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Cuento de verano

Jabón

Moses Füfü 11/08/2017

Carlos Amato

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Resumen de lo acontecido: Moses Füfü, dramaturgo de prestigio internacional, se traslada a Mallorca de vacaciones, con el propósito explícito de poner orden en una caja de fotografías familiares que su hermana (Bärbet-Dieltlinde) ha descubierto en un altillo. Tras instalarse en un bungalow del resort “Els Paradisos”, la alegría de la primera noche de veraneo queda perturbada por una imponente bronca conyugal que termina con Moses y su caja en una tumbona mientras la vieja alquimia del amanecer acude puntual y convoca a niños y padres junto a la lámina azul de la piscina. Hojeando maquinalmente las fotografías de la caja enseguida acuden a su memoria imágenes de su querido abuelo Karl Schulz.

¿Responsabilidad? ¿Culpabilidad? Responsabilidad podría ser, pero culpa, para nada. ¿Hasta que punto el hombre de setenta años que ahora pasea al borde de la piscina puede considerarse responsable de lo que hizo un chico de dieciocho? Pero voy a centrarme en la “culpabilidad”. Conozco a mi abuelo, en esa materia no aceptaré lecciones de nadie. A los cincuenta, incluso a los sesenta (antes de que le cayese encima la maldición del reuma) volvía cada septiembre de su viajes (por Ecuador, Australia, Borneo…) cargado de regalos: boomeranes, pañuelos de fantasía, máscaras… Asusta pensar en la vitalidad que podía contener aquel cuerpo a los dieciocho años. Claro que no conocí a mi abuelo en aquellos años oscuros, pero todos los testimonios coinciden: una mente pura, dominada por ideales. No era un perezoso, ni un conformista. Quería lo mejor para él. ¿Cómo no iba a sumarse a una empresa que pretendía transportar la higiene y la paz a todos los hogares? Arrancar las malas hierbas. Mejorarnos a todos. Lo concedo: el abuelo es responsable de lo que hizo, pero culpo y culparé siempre a las oscuras fuerzas que gobiernan el mundo y que arrastraron al mejor muchacho que encontraron, al más inocente de su leva. Lo que sucedió fue una perversión de su energía.

Me he pasado la vida entre grandes libros antiguos y sabios. Quiero dejar claro que lo que sigue no es una idea mía: está disponible para quien se atreva a sostenerle la mirada al abismo. Los grandes héroes trágicos no fueron santos, llevaban encima la marca de la destrucción y dispersaban dolor. Aquiles, Héctor, Edipo, Ayax, no les pidas a esos tipos que sean cuidadosos de camino hacia la grandeza. La inspiración tiene un precio, y lo pagaron, vaya que sí: con su vida. Pero antes de extinguirse les vieron subir muy alto, y todavía arden allí.

Los grandes héroes trágicos no fueron santos, llevaban encima la marca de la destrucción y dispersaban dolor. Aquiles, Héctor, Edipo, Ayax, no les pidas a esos tipos que sean cuidadosos de camino hacia la grandeza

Todos mis tíos (Theobold-Kiefer, Millicent-Morgen, incluso el tarambana de Pepin-Peringod) fueron hechizados por la melodía negra de la guerra a favor de la pureza. Perseguían la gloria; encontraron diversas formas imprecisas de maldad; cometieron algunas, sí, pero pagaron. No están aquí y nunca verán las agradables playas españolas donde el mar lleva millones de años arrastrando espumas sobre el lomo verde de sus olas, y que seguirá aquí cuando la humanidad no sea más que una memoria soñada de polvo. 

Claro que el abuelo Karl sobrevivió, pero no veo cómo un azar de la Historia puede desdibujar un argumento tan imperioso. Ya decían los antiguos (Sterne, Diderot, el bueno de Ulrich von Hutten) que cada bala lleva grabada el nombre del portador del pecho en el que va a incrustarse. Y si el destino es incognoscible (y no conozco a nadie facultado para leer lo que llevan escrito las balas), entonces el destino solo puede ser un azar.

Lo que quiero decir (mientras hojeo las fotografías familiares que encontró la amorosa Bärbet-Dietlinde; y mi mujer, supongo, retoza entre las sábanas caldeadas por la mañana tibia) es que mi familia podría servir de indicio y no sé si también de ejemplo (he vacilado al escribirlo, claro, pero en este cuaderno me he exigido ser implacablemente sincero) para nuestra sociedad.

¿Cuántas veces tendrá que pedir perdón públicamente el Estado? ¿Hasta dónde van a llegar las víctimas con sus reclamaciones? Nadie puede discutir que los descendientes de “los perdedores” son ahora ciudadanos de primera, con los mismos derechos y deberes que cualquiera. Estoy dispuesto a reconocer que algunas personas sufrieron más de lo debido, que familias enteras han retomado su andadura en posiciones de desventaja, que es algo inquietante que tantos hijos y nietos de altos funcionarios sigan ahora en posiciones de poder… Pero, vamos, ¡el mundo es esencialmente injusto! Por algún sitito hay que empezar la cuenta nueva, no se puede retroceder en el tiempo buscando la primera injusticia, no terminaríamos nunca. Hay demasiada amargura y frustración entre los perdedores (no quiero caer en la corrección política de llamarles “víctimas”: el cainismo, como todas las maldiciones selladas por Dios, es una electricidad oscura que lo recorre todo, y quizás en lugar de paralizar la política pública con sus lamentos y reclamaciones sin fin podrían observar (aunque fuese por una mirilla) el ejemplo de reconciliación privada que ofrece mi familia.

El cainismo, como todas las maldiciones selladas por Dios, es una electricidad oscura que lo recorre todo

Pero antes de describir un aniversario en casa de los Füfü me acerco a la piscina, y tras ser graciosamente salpicado por unos niños que adoptan las coloraciones aceitosas de Sorolla (qué difícil contemplar a un maestro español sin que la textura de su trazo impregne la realidad), atravieso de cabeza la superficie de la piscina y hago un par de largos. Ya de vuelta me aseguro por la ventanita de nuestro bungalow que Edeltraud-Evelyn sigue retozando sobre las sábanas ahora casi abrasadas por el incipiente mediodía. El cuadro de despreocupación sureña es tan hermoso que invita a cerrar los ojos y abandonarse, pero regreso a nuestros aniversarios.

¡Las dos ramas familiares! Los Füfü y los Schulz, qué alegría goetheana, qué chanzas, cuanta comida, cientos de esos jirones de historia que llamamos anécdota. ¡Qué ruede la cerveza! ¡El dorado riesling! ¡Los caldos aterciopelados del Rin! Como si nadie hubiese cometido ningún error, como si no hubiese ocurrido nada. Ojalá las faltas se ocultasen y se mostrasen alternativamente en lugar de quedarse estancadas como un lago de sangre. ¿Qué culpa tenemos de los errores del Destino? Se nace, se vive, se muere. Y qué hermosas son esas tardes de otoño sobre Friburgo que desdibujan reconciliadoras la culpa personal (incómoda como un dedo no solicitado en el culo) al integrarlas en una culpa más apacible y universal, que nos empuja como una inercia benéfica hacia la fraternidad.

No, quien no tenga un abuelo nazi y un abuelo judío no sabe nada de la elasticidad de la reconciliación. Es cierto, claro que es cierto, que la conversación rodea con tiento algunas calderas de volcán que, aun apagadas, irritan los ojos con sus vapores sulfhídricos. Pero en qué familia no hay un adulterio, una pelea macabra, un transexual. Todos los corazones tienen sus escrúpulos, episodios tan delicados que parecen reservarse para la poesía o la confesión.

No, quien no tenga un abuelo nazi y un abuelo judío no sabe nada de la elasticidad de la reconciliación

Muchas veces he pensado en describir esto en el marco amplio de una novela. Empezaría siguiendo los pasos del Maestro en Las historias de Jacob. Un pozo profundo excavado en el tiempo en cuyo extremo más lejano Caín le rompe la crisma a Abel y tras un veloz travelling (dinosaurios, vikingos, romanos, pelucas afrancesadas, sangre de guillotina, pólvora) aparecerían reconciliados al borde de una buena mesa los Füfü y los Schulz. Tres mil quinientas páginas, siete volúmenes: es el libro que llevo dentro, el que he nacido para escribir. Pero quién se atreve. La crítica estaría tensa y alerta, para ellos disolver una tensión política en el teatrillo íntimo de la sentimentalidad familiar equivaldría a un ignominioso truco de feria. Ya escucho a Ademaro Müller ladrar sobre mi irresponsabilidad política y a Carleigh Burke-Bingham escribiendo veinte folios sobre la vergonzosa intentona de justificar a un criminal por el amor a la sangre. No entienden nada, insensibles al sentimiento, ¿son así de vigilantes los críticos en este hermoso y noble país de sol y playa, el país del Quijote, cuyo centenario acabamos de celebrar todos los humanistas de bien? ¿No podrían leer por una vez con el corazón, ser empáticos, “tu cabello dorado Margarethe / tu ceniciento cabello Sulamith”? ¿De qué creen que escribía Celan sino de reconciliación? Casi les escucho reír, pero si me escuchasen confiados, podría convencerles, claro que podría.

No, no, si publicase un libro así me desollarían, investigarían, y aquí las cosas iban a complicarse. Si al menos me dejasen explicarme, pero no tardarían en acusarme que en todas esas páginas idealizadas que he escrito (pues en mi cabeza la novela ya está muy avanzada) hay un ausente: mi abuelo Füfü, el judío. Pero no es del todo cierto, él está allí, está aquí, en el salón, en casa. Es cierto que le arrestaron, que le despojaron de su dinero, que le metieron en un campo de concentración, que lo gasearon (no se hagan los inocentes, lo han visto en cientos de películas) y que hicieron jabón con sus huesos. “La muerte es un maestro que viene de Alemania”: qué cara más dura tiene Celan. Quizás sea un buen momento para recordar que los estadounidenses tiraron una bomba atómica sobre Japón y que media hora más tarde ¡tiraron otra! Así que el abuelo sí está en casa. En el altarcito: jabón fosilizado. La transubstanciación solo complica las cosas si uno es un racionalista de sombrero cuadrado. Dejemos hablar al amor, ¿cómo no iba a perdonar el abuelo Füfü al abuelo Schulz, todo ese vigor juvenil pervertido, su energía inocente, sus viajes a Australia, su apetito (un tanto vulgar para la generación fogueada en las universidades)? ¿Cómo no iba a ponerse en su lugar? ¡Deben pensar que los judíos no tenemos ojos en las cuencas, que si nos pinchan no sangramos! ¡Que la rabia ha devorado el perdón hasta los huesos! Todo este antisemitismo ladino me pone de los nervios. Y nadie hace nada, yo no veo que nadie haga algo. Y al fin al cabo, su nieto soy yo, así que quién mejor que yo para saber lo que el abuelo Füfü pensaba o hubiese pensado. ¿Qué derecho tiene el Estado, el dictamen público, la versión oficial de los hechos, a negar mi corazón, a restregar los tejidos amorosos de mi víscera principal con la escobilla sucia del inodoro? Ah, no, por aquí que no paso. O, como dicen los mallorquines, ¡estaríamos buenos!

 

Traducido del alemán por Gonzalo Torné.

 

Autor >

Moses Füfü

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