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Reportajes Ctxt

Gitanos kosovares: educados en la segregación

En Kosovo se repite la marginación que los romaníes sufren en Europa, pero además pagan las consecuencias del conflicto entre serbios y albaneses

Miguel Fernández Ibáñez Mitrovicë (Kosovo) , 31/01/2018

<p>Dos niñas retratadas por la fotógrafa albanesa Mimoza Veliu, premiada por su trabajo en la zona. Kosovo, 2013</p>

Dos niñas retratadas por la fotógrafa albanesa Mimoza Veliu, premiada por su trabajo en la zona. Kosovo, 2013

Mimoza Veliu

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En el barrio Mahalla de Mitrovicë, Senad Gashijani juega a ser Luis Suárez. Su amigo Maksut prefiere convertirse en Neymar. Suárez, que en una calurosa tarde del otoño kosovar dribla con el Milán, mantiene su chulería: ríe, le hace un caño a Neymar, que hoy defiende y es menos espectacular, y bate al portero. ¡Gooool! La escenificación, a una distancia equidistante de una mezquita y de un centro de apoyo escolar –pero que bien podría pertenecer a muchos otros rincones del mundo– concluye con un posado natural de varias fotos. Senad y Maksut, apurando los últimos segundos del descanso, enfilan, como decenas de niños cada semana, el Learning Center Roma Mahalla, un lugar en donde la educación es la excusa para conocer a los camaradas del barrio y practicar los juegos de moda y la eterna pelota y en el que entender los beneficios de la integración y lo que les niegan en su entorno familiar: el valor de la educación.

Hysein Damati, trabajador de este centro en el proyecto Danish Refugee Council, habla claro: “El principal problema que afrontan estos niños son sus propias familias. No aprecian el significado de la educación y por eso he tenido problemas con sus padres, que no tienen trabajo precisamente por sus carencias educativas. Nosotros estamos aquí para que sus hijos no sufran los mismos problemas y puedan integrarse en la sociedad”.

Son las 15 horas y Senad y Maksut comienzan sus clases de apoyo escolar. Unas seis horas antes, niños y niñas de etnia romaní escriben en un papel las profesiones con las que sueñan. Lo entregan a los responsables educativos. Se apuntan y... de nuevo el fútbol. Los niños quieren ser futbolistas. Aquí el barullo no es ni por Luis Suárez ni por Neymar, sino por Messi, que monta un lío de campeonato, tanto que obliga a intervenir a los profesores. Llega el turno de un caso aislado pero significativo: el del presidente. “Quiero ser presidente”, reconoce un niño. Hace más gracia al puñado de educadores. Es la calma que precede al estruendo: la mayoría de unos 70 niños y niñas que aparentan entre 4 y 10 años quieren ser profesores. Los que en esa clase ejercen ese cargo sonríen, comentan la última profesión y reparten zumo y golosinas. Es el final de una sesión que comenzó con la proyección de un documental de la productora Dokufest en el que se explica que la varita mágica para conseguir los deseos es la educación.

El Learning Center Roma Mahalla opera en Mitrovicë, una ciudad dividida en dos, al norte serbios y al sur albaneses, deprimida desde que en 2000 cerró el complejo minero de Trepca, que llegó a dar trabajo a 23.000 empleados. A través de diferentes proyectos, persigue la inclusión del pueblo romaní, aunque dos de ellos están especialmente enfocados en la educación: el primero es una guardería que comenzó su andadura en 2017 y a la que cada mes vienen unos 160 niños y niñas, aunque son menos de un centenar los que los hacen de forma regular; el segundo son las clases de apoyo escolar hasta el noveno grado, útiles para explicar los conceptos que no entienden en el colegio y reducir el abandono educativo pero también para dar a conocer los beneficios de la formación. A ellas se dirigían Senad y Maksut. “Nuestros proyectos están relacionados con la educación. Nos coordinamos con otros proyectos de deportes y otras comunidades para también potenciar la integración”, desgrana Damati, conocedor de que los familiares de estos jóvenes carecen de la confianza necesaria para resolver las dudas escolares con las que sus vástagos regresan de la escuela.

La rivalidad de albaneses y serbios

En un contexto marcado por la histórica rivalidad entre albaneses y serbios, la influencia de su conflicto ha condicionado también a sus comunidades

Los romaníes comenzaron a llegar a Kosovo durante el siglo XIII, adoptando desde entonces el credo islámico o el ortodoxo. Tras la II Guerra Mundial sumaban cerca de 11.000 personas y en 1991, 43.000. En el censo de 2011, el número cayó hasta los 35.784, menos del 2% de la sociedad kosovar, aunque se estima que el 40% de los romaníes que viven fuera del país no han adquirido aún los documentos oficiales de Kosovo, necesarios para matricular a sus hijos en los colegios.

En un contexto marcado por la histórica rivalidad entre albaneses y serbios, la influencia de su conflicto ha condicionado también a sus comunidades, creando un estigma imborrable en el caso romaní: desde la antigua Yugoslavia, pero sobre todo desde que Slobodan Milosevic retiró la autonomía de Kosovo y orquestó una purga de funcionarios albaneses, los romaníes, que ocuparon algunos de esos puestos vacantes en la Administración, son considerados colaboradores de Belgrado. Tras la guerra de 1999, en la que los albaneses obtuvieron la victoria gracias al apoyo de la OTAN, la factura del colaboracionismo no se hizo esperar, y una de las primeras represalias de las descontroladas turbas albanesas fue contra los 8.000 romaníes del barrio Mahalla del sur de Mitrovicë. Sus casas fueron destruidas y los afectados se convirtieron en desplazados durante una década; 600 de ellos residieron en los tristemente famosos campos contaminados por plomo de la UNMIK, o Misión de Administración Interina de la ONU en Kosovo, que gobernó el país entre 1999 y 2008. Pese a ello, Dzavit Berisha, representante del Centro Europeo para los Derechos Romaníes (ERRC) y miembro de la comunidad egipcia en el exilio, asegura que este pasado ya está olvidado: “Fueron vistos como colaboradores serbios, pero diría que ya se ha olvidado. Ahora se mueven libremente por Kosovo, cuando era impensable hace 10 años”.

La estrategia del divide y vencerás implementada por las partes enfrentadas ha ido demasiado lejos en Kosovo, polarizando, sobre todo desde los años 90 del siglo pasado, al propio pueblo romaní, que para evitar la discriminación ha llegado en algunos casos a rechazar su etnia para camuflarse entre la mayoría. Además, los romaníes en Kosovo no son sólo romaníes, sino que están agrupados bajo las siglas RAE (Romaníes, Ashkali y Egipcios). La Constitución kosovar reconoce las diferencias étnicas, aunque las comunidades ashkali y egipcia consideran esta agrupación como despectiva. Pese a ello, cada ejecutivo y cada organización humanitaria los ha agrupado como RAE en sus políticas, condicionando la implementación de acciones y sus resultados. Jonathan Lee, encargado de comunicación del ERRC, explica que “el Consejo de Europa agrupa a diferentes comunidades bajo el paraguas romaní aunque éstas sean distintas”. Insiste en que hay que  matizar esta variedad étnica, aunque la diferencia más evidente es la lingüística: los romaníes hablan su lengua y habitan las zonas serbias y del sur del país, los ashkali utilizan el albanés entre otras razones para evitar el rechazo de la mayoría albanesa con la que conviven, y los egipcios hablan albanés y se consideran descendientes de los migrantes llegados del Nilo. Pese a estas diferencias, los 15.436 ashkali, 11.524 egipcios y 8.824 romaníes sufren los mismos problemas: carecen de buenas viviendas, tienen problemas de acceso a la educación y sanidad, sufren mayores niveles de desempleo y discriminación....

Desempleo y educación

La falta de educación ha sido y es la principal razón esgrimida por el Gobierno kosovar para defenderse de los altos dígitos de desempleo entre los romaníes

Junto al reconocimiento internacional, el desempleo es el gran quebradero de cabeza del Gobierno kosovar. Pese a que la tasa se sitúa en el 30,6%, una cifra que se dispara hasta el 50% para los jóvenes, la Agencia de Estadísticas de Kosovo (AEK) subraya en su informe del segundo trimestre de 2017 que el 57% de los casi 2 millones de habitantes son inactivos. El estudio de 2016 del UN Development Program es menos favorable: elevó el paro a un 35% –57% en el caso de los jóvenes–  y destacó que el 82% de las mujeres en edad de trabajar o no lo hacen o ni lo intentan. Los RAE, como era de esperar, arrojan peores datos: según un informe de Open Society, en 2009 el 43% de los romaníes estaban desempleados, aunque Berisha asegura que entre los RAE la cifra podría ser mucho mayor: un 90%.

La falta de educación ha sido y es la principal razón esgrimida por el Gobierno kosovar para defenderse de los altos dígitos de desempleo entre los romaníes, cuyo analfabetismo supera el 13%. El gran escollo sigue siendo el corte de la educación secundaria. En 2013, un estudio de la AEK alertaba de que sólo el 26,2% de los RAE terminaban la educación superior, dato que caía hasta el 1,5% en el bachillerato y que se mantenía en esa cifra en la educación universitaria. En su último informe, las estadísticas del Estado kosovar del curso escolar 2015-16 reflejan que 2/3 de los niños albaneses que comienzan la educación primaria no acceden a la educación secundaria, cifra que sube en los RAE hasta el 90%, en parte porque no pueden afrontar los costes de libros, transporte o manutención. En números, de un total de 258.464 estudiantes que cursan la educación primaria, 1.609 son romaníes, 3.118 ashkali y 604 egipcios; en la educación secundaria, de los 83.906 estudiantes registrados, 131 son romaníes, 190 ashkali y 71 egipcios. Esta dinámica se mantiene en la Universidad, y de los 40.383 estudiantes matriculados en la Universidad de Pristina, tan sólo 18 pertenecen a la comunidad RAE.

Las estadísticas son crueles con los romaníes, y convertirse en profesores parece un reto inalcanzable para esos niños y niñas del Learning Center Roma Mahalla que junto a su varita mágica así lo sueñan. En el camino muchos caerán por la presión familiar; en el caso de la mujeres por el matrimonio a temprana edad que poco después las convertirá en amas de casa; o por la imperiosa necesidad de llevar ingresos a casa. “El abandono escolar está relacionado con la pobreza, que en el caso de los romaníes es consecuencia directa del antigitanismo”, puntualiza Lee. Para evitarlo, como repite Damati, el único camino es la educación: “Todas las comunidades que viven en Kosovo sufren el desempleo, pero hay que buscar los errores en nosotros mismos. Sin educación, incluso la comunidad albanesa carece de un trabajo. Los romaníes tienen que querer educarse para poder obtener un mejor trabajo”.

Estructuras paralelas

Han pasado casi 20 años desde la guerra y 10 desde la independencia de este país aún intervenido por la comunidad internacional y Kosovo puede ser uno de los estados más segregados del mundo. Los serbios, cuya comunidad se redujo en más de un 80% tras la guerra, viven en ciudades de un solo color étnico como son Gracanica o el norte de Mitrovicë. Hay paz, pero la segregación ha ido normalizándose gracias a las estructuras paralelas del Gobierno serbio en educación, seguridad y sanidad y a las cuestionables políticas de Pristina, que para evitar conatos de violencia étnica ha optado por aceptar un sistema segregacionista. Y los romaníes, en mitad de esta histórica lucha, de nuevo tienen que elegir bando: o el sistema educativo albanés, en el que se cuenta la historia política y religiosa desde la perspectiva albanesa, o el serbio, con una lengua, historia y fiestas de guardar diferentes.

La dinámica actual es preocupante y, salvo sorpresa, las estructuras paralelas seguirán ahí. Esto aventura que los romaníes tendrán aún más problemas para integrarse en la sociedad kosovar. Sobre todo si no aprenden albanés o siguen el programa educativo serbio, que sólo es válido en la Universidad del norte de Mitrovicë. En el Learning Center Roma Mahalla son testigos de esos efectos en su fase incipiente. Primero porque Mitrovicë está dividida en dos desde que concluyó el conflicto en 1999: al sur los albaneses y al norte, tras cruzar el río Ibar, los serbios. Segundo, porque el sistema educativo también está dividido. Por esa polarización, según explica Damati, quien como mediador también se encarga de agilizar la comunicación entre padres, centros escolares y municipalidades, han tenido que incorporar lecciones en serbio para los niños que acuden a centros del norte de Mitrovicë.

- Si viven en el sur, ¿por qué estudian en el norte?

- “Por dinero. El Gobierno serbio paga más de 20 euros al mes por cada niño que va a educarse al norte. Ese dinero extra viene muy bien a las familias, que obligan a sus hijos a ir a clases completamente segregadas aunque los niños no quieran. Por suerte, en la parte albanesa de Mitrovicë no existe ese tipo de segregación extrema”.

Bersiha, del ERRC, matiza que ashkali y egipcios, más integrados con los albaneses, no acuden a esos colegios, aunque sí los romaníes. Así, el dinero y los beneficios sociales se han convertido en el arma que Belgrado utiliza para enturbiar el desarrollo de Kosovo. Serbia, sabedor de que no recuperará Kosovo pero dispuesta a entorpecer su evolución como país, parece estar ganando esta batalla, ideológica para los políticos pero de supervivencia para romaníes y otras comunidades. Como consecuencia, muchos romaníes mantienen sus pasaportes serbios para poder obtener los beneficios de los sistemas de ayudas sociales y salud de Serbia, mejores que los de Kosovo, y conviven con los serbios en ciudades segregadas como Gracanica. Además, ya sea por estar necesitados de dinero o por creer que Serbia ofrece mejores perspectivas de vida en el futuro, algunos romaníes parecen estar eligiendo el país vecino desde el comienzo, es decir, desde la educación de sus hijos.

Por su parte, Kosovo, un Estado que arrastra muchos problemas desde su nacimiento y que tiene uno más en la falta de reconocimiento de cinco países de la UE, incluido el Estado español, ha malgastado el dinero invertido por la comunidad internacional para contener la influencia serbia. En el caso de los RAE, decenas de proyectos para apoyar la integración y mejorar los niveles educativos han sido financiados por la comunidad internacional. Para implementarse entre 2009 y 2015, el Strategy and Action Plan de la UE nació con un presupuesto para la integración de los RAE estimado de 20 millones de euros. Además hoy existen múltiples becas para los estudios superiores y decenas de Leaning Centers y proyectos financiados por Sida y George Soros. El sistema está bien, y el dinero invertido en Kosovo es ingente, desproporcionado para el número de afectados, pero al final, como siempre sucede, algo falla en la implementación: llámese corrupción o corrupción sumada a la injerencia de Serbia.

Kosovo es un reto en sí mismo para cada una de sus comunidades. Por eso los albaneses, y no sólo los romaníes, tratan de huir de un país en el que los funcionarios ganan 400 euros al mes y muchos locales viven gracias a las remesas de dinero que mandan sus familiares de la diáspora. Dentro de su extrema complejidad, en Kosovo es suficiente con sobrevivir. Así, en un país en el que muchos jóvenes están sobradamente preparados y aún así son desempleados, es complicado transmitir un mensaje de esperanza vertebrado en la educación, como intenta el Roma Mahalla Learning Center. Porque la ilusión que desprende Damati choca una y otra vez con la realidad: el abandono escolar en la educación secundaria y el conflicto entre serbios y albaneses. Tal vez por eso Senad y Maksut, más mayores que los asistentes a la guardería, entran a sus clases de apoyo en soledad, sin el ruido de sus compañeros, reflejando el solitario camino de la educación secundaria. Mientras, por las mañanas, en esas clases de tonos pastel, reinan el alboroto, la ilusión, los sueños.

Un buen marco legal 

Los problemas de la comunidad romaní no se pueden achacar al marco legal de Kosovo, que cuenta con leyes para luchar contra el odio étnico y la discriminación y cuya Constitución concuerda con los estándares de la Unión Europea (UE) en lo que respecta a los derechos de las comunidades–la palabra minoría se evitó para relajar tensiones con Serbia. Los locales suelen asegurar que su marco legal nada tiene que envidiar al de las grandes democracias del mundo. Y así parece: de un Parlamento de 120 asientos, 20 (10 serbios, 4 RAE, 3 bosnios, 2 turcos y 1 gorani) están reservados para las comunidades, y existe una cuota de representación proporcional de cada comunidad en el sector público, tanto central como municipal, que entre enero de 2013 y diciembre de 2015 se incrementó del 7,85% al 9,63%, rozando el 10% que obligan las leyes.

Pese a ello, su implementación dista mucho de ese marco teórico. La OSCE ha matizado que la distribución de cargos públicos es desproporcionada y que los RAE ocupan los puestos de funcionario más bajos, como son los técnicos o administrativos, y no están representados proporcionalmente en las instituciones centrales y municipales. Pone como ejemplo la municipalidad de Kosovo Füshe, en la que los ashkali suman el 9% de la población y apenas cuentan con el 2% de funcionarios municipales. Además subraya que de los puestos del Gobierno y sus ministerios, los romaníes ocupan el 0,14%, los egipcios el 0,13% y los ashkali el 0,03%, y los romaníes sólo están representados proporcionalmente en dos de las diez municipalidades en las que residen, mientras que los ashkali y egipcios, en ninguna.

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Autor >

Miguel Fernández Ibáñez

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