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Tribuna

Ante el estallido romántico del R78

Tanto representantes como ciudadanía son plurales, algo distinto a esos dos pueblos casi divinizados por el rey o Puigdemont

Víctor Alonso Rocafort 9/10/2017

Carlos Echevarría

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“Sopla el Nordeste”
Hölderlin

El Régimen del 78 ha estallado, en parte se ha detonado a sí mismo. Es pronto para calibrar aún la magnitud del boquete abierto, habrá que aguardar a lo que suceda en los próximos días pero el Estado no va a seguir siendo el mismo. La detonación ha tenido un primer sonido romántico, duro, nacional. De momento  vamos hacia la involución, pero aún hay tiempo de darle la vuelta a esto. Las conciencias se han teñido a pasos agigantados de épica y enemigos, casi al mismo ritmo que en los balcones se han ido colgando las rojigualdas y esteladas. Con esas personificaciones fantasiosas y homogéneas que tanto gustan a algunos, se habla de dos pueblos que avanzan orgullosos hacia el enfrentamiento. Ante esto debemos aclarar: nada más lejos. 

Salgamos de los monigotes inventados y distingamos cierta complejidad en al menos dos planos, el de los representantes y el de la ciudadanía. Salgámonos también del eje divisorio entre el nacionalismo español y el catalán para oponer más allá una democracia republicana no nacionalista. 

En un plano tenemos así a las élites nacionales, cabalgando la crisis envueltos en sus respectivas banderas. Con un matiz no menor: mientras el rey y el Gobierno español, jaleados por el partido ultra que ya es Ciudadanos, se enrocan en la defensa de la violencia policial y amenazan con arrasar también económicamente a Catalunya si hay Declaración Unilateral de Independencia (DUI), el Govern por su parte deja la puerta abierta al diálogo. En realidad juegan con la idea de aplazar la verdadera DUI mientras seguramente proclamen --de manera irresponsable tras la consulta sin garantías que todos reconocen-- algo que no saben a ciencia cierta cómo se tomará. 

El bloque reaccionario, en la mejor tradición franquista y adoptando el mismo discurso que la extrema derecha emergente que ya los acompaña en los mítines, parece buscar únicamente la Victoria. Han olido un fuerte apoyo nacional-popular y una posibilidad de regresión en libertades que puede beneficiarles. Piensan que el nuevo eje divisorio basado en lo nacional les resulta muy favorable y lo van a explotar a costa de lo que sea. Veamos si finalmente cuentan con el apoyo crucial de un PSOE consciente de que entrar de la mano de la reacción en el 155 les puede dejar, como mínimo, sin el PSC. Eso si no hay muertos. 

El resto de partidos, con Unidos Podemos y En Comú Podem a la cabeza, se han plantado exigiendo diálogo, rechazando tanto la DUI como el 155. Las posiciones políticas que dentro de esta alianza creían que iban a poder retomar la rojigualda y utilizar mitos de fundación tan poco edificantes en nuestros tiempos como los del 2 de mayo, han de estar seguramente perplejos comprobando cómo es realmente el nacionalismo español. 

Las conciencias se han teñido a pasos agigantados de épica y enemigos, casi al mismo ritmo que en los balcones se han ido colgando las rojigualdas y esteladas

En paralelo a la exigencia de diálogo, Izquierda Unida por su parte ha planteado el proyecto democrático y socialista que a su entender mejor nos puede sacar de esta crisis: la República Federal (RF). Tras la irresponsabilidad histórica de Felipe VI, que de facto ha renunciado a cualquier vínculo futuro con la gran mayoría de Catalunya, la RF se ha convertido en un proyecto de paz que no solo es urgente sino que funciona ya como posibilidad real. 

En un segundo plano tenemos una ciudadanía aún más compleja y diversa que los partidos. Al igual que estos, no solo se ve inundada y partícipe de lo nacional sino que también se distingue por la variable democrática. 

La minoría más cafre, aquella que desde patrones etnicistas acosa y discrimina, no suele ver ni pensar más allá de su bandera. Son los del a por ellosque se multiplican a velocidad de vértigo por toda España, apabullantes con esas rojigualdas que no vimos durante la emergencia social de estos años. Pero también son los que cargan contra los hijos de guardias civiles en Catalunya o hacen la vida imposible a los cargos electos que legítimamente decidieron no exponerse en el proceso de votación del 1-O. 

Asusta la rapidez con que crece el número de españolistas exaltados, con expresiones de odio alentadas por sus élites de referencia. No resultan monolíticos, pues engloban desde fascistas de manual a adolescentes dubitativos en cuanto hablas cinco minutos con ellos. El bloque catalanista más intolerante resulta bastante contenido en su expansión gracias al carácter cívico que, de momento, toma el resto del movimiento independentista. Para comprobar esto no hay más que ver las manifestaciones de unos y otros, con la vuelta de los saludos nazis y el cara al sol por la unidad de España. 

Más allá de estas minorías, que existen y hacen saltar las alarmas ante lo que pueda venir, sigue siendo mayoría la ciudadanía que con diversos grados de conciencia nacional posee sobre todo un carácter pacífico y democrático. 

Hay así entre estos quienes no entienden que cada cual pueda proclamar su ley de parte, erigiéndola incluso como superior a la Constitución por mucho que esta no guste. Y los hay, por otro lado, que comparten estar en un momento constituyente donde como tantas veces en la historia una nueva comunidad política se dota a sí misma de nuevos fundamentos. Dilemas teóricos de la democracia, agravados por los contornos irresolubles de la llamada autodeterminación de los pueblos o ese desastre llamado principio de las nacionalidades, que han entrado de lleno en el salón de nuestras casas. 

El que unos y otros ciudadanos de ánimo democrático prosigan y compartan sus reflexiones sin ser captados por el arrastre de la voluntad nacional, resulta vital. Pues igual que hacemos con los dilemas teóricos, lo mejor para entenderse en esta clave es el intercambio de posiciones, la deliberación conjunta y el encuentro. Así como finalmente, una vez reconocido el conflicto, pactar unos acuerdos de mínimos. Seguimos siendo aquel país que sabe lo que es una guerra civil, que salimos por cientos de miles contra la guerra de Irak. Tenemos una sociedad potente, una generación que ha conocido 40 años de libertades básicas. Es decir, aún poseemos grandes antídotos que habría que activar cuanto antes.

Dilemas teóricos de la democracia, agravados por los contornos irresolubles de la llamada autodeterminación de los pueblos o ese desastre llamado principio de las nacionalidades, que han entrado de lleno en el salón de nuestras casas

Muchos pudimos observar el fin de semana del 1 de octubre en Barcelona a gran parte de esta ciudadanía que además de por la pulsión nacional era movida por lo democrático. Fueron centenares de chavales con sus familias los que se encerraron en colegios, institutos y centros culturales para pasar la noche reunidos en cine-fórums, jugando al baloncesto o simplemente charlando y preparando la jornada electoral. Querían votar, expresarse. Y se los machacó. Me conmovió lo vivido aquellas horas. No por casualidad el theoros era aquel que viajaba, conocía y luego contaba. Aunque al final de la jornada los diversos se unían acá y allá en un solo canto, Els Segadors, la brecha en Catalunya no solo es nacional. La conocida riqueza del tejido social catalán, el que hace capaz tanto el Liceo como la respuesta invertida de los Ateneos libertarios desde hace más de un siglo, estuvo muy presente en aquellas movilizaciones del 1-O. 

Así que cuando el neofascismo diga Golpe y el resto de la derecha se lo compre, tengamos en cuenta lo peligroso que resulta criminalizar a más de dos millones de personas activas que se movilizan en Catalunya desde prácticas cívicas, en gran parte auto organizándose. Donde conviven los mil colores del independentismo junto a sectores de los comunes y hasta de la socialdemocracia, que mezclan la secesión con el derecho a decidir y el rechazo a la violencia. Y que muy poco tienen que ver con esos señores trajeados y circunspectos que nos hablan de un sol poble

La tarde del 1-O, una vez conocida la represión policial, una espontánea y nutrida concentración de solidaridad llenó la Puerta del Sol de Madrid. Otro signo inesperado de esperanza democrática. Como lo está siendo estos días la iniciativa Parlem, surgida al margen de los partidos y que lleva desde el color blanco las palabras de paz, diálogo y convivencia a las calles para que sean escuchadas. De nuevo gente normal tratando de hacer cosas extraordinarias, abiertos a quienes no piensan como ellos, en paz, pero también con la determinación de saber que esto no puede caer en una espiral de violencia por la irresponsabilidad de unos pocos. 

Observamos así que tanto representantes como ciudadanía son plurales, algo distinto a esos dos pueblos casi divinizados por el rey o Puigdemont. Hemos visto asimismo que el eje nacional/democrático nos permite pensar y actuar políticamente mejor que el español/catalán. 

Resulta imprescindible recuperar los anhelos de democracia que nos sacaron a la calle en el ciclo abierto en 2011

Es en este último sentido que hemos de atender a los movimientos telúricos que laten potentes tras lo que sucede estos días. Si por un lado escuchamos con fuerza los ecos del Romanticismo y la tradición reaccionaria hispana, por el otro están presentes los valores republicanos, federales y socialistas de ese pasado al que aquellos precisamente se enfrentaron. Recogiendo este hilo rojo, dejando a un lado el comprensible desencanto de los últimos meses, resulta imprescindible recuperar los anhelos de democracia que nos sacaron a la calle en el ciclo abierto en 2011. 

En realidad son días extraños, repletos de un tiempo cada vez más acelerado, donde las noticias se suceden engulléndose unas a otras sin apenas tiempo de digerir su trascendencia. Los artículos de prensa envejecen por horas. La vida parece normal en sus decorados y figurantes, pero en cuanto pones el oído en el metro o en el parque las conversaciones registran tonos graves, diría casi que sombríos. La preocupación por Catalunya ya resulta omnipresente. Hay así cierta sensación de irrealidad al contrastar lo que se ve y lo que se oye. Parece uno de esos momentos de transición antes de que los escenarios comiencen a tambalearse para después derrumbarse. Han logrado expandir el miedo una vez más y ya pensamos en Turquía e incluso en Yugoslavia. 

Por eso necesitamos una política que de manera inteligente esté preparada para actuar y ganarle la partida al miedo. Sabemos lo que pasó en la Transición con presiones parecidas, así que estemos preparados. Ahora las amenazas no vienen de facciones golpistas sino directamente del propio rey y del presidente del Gobierno. Precisamos así de una política capaz de enfrentar la involución que pueda llegar y que ponga como respuesta inmediata la defensa del diálogo, la democracia y las libertades. 

Cuando sopla el nordeste, un viento que deja el cielo limpio, es necesario protegerse. Procede de la ruta gótica marcada por las viejas catedrales y Martin Heidegger, ese gran romántico, decía que servía para echarse a la mar e ir tras el infinito. Una vez protegidos, cojamos mejor otros vientos transformadores que ni limpien ni excluyan, que procedan de culturas mestizas basada en la palabra y la escucha, en los encuentros y la amistad entre distintos, vientos que nos revuelven la vida a mejor desde el Sur de Europa, de Atenas a Jerusalén pasando por Alejandría, Nápoles o Barcelona. Más allá de la tradición imperial, cristiana y reaccionaria, tenemos un sustrato democrático de siglos que poner en marcha en situaciones como esta. Una política democrática capaz de desactivar la desmesura romántica de un momento peligroso. 

Autor >

Víctor Alonso Rocafort

Profesor de Teoría Política en la Universidad Complutense de Madrid. Entre sus publicaciones destaca el libro Retórica, democracia y crisis. Un estudio de teoría política (CEPC, Madrid, 2010).

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