. Lo que es legal no obliga, lo prohibido afecta a todos.

Porque, siendo coherentes, quienes desde la religión o la moral rechazan, sin matices, la gestación subrogada deberían haberse negado hace ya décadas a los caminos que emprendía la Ciencia y haberse opuesto al Milagro Dolly en el mismo instante que la borrega se puso a balar.

Autor >

Mercedes de Pablos

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