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Cuando se demoniza pensar

El central del Barcelona ha sido muy criticado por expresarse a favor del referéndum catalán. Para muchos, los futbolistas no deben meterse en política. No siempre fue así

Marcos Pereda 3/10/2017

<p>Gerard Piqué levanta el trofeo de la Eurocopa 2012.</p>

Gerard Piqué levanta el trofeo de la Eurocopa 2012.

Football.ua

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Balón largo al área de la selección española (o córner a favor del Barcelona). El central Gerard Piqué falla en el corte, y a causa de eso el equipo contrario anota (o bien el central Gerard Piqué, sumado al ataque, impone su salto y cabecea el balón a las mallas). Fallo clamoroso (o acierto providencial) de Piqué. Es igual, podría pensar él, mañana va a ser lo mismo. Bien o mal, acierto o pifia. Qué más da, el juicio no vendrá por lo visto en el verde, por lo hecho con la pelota. Será por lo otro. Lo otro. Hablar.

Decía el escritor Eduardo Galeano que no hay nada menos vacío que un estadio vacío. En el Camp Nou vacío del pasado domingo (decisión discutible, razones a debatir), los gritos que más se escucharon fueron, una vez más, los de Gerard Piqué. El mismo que siempre comparece ante la prensa con claridad y sin dobleces. A quien nunca se le ha escuchado una palabra de desprecio hacia España y sí, muchas, de reconocimiento. No importa. A Piqué se le juzga por lo que dice y por lo que muchos dicen que quiere decir (ese deporte tan hispano, también). Pero, sobre todo, se le censura que tenga ideas propias y las exprese libremente. Que huya del discurso plano --encefalográficamente plano-- que suele poblar las declaraciones de los futbolistas. Que, por fuerza, entre tantos, algunos deben tener opiniones personales, posicionamientos políticos. Pero no se sabe. Tabú. Usted corra y pegue patadas a un balón. El resto queda para los intelectuales que no saben intelectuar y para los filósofos de la desfilosofía, que es algo parecido a la posverdad. Es la victoria definitiva de la corrección política. También, paradójicamente, la que obliga a no hablar de asuntos políticos.

en mayo de 1926, durante el transcurso de la Gran Huelga General en el Reino Unido, los empleados del tranvía de Plymouth concertaron un encuentro que los iba a enfrentar a los policías de la ciudad encargados de reprimir sus manifestaciones

Sorprende, digo, la casi absoluta soledad de Piqué en este grupo, el de los futbolistas que se meten en charcos sociales o ideológicos. Y sorprende, entre otras cosas, porque no siempre fue así. Porque antes los deportistas aprovechaban su fama, su (merecido o inmerecido) altavoz, para expresarse, para reflexionar en voz alta. Uno no tiene que estar siempre de acuerdo con lo que dice el jugador del Barcelona para entender que, ahora y siempre, ese opinar debería ser tenido como algo habitual, y no como un motivo para el ataque o la burla, una excusa para poner la equis sobre la persona.

Lo de los futbolistas que hablan --de política. Y no de fútbol, o de su pelo, o de sus negocios, o de sus líos con Hacienda-- es cosa que viene de lejos. Ya en mayo de 1926, durante el transcurso de la Gran Huelga General en el Reino Unido, los empleados del tranvía de Plymouth concertaron un encuentro que los iba a enfrentar a los policías de la ciudad encargados de reprimir sus manifestaciones. Cosas de los ingleses, que son muy así. Durante el encuentro (en el que vencieron, cuentan, los huelguistas por dos goles a cero), los trabajadores se acercaban a los agentes y les contaban cosas en voz baja. Sus motivos, sus peticiones, sus condiciones de trabajo, de vida. Cuando el balón salía de banda, o cuando la pelota estaba a muchos metros, se montaban auténticos debates, como si el campo fuese, sí, un parlamento. De los de parlar, claro. Esos raros. Un primer ejemplo, nada más.

El Mundial de 1958 fue el de Pelé, aunque también podía haber sido el de Eduard Streltsov. O el de Rachid Mekhloufi. Pero ninguno de ellos llegó a pisar el césped sueco. El primero era una personalidad complicada para el régimen soviético. Gustos occidentales, pelo peinado a la última, modales pendencieros, placer en carcajadas y vodka. También, sí, una lengua muy larga que le llevaba a criticar la sacrosanta URSS cada vez que viajaba al extranjero con su selección. Igual fue por eso por lo que cayó en desgracia ese mismo 1958, acusado de una violación de la que, cuentan, no era culpable. Otros hablan de un desaire personal a Ekaterina Furtseva, primera mujer en acceder al Politburó soviético. Da igual. Streltsov se va a otros campos durante cinco años. Helados, en Siberia. Allí sigue jugando al fútbol, con la mirada más triste, con la boca más cerrada…

Lo de Mekhloufi fue diferente, y ya lo hemos contado alguna que otra vez. Se fugó de Francia apenas unos meses antes de empezar ese Mundial de 1958 para apoyar la causa de la independencia argelina. Él, que era una de las máximas estrellas de una selección llamada a hacer historia. No le importó. Forma un equipo de exiliados, no reconocido por la mayoría de los países, y se dedica a dar lecciones de dignidad por medio mundo defendiendo la bandera de un país que aún no existe. Lo curioso es que, al conseguir Argelia la independencia, Mekhloufi vuelve a Francia, a jugar en su querido Saint-Etienne. Al principio hubo pitos, después, cuando el balón pasó por sus pies de mago, todos volvieron a rendirse a su alegría de jugador. Porque eso es, precisamente, lo que hace, lo que puede hacer, el fútbol.

Aquel campeonato mundial de Suecia, que se perdieron Mekhloufi y Streltsov, fue agitado en lo político. Allí destacaron otros protagonistas que no dudaron en expresar su ideología cuando hizo falta. Uno de ellos fue Raymond Kopa, francés, hijo de emigrantes polacos. Su apellido completo era Kopaszewski. Nació en el norte, zona minera, como mineros eran la mayoría de los compatriotas que habían llegado desde el este a aquel lugar para ganarse la vida. Existencia dura, hombres que pasan de la juventud a la vejez en poco tiempo. Accidentes, miembros amputados, el temido grisú. También un sindicalismo afilado, de acero, uno que hundía sus raíces en la tierra que ayudaban a horadar. Ser polaco en el norte de Francia era, también, tener conciencia de clase.

La misma que le llevó a denunciar en 1963 la condición de los futbolistas franceses, atados a sus equipos, según sus palabras, “como esclavos”. Se quejaba de que los pudieran comprar o vender como si fueran ganado, de las condiciones de los terrenos de juego, de los contratos que solo se pagaban durante los meses en que hubiese liga. Cuando el 22 de mayo de 1968 --mayo de arenas y taumaturgias en París--, un grupo de jugadores amateurs ocuparon la sede de la Federación Francesa de Fútbol con idénticas reivindicaciones, Raymond Kopa fue uno de los primeros en apoyar públicamente su causa. Luego, durante los cuatro días que duró aquel encierro, se fueron sumando otros, como Fontaine (máximo goleador en ese Mundial de 1958), el propio Mekhloufi o el futuro seleccionador francés Michel Hidalgo. “El fútbol para los futbolistas”, era su lema…

Algo parecido ocurrió esas mismas fechas en Italia, donde los futbolistas siempre han hablado bastante de política, desde el partisano Bruno Neri hasta el ultraderechista Di Canio (aunque este es más de gestos que de palabras) pasando por Paolo Sollier, revolucionario puño en alto, o un fascista como Chinaglia y su loca Lazio de los setenta.

Raymond Kopa, francés, hijo de emigrantes polacos denunció en 1963 la condición de los futbolistas franceses, atados a sus equipos, según sus palabras, “como esclavos”. Se quejaba de que los pudieran comprar o vender como si fueran ganado

Nuestro último protagonista de aquel torneo mágico en Suecia se llamaba Manuel Francisco dos Santos, pero todos le llamaban Mané Garrincha. Mané por Manuel, y Garrincha por un ave --también conocida como curruíra-- de apariencia torpe pero, en realidad, endiabladamente rápida. Como Garrincha, vaya, aquel chaval zambo que un día salió de las favelas para hacer feliz a todo un pueblo. El mismo que tomaba con todos, el que siempre tenía plata para darle a quien se la pidiera, la necesitase o no. El caso es que mientras se estuvo matando en vida, entre botellas y noches sin final, a nadie molestó Garrincha. Pero todo eso cambió cuando Mané se casa con Elza Soares y empieza a frecuentar a algunos amigos de ésta. Arthur José Poerner, por ejemplo, militante del Partido Comunista en la clandestinidad. Durante el Golpe de Estado de Mazzilli, el 31 de marzo de 1964, la casa de Garrincha fue ocupada por el ejército. No encontraron nada, pero pronto empezaron a suceder cosas. Anónimos en su buzón. Animales muertos frente a su puerta. Coches misteriosos que los persiguen en la noche. Garrincha era un niño pequeño, uno al que no podían enseñarle ortodoxia ideológica porque llevaba dentro, en las tripas, toda la que necesitaba saber. Si aquel es pobre y yo rico le daré algo de mi dinero. Eso es lo justo. Tuvo que abandonar Brasil en 1970.

En los setenta tampoco tenían miedo los jugadores de expresar sus ideas políticas. Como Paul Breitner, que se sacaba fotos delante de imágenes de Mao o del Che Guevara, hablaba con retórica marxista y se negó a ir al Mundial de 1978, en Argentina, alegando que no jugaría para la dictadura de Videla. También aprovechó para atizar a los alemanes que sí acudieron a aquella cita. Los llamó “eunucos políticos”. Feek de Jonge, humorista holandés (en la risa se encuentran grandes verdades), llegó a escribir por esas mismas fechas una carta a los seleccionados de su país, según cuenta Quique Peinado en el muy apreciable Futbolistas de izquierdas. Escribía de Jonge “nadie podrá decir, como en 1936, que no lo sabíais. Iréis al Mundial como héroes y volveréis como colaboracionistas”. Tampoco tuvo pelos en la lengua para contestarle el futbolista René van de Kerkhof. “Iré a ganar el torneo, me da igual si la copa me la entrega Adolf Hitler”.

Aquellos años setenta veían que en España, paradójicamente, los futbolistas se mojaban bastante más que ahora. Y con más peligro, vaya. Vean si no el gesto de Aitor Aguirre y Sergio, dos jugadores del Racing de Santander que saltaron a jugar frente al Elche con sendos brazaletes negros hechos con cinta adhesiva. Nada anormal, salvo que era el 27 de septiembre de 1975, y el recuerdo fue para los últimos fusilados por el franquismo. Poca cosa, ya ven. Cuenta Raúl Gómez Samperio, historiador del equipo santanderino, que no pocos silbaron a los dos osados, y que de esos algunos acabarán aplaudiéndoles cuando Aguirre anote los dos goles de la victoria de su equipo. Pero era lo de menos, quizá. En el descanso la policía entró en el vestuario y les obligó a quitarse aquellos trozos de cinta aislante. Al día siguiente tuvieron que ir a declarar a comisaría por actos relacionados con la Ley Antiterrorista. La broma les salió por 100.000 pesetas, la multa que les impuso el Gobernador Civil de Santander, Carlos García Mauriño.

Del brasileño Sócrates, junco de lentitud que cimbreaba por los campos regalando versos, se ha dicho casi de todo. Tanto por su fantasía como por su identidad fuera de la cancha. Con el Corinthians fundó lo que se dio en llamar la Democracia Corintiana, un movimiento de autogestión en el que las decisiones del club (desde los fichajes hasta los horarios de comidas) se tomaban democráticamente con votos de todos los miembros del organigrama, desde el utillero hasta el presidente. Era el mismo equipo donde, a veces, los jugadores saltaban a la cancha con camisetas donde se podía leer Democracia. Lo cual tiene mérito, si pensamos que se hizo durante la dictadura de Figueiredo. Precisamente en 1983, con este militar en el Gobierno, cometió Sócrates su acto más transgresor, al aparecer en la final del torneo paulista puño en alto y con unas palabras escritas sobre su zamarra. “Ganar o perder, pero siempre con democracia”. Ese era Sócrates.

Hoy, ya ven, se habla menos de ideas o más de otras cosas. No sé si de fútbol, ojo. De otras cosas. Es un tiempo distinto, uno que confunde corrección política con renuncia personal. No defiendo --no me corresponde defender o condenar-- las palabras de Piqué, pero sí puedo aplaudir su claridad al expresarlas. Y, desde luego, me gustaría que otros futbolistas, con ideas disímiles, me dieran su punto de vista, me explicasen sus motivaciones, sus anhelos más allá de ese rectángulo a veces tan aburrido. Me temo que es batalla perdida. Quizá la clave la tenga El Veneno, compañero de otro de los grandes heterodoxos de este mundo, Diego Armando Maradona. El Veneno, flaco, esmirriado, cara de pillo potrero, dientes de sonrisa pobre, reía con el Diego en el equipo infantil de Argentinos Juniors. Y lo dijo bien claro. “Nosotros jugamos por divertirnos (…) cuando entra la plata todos se matan por ser estrellas y entonces vienen la envidia y el egoísmo”. Tenía trece años, El Veneno. Un sabio.

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Marcos Pereda

Marcos Pereda (Torrelavega, 1981), profesor y escritor, ha publicado obras sobre Derecho, Historia, Filosofía y Deporte. Le gustan los relatos donde nada es lo que parece, los maillots de los años 70 y la literatura francesa. Si tienes que buscarlo seguro que lo encuentras entre las páginas de un libro. Es autor de Arriva Italia. Gloria y Miseria de la Nación que soñó ciclismo y de "Periquismo: crónica de una pasión" (Punto de Vista).

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2 comentario(s)

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  1. que ye oh!

    la verdad que el interrogatorio al que fue sometido el otro dia en la rueda de prensa mas parecia una rueda de comisaria que una rueda de prensa. yo no imagino como compaginar alegrarse de que gane españa y querer a esa bandera, respetar a pique no solo como defensor de un derecho que no contempla españa, si no como persona y futbolista, que es un rato grande en ambas cosas, y con la libertad de la prensa de preguntar y opinar lo que quieran. es penoso oir a algun tertuliano de la caverna seguir y seguir, pero como le tapas la boca, depurandolo?, ademas mucha gente quiere sangre y eso manda en los medios. A mi me parece que ahora mismo el silencio seria lo mejor mientras no se tenga algo que decir que lo mejore. es una proyeccion de lo que sucede con las banderias y manif.....se matan por salir mientras cuando se recortan derechos de todo tipo la mayoria ni se inmuta, Poco apego siente mucha gente a esa bandera, pais, cuando maltrata a sus ciudadanos el gobierno. confundir bandera y gobierno es lo que quiere el pp, supongo que lo mismo que los del proces. Lo que no quita para que muchos no optemos por reventar todo para reventar el gobierno, simil de reventar el pais para tumbar el gobierno, que es lo que hizo rajoy en su momento. en fin....malos tiempos para los que no queremos a rajoy, no queremos a podemos, ni queremos el festival de tarda y rufian en el congreso con insultos y desprecios.

    Hace 3 años 6 meses

  2. Jose

    El caso de Piqué tiene una explicación más sencilla. Todo arranca a raíz de su broma en la celebración del título de Liga del Barcelona, con el famoso "Allí empezó todo", haciendo referencia a la grotesca celebración del cumpleaños de Cristiano Ronaldo tras haber perdido por goleada en el derby local. Eso hirió mucho al madridismo por una razón, llevaba razón. Puso el dedo en la llaga, y no se lo han perdonado. Por eso empezaron los pitos, que después había que justificar de alguna manera usando cuestiones políticas. Al igual que Piqué se ha pronunciado Xavi, otro al que no se le puede reprochar nada en su participación con la selección española. O a favor de un referéndum se han posicionado los hermanos Gasol. Pero no, es Piqué, por este motivo principal, el que se lleva los ataques, promovidos por supuesto desde la caverna madrileña más rancia. A mí, como español que soy, Piqué me representa por lo que hace en el verde y fuera. Otros, que son muy calladitos, habría que ver si van por "defender a España" como se llenan la boca o por el prestigio de ser internacional, cobrar un buen dinero, y luego desaparecer en los momentos de máxima tensión de los partidos.

    Hace 3 años 6 meses

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