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Herejes o ignorantes: la econocracia

Las propuestas para reformar la economía anunciadas por un notable grupo de académicos críticos provocan una ácida respuesta de los neoclásicos, que opinan que son sólo lloriqueos de keynesianos agraviados

Joaquín Estefanía 10/01/2018

<p>De izquierda a derecha: Andrew Simms (New Weather Institute), Sally Svenlen (estudiante RE), Larry Elliott (Guardian),<br /> Steve Keen (Debunking Economics), y Kate Raworth (Doughnut Economics). </p>

De izquierda a derecha: Andrew Simms (New Weather Institute), Sally Svenlen (estudiante RE), Larry Elliott (Guardian),
Steve Keen (Debunking Economics), y Kate Raworth (Doughnut Economics). 

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Hecho: los estudiantes de las facultades de Ciencias Económicas de muchas partes del mundo protestan por el enfoque de la enseñanza, alejado de la realidad. Hecho: entre los responsables de la larga crisis económica figuran, junto a los golfos apandadores que estafaron y los reguladores que no regularon, las ideas falsas económicas que hicieron creer a los ciudadanos que estaban seguros y que no se volverían a cometer los abusos del pasado. Hecho: la aplicación de las teorías de la “austeridad expansiva” que inventaron algunos  economistas convirtieron una crisis cíclica más en la Gran Recesión.

¿Están los tres hechos concatenados? Hay economistas críticos que sostienen que sí. A principios del siglo XVI Lutero cambió el mundo cuando clavó sus 95 tesis a favor de una reforma de la iglesia católica a las puertas de una capilla. Imitándole, hace aproximadamente un mes un grupo de economistas muy notables (entre ellos, por ejemplo, Steve Keen, autor de La economía desenmascarada, o Mariana Mazzucato, autora de El Estado emprendedor) presentaron en un acto en el University College de Londres el documento “33 tesis para una reforma de la disciplina de la economía”, y luego se trasladaron a la sede de la London School of Economics, donde lo pegaron a la puerta, blandiendo un martillo hinchable.

Entre los presentes estaba Larry Elliott, responsable de la sección de Economía del periódico The Guardian, que ha escrito un artículo en él (“¡Herejes bienvenidos! La economía necesita una nueva reforma”), en el que se describen las principales ideas defendidas por los economistas críticos. A saber:

- La economía necesita su propia Reforma, igual que la iglesia católica hace 500 años.

- La economía ortodoxa cree tener todas las respuestas. Las matemáticas se utilizan para mistificar la economía. La economía neoclásica se ha convertido en un sistema de creencias incuestionado. Hereje todo aquel que pone en tela de juicio su credo de los mercados autocorrectores y consumidores racionales.

- Es irónico el monopolio intelectual de la economía neoclásica, que hace de la competencia el centro de su pensamiento. Domina la enseñanza, la investigación, la asesoría política y el debate público.

- Las revistas científicas siguen en manos del viejo establishment de los economistas.

- La economía ha de hacer más por alentar el pensamiento crítico y no premiar simplemente la memorización de teorías.

- La economía no es una ciencia formal. Una ciencia formal implica probar una hipótesis con la evidencia disponible. Si la evidencia no apoya la teoría, un físico o un biólogo desecharía esa teoría y trataría de agenciarse otra que  funcionase empíricamente. La economía no funciona así.

- La economía tiene que aprender de otras disciplinas [hay quien dice que es la ciencia social matemáticamente más avanzada pero la más atrasada humanamente].

Victoria Chick, profesora emérita de Economía en el University College de Londres, resumió todo en tres frases: “La corriente dominante en economía tiene el sello distintivo de ciertas religiones. Creen que poseen la verdad. Pero lee por ti mismo y piensa por tu cuenta. Ha habido cambios y puede volver a haberlos”.

Pocas semanas después de este artículo llegaba la respuesta en España a través de otro publicado por un profesor del departamento de Economía en el University College de Londres y doctor en Economía por la Universidad de California, San Diego. Eran expresivos tanto su título como el lugar en que lo publicó su autor, Antonio Cabrales: “¿Econo-ignorantes o algo peor?”, en el blog Nada es Gratis, que hoy goza de autonomía pero que fue creado en 2009 por la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea), entre cuyos patronos están el Banco de España, Caixabank, BBVA, Bancos Sabadell y Popular, Fundación ACS y Ramón Areces, Iberdrola, Grupo March, Telefónica, … Se puede decir que en Nada es gratis publica habitualmente una buena parte del mejor establishment de los economistas españoles.

¿Qué dice Cabrales, un economista que participa en el proyecto Core, para rediseñar el currículo básico de economía?:

- Critica amargamente el artículo de Larry Elliott (“infame articulillo”) por estar lleno de fake news, y por repetir de “manera goebbelsiana una cantinela que recorre las redes”: los economistas son una banda de neoliberales que se dedican a hacer teorías abstractas sin ningún respeto por la realidad.

- Quien reitera esta idea es, en el mejor de los casos, un ignorante (un econo-ignorante) y quizá algo peor. Alguien mal informado puede hacer caso a los econo-ignorantes.

- Desde los años 90 la economía es una ciencia empírica. “O sea que los econo-ignorantes no han leído una revista científica de economía en el último cuarto de siglo al menos”.

- Dense un paseo por cualquiera de las revistas de economía y muestren a los “críticos” una selección aleatoria de lo que verdaderamente hacemos. Podrán concluir que la ciencia económica es actualmente más empírica, tiene mayor credibilidad, está menos aislada del resto de las ciencias sociales y, por tanto, es más útil que nunca.

- No somos una banda de teóricos abstractos dispuestos a defender el libre mercado por encima de lo que sugiere la evidencia.

Hace unos años, cuando Antonio Cabrales presentó en Nada es gratis el Proyecto Core, dio la palabra a una de sus mayores impulsoras, Wendy Carlin, catedrática del University College de Londres, que había escrito un sugerente artículo en el Financial Times: la actual podría ser una edad de oro para la economía; los avances recientes en la teoría, la historia económica y los métodos cuantitativos han proporcionado herramientas para abordar los acuciantes problemas de la desigualdad de oportunidades, la inestabilidad financiera o el cambio climático. Sin embargo, ¿por qué a pesar de ello los economistas tienen tan mala prensa?: porque perdieron el tren de 2008 (el inicio de la Gran Recesión) y porque algunos economistas abogaron por políticas que contribuyeron a la aparición de la crisis y exacerbaron el desempleo resultante y la inseguridad económica. Estos fracasos pueden atribuirse a la complacencia entre los economistas ante la doctrina de que la economía de mercado poco regulada se haría cargo de sí misma.

El jefe de Economía de The Guardian recuerda que cuando sorpresivamente llegó el Brexit los ciudadanos no se creyeron los males que pronosticaban los economistas del Tesoro británico, el Fondo Monetario Internacional, el Banco de Inglaterra o la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, todos ellos pura ortodoxia. Hay neoclásicos que opinan que protestas (“activismo”, lo denominan) como las protagonizadas por Keen, Mazuccato, Ha-Joon Chang, Kate Raworth, Elliott y otros son sólo lloriqueos de keynesianos agraviados. Es más profundo. Lo que es seguro es que el avance científico sólo progresa a través de debates como éste.

Autor >

Joaquín Estefanía

Fue director de El País entre 1988 y 1993. Su último libro es Estos años bárbaros (Galaxia Gutenberg)

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  1. Britten

    La economía liberal reposa sobre un a priori nada científico: las personas tomamos decisiones racionales e individuales. Es como decir que el agua tiene memoria. El neoliberalismo es la homeopatía de la economía.

    Hace 3 años 3 meses

  2. Godfor Saken

    del libro “La vida administrada. Sobre el naufragio social”, de Juanma Agullo (editorial Catarata): “A bordo del Pequod” El barco se va a pique con todos nosotros dentro. Cuando en Moby Dick el capitán Ahab declara las verdaderas intenciones de la expedición del Pequod, afirma que ha dispuesto todos los medios racionales a su alcance para la consecución de un fin irracional. El barco ballenero, con su férrea organización semejante a una fábrica, casi una ciudad flotante, se desliza sobre la superficie del océano con el único objetivo de dar caza a la ballena blanca y culminar así la venganza personal del capitán. Cada uno de los componentes de la tripulación ha asumido, en el momento mismo de embarcar, aquellos fines demenciales, sin sospechar que la gran maquinaria de la que ha pasado a formar parte tiene como fin último su propia destrucción. La sociedad industrial, a semejanza del ballenero descrito por Melville, ha dispuesto multitud de medios racionales para la consecución de unos fines que han resultado, en la mayoría de los casos, irracionales y desastrosos. Y, mientras avanza en la persecución de su particular ballena blanca, llamada «desarrollo» o «progreso» o «abundancia», la tripulación se afana en perfeccionar técnicamente los medios que la van acercando de forma irremediable a la hora de su hundimiento definitivo. La metáfora del hundimiento se ha utilizado en muchas ocasiones para definir el declive o la decadencia de una forma de civilización. H. M. Enzensberger lo hizo en su poema El hundimiento del Titanic, y muchos otros hablan hoy del hundimiento de las condiciones de vida, sin que, al parecer, hayamos llegado todavía a «tocar fondo». O quizá suceda que, como escribió Primo Levi, en catástrofes de tales dimensiones siempre existen los «hundidos» y los «salvados»; y es a estos últimos a quienes queda encomendada la tarea de contar el relato, trágicamente parcial, del desastre. Pero en las sociedades industriales contemporáneas el barco se va a pique con todos nosotros dentro. O tal vez ya lo haya hecho del todo y sea, ahora, como una de esas decoraciones de algunos acuarios que en su fondo albergan elaboradas réplicas de pecios como recordatorio de nuestro irremediable fin. Mientras continuamos a bordo del Pequod, seguimos asumiendo los necesarios sacrificios que exige esta travesía a ninguna parte. En el camino dejamos sumergidas formas comunitarias de relación social, economías de subsistencia y saberes ancestrales que podrían dotarnos de cierta autonomía para decidir si «quedarnos en tierra»; modos de habitar el mundo que no persiguen doblegar la naturaleza y rendirla con el único fin de la ganancia inmediata; conocimientos que no buscan legislar sobre el Universo, sino aprender a obedecer las complejas leyes de la reproducción de la vida en la Tierra. Nuestra frenética actividad a bordo, incluida aquella que trata de disputar el mando a un enloquecido capitán, se orienta en última instancia a mantener a flote este artefacto complejo y renqueante que se bate con las olas, mientras cruje todo su ensamblaje; aunque para ello debamos arrojar por la borda, en primera instancia, nuestros deseos de vivir en libertad. En esta «nave de los necios», como alguien la llamó, los puntuales motines y revueltas se ven frustrados casi inmediatamente, confinados a los estrechos límites de una embarcación cuyo destino parece imposible modificar. Pero seguimos evocando ritualmente aquellos motines en cada nuevo intento de cambiar el rumbo. Con una actitud que ha asimilado algunos de los peores rasgos de la locura de Ahab, perseguimos también nuestra particular ballena blanca, que parece perfilar su figura en el horizonte cada cierto tiempo para después desaparecer de nuevo en las profundidades, mientras nos alejamos de aquella «tierra firme» que alguna vez fue nuestro hogar. Un hogar que tampoco era idílico, pero que en la distancia, quizá traicionados por el influjo de la nostalgia, suele presentarse a nuestra imaginación bajo aspectos engañosos. Y entonces corremos el riesgo de quedar postrados bajo una noche helada, tumbados sobre la cubierta de la nave que se dirige a la destrucción, escrutando los astros en busca de signos proféticos que nos hablen de la imposible vuelta a casa o de la futura redención en la catástrofe. Los medios a nuestro alcance están impregnados por los fines destructivos a los que sirven, y no es cierto que puedan servir, al mismo tiempo, para llevar a cabo nuestra liberación. Ahora nos haría falta tener a bordo todo aquello que dejamos atrás cuando decidimos embarcar. Si es que en realidad lo decidimos alguna vez. Por eso, como comentó Günther Anders, nuestra situación es desesperada y, si esa desesperación no espolea nuestra imaginación para encontrar la manera de abandonar el barco y regresar a la orilla, no tendremos más remedio que sucumbir al hundimiento. Pero, antes de abrazar el fatalismo, aún somos capaces de imaginar las opciones que esa desesperación vital podría sugerirnos; como construir una pequeña embarcación con los materiales de los que disponemos a bordo y abandonar este inmenso Pequod. Afrontaremos una travesía que puede ser tan terrible como el destino que nos aguardaba en la persecución del cachalote, es muy probable. Pero al menos habremos deseado vivir, al menos habremos realizado un último acto de rebeldía que no colabore con los fines demenciales del capitán. Nuestros cuadernos de bitácora, hasta ahora, no han hecho más que señalar esa posibilidad, porque en el fondo todavía albergamos cierta esperanza de lograr mantenernos a flote. Algunos, llamándose a sí mismos «realistas», se organizan para sustituir a un inepto timonel y lanzan vítores por ello. Vítores que los ahogados ya no pueden escuchar y que suenan como una condena explícita, para los pocos que desean abandonar el barco. De aquellos que lo intentaron antes solo se cuentan las historias de sus terribles naufragios. Pero si alguno logró pisar tierra, no volvió para contarlo. Y así nos encaminamos hacia la línea curva del horizonte, entre los desesperados intentos por evitar el hundimiento y el anhelo de regresar a una costa que nos dé cobijo. La civilización industrial continúa avanzando mientras tanto, aunque cada vez con mayores dificultades. La degradación social que provoca al imponer su desarrollo no deja de multiplicar sus síntomas de decadencia. Por eso también se multiplican las recetas mágicas y los curanderos de todo tipo, que se afanan por evitar una epidemia a bordo. No puede decaer el ánimo de la tripulación. Incluso hacer la vista gorda ante un conato de amotinamiento podría ser beneficioso: hasta cierto punto resultaría revitalizante. Los movimientos se suceden, las agitaciones despiertan el entusiasmo, mientras bajo nuestros pies siguen crujiendo las maderas podridas del Pequod. Alguien grita entonces «¡Por allí resopla!» y la esperanza de dar caza a la ballena se renueva con toda su fuerza original. La tripulación emprende de nuevo sus tareas, cada cual ocupa su lugar, el viento vuelve a hinchar las velas. Se diría que una repentina euforia por encontrar el desenlace fatal ha hecho enloquecer a todo el mundo. La idea del regreso se abandona. Solo queda seguir hacia delante. A los que persisten en su rebeldía se les señala la borda: «Ahí está vuestra única salida».

    Hace 3 años 3 meses

  3. Godfor Saken

    From the book “World on Fire” by Michael Brownstein: I’ll pick one corner of the mechanism to describe. Later you can use your imagination to transfer its workings into other dark corners— Borrowing countries service their international debts by increasing their borrowing. The more they borrow, the more they depend on borrowing, and the more their attention is focused not on development but on obtaining more loans. Exactly like heroin. Exactly like the systems crash that diabetics experience. Integrating domestic economies into the global economy means removing import barriers. This virus undermines the integrity—the self-definition—of nations. Increasing the export of natural resources and agricultural commodities drives down prices of export goods in international markets—creating pressure to extract and export even more, simply to maintain earnings. The very process of borrowing creates indebtedness that gives the World Bank and the IMF power to dictate policy to these nations, whose leaders, in order to stay in power, can only become more and more corrupt. Diabolique. Foreign loans enable those governments that have bought into the process to increase expenditures without the need to raise taxes— always popular with wealthy decision makers. This artificial jolt—does it remind you of cocaine, a thousand times more potent than the coca leaf? Does it remind you of amphetamine? Does it remind you of petrochemical fertilizers, driving plants to a frenzy of artificially induced growth? Parallels everywhere—economic, environmental, psychological, physical. Drug addiction equals petrochemical addiction equals global capital’s addiction. Nothing is arbitrary, nothing occurs in isolation. Nothing is left to chance. Returning to the matter at hand— Those officials who sign foreign loan agreements tie their people to obligations outside public review or consent. This becomes especially outrageous when the projects displace the poor, pollute their waters, cut down their forests, and destroy their fisheries. repay the loans. The bottom line, the arithmetic of need: too much foreign funding prevents real development and breaks down the capability of a people to sustain themselves. The system works to increase production of more things that people who are already well-off want to buy. Luxury items for the first world. Poor people seldom buy imported goods. Their needs are met by simple locally produced goods. From the standpoint of transnational corporate capital, peoplecentered development is a major problem. It creates little demand for imports. It creates little demand for foreign loans. It favors local ownership of assets. Whereas the “structural adjustment” policy of the World Bank means building dependence on imported technology and experts. It means encouraging consumer lifestyles, displacing domestic products with imports, driving millions of people from lands and waters on which they depend for their livelihood. It means recolonization of poor countries by transnational capital. It means hidden subsidies for petroleum and transport so food from the other side of the planet costs less than local. It means replacing intrinsic value with utility value. Diabolique.

    Hace 3 años 3 meses

  4. Godfor Saken

    Sociopaths are among the most successful in business, industry, and medicine; ruthless pragmatism, lack of conscience, and freedom from fuzzy touchy-feely emotions like empathy are prerequisites of success in today’s corporate environment. In fact, corporations themselves, as legal entities, meet all the diagnostic criteria for clinical sociopathy under the DSM-IV. (..) it is interesting to note how many sociopaths show up in the world’s upper echelons… How ruthlessness and bottom-line self-interest are so lauded up in the stratosphere, while anyone showing those traits at ground level gets carted off into detention. After all, corporate executives are most successful when their competitive drives are unhindered by empathy, remorse, or self-consciousness. Since “natural selection doesn’t care about motives ”, a good enough mimicry will likely be successful. Corporate executives will themselves gradually take on the characteristics of the companies they serve. As Cunningham puts it: At least one thing an automaton lacks is empathy; if you can’t feel, you can’t really relate to something that does, even if you act as though you do. When asked straight out if he is really saying that “the world’s corporate elite are nonsentient ”, Cunningham hedges a bit: “maybe they’re just starting down that road”. But the direction of their development is clear. -Steven Shaviro, “Discognition”.

    Hace 3 años 3 meses

  5. Ignacio

    al i***** de ciudadanox, yo si trabajo para la empresa privada, soy economista, estudio matematicas y ellos tienen razón, y usted como buen trumpiano y naranja, desprecia la ciencia.. deje de usar el odernador, internet o el codigo binario, todos inventos malismismo de lso estados (Y ademas militares), o deje de usar la medicina publica si tiene cancer... y luego hablamos

    Hace 3 años 3 meses

  6. Jean Michel

    Los economistas críticos incurren en el mismo defecto que los “neo”liberales si piensan que sus planteamientos, (Keynesianos en este caso) son los correctos, manteniendo de facto, como aquellos, a la economía en la vanguardia de la lucha contra la crisis y las desigualdades. La crisis de 2008 tiene su origen a final de los 90 cuando el poder ejecutivo Demócrata de Bill Clinton derogó el Banking Act (la ley Glass Steagall), haciendo asumir, por este hecho, la responsabilidad última (subsidiaria) de los desmanes de los banqueros a la sociedad entera. No fue una ocurrencia de Clinton sino indudablemente una petición (imposición) expresa de los lobbies bancarios, sabedores de lo que se avecinaba. Toda crisis se desarrolla con la necesaria colaboración de un poder político complice… y una ciudadanía conformista.

    Hace 3 años 3 meses

  7. Ciudadanox

    Ninguno de los de la foto ha trabajado fuera del ámbito publico ni en la empresa privada....fin de la historia.

    Hace 3 años 3 meses

  8. Pincho.

    Ciencias formales son la lógica y las matemáticas, no la física y la biología. En fín, que el problema está en lo poquito que saben los economistas aparte de sus cosillas, que creen que ofrecen explicaciones autónomas, cuando en realidad por sí solas no sirven de nada.

    Hace 3 años 3 meses

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