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Análisis

La incertidumbre de los precarios y los efectos en la salud

La precariedad y el temor a la pérdida del empleo trascienden el mercado de trabajo, condicionan la salud, el carácter, el desarrollo social, y afectan al desarrollo de la vida de las personas al completo

Jose A. Llosa (workforall) 13/09/2017

<p>Mercado laboral</p>

Mercado laboral

Malagón

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El análisis de lo social no puede ser estático, al encontrar como objeto de interés un entorno de constante cambio. El estudio de lo laboral necesita enfrentar nuevos planos, situaciones, y, en último término, nuevas problemáticas continuamente. Un buen ejemplo está en la concatenación de contratos, cada vez más frecuente en todos los sectores, pero práctica sistemática en la hostelería de temporada alta. El vaivén de cifras de paro esconde lo volátil de las relaciones laborales: “De cada 100 contratos firmados este verano, 92 tuvieron carácter temporal”. Uno de cada cuatro de contratos celebrados en julio de 2017 presentaron una duración inferior a una semana, mientras que la duración media de todos los nuevos contratos del mes está en sólo 49 días. 

El primer escollo se topa en la definición de precariedad. Una aproximación completa a una situación de tantas caras resulta difícil de delimitar. Hay muchos intentos y propuestas: “El empleo precario puede definirse como aquel caracterizado por su incertidumbre, bajo salario y beneficios sociales limitados”, según Vosko en Managing the Margins (Oxford University Press, 2011). La Organización Internacional del Trabajo suma un matiz: “En el sentido más general, el trabajo precario es un medio utilizado por los empleadores para trasladar los riesgos y las responsabilidades a los trabajadores”. Sin embargo, Esteban Agulló expuso en Jóvenes, trabajo e identidad (Universidad de Oviedo, 1997) uno de los primeros acercamientos sistemáticos a este campo de estudio en España. Apuntó la necesidad de contemplar lo que son dos caras de la misma moneda: la precariedad se puede deducir en términos formales, como la duración del contrato --si hay--, la duración de la jornada, la movilidad, la rotación de turnos… Pero también necesita contemplar el plano de las condiciones laborales y el clima del empleo. Estos dos elementos sólo pueden ser aislables en un sentido teórico, ya que en la práctica están íntimamente relacionados, con efectos igual de perversos para la salud de los trabajadores en todos los casos.

La volatilidad de las relaciones laborales requiere acercarse a un fenómeno de relevancia al que podemos llamar incertidumbre laboral. Esta situación hace alusión a los efectos que genera en los trabajadores el temor a la pérdida de un empleo que desean o necesitan mantener. Refiere una preocupación por el futuro que trasciende las paredes de la oficina o el taller, que trasciende el mercado de trabajo, y que afecta, en realidad, al desarrollo de la vida de las personas al completo. La incertidumbre condiciona la salud, el carácter, la vida en familia, el desarrollo social, y también, claro, las conductas de consumo y planes vitales. 

Bajo el dogma de las reformas laborales, cada vez más agresivas y cada vez más requeridas, la inestabilidad contractual en España, además de real, cuenta con un marco normativo que da cabida a casi cualquier práctica

La incertidumbre laboral comenzó a levantar interés entre los analistas del norte de Europa hace un par de décadas. Surgió en el momento en el que los endebles contratos para estudiantes se alargaban más allá de la etapa de formación, y cuando los contratos en jornada parcial tomaron un protagonismo sobresaliente, dando lugar, con el tiempo, a la temida modalidad de cero horas. En España se trata de un fenómeno de estudio reciente, que cobra interés cuando en la última década la temporalidad se perpetúa, crece la volatilidad y emerge también la jornada parcial como elemento habitual... España comenzó una carrera sin descanso en el mercado laboral con el fin de equipararse a los vecinos europeos --sobre todo a lo peor de sus modelos--, y en el mejor de los casos, con el objetivo de llegar a superarlos. Bajo el dogma de las reformas laborales, cada vez más agresivas y cada vez más requeridas, la inestabilidad contractual en España, además de real, cuenta con un marco normativo que da cabida a casi cualquier práctica. Con mucho acierto, Pérez Infante (Editorial Bomarzo, 2015) expone que el primer problema no se encuentra en que la normativa laboral ampare o no ciertos actos, sino en que el mercado de trabajo español apenas cuente con mecanismos de control. Ergo, todo vale. 

Hablamos de la incertidumbre como un fenómeno propio de las relaciones neoliberales que afecta a Europa de una manera integral. Los investigadores De Witte y De Cuyper calculan que un 25% de los trabajadores europeos experimentan incertidumbre laboral respecto a su futuro (Willey, 2015). Pero ¿qué implica todo esto? Las consecuencias de la incertidumbre laboral están muy relacionadas con los efectos del estrés crónico. Así, la incertidumbre laboral se ha vinculado en la investigación científica con la enfermedad cardiovascular y con la percepción general de salud. También se vincula a los problemas de salud psicológica, tanto cuadros de depresión, como ansiedad, y con el bienestar psicológico. Por no hablar del condicionante que representa para las relaciones personales. Además, no sólo referimos un fenómeno experimentado de manera individual, sino que la investigación actual se centra en el análisis del clima de incertidumbre laboral como un elemento impreso en el modo de hacer de organizaciones y empresas. Presenta, así, consecuencias para el bienestar del conjunto de sus miembros, pero también en el curso de la actividad productiva.

Sin embargo, la literatura sobre incertidumbre laboral aporta algo verdaderamente importante: la clave está en las condiciones de trabajo. La solución obvia puede parecer la imposición de contratos más estables, pero esto no es suficiente. Cuando el puesto de trabajo, aunque estable, no garantice unas condiciones adecuadas, la incertidumbre persiste como elemento desestabilizador en las personas. Esto se sujeta a lo que Precarias a la deriva (Feminist Review, 2004) denomina como precariedad vital, o lo que Guy Standing recoge en su obra de El Precariado (Pasado y presente, 2012): la precariedad emerge de lo laboral, pero mantiene sus efectos mucho más allá. Así, la precariedad laboral se analiza como un condicionante que culmina en una situación de precariedad vital, un modo de vida límite que debemos asumir como puerta de entrada a la pobreza y a la exclusión social. Tras todo ello se impone la necesidad de que el análisis de lo laboral trascienda el interés obvio de la economía, tratándose también como una cuestión de salud pública. 

¿Acaso el ritmo acelerado con el que aumentan problemas psicológicos como el estrés, la ansiedad y la depresión puede no tener un fondo social? Según un informe reciente de la Organización Mundial de la Salud, el 5,2% de la población española sufre depresión, y el 4,1% trastornos de ansiedad. Además, en 2013 se observaba un aumento del 19% de los casos de depresión que llegaban a las consultas de salud mental desde el inicio de la crisis. Los datos se vuelven dramáticos cuando profundizamos más. Por ejemplo, en la VII Encuesta Nacional de Condiciones de Trabajo, con datos de 2011, el 82.1% de las personas con estrés, depresión o problemas para conciliar el sueño percibían que estas dolencias eran originadas o agravadas por motivos laborales. Un claro reflejo de la presencia de este tipo de malestar psicológico en la sociedad son las cifras de consumo de psicofármacos. Estamos en el país donde más ansiolíticos se toman de toda Europa, y el consumo de antidepresivos se ha triplicado desde el año 2000 hasta 2013, tal y como recoge la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS). Esta cifra se ha disparado de manera drástica en la población joven, muy castigada por la crisis laboral y las condiciones laborales abusivas. Según el último informe del Ministerio de Sanidad, de 2005 a 2013 se ha duplicado el porcentaje de población de entre 15 a 34 años que ha consumido alguna vez este tipo de fármacos. 

Sin embargo, las carreras de las ciencias de la salud se han empeñado en los últimos tiempos en tratar las problemáticas derivadas del trabajo como problemas de salud individual. Como una serie de situaciones aisladas y concretas destinadas a una intervención caso a caso. El objetivo ha sido desconectar las consecuencias de los problemas laborales --problemáticas psicológicas, por ejemplo, de sus causas, los propios contextos laborales--. A través de un ejercicio de ingeniería conceptual, fenómenos como el burn-out ---el síndrome de estar quemado en el trabajo-, en la literatura psicológica han tomado una entidad propia creciente como trastorno equiparable al de la depresión. Esto, que puede parecer baladí, implica que la intervención sobre el burn-out se centre sobre el trabajador que lo experimenta, ayudando a crear mejores pautas para afrontar situaciones estresantes, pero nunca, jamás, como intervención sobre el contexto laboral que realmente desencadena ese malestar.

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Jose A. Llosa. Equipo de investigación Workforall, Universidad de Oviedo.

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Jose A. Llosa (workforall)

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