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García en el país favorito de la divina providencia

Capítulo XX. La fiesta de la democracia

Guillem Martínez 26/08/2017

<p>Saint-Émilion, 1970.</p>

Saint-Émilion, 1970.

WikimediaImages

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RESUMEN DE LO PUBLICADO: Hoy García, ese servicio público, entrega las urnas a todo el mundo que las necesita. La poli, para que no se vote, y la Gene, para decir que se las han quitado. En total, si todo sale bien, serán 900.200 euros.

*****

Cené solo en casa. Núria seguía ausente. Igual estaba en casa de su prima de Vidreras. Esparraguera, es decir, Dios, estaba a buen recaudo, lejos de los malos, en L.A. Un sitio, por otra parte, doblemente seguro. Por un lado, al CNI no se le ocurriría ir a buscarlo fuera de territorio patrio --el CNI, como cualquier otra institución local, pensaba que el mapa de España era lo que en el extranjero se denominaba un mapamundi--. Por otra parte, si a Esparraguera se le giraba el cráneo y le daba por decir que era Dios en plena calle, sería el loco un millón que iba por las calles de L.A. vociferando que era Dios. A Giovanni también lo tenía en L.A., comiendo salmón como un poseso en lo del primo Elvis. A Pepé, a su vez, lo imaginaba en cualquier esquina, destruyendo el excedente vinícola comunitario. Mòquina, esa mujer taciturna que periódicamente nos visitaba, estaría taciturna en cualquier otro punto de la ciudad que no fuera la puerta de nuestra casa.

Los 40 euros que le había levantado a Borinot, mientras Europa le observaba, habían dado mucho de sí. Es más, habían dado, incluso, para un garrafón de Always, un escocés atómico que, por cuatro euros, vendían en el Mercadona, en lo que sin duda era el único error de cálculo de la egregia empresa alimentaria. Hoy no era, en fin, un día de DYC, teniendo en cuenta que, si mi plan salía bien, me retiraba, y que si salía mal, de una manera u otra, también me retirarían.

Ante y bajo el vaso de Always, estuve pensando en el único marrón que tenía mi plan. Tanto Puigdemont como Junqueres como el CNI, y por diferentes motivos, querían ver a Puigdecabanes. No Puigdecabanes, no trato. ¿De dónde sacaba uno? Mi plan de colar al cuñado del Señor Chang se había ido al garete, por la vasectomía shaolin que el Señor le había practicado a la brava. Había descartado utilizar un maniquí, dispuesto en una zona poco alumbrada. Por desesperación, había valorado mangar un cuerpo de la morgue, ponerle hilitos y hacer un remake de Este Puigdecabanes está muy vivo. La única opción que me quedaba era simular que yo mismo era Puigdecabanes. Algo sumamente extraño, pues yo mismo pedí y conseguí dos billetes de avión y 5.000 pepinos del CNI para ir a buscar a Puigdecabanes a L.A. Si decía que Puigdecabanes era yo, en fin, eso significaría tener que devolver toda esa pasta, algo que contradecía no sólo mis principios más íntimos, sino la trayectoria de toda una vida. Finalmente, en plena desesperación, clamé, al cielo. Pero el cielo no hizo, como viene siendo común, acuse de recibo.

Cuando amaneció, seguía sin una idea razonable. Después de comer, también. Tras la botella de Always de media tarde, lo mismo. Ya estaba a punto de entonar los versos de Don Juan en los que Don Juan explica que “Clamé al cielo y no me oyó. / Más si sus puertas me cierra, / de mis pasos en la Tierra / responda el cielo y no yo”, cuando, de pronto, escuché que alguien estaba abriendo la puerta de casa con su llave. Lo primero que pensé es que a todos nos gusta el Don Juan, de Zorrilla, porque nunca acabamos de saber si es un texto extremadamente bueno o extremadamente malo. Y lo segundo, y más útil, fue pensar que, igual, la persona que estaba entrando en casa no era otra que Núria. Con lo que el cielo, que no me oyó, se me abrió. Le explicaría mi plan y la invitaría a participar en él, a cambio de una tajada, interpretando a Puigdecabanes. Puigdecabanes sería una mujer. Eso supondría un final inesperado y sorpresivo. Y, por lo mismo, un momentáneo aturdimiento, que impediría a todos mis estafados hacerse más preguntas.

Pero no era Núria. Hasta la cocina entró quién menos me lo pensaba.

-- Hola. Mucho perfecto para mí.

Era Pepé. Beodo. Al verle, decidí que Puigdecabanes sería francés. Un patriota de la Catalunya Nord, que siempre molan. Le expliqué, inmediatamente, el plan. Le ofrecí una morterada y le di severas instrucciones.

-- Pepé: sólo tienes que venir conmigo, te sientas donde te diga e, importante, no digas nada. Si no puedes aguantarte, recuerda que un mucho-perfecto-para-mí es una frase que queda bien en todas partes.

-- Mucho perfecto para mí.

Para dar empaque a Pepé featuring Puigdecabanes, le puse un sombrero. Incluso en una casa de pobres siempre hay un sombrero que nadie sabe de dónde ha llegado. Cogí a Pepé de la mano y me lo llevé al punto de encuentro convenido con el Señor Chang, la Generalitat, la Brigada Catalana y el CNI. Era un local en el centro de Barcelona, poco concurrido, por no decir vacío, en el que sería poco probable que nos encontráramos a alguien. Es más, era una biblioteca pública.

Cuando llegamos, nos atendió la bibliotecaria, con un simpático gruñido.

-- Verá, hemos quedado con otros niños para hacer un trabajo de historia. Nos suspendieron porque el profe nos tiene manía. ¿Le importaría enviar al resto de compañeros de grupo, que irán viniendo, a la signatura I-B, biografías?

Interpreté el gruñido posterior como una afirmación, y me fui pitando con Pepé cogidito de la mano hasta el segundo piso. En efecto, no había nadie, salvo el Señor Chang, orgulloso frente a una montaña de 8.000 urnas.

-- Señor Chang, qué alegría. ¿Cómo va su cuñado?

-- Evoluciona dentlo de la glavedad, y con un inquietante y ploglesivo desinterés hacia el sexo femenino.

-- ¿Están todas las urnas?

-- Todas. ¿Está toda la pasta?

-- Tenga, Señor Chang. Aquí van los 400.000 pepinos.

-- Da gusto hacel negocios con usted. Bueno, da gusto en este caso concleto, que los antelioles han sido una honolable luina. ¿Cuando viene nuestlo cliente?

-- Está al caer. Vendrá en diferentes tongadas. No se extrañe si alguno de nuestros clientes le llama Mister Chang. Son personas de mundo.

Dispuse a Puigdecabanes/ Pepé en un segundo término, con su sombrero de malo y en una zona sin luz directa. Lo acababa de dejar así de mono cuando vi entrar en la sala a Puigdemont, Junqueras y el agente Borinot.

-- ¿Así que 8.000 urnas ocupan esta mierda de espacio? Quien nos lo iba a decir-- dijo Puigdemont, un ser vital.

-- ¿Y quién es este chino?-- dijo Junqueras, siempre atento a las evoluciones de la realidad.

-- Les presento al Señor Chang. Está aquí para internacionalizar el conflicto.

-- Eulopa les mila. Pelo también China. Y pol un tubo-- dijo Chang; me parece que no lo dijo de coña; debo de hacer algo para que deje de leer prensa procesista.

-- Presi, Vicepresi. Aquí tienen las urnas, allí a Puigdecabanes y allá al frente Estambul--Rayos, anoche me dio por Zorrilla y hoy por Espronceda; en mis momentos de estrés me pongo decimonónico--.

-- Vamos a abrazarle-- dijo Junqueras.

-- Un momento. Como esbirro de una organización secreta debo informarles que, si bien somos una ONG, cobramos por adelantado y para cada uno de nuestros encargos.

-- Borinot-- dijo Junqueras--, proceda con la pasta.

El agente Borinot me dio un talón.

-- Yo lo hubiera querido en efectivo.

-- Toma, y yo-- respondió Junqueras--. Borinot, que firme un recibo antes de darle el talón.

Junqueras y Puigdemont se fueron hacia Puigdecabanes.

-- ¿Factura o papelito?-- me preguntó, a su vez, Borinot.

La conversación entre el Presi y el Vice con Puigdecabanes duró unos 15 minutos. Cuando ya me esperaba que volvieran hacia mí airados, y que me dieran una tunda de hostias, se acercaron hacia mí, lo que es curioso, llorando.

-- ¡Qué patriota!

-- De una sola pieza.

-- Y de Catalunya Nord, donde la represión jacobina es aún mayor.

-- ¿Qué es lo que nos ha dicho que resumía la resistencia del pueblo catalán durante siglos...?

-- Mucho perfecto…-- Aquí a Junqueras le dio el llanto y la moquera-- ...para mí.

-- Honorables, ¿filmo? Que Europa nos mira.

Ese era Borinot, que se sacó el telefonino y empezó a grabar. Grabó a Puigdemont y Junqueras rezando ante 8.000 urnas y, posteriormente, como entraba el señor X y chorrocientos mil agentes de la Brigada Catalana y se llevaban las urnas en un plis-plas. Me quedé sorprendido, en fin, de lo poco que le dura una urna a la policía política local.

Posteriormente, grabó como el Señor X se acercaba hasta nosotros, como Puigdemont y Junqueras le informaban que se podía llevar las urnas, pero que Europa lo estaba mirando todo. Finalmente grabó cómo Puigdemont sujetaba a Junqueras, y Junqueras a Puigdemont para evitar ir hacia el Señor X a crujirle la cara.

-- Bueno, quedan detenidos-- dijo el señor X, en un momento del rodaje, a Puigdemont y Junqueras.

-- ¿De qué se nos acusa?-- preguntó el Presi.

-- Malversación de caudales públicos.

-- Ah, eso sí que no. No hay delito ninguno. Las urnas, a instancias de García, están compradas con dinero procedente de la venta de camisetas con el lema “Europa, mírame, tonta”, vendidas por la ANC en menos de 34 horas. Otro gesto que asombrará a Europa, por cierto-- rebatió el Vicepresi.

-- ¿Puedo ver el talón con el que se ha concluido la operación?

-- Por supuesto-- contestó Borinot, ese crack, extrayéndome el talón del bolsillo superior de la americana.

El Señor X lo estuvo examinando al contraluz.

-- Me lo llevo para que lo examine el TC.

-- TC, en este contexto, son las siglas de su Tío Cristóbal, ¿verdad?-- Ese era yo.

-- García, es un lince. Usted llegará.

-- A fin de mes, no.

Junqueras, Puigdemont, el Señor X, la Brigada Catalana, y mi talón al portador no tardaron en irse. Me quedé desanimado y solo, con el único consuelo de las palabras que me vertía el Señor Chang.

-- Galcía, hijoputa. Pala mi y mi cuñado, 400.000 euros, pelo pala usted 500.200.

Pero el consuelo de Chang acabó abruptamente, con la entrada en la sala de Estadella y dos señores de negro del CNI, uno de ellos con un maletín, como de médico del Oeste.

-- Estadella, no se lo va a creer, pero ha venido la Brigada Catalana y se han llevado las urnas. Gracias a Dios que no han detenido a Puigdecabanes que, con el susto, se ha dado a la bebida. Allí lo tiene, a punto de cambiar la peseta.

Estadella ni me escuchó. Fue directamente hacia Pepé. El del maletín, lo abrió, y sacó de él una copa de vino y una botella de Font Vella. Llenó la copa de agua. Estadella cogió la mano de Pepé. La introdujo en la copa. Milagrosamente, el agua se transformó en vino. Estadella se la dió al otro señor de negro, que resultó ser el sommelier del CNI. Le echó un tiento. Entornó los ojos y dijo:

-- Château Ausone, Gran Cru, Saint-Émilion, 1970.

Le arranqué la copa. La probé. Le di la razón al del CNI, con la única duda de que, en realidad, fuera cosecha 1982, que también tiraba de espaldas. Pepé, a su vez, también me arrancó la copa y se la bebió de una tacada.

Rayos. Había estado viviendo con Dios durante meses. Y no era Esparraguera, ese tonto del bote a quién le había dado un billete en primera a L.A. Y una bolsa de viaje de 5.000 euros.

(...)

Autor >

Guillem Martínez

Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo), de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo) y de 'Caja de brujas', de la misma colección.

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