1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

El delito de sobrevivir (II)

“Tuve que hacerlo, má”

Catalina Suazo llegó a Brooklyn y tuvo que empezar de cero en un país nuevo, sin papeles

Álvaro Guzmán Bastida Nueva York , 8/08/2017

<p>Catalina Suazo Bernárdez, en su casa en Nueva York.</p>

Catalina Suazo Bernárdez, en su casa en Nueva York.

A.G.B.

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Necesitamos tu ayuda para realizar las obras en la Redacción que nos permitan seguir creciendo. Puedes hacer una donación libre aquí

----------------------------------------------------------------------------------------------------- 

Catalina Suazo Bernárdez tuvo un ataque de dignidad en Carnaval. Se había casado mal y pronto con un hombre que le pegaba delante de sus hijos y apenas le ayudaba a mantener a la familia. Cansada de una vida de escarnio continuo, decidió ir a pasar las fiestas a su Trujillo natal. Fue allí donde conoció a Humberto Sandoval, un paisano viudo de la tribu garífuna, como ella, que había emigrado a Estados Unidos y también estaba en Trujillo de visita. Humberto se enamoró de Catalina, y se brindó a ayudarle a pagar el viaje al Norte. Catalina apenas lo dudó. La situación con el padre de sus hijos era insostenible, y en el trabajo las cosas no iban mucho mejor. La maquila que la empleaba, dedicada –caprichos del destino en el sistema de producción deslocalizada— a la confección de uniformes de policía estadounidenses, apenas le pagaba 20 dólares por más de 60 horas de trabajo semanales. “Ya no me gustaba el trabajo porque cada vez trabajaba más y ganaba menos. Aguantábamos con hambre con mis hijos”, cuenta. “A veces tenía que lavar ropa ajena para que nos alcanzara el ingreso.” Era febrero de 2005. Unas semanas después, y a escondidas de su marido, salió de viaje tras la estela de un ‘coyote’, y luego a lomos de ‘la bestia’.

Después de un viaje de tres días en coche desde Texas, Catalina llegó a Brooklyn, donde se encontró con un Humberto enfermo del corazón. Cuatro meses más tarde, murió. Tuvo que buscarse casa y empezar de cero en un país nuevo, sin papeles

Cuando cruzó la frontera a principios de verano junto a un grupo de centroamericanos estaba convencida de que podría quedarse. “Nos habían dicho que había un permiso para gente de Guatemala, el Salvador y Honduras, y fuimos para un parque y esperamos hasta que se hizo de noche”, cuenta. No tardó en aparecer ‘la migra’, que se presentó blandiendo esposas en lugar de los brazos abiertos que esperaba Catalina. “Nos dijeron que ya habían quitado el permiso”. La metieron, junto con sus compañeros de viaje, en una de las célebres ‘hieleras’, pequeñas celdas del limbo migratorio, conocidas así por las bajas temperaturas que soportan en ellas, hacinados, los inmigrantes que esperan el veredicto sobre su destino, a menudo envueltos en mantas de color aluminio, las mismas con las que se cubren los cadáveres en la escena de un crimen. Allí, en una ‘hielera de Houston’, permaneció Catalina durante una semana, hasta que le presentaron unos documentos en inglés. Los firmó sin entenderlos, con la esperanza de que sirvieran para sacarle de la ‘hielera’. “A veces uno ni sabe lo que está firmando”, cuenta. Al día siguiente la devolvieron a Honduras. “Había firmado mi propia deportación”, dice negando con la cabeza, y con la media sonrisa avinagrada de quien ha aprendido algo. Es una lección que recordaría una década después a su hijo Ricardo.

Tras pasar la navidad con sus hijos en Honduras, volvió a hacer el viaje. Encaramada a ‘la bestia’, se esforzaba por no desfallecer. “Mucha gente se cayeron y se mataron”, recuerda. “Yo iba con la mentalidad de apretar los dientes y aguantar despierta el viaje para poder salir de esto y sacar a mis hijos”. Esta vez logró cruzar sin ser avistada. Después de un viaje de tres días en coche desde Texas, llegó a Brooklyn, donde se encontró con un Humberto enfermo del corazón. Cuatro meses más tarde, Humberto murió. Catalina tuvo que buscarse casa y empezar de cero en un país nuevo, sin papeles.

Se instaló en una habitación diminuta en la calle Simpson, del South Bronx, el barrio más pobre de Estados Unidos, a escasos quince minutos de una de las zonas más adineradas del mundo. Pagaba apenas 300 dólares mensuales de alquiler. Para entonces ya había encontrado trabajo lavando platos en un restaurante mexicano en Manhattan. Con la ayuda de un estilo de vida frugal, en el filo de la navaja entre su salario de lavaplatos y la ajustada renta –a precio hondureño en el inframundo neoyorquino— empezó a labrar el futuro de sus hijos. Había dejado a cinco mil kilómetros de distancia tres chicos, de seis, nueve y catorce años, y una adolescente de doce. “Traté de que vivieran cómodamente”, cuenta. Les pagó los estudios y la manutención. Pero el padre de los niños seguía maltratándolos. “Se portaba muy mal con Ricardito. Siempre me llamaba él diciendo que el papá le pegaba. Iba creciendo con ese resentimiento”. Catalina mandaba religiosamente dinero para el alquiler para luego descubrir, por medio del casero o uno de sus hijos, que su padre no lo estaba pagando.

Harta, decidió alejar a sus hijos del padre maltratador e irresponsable que les había dado. Una amiga del Bronx le avisó de que se vendía una casa en uno de los barrios más asequibles de La Ceiba. Decidió comprarla a plazos, de una cuantía similar al alquiler que pagaba por la casa que compartían hasta entonces padre e hijos. Era una casita pintoresca, de color cobre, tejado blanco, zócalos verdes y ventanas del mismo color. Se trataba de alejar a los hijos de su padre, darles tranquilidad, y que siguieran estudiando mientras reunía el dinero para ir trayéndolos. La ubicación, en la serpentina Colonia San Judas, al pie de un camino polvoriento junto al río que conectaba con la calle de la escuela de los niños, le pareció ideal. “Ese fue el gran error mío”, lamenta diez años después.

Ricardo era el primero de la lista para seguir el camino de su madre hacia el Norte. Corría 2009. Con catorce años, Catalina pensó, su hijo tendría tiempo de seguir estudiando en Estados Unidos, ayudarle económicamente; quizá ir a la universidad. “Contacté con un muchacho de allá que trae gente, un coyote como los llaman, y me dijo que Ricardito se alistara”. Pero él no estaba de acuerdo, y le pidió que pagase primero el viaje de su hermano mayor, que tenía mujer y un hijo.

“Preocúpate por Jeffrey, que tiene una familia, y así se le da un futuro a ese niño”. Admirada por la madurez de su hijo, Catalina accedió.

“Tuve que hacerlo, má”

La casita color cobre resultó estar en un avispero. La Colonia San Judas, que Catalina recordaba como una zona humilde pero relativamente segura, se había vuelto en su ausencia un microcosmos del descenso a los infiernos de Honduras y Centroamérica. Las “mafias de pobres”, como apoda a las maras el periodista salvadoreño Óscar Martínez, se habían apoderado del barrio. Catalina apenas había oído hablar de las maras cuando se marchó de Honduras. Pero las pandillas, que operan con relativa autonomía bajo el paraguas de organizaciones transnacionales, habían crecido como la espuma en los años siguientes a su partida, hasta llegar a formar un mosaico de estructuras paraestatales sin estado con el que rivalizar. Su gestación y ascenso, como ha documentado Martínez, son inseparables de las políticas estadounidenses.

Cuando David, que apenas tenía catorce años, levantó la vista, vio cómo ambos mareros se apoyaban el dedo índice sobre la garganta, y lo deslizaban de lado a lado del cuello con la mirada fija sobre él

A principios de los 80, la guerra civil de El Salvador impulsó a decenas de miles de refugiados a California. Muchos se establecieron en el Sur de Los Ángeles, por aquel entonces un nido de exclusión y delincuencia dominado por pandillas violentas. Allí surgieron la Mara Salvatrucha y su rival acérrimo, el Barrio 18, que se cruzaría en la vida de Ricardo veinte años más tarde. A finales de los 90 el gobierno de Bill Clinton decidió quitarse el problema de encima llenando aviones de pandilleros hondureños, salvadoreños y guatemaltecos que devolvió a sus países de origen. La gran mayoría había salido de Centroamérica como niños que escapaban de la violencia. Volvían a casa con un máster en delincuencia organizada, cortesía de los Estados Unidos de América.

Coincidiendo con el desplazamiento al Norte de la hasta entonces andina guerra contra las drogas –en la que los frentes de batalla se dibujan en Washington, pero los cadáveres se cuentan al Sur del Río Grande— los mareros encontraron un terreno fértil en los estados endebles y empobrecidos de Centroamérica. Los tratados de inversiones hicieron el resto: el régimen delineado por el mismo gobierno Clinton entre mediados de los 90 y los primeros 2000 reducía a escombros la agricultura centroamericana, al tiempo tendía la alfombra roja a las maquilas, macrofábricas con microsalarios a las que las grandes empresas textiles del norte desplazaron la producción de ropa. La Ceiba fue uno de los primeros bastiones maquiladores de Honduras. En una de esas fábricas trabajaba para malvivir Catalina Suazo hasta el carnaval de 2005, y en una de ellas estaban condenados a trabajar para malvivir su hijo Ricardo y decenas de miles de jóvenes. En ese caldo de cultivo afianzaron e institucionalizaron su sistema ‘minorista’ de extorsión las maras importadas del Norte, que crearon células relativamente autónomas integradas por jóvenes sin futuro, capaces de matar –y de morir— por un puñado de dólares. Barrios como San Judas, en la periferia de La Ceiba, junto al río Cangrejal, resultaban el caladero perfecto para reclutar pandilleros. Allí, en una casita color cobre con un puñado de adolescentes fornidos sin compañía aparente de adultos, fijaron sus ojos los mareros del barrio.

Desde poco después de mudarse, y mientras llegaba con cuentagotas el dinero de su madre para amueblar la casa, los hijos de Catalina observaban el merodeo de los pandilleros. Asistían a través de los barrotes verdes que cubrían sus ventanas a una guerra sorda entre pandillas para hacerse con su barrio. La Mara 18 (también conocida como El Barrio 18), que terminó imponiéndose, empezó acto seguido a estrechar su cerco sobre la casa de los Arzu-Suazo. Cada mañana, al salir por la puerta camino del colegio, Ricardo y sus hermanos veían a los pistoleros recostados sobre el murete que rodeaba la casa. Pronto empezaron a seguirles hasta la escuela en el autobús. Un día, el autobús no llegó. Al día siguiente volvió a aparecer, pero con un chófer diferente. Ricardo preguntó qué había pasado con el conductor habitual: hacía un mes se había hartado de pagar las doscientas lempiras semanales que le exigía la mara. Lo acribillaron a balazos delante de sus hijos. Murió por treinta y cuatro dólares.

“Se fijaron en mi hermano menor”, recordaba años después Ricardo, con el ceño fruncido de rabia y un nudo en la garganta. “Siempre venían al muro del colegio a ponerse ahí arriba a ver a la gente y lo señalaban a él. Empezaron a robarle a los niños del colegio y los mismos maestros no hacían nada ni le llamaban a la policía”. Un día, al salir de clase, Ricardo vio cómo dos ‘mareros’, uno de ellos pistola en mano llamaban la atención de su hermano David a gritos. Cuando David, que apenas tenía catorce años, levantó la vista, vio cómo ambos mareros se apoyaban el dedo índice sobre la garganta, y lo deslizaban de lado a lado del cuello con la mirada fija sobre él. Los mareros repitieron la macabra coreografía un par de veces antes de que uno escupiera en el suelo y se marchasen. Esa noche, Ricardo habló con David, que le dijo que el mensaje de la amenaza estaba claro: “Te quieren a ti”.

No hubiera sido el primer menor al que asesinaban: de los más de 200 homicidios anuales que cometen las maras en La Ceiba, varias decenas mueren sin haber cumplido la mayoría de edad

Ricardo pasó varias noches sin dormir, pensando en cómo evitar que los mareros cumplieran su amenaza y ejecutasen a su hermano pequeño. No hubiera sido el primer menor al que asesinaban: de los más de 200 homicidios anuales que cometen las maras en La Ceiba, varias decenas mueren sin haber cumplido la mayoría de edad. Probó a hacer madrugar a la familia para evitar toparse con los pandilleros camino del colegio, solo para comprobar que seguían esperándoles a la salida de clase, si cabe más rabiosos. “No teníamos otro colegio al que ir”, contaba años más tarde. “Estaban ahí todos los días. Y ya sabían dónde vivíamos”. Una tarde, al regresar de jugar un partido de fútbol después de clase, se encontró con media docena de mareros en su cocina. Su hermana, para entonces madre de una bebé, hervía unos pedazos de carne entre sollozos. Habían entrado en la casa a la fuerza para obligarle a que les hiciese la cena. La habían manoseado entre risas e insultos. Ricardo les pidió que salieran, y se enfrentó a ellos, preguntándoles que tenía que hacer para que dejasen en paz a su familia: “Me dijeron que ingresara a la mara yo con ellos, y que si no me iban a hacer ver cómo mataban a mis hermanos y luego me iban a matar a mí también”, recordaba años después. Al día siguiente, Ricardo llamó a su madre y le dijo que reuniera el dinero para llevarse a su hermana y sobrina recién nacida cuanto antes.

Unas semanas después, en el invierno de 2013, Catalina estaba en una tienda de teléfonos en Manhattan cuando recibió otra llamada de su hijo: Ricardo hablaba rápido, apilando unas frases encima de otras. Su madre apenas lograba entenderle. Los mareros, le contó, habían vuelto al colegio a buscar a David, pocos días después de que este retomase las clases, que había abandonado durante casi tres meses después de la primera amenaza. Habían vuelto a amenazarle de muerte y esta vez le habían golpeado. “Ya no podía más. Ingresé”, le dijo. “Tuve que hacerlo, má; tuve que hacerlo”.

Ricardo apenas sabía nada de la mara, más allá del pánico que los pistoleros habían inyectado en él, su familia y su país. En el periodo de su incorporación mediaba una relativa calma. La M-18 había acordado la paz con otras maras, que coincidía asimismo con un bajo nivel de violencia entre las fuerzas de seguridad de un estado cada vez más corrupto y el crimen organizado. La mara se centraba pues en la extorsión y los robos para enriquecerse y consolidar su fortaleza en el territorio. No eran tiempos de emboscadas y batallas a campo abierto, sino de asaltos a casas de ricos. Ricardo aprovechó su bisoñez para encontrar el cometido más inocuo posible.  “Me querían obligar a estar robando”, recordaba años más tarde. “Algo que yo nunca he hecho en mi vida ni me gusta hacerlo porque he visto las consecuencias y eso no trae nada bueno”. Cuando se negaba a allanar casas de familias adineradas, le tocaba aguantar los insultos y los golpes, y esperar en la puerta, ‘walkie talkie’ en mano, para avisar si aparecía la policía. “Ellos caminaban con armas grandes y siempre tenía miedo de que me disparen”, recordaba años después. “Mi vida se ha vuelto muy mala porque he vivido cosas que no quería. Si les decía que no, ellos me empezaban a golpear”.

Una noche del otoño de 2014, dos mareros insistieron en que fuera Ricardo el que entrase en una de las casas que iban a robar, armado con el fusil que le entregaron. Les dijo que no quería hacerlo, que esperaría afuera, como de costumbre, con el ‘walkie talkie’. “Me dijeron: ‘Por ley lo vas a tener que hacer’”. Yo les dije que no sabía cómo usar el arma, y que no iba a entrar”. La paliza que le dieron le dejó inconsciente, incapaz de abrir el ojo derecho por la hinchazón en una semana. El médico le diagnosticó una conmoción cerebral.

Dos mañanas después, los mareros echaron abajo la puerta de la casita color cobre. Buscaban a Ricardo, que no se había presentado después de la última paliza. Su hermano David, que se había mudado a Tegucigalpa para jugar con la selección hondureña juvenil de fútbol, estaba pasando unos días en casa. Furiosos, los mareros le agarraron del cuello: “Si Ricardo no sale esta noche, te matamos a ti. Te vamos a buscar a Tegucigalpa o donde sea”. Esa tarde, David llamó por teléfono a Catalina para pedirle que le sacara a él también de Honduras. “Busqué a alguien que me lo trajera”, recuerda entre lágrimas Catalina, desde su diminuto apartamento repleto de fotos de sus hijos en una decrépita torre de vivienda pública del Bronx, donde los ascensores casi nunca funcionan y las escaleras nunca dejan de apestar a orina. “Tuvo que dejar todo… Estaba a un paso de la Selección”. El 22 de mayo de 2015, el penúltimo hijo de Catalina llegó a Nueva York para reunirse con ella.  

Tres días más tarde, Ricardo llamó a su madre y le dijo: “Má, ya me quiero venir yo también”.

Autor >

Álvaro Guzmán Bastida

Nacido en Pamplona en plenos Sanfermines, ha vivido en Barcelona, Londres, Misuri, Carolina del Norte, Macondo, Buenos Aires y, ahora, Nueva York. Dicen que estudió dos másteres, de Periodismo y Política, en Columbia, que trabajó en Al Jazeera, y que tiene los pies planos. Escribe sobre política, economía, cultura y movimientos sociales, pero en realidad, solo le importa el resultado de Osasuna el domingo.

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí