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El Figa por las calles de Madrí

2. Malasaña, el teatro posturista de Madrí

Esteban Ordóñez 8/08/2017

<p>Plaza de Juan Pujol, en el barrio de Malasaña, en Madrid.</p>

Plaza de Juan Pujol, en el barrio de Malasaña, en Madrid.

Zarateman / Wikipedia

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El Figa saluda diciendo “¿Qué dices?” (en realidad suena más como “¿Qué ises?), y si hace tiempo que no te ve y está contento, te obsequia con un “¿Qué pasa, mierda?”. Hoy no está contento: “Pero Malasaña ya no es lo que era hace unos años, ¿eh?”, me avisa y se lamenta con tal pesar que casi se me olvida que su estancia en Madrí aún se puede contar en meses como la edad de los bebés.

Salimos por la boca de metro Tribunal y caminamos por calles estrechas. Aquí no hay ningún golpe de efecto, ningún ojo cortado como el que inventó Buñuel que te prepare el subconsciente para asimilar, en este caso, el maremagno posturista. Lo modernete-cultureta no levanta fronteras claras como lo pijo, sino que va adueñándose de las calles de manera presuntamente aleatoria como hacen los líquenes con las piedras. Esta tarde supone un desafío: ¿Cómo hacer desvariar a El Figa, cómo estimular su faceta de troll filosofador cuando nos movemos en su propio territorio? A pesar del saludo apagado, empieza a excitarse, no lo puede evitar: es entusiasta, vitalista, positivo, soñador; sin embargo, su energía se enfoca de forma distinta a como lo hizo en la calle Serrano. Si entonces aplicaba sus fuerzas a la crítica y al hallazgo de las trampas escondidas en los ricachones, hoy las aplica a una especie de anfitrionismo.

—Había una cafetería-barbería muy guapa por aquí. Parece un bar normal, pero te arreglan la barba. Vamos a ver dónde paraba...

—Y los pelos…

—¿Qué pasa con los pelos?

—Que si te recortan la barba y te vas a tomar el café, se te llenará de pelos sueltos… Te lo tomas mientras esperas, ¿o cómo va?

—No, no, si café no ponen.

Bueno. Recorremos calle tras calle, pero no damos con ella. El Figa se rasca el cogote. La vuelta, al menos, nos ayuda a reconocer el terreno y a ir dibujando el mapa sensorial de Malasaña. Surge una duda: ¿Qué perverso contubernio hay entre los hípsters y esas maderas de aspecto precario que llegan a tener la apariencia de ser piezas defectuosas? Pastelerías, bares, librerías confían en esa madera con mucha veta, rasguñada en serie como pantalones de Zara, y sin barniz. Algunas llevan extendida una mano de pintura en colores planos; en ese caso, gusta más si se intuye el rastro de los brochazos. También hay palés (que son de madera con osteoporisis) colgando de algunas paredes junto a cuadros abstractos o jaulas vacías o relojes coloniales. A esto se añaden taburetes de hierro forjado para sentarse y beber acodado en una barra de chapa gorda que recuerda a la pasarela de una fábrica siderúrgica. Estos detalles pueden conjugarse sin problemas en un mismo bar. Se diría que todo parte de una consigna: que todos los objetos parezcan fabricados por unas manos, que sintamos que en el origen de cada uno hubo la mínima separación entre los materiales y una mano de obra amorosa, motivada, vocacional. Ikea se encarga de producir en masa esas sensaciones.

Todo parte de una consigna: que todos los objetos parezcan fabricados por unas manos, que sintamos que en el origen de cada uno hubo la mínima separación entre los materiales y una mano de obra amorosa, motivada, vocacional

Sucede algo que desata a El Figa. Un par de veinteañeras, con los móviles asomando por los bolsillos del pantalón como marsupiales, van revisando las fachadas, ponderándolas. Una lleva una gorra con dos pompones que hacen las veces de orejas de peluche. Ésta desenvaina el smartphone y la otra se pega a un escaparate, se recoloca las gafas de sol y mira hacia abajo, pensativa, mientras finge colocarse el pelo tras la oreja con los dedos: se congela así como un mimo mientras su amiga hace una foto y se recoloca y toma otra y otra. “Pufff”, analiza El Figa. “¿Eeh?”, intento que desarrolle el bufido. “Las millennials viven en frames, van de una imagen fija a otra, se ven a sí mismas como en estampas. Cambian tan rápido de pose que casi te convencen de que están vivas, pero sólo es una ilusión de tu retina”. Me emociono, lo confieso: mi amigo se está calentando, y prefiero no recordarle que también nosotros somos milenarios. Casi una hora después, descubriré la tecla que lo subleva. Pero antes nos sentamos a tomar algo. Él elige una cerveza que no he oído en mi vida. “Es artesana”, concreta. Yo pido una Mahou y me dan ganas de pedir perdón. Al ver el interior del local, empiezo a temer que en vez de olivas o torreznos, el camarero nos traiga un cuenco de quinoa cruda. Pero me salvo, no trae más que un dispensador de servilletas y una cuenta salvaje.

Yo pido una Mahou y me dan ganas de pedir perdón. Al ver el interior del local, empiezo a temer que en vez de olivas o torreznos, el camarero nos traiga un cuenco de quinoa cruda

Reanudamos la marcha y nos topamos de nuevo con la gorra de pompones. Esta vez se toman fotos en la fachada de una tienda llamada Tompai. “Míralas qué contentas”, indica El Figa. Es verdad, están pletóricas. “Es por los ojos, esos ojos las miran incondicionalmente ni siquiera parpadean: son perfectos”, precisa mientras la cara, por fin, se le empieza a poner sarcástica y falaz. Es verdad, la pared está llena de ojos pintados; más de una decena de ojos. Las chicas se van y las sustituyen otras que aguardaban su turno en la acera de enfrente. Hay cola.

Entonces descubro que para El Figa, los posturistas son unos intrusos dentro de los enclaves hípsters y me entero, además, de que no se considera hípster a sí mismo: “El término se ha prostituido, no significa nada”. Me echa en cara mi insistencia, me dice que soy un maniático de las etiquetas y que, por eso, soy más hípster yo que él: “Y además de los malos”, se burla (está jodido porque ha leído mi artículo anterior, aunque lo ha compartido por todas las redes imaginables). Para mí, el posturista común es la versión desnuda y honesta del hípster: no maquilla su consumismo ni su exhibicionismo, y si cuelga citas literarias en Facebook, lo hace sin fingir que ha leído toda la obra del autor.

Nos sentamos en un banco de la Plaza del Rastrillo. Vemos de frente a los clientes de El Balcón de Malasaña. El Figa se ha calentado, quiere reivindicarse a sí mismo en su pureza intelectual y estética frente a una masa cuya uniformidad, dice, empieza a angustiarle. El Figa, gracias a Dios, se ha subido al caballo de guerra, y de ahí no se baja ni aunque lo maten: esta es una de sus rémoras canis que vienen a huevo si lo que uno desea es extraer una visión neurótica de Madrí.

—Esos, esos…— apunta a una de las mesas en las que hace aspavientos un tipo con un bigote cilíndrico como un rollito de jamón York— Esa gente habla con hashtags, vive con hashtags.

—¿Los conoces?

En ese momento, se nos cruza un señor con boina, gafas de pasta, tirantes, fajín rojo, zurrón de piel, pantalones cortos y bastón. Nos deja mudos. ¿Moderno o montañés asturiano?, me pregunto en silencio. El Figa lo mira conmovido y parece que, de pronto, esa presencia lo legitima en su crítica contra los pobres de la mesa, que no sospechan que alguien está cuestionándolos a lo loco. Retoma la reflexión con un tono más visceral.

—Sólo hacen cosas que puedan enmarcarse bajo un rótulo molón. Desde tomarse un gintonic fluorescente (#TengoClase) hasta beber de una bota de vino (#ExotismoRural). Si afinas la vista, casi se ven los hashtags. Hay que fijarse un poco y enseguida aparecen: encima de sus cabezas azules, en cursiva. Mira…

El Figa empieza a señalarlos uno por uno y a leer: #ComoDijeElOtroDíaEnMiBlog, #DemasiadoMainstream, #CuandoEstuveEnElLow, #SoloComoRaíces, #ComoDecíaBukowski, #LeHeHechoRastasAMiPomerania, #DimeGuapi…

—¿Dime, Guapi? ¿Solo eso?

—Hay gente que apuesta toda su identidad a un solo giro estilístico—explica con una mueca sobrada y tajante— Y fíjate, están inquietos, esforzándose por orientar la conversación hacia su hashtag, se mueren porque alguien les haga clic: se ponen cachondos.

—Relaja, Figa, que esto luego lo tengo que escribir...

Después de partirnos de risa un rato, reanudamos el paseo. Espiamos a través del cristal varios establecimientos. Si antes encontramos una bicicleta de paseo en la puerta de una librería, ahora vemos otra colgando de una pared. Que se use como decoración, despojada de su finalidad práctica, desvela una de las claves de la Malasaña molona: la ficción. La yuxtaposición anacrónica de objetos, la mezcla de colores y materiales, y de ambientes irreconciliables (uno de los bares del barrio tiene un sótano con paredes de ladrillo blanco y el suelo cubierto de arena de playa)… En cualquiera de estos locales, uno tiene la sensación de estar rodeado de atrezo, de ser un participante más de un drama coral donde todos tienen su parcela de protagonismo. Es una falsedad explícita y orgullosa de sí misma. Lo que diferencia un local hortera de otro posturista es que el primero muestra una versión pretenciosa y cutre de la realidad mientras que el segundo ha roto los moldes y se ha convertido en escenificación pura.

En Malasaña hay un supermercado llamado biológico donde venden 200 gramos de pan con semillas a casi cuatro euros

El teatro llega al extremo en la oferta gastronómica. En Malasaña hay un supermercado llamado biológico donde venden 200 gramos de pan con semillas a casi cuatro euros. La Pecera ofrece helados sobre taiyaquis, que son unos peces de galleta japoneses. Y los sándwiches y burritos de algunos escaparates lucen perfectos y coloridos, estos sí, barnizados. El destino de esa comida no es nutrir sino adornar la mano y luego el organismo. La metáfora perfecta para interpretar este submundo es la hamburguesa gourmet. Se lo explico a El Figa. La idea de la hamburguesa es primordialmente americana, pero se maquilla de aventura y diversidad: quince tipos de pan, cuarenta tipos de especias, carnes y quesos de extracciones exóticas. Pero al final es lo que es: una hamburguesa yanqui, es decir, capitalismo puro disfrazado de cosa alternativa.

—Yo no sé qué necesidad tienes de soltarme esa turra, macho. Sólo te he dicho que si cenamos en un burger. ¡Si no quieres, vamos a otro lado y punto!—me grita El Figa, ojiplático perdido.

Autor >

Esteban Ordóñez

Es periodista. Creador del blog Manjar de hormiga. Colabora en El estado mental y Negratinta, entre otros.

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1 comentario(s)

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  1. Marta

    Me está encantando la serie!!! Qué gran descubrimiento.

    Hace 3 años 7 meses

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