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García en el país favorito de la divina providencia

Capítulo XV. El CNI y la vida, que se complica

Guillem Martínez 19/08/2017

<p>Sant Puigdecabanes Màrtir</p>

Sant Puigdecabanes Màrtir

dimitrisvetsikas1969 / Pixabay

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RESUMEN DE LO PUBLICADO: El plan de García para fabricar las urnas y sacar tremenda tajada, va a tutiplén. Todo va bien. Tal vez, incluso, demasiado. Pero en eso, García se entera de que el CNI quiere algo de él que aún no le ha dicho. Quieren a Dios.

Solucioné en el restaurant millonetis la llamada de Estadella. Que se la resumo. Estadella no veía avances en mis investigaciones, por lo que se impacientaba. Le paré el carro y quedé con él, avant la nuit --rayos, llevaba tanto tiempo en este restaurant que ya hablaba como un segundo plato--, en mi despacho. Me pareció percibir, a través del auricular, que Estadella estaba más contento que unas castañuelas por volver a mi despacho. Giovanni, a su vez, también solucionó sus compromisos sociales, vía wasap. Esta noche había quedado para cenar y dormir en casa de Jordi, su amigacho de clase. Llegué solo, pues, a casa. Aún tenía una hora, tal vez dos, hasta la cita con Estadella. Por lo visto emplearía ese tiempo en hablar con Núria. Núria, de hecho, estaba en la cocina, acariciando el cabello a un Pepé inconsciente, que tenía la cabeza apoyada, respectivamente, sobre la mesa y sobre un charco de baba. Núria tenía frente a sí un vaso de whisky DYC. Y otro, aún vacío, lo supe al instante, dispuesto para mí. Su perfil nunca jamás había sido tan románico, ese estilo que fabricaba estatuas como churros, pero todas con una expresión que nunca sabemos si es de seriedad o de guasa. Antes de empezar a hablar, Núria llenó mi vaso.

-- Tenemos que hablar--, me dijo.

Oh, no, pensé para mis adentros. Bueno, espero haberlo dicho para mis adentros.

-- ¿Cómo va la vida, Núria?

-- Va, pero hoy me ha ocurrido una cosa curiosa.

-- Soy todo oídos.

-- Lo sé. Ahí va. Salía la mar de contenta de casa, rumbo a ese estúpido trabajo alienante que tenemos todos cuando, de pronto, me ha pasado algo que no es del todo normal.

La cosa prometía.

-- Concretamente, un par de señores de negro se me han acercado por la espalda, me han dado un golpe con una cachiporra y me han metido en un saco. Me he despertado en una suerte de checa, atada a una silla. Los dos señores de negro, y otro, que era un abuelete con lamparones y que se hacía llamar Leyenda Viva del Periodismo Español, me han interrogado durante un par de horas. Incluso me han chutado pentotal.

-- Eso es terrible. Lo siento.

-- Bueno. El pentotal mola. Me preguntaban por mi verdadera identidad. Creían que era Dios. Tras desatarme una mano e introducirla en una copa de agua para ver si se transformaba en vino, se han rendido a la evidencia, han dado la causa por perdida, y me han dejado en libertad. No sin antes hacerme prometer que no diría nada de lo acaecido, promesa que estoy rompiendo ahora mismo. En el interrogatorio, por cierto, los dos hombres de negro y el abuelete repetían mucho tu nombre.

-- ¿Y qué decían?

-- No lo sé. Estaba hasta las trancas de pentotal. Te preguntarás por qué te digo todo esto. Bueno, ya sabes por qué te lo digo. Verás, en esta casa Esparraguera nos trajo el candor, Giovanni la inocencia, Pepé, el alcoholismo. Y tu, me temo, el CNI. Y eso no me cabe ni entra. Tendrías que hacer algo al respecto.

Me miró fijamente. Una estatua románica mirándote fijamente acojona. Pero Núria tenía más razón que un santo. Románico.

-- Núria, dame 48 y limpio el piso de CNI.

-- Te lo agradezco. Yo, como comprenderás, me voy a tomar esas 48 horas de vacaciones. Igual me voy a casa de mi prima, en Vidreres. Sería fantástico que, cuando vuelva, esta casa, a la que siempre eres bienvenido, esté desceneizada.

-- Cuenta con ello--, dije, tan ricamente y como si fuera fácil.

Núria apartó la mano de la mata de pelo francesa de Pepé, se levantó, me besó ambas mejillas, cogió una maleta que había debajo de la mesa y, en ese preciso instante, se piró.

Tenía un marrón no previsto y que podía arruinar mi Plan Infalible, si no la paz de mi hogar. Empecé a meditar una solución, arriba y abajo del pasillo. En uno de mis arribas y abajos, me topé, por cierto, con Esparraguera, que salía del lavabo, vestido de Papageno. No viene al caso, pero espero que ese disfraz tenga bragueta.

-- Hombre, García--, me dijo, sonriente, y a través de su voz de pito.

Decidí, antes de seguir con la fabricación de mi plan, volver a testar la divinidad de Esparraguera, algo fundamental para este y para cualquier tipo de plan en la vida.

-- Hombre, Esparraguera. Dichosos los ojos. Oye, ¿no tendrías 20 euros para un taxi?

-- Pues hoy no, francamente. Ha estado la cosa floja.

Aproximé mi rostro al de Esparraguera, amenazante. Y volví a emitir mi solicitud.

-- Que me des 20 euros, notas.

Esparraguera, en ese momento, moduló cara de canguelo. Se sacó un zapato, y de él, un billete de 20 euros.

-- Es mi reserva federal. Lo tenía ahí para una urgencia, o por si algún día me proponían matrimonio.

-- Muchas gracias, Esparraguera, eres un solete--, dije mientras cambiaba a modo enrollado. Creo que, incluso, le di un beso en la frente.

Bien. Esparraguera era Dios, y era evidente. Pero eso no me ayudaba mucho en ese instante. Quizás, incluso, acrecentaba la tensión y la responsabilidad. Debía de idear la manera de librar al pobre Esparraguera del CNI. Y, sin la pasta que cobraría tras la culminación de mi Plan Infalible, que pensaba utilizar en parte para enviar a Giovanni a Can Primo Elvis, no había tu tía. Decidí irme al Club de Cannabis Luxurious, a acabar de organizar mis ideas.

Organicé --ordenador, marlboro, cenicero, cortadete, vichí-- la mesa de mi despacho. Y decidí matar a Puigdecabanes. No sé muy bien por qué, pero me pareció que el resto saldría solo. Hice, al respecto, tremendo articulazo, narrando con todo detalle la muerte trágica de Puigdecabanes. Era, tal vez, el mejor artículo que había escrito en mi vida. Al concluirlo, estaba llorando por la emoción del testimonio humano. Envié el artículo al diario y, al levantar la vista, aún con los ojos llorosos, me encontré que, frente a mi, y desde vete a saber cuándo, estaba Estadella.

-- Coñe, Estadella, vaya susto.

Estadella me explicó que llevaba cinco minutos observándome, que era todo un espectáculo ver trabajar a un periodista de raza, y que las chicas Bond le habían dejado pasar, sin pagar los 500 euros preceptivos, con tan sólo enseñar el carnet que le facilité el otro día.

-- He movido mis hilos. No sabe lo que me ha costado--, dije--. ¿Y qué le trae por aquí?

-- Urnas, Puigdecabanes, Dios. ¿Recuerda?

-- Sobre Dios tengo buenas noticias. En breve le podré pasar un nombre. Pero lo gordo, lo bestia y aquello por lo que me acabará pagando pasta gansa, es lo de las urnas y lo de Puigdecabanes.

-- Cante--, dijo, sin mucho interés. Era evidente que lo de las urnas y lo de Puigdecabanes se la traían floja. Si quería vender el pescado, debía esforzarme.

-- Tenía usted razón. Hay un hilo tenue que une urnas, Puigdecabanes y Dios.

-- ¿Lo ve?

-- El problema es que cada una de esas casillas lleva a la otra, por lo que debemos recorrerlas todas.

Estaba improvisando un plan, que se tenía que superponer a mi Plan Infalible anterior. De pronto, en mitad de mi jam-session de trolas, vi una luz, y todo adquirió cuerpo.

-- Verá. Puigdecabanes ha muerto.

-- ¿Eso es cierto?

-- No. Pero me ha obligado a escribirlo. Verá, eso no se lo dije, pero ahora que tenemos confianza se lo puedo contar. Soy un esbirro de Puigdecabanes. El único con graduado escolar, lo que me da cierto acceso al personaje, por lo que sé sus planes. Quiere simular su muerte, desaparecer y rajarse del asunto Procés. Ve demasiado peligro. El acoso del CNI está dando sus frutos.

Noté como el pecho de Estadella se inflamaba por el orgullo.

-- Pero aún podemos pillarlo. Tan solo hay que ir a los Estados Unidos y convencerle de que no hay peligro. Si voy y le vendo la moto, Puigdecabanes vendrá, fijo. Y con él, 8.000 urnas, que usted interceptará junto al enemigo público número 1.

-- ¿Y pretende ir a Nueva York?

-- No. A Los Ángeles, donde ha desplazado su cuartel general. Necesito los billetes para salir mañana mismo y volver en un plis-plas.

-- ¿Los billetes? ¿Va a ir acompañado?

-- Se trata de una misión peligrosa. Me juego el tipo. Iré acompañado de mi guardaespaldas. Una mole. Puro peligro. Apunte el nombre para el billete, que luego le paso el DNI. Jesús Esparraguera i Dupont, alias El Papageno. Por mi parte, viajaré con el nombre en clave por el que Puigdecabanes me conoce. Apunte. Giovanni García. Necesitaremos, por otra parte, algún tipo de provisión de argent de poche, para ir tirando en L.A. Apunte, 5.000 pepinos.

-- Giovanni García... 5.000 pepinos...--, repitió Estadella mientras lo apuntaba en su bloc de notas de Leyenda Viva del Periodismo Español--. ¿Eso es todo?

-- No. Para que el plan transcurra con éxito necesitamos 200.000 euros. Tranquilo, me los pagará el día en el que le entregue las urnas y a Puigdecabanes.

-- ¿Y eso?

-- Eso es lo más divertido. Es el soborno que le tenemos que dar a Mister Chang para que traicione a su jefe. Está todo contemplado en este contrato con efectos legales, en el que Mister Chang pide lo habitual en estos casos. Vamos, 200.000 pepinos y la garantía de que no habrá causa penal. Firme, por favor, aquí, aquí y aquí para hacerlo oficial.

Estadella, guau, lo hizo. Firmó el documento que, previamente, el Señor Chang había firmado cuando era una hoja en blanco y que, posteriormente, había rellenado yo con estas manitas. En el contrato se especificaba lo ya dicho, más el hecho de que Mister Chang entregaba también al CNI todos sus ratones inoculados con el virus de la resaca. El CNI debía retirarlos y desinfectar el local. Sí, soy un hacha.

-- ¿Y Dios?

-- Para entonces ya tendré un nombre, que me facilitará Mister Chang, un hombre muy místico. No ha sido fácil, por cierto. Por un tiempo pensé que Dios era Núria, mi compañera de piso--, dije, para hacerme el interesante y el tipo al día.

-- Sí, nosotros también.

-- Pero ahora me atrevo a suponer --empecé a improvisar al respecto; quién sabe si, finalmente, apostaría por esa vía-- que tiene aspecto oriental. Creo que se llama Cu-ñao. Pero no me haga mucho caso. Por mi parte, eso es todo.

-- Por la mía no.

Estadella se puso serio. Empecé a temer que mi plan no hubiera colado. Socorro. Estadella prosiguió:

-- No puedo seguir, ni un segundo más, impasible a los rayos de sus ojos, que me invitan al amor y a la conexión con el mundo. ¿Sabe lo que significa Kuit-prokuo en manchú? ¿Qué le parecería si…?

Falsa alarma. Estadella volvía a estar colocado. Y, a los pocos segundos de decir esas palabras, ceporro. Yo también creí estar de la misma guisa cuando vi, sobre la mesa, cuatro ratones, cantando el estribillo de Tears dry on their own, gran copla soul de Winehouse. Empecé a buscar en ese instante, por todos los rincones y ansioso, una nueva aparición de Quimetta. Pero no la vi. A quién vi fue a Mónica. Iba vestida de chica Bond del Club de Cannabis Luxurious, y se acercaba hacia mí abandonada a su propia velocidad. Era bella como una nube y caminaba como una nube.

Pronunció mi nombre en varias ocasiones. En las que, consciente de mi cuelgue, esta vez no contesté. Finalmente, Mónica me pegó una bofetada. Era real. Dolía. En efecto, era Mónica, de carne y hueso.

-- Hombre, Mònica, con las prisas no te había visto ¿qué haces por aquí?

-- He pillado un curro. Trabajo aquí. ¿Todo bien?

-- Todo bien. ¿Y tú?

-- Bien. Bien.

Mónica se alejó de mi, taciturna, como siempre. Pero, también como siempre, se detuvo. Meditó algo, y volvió.

-- Salgo a las 11. ¿Quieres que durmamos juntos?

Con todo el aplomo del mundo, le contesté lo siguiente: Ñkjbafeihnklzvc.

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Continuará.

Autor >

Guillem Martínez

Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo), de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo) y de 'Caja de brujas', de la misma colección.

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