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Tribuna

El declive de Podemos

Si una fuerza transformadora no es capaz de comprender el significado histórico que la Transición tiene para ese pueblo al que busca movilizar, no puede jugar el juego de la hegemonía

Javier Franzé 31/01/2018

<p>Congreso de Vistalegre, en febrero de 2017.</p>

Congreso de Vistalegre, en febrero de 2017.

Manolo Finish

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Recientemente ha vuelto la pregunta acerca de por qué los sectores populares no votan a la izquierda. Pero quizá deberíamos plantear otra antes: ¿y por qué deberían votarla? 

La pregunta y el modo de formularla ya dicen mucho. En este caso revelan la persistencia de la idea de que hay algo sustancial en el contenido del programa de la izquierda que representaría objetivamente los intereses de las clases populares. De ahí el asombro de que la izquierda desaproveche esa supuesta mayor probabilidad a priori de ser votada por “el pueblo”.

Ésta es la noción que hay que negar. No existe tal correlación a priori. La clase trabajadora no es per se de la izquierda. Por muchos motivos. Porque las identidades y/o intereses no son cosas monolíticas, cerradas y dadas de antemano, ni se derivan mecánicamente de una situación material, ni ésta viene definida por lo económico. Porque la representación no la obtiene quien da en la tecla de esos intereses objetivos, sino que se forma y negocia durante el proceso de representación. En el obrerismo no hay nada que sea en sí y objetivamente más popular que en el emprendedurismo. Porque, en definitiva, no hay intereses o identidad antesde ser simbolizada por sus protagonistas.

Pero hay algo tal vez más importante. Aun cuando esos intereses vinieran dados de antemano económicamente ¿por qué la izquierda tendría un privilegio a la hora de representarlos? ¿Debido a la coincidencia de contenido entre su programa y esos intereses? Esto supone una motivación matemático-racionalista en el votante y que a la hora de elegir sólo se evalúa el contenido y no la capacidad y fuerza de quien lo desarrollará. Como si fuéramos al dentista sólo porque éste lo es. ¿Qué especial autoridad y fuerza tiene la izquierda que garanticen la realización de ese programa? ¿Por qué las tendría de antemano? ¿Sólo por su deseo y voluntad de alcanzar esas metas? Y, finalmente, ¿por qué los perdedores de la crisis deberían arriesgar y no esperar a que el orden existente les haga perder menos que la novedad por venir? ¿Es de verdad incomprensible que se vote a la defensiva cuando están lloviendo piedras? ¿Las crisis profundas no nos dicen justamente lo contrario?

En verdad la pregunta sobre la desconexión entre mundo popular e izquierda parece tener que ver con cómo ha llegado Podemos a su cuarto aniversario. El momento es quizá el peor desde su fundación y el panorama dista de ser claro.

¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo ha podido caer casi tan rápido como subió? Mi hipótesis es que a Podemos no le ha pasado nada que no le ocurra al resto de partidos. Ser un partido nuevo no significa estar fuera de las generales de la ley de la lucha política, ni verse relevado de las exigencias que la ciudadanía de España plantea en general a cualquier formación. Especialmente si ésta –como Podemos– es nueva, inexperta y no quiere ser testimonial sino de gobierno.

La pérdida de confianza ciudadana en Podemos, medida en votos y en intención de voto, parece deberse al menos a cuatro hechos. 

¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo ha podido caer casi tan rápido como subió? Mi hipótesis es que a Podemos no le ha pasado nada que no le ocurra al resto de partidos

Uno es la “rueda de prensa de los sillones” (22/1/2016). Que haya quedado así bautizada indica lo que aquí está en juego: la percepción de los ciudadanos. No cabe hablar entonces de error objetivo, aunque a la postre funcionase como tal. Aquella rueda de prensa, celebrada durante la audiencia del rey con el candidato del PSOE, minó algo fundamental que el electorado exige a los partidos en España: perfil de Estado. Encima, esa altura de miras pareció sacrificada en el altar de la búsqueda de poltronas. Un efecto colateral no menor fue corroer la confianza en Podemos del votante socialista fiel, aliado estratégico para gobernar, al herir su orgullo de partido debido al ninguneo de su secretario general. Ni que hablar de la dirección de esa formación, de la que se explicitó que se desconfiaba a la vez que se le ofrecía co-gobernar. 

El segundo acontecimiento fue el corolario de este primero: votar contra el gobierno del PSOE y Ciudadanos, al que se habría ayudado absteniéndose (4/3/2016). Las razones de Podemos eran atendibles. No se trataba de Rajoy sino de sus políticas, que ese pacto no evitaba del todo (piénsese en la reforma laboral que sostenía Ciudadanos). Pero esto no fue traducido así por la ciudadanía. Ésta castigó lo que entendió era en parte una incoherencia ideológica y también una animadversión desproporcionada hacia el PSOE y su candidato.  Podemos ayudó a confirmar esa percepción con la alusión a la cal viva (2/3/2016), aliándose con IU (9/5/2016) y fijando el “sorpasso” (dirigido al PSOE más que al bipartidismo) como meta para el 26J. El resultado del 26J fue el primer llamado de atención severo de la ciudadanía a Podemos.

Un tercer acontecimiento fue la disputa pública entre el secretario general y el número dos durante un largo período previo a Vistalegre II (11-12/2/2017). Fue el remate de todo un año de divergencia estratégica y personal entre Iglesias y Errejón, puesta de relieve con aquella mención de la cal viva y confirmada cuando Iglesias destituyó al secretario de Organización en Madrid, cargo de confianza de Errejón (15/3/2016). La propia alianza con IU apenas añadió un eslabón más, aunque no menor. El resultado fue la implosión del grupo fundador, principal capital político de Podemos, y la perforación de la unidad del partido, elemento reiteradamente exigido por la ciudadanía a las formaciones que aspiran al gobierno. Es la función que han cumplido las “renovaciones” de liderazgo y equipo, confirmadas en congresos búlgaros, como requisito para todo intento de alcanzar La Moncloa. Una consecuencia no menor de este hecho fue el triunfo en Vistalegre II de un proyecto difícil de distinguir del de Izquierda Unida, lo cual aceleró la erosión de la novedad que Podemos representaba. 

El cuarto suceso sería la cuestión catalana. Ésta revela lo paradójica y dramática que puede llegar a ser la tensión entre una propuesta política y su interpretación por la ciudadanía. Y, de paso, ratifica lo complejo de toda representación. La posición de Podemos (referéndum y voto contra la independencia), a pesar de su creatividad, democraticidad y capacidad de despolarización, no fue vista así y sentó mal a unos y otros. En un escenario maniqueo, la propuesta fue tildada de independentismo vergonzante y también de españolismo soterrado, cuestionando a la vez la lealtad de los morados hacia las dos únicas identidades en juego, España y Cataluña. En el único escenario donde Podemos no apostó al antagonismo, fue devorado por una caricatura de éste.

En un escenario maniqueo, la propuesta fue tildada de independentismo vergonzante y también de españolismo soterrado, cuestionando a la vez la lealtad de los morados hacia las dos únicas identidades en juego, España y Cataluña

En definitiva, la ciudadanía exigió a Podemos lo mismo que a los otros partidos: sentido de Estado, coherencia programática, lealtad a la comunidad y unidad de acción. No en términos absolutos, claro está, pero sí como cualidades a considerar en el balance general entre lo posible y lo deseable. Con el agravante de que en política los actores suelen ser evaluados con la medida que ellos mismos colocan: los más exigentes, de modo más severo que los más “permisivos”. Y para Podemos elevar el listón había sido clave a fin de irrumpir contra la “casta” y el “Régimen del ‘78”. 

No se trata por tanto de que la extracción social de sus dirigentes condicione su capacidad de conexión con las clases populares, pues entonces no se entendería –como se dice– que éstas voten a la derecha. Tampoco parece deberse a que Podemos haya dejado de “hablar duro”, pues ya hacia enero de 2015 los morados comenzaron a acercarse al lenguaje y el estilo políticos existentes. Ni de que se hayan olvidado de la clase obrera, pues el rasgo distintivo originario de Podemos fue la transversalidad. Tampoco que estuvieran más en los medios y en las redes sociales que en la calle, pues así lo hicieron de entrada. Todas estas características que se objetan a Podemos lo acompañaron hasta al menos el 21D, cuyo resultado fue exitoso. 

Sin descartar otras hipótesis más generales, la fisonomía de la historia nacional española, su configuración particular en clave de símbolos, demandas, exigencias y marcos de interpretación, debería tener más peso en los intentos de responder  la pregunta inicial. Tal vez no resulte del todo consistente criticar a Podemos por teoricista, abstracto y/o culturalista a partir de enfoques que fusionan sin más los problemas de la izquierda en Europa y Estados Unidos, como si en todos los escenarios no hubiera más que un choque descontextualizado entre neoliberalismo y clases populares.

Si a Podemos le ocurre lo que al resto de partidos, eso significa que, como éstos, debe apostar a la construcción de hegemonía. A hacer que su mirada sea la de los demás. Me refiero sobre todo al discurso nacional del partido, no necesariamente a los niveles locales y autonómicos, que por lógica no cumplen ese rol directivo, aunque allí se esté haciendo un trabajo imaginativo y popular que también construye hegemonía. 

Es cierto que la hegemonía se edifica centrándose en problemas concretos. Pero  cuando se tratan como síntomas de un diagnóstico del país, como se hizo con los desahucios o la pobreza energética, que ni siquiera eran visibles antes de ese diagnóstico. Las demandas populares no están ya constituidas por una vivencia previa a su diagnóstico político. Quien logra que su diagnóstico sea el de las mayorías es hegemónico.

Lo bueno de la mala situación actual de Podemos es que ésta lo invita a abandonar una cierta posición de exterioridad respecto de la sociedad y el orden político de la Transición que, como herencia de su cultura de izquierda tradicional, tendió a ocupar. Durante su primer año, porque imaginó que el “Régimen del ‘78”, merced a su “crisis orgánica”, se desmoronaba. Tras el 26J y la investidura de Rajoy, porque sintió que la crisis se cerraba “por arriba” (¿y no por “abajo”?), por lo que no quedaba más que refugiarse en el resistencialismo “cavando trincheras en lo social” (como si fuera lo opuesto a las instituciones). Esa exterioridad conectó sin embargo en parte con cierto cansancio de la sociedad respecto no del proyecto de la Transición, pero sí de sus representantes y de su inmovilismo.

Paradójicamente, a Podemos le faltó la perspectiva gramsciana de entender mejor la sociedad nacional en la que se inscribió y fue posible. En lo fundamental, entender el significado de la Transición para la mayoría de la ciudadanía. Especialmente para las capas populares, para las cuales representó la gran experiencia política de su vida, que hizo posible además que los españoles comenzaran a vivir como los europeos. Como los europeos de los “treinta gloriosos” del Estado social de posguerra, lo cual algo tendrá que decir a una fuerza cuyo programa, al fin y al cabo, es de democracia social avanzada. 

Si una fuerza transformadora no es capaz de comprender –sin necesidad de compartir por completo o acríticamente– el significado histórico de la experiencia política central en la constitución subjetiva de ese pueblo al que busca movilizar, no puede jugar el juego de la hegemonía, que es el de la normalidad y el largo plazo sin fórmulas mágicas, no el de la excepción y el blitz.

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Javier Franzé es Profesor de Teoría Política, Universidad Complutense de Madrid).

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Javier Franzé

Javier Franzé es profesor de Teoría Política en la Universidad Complutense de Madrid.

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14 comentario(s)

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  1. Chechu

    Pues, quizás la respuesta sea que hay mucho teórico de la izquierda malmetiendo a la izquierda con la consiguiente sensación de desunión, desgana y desilusión. Creo, en mi opinión, que no da con las claves ya que se centra en culpar a Podemos por juntarse con IU, más que en teorizar sobre las herramientas del sistema en busca de la demonización de la clase obrera y las consecuencias de ésta.

    Hace 3 años 3 meses

  2. Francesc

    Para acabar defendiendo la transición con tan pocos argumentos no hacían falta tantas palabras y menos tener que recurrir a la crítica fácil a la estrategia política de Podemos (que no niego que tengan sus errores). Para remediarlo recomiendo leer a otros autores que se acercan con más modestia al análisis de esos "treinta gloriosos" españoles que nos emparentan durante un breve lapso de tiempo con nuestros vecinos europeos con economías más avanzadas. Uno de ellos sería el prestigioso sociólogo alemán Wolfgang Streeck, que al igual que muchos otros califica esos años vividos por los europeos y los españoles (aunque con un cierto décalage de tiempo)con como una excepción entre las muchas décadas de tinieblas fruto de las desgracias del capitalismo.

    Hace 3 años 3 meses

  3. juan

    El error no fue tanto pedir un gobierno proporcional sino hablar de cargos concretos pero sobretodo no haberlo pedido la misma noche electoral en vez de fijar como necesario el referéndum lo que avaló la estrategia del PSOE de intentar acorralar a Podemos pactando primero con Cs.

    Hace 3 años 3 meses

  4. Teodoro Bustillo Vicario

    Analizar al votante es no sólo fundamental; es esencial. Es básico si se pretende basar toda la argumentación en resultados electorales. El votante español no ha dado pie para considerarle “racional” al menos durante los 20 últimos años y prolongables a toda la etapa de la 2ª versión de la 2ª dictadura del siglo 20, vulgarmente denominada “Régimen del 78”. El analfabetismos político es tan profundo en la inmensa mayoría de los que votan -y a las pruebas me remito- que causa pavor, al menos a mí. Que se vote, se siga votando y sigan votando millones y más millones a unas partidas de aprovechados adscritos a partidas de políticos profesionales, antes algo más de 2 y ahora a algo más de 4 deja claro que la inmensa mayoría de los millones y millones de votantes votan como si se tratara de un automatismo. Votan porque toca votar y punto final. La racional de muchos millones y millones y millones de votos no aparece por ningún sitio. En caso contrario puede que la abstención fuera muy superior a la habitual, pues participar en y dar por válido un sistema en el que los intereses personales, la corrupción, el robo está por encima de lo colectivo, es un sistema podrido. No ser consciente de tal podredumbre es una clara muestra del analfabetismo político al que antes aludí. Y el simple echo de votar y por tanto hacerse cómplice de tal sistema, es otra muestra. Esto da de sí la “racionalidad” de los millones y millones y más millones de votantes tanto de los 2 partidos dinásticos como de los periféricos antes, y ahora también de las 2 nuevas marcas de las corrientes dinásticos que como alumnos aventajados participan de todas todas todas las ventajas que tal sistema podrido les da para que ellos también se pudran que es lo que está sucediendo. Esas nuevas partidas se han contagiado de idénticos vicios de las partidas de siempre. Porque votar con una ley electoral donde trucada desde el principio –quiero decir que depende dónde se vote, el voto vale más o menos- muestra que el sistema está dañado desde que se gestó pues parece que lo que se pretendía es lo que tal régimen está obteniendo: que el régimen se sostenga a base de más y más trucos, triquiñuelas para así sostener, apuntalar y apoyar en el poder a los de siempre. Todo el conjunto son la casta política parasitaria parasitaria parasitaria. ¿Participar en tan inmenso fraude que además está podrido? En mi caso nunca.

    Hace 3 años 3 meses

  5. Teodoro Bustillo Vicario

    Analizar al votante es no sólo fundamental; es esencial. Es básico si se pretende basar toda la argumentación en resultados electorales. El votante español no ha dado pie para considerarle “racional” al menos durante los 20 últimos años y prolongables a toda la etapa de la 2ª versión de la 2ª dictadura del siglo 20, vulgarmente denominada “Régimen del 78”. El analfabetismos político es tan profundo en la inmensa mayoría de los que votan -y a las pruebas me remito- que causa pavor, al menos a mí. Que se vote, se siga votando y sigan votando millones y más millones a unas partidas de aprovechados adscritos a partidas de políticos profesionales, antes algo más de 2 y ahora a algo más de 4 deja claro que la inmensa mayoría de los millones y millones de votantes votan como si se tratara de un automatismo. Votan porque toca votar y punto final. La racional de muchos millones y millones y millones de votos no aparece por ningún sitio. En caso contrario puede que la abstención fuera muy superior a la habitual, pues participar en y dar por válido un sistema en el que los intereses personales, la corrupción, el robo está por encima de lo colectivo, es un sistema podrido. No ser consciente de tal podredumbre es una clara muestra del analfabetismo político al que antes aludí. Y el simple echo de votar y por tanto hacerse cómplice de tal sistema, es otra muestra. Esto da de sí la “racionalidad” de los millones y millones y más millones de votantes tanto de los 2 partidos dinásticos como de los periféricos antes, y ahora también de las 2 nuevas marcas de las corrientes dinásticos que como alumnos aventajados participan de todas todas todas las ventajas que tal sistema podrido les da para que ellos también se pudran que es lo que está sucediendo. Esas nuevas partidas se han contagiado de idénticos vicios de las partidas de siempre. Porque votar con una ley electoral donde hasta el votar está trucado –quiero decir que depende dónde se vote, el voto vale más o menos- muestra que el sistema está dañado desde que se gestó pues parece que lo que se pretendía es lo que tal régimen está obteniendo: que el régimen se sostenga a base de más y más trucos, triquiñuelas para así poder sostener en el poder a los de siempre. Todo el conjunto son la casta política parasitaria parasitaria parasitaria. ¿Participar en tan inmenso fraude? En mi caso nunca.

    Hace 3 años 3 meses

  6. casiopeo

    Un análisis interesante. De las muchas cosas que se pueden comentar señalo solo dos. Uno: el gran error estrategico para mi de Pablo Iglesias fué efectivamente la rueda de prensa contra el PSOE tras el 20D, enajenarse de esa forma las masas de votantes socialistas, de forma tan torpe..... En EL PSOE no se puede confiar, lo sabemos, pero eso tenia que haberse puesto de manifiesto de forma habil, dejando que se pusieran ellos mismos en evidencia, ofreciendo por ejemplo aopyar el gobierno con Rivera a cambio de unas leyes sociales muy bien explicitadas, que el PSOE no habria aceptado. Pablo se enajenó el coto de miles de votanes socialistas con el tema de la cal viva y la rueda de prensa a cambio de nada. Pésima estrategia. Dos: La brecha, la grieta entre el discurso real de Podemos y el discurso percibido por las clases medias y bajas se acrecienta porque Podemos tiene en contra de forma casi unánime al establishment mediatico que han mantenido una campaña en contra de una intensidad sin comparación en el caso de otras fuerzas politicas.

    Hace 3 años 3 meses

  7. svalk

    creo que el autor deberia leer menos a rojo , sacudirse el polvo de las pantuflas y asumir que la "perspectiva gramsciana", especialmente para las capas populares, " la gran experiencia política/nacional/identitaria de su vida, .............. fue la victoria de "la roja" en la copa del mundo de sudafrica.......

    Hace 3 años 3 meses

  8. Route Calle

    "los españoles no somos idiotas". Hombre, un país gobernado por auténticos delincuentes, que ganan elección tras elección, que tiene como alternativa una que es tan o más lesiva que la de los delincuentes que gobiernan actualmente no lo consideraría precisamente un país muy listo. No están "los españoles" (entiendan a qué tipo de españoles me refiero) precisamente para dar lecciones de "sabiduría"

    Hace 3 años 3 meses

  9. Inés

    Este articulo parece escrito (my bien razonado) desde el punto de vista de quien se lamenta de que su preferencia electoral lo esté haciendo tan mal. Hay otra posibilidad: que la idea sea mala de origen y que los que les votaron se vayan dando cuenta elección tras elección. Un señor que reconoce que le da escalofríos decir la palabra España no puede aspirar a dirigirla. Un partido con ideas de los años treinta, métodos macrras de escarches e insultos, que es celta en Galicia, bildutarra en Navarra, separatista con complejos e Cataluña. Con la mirada fija ej el pasado, pro chavista en el presente, totalitario y sectario para el futuro... Es una mala idea y los españoles no somos idiotas.Por lo menos “no del todo, ni pa siempre.“...

    Hace 3 años 3 meses

  10. José Manuel Barreal San Martín

    Esperaba más del artículo. Dos cosas con las que discrepo y que me parecen de una simpleza no digna del autor. La primera es "En verdad la pregunta sobre la desconexión entre mundo popular e izquierda parece tener que ver con cómo ha llegado Podemos a su cuarto aniversario" que tal parece decir, y lo dice, que esa desconexión es desde la aparición y evolución de Podemos; cuando, en mi opinión, ya antes, desde que " la tierra era plana", existe esa desconexión. ¿ O no nos acordamos de IU y antes de cómo el PSOE "traicionó" a las clases populares? La segunda cuestión es el excesivo "poder" de análisis que el autor da a la ciudadanía en base a los cuatro puntos que expone sobre la crisis de Podemos. Me parece, desgraciadamente, que la ciudadanía no tenemos tanto tiempo y capacidad para esos sesudos análisis. Sí, me parece acertado el análisis que hace al principio sobre la izquierda y el porqué habría que votarla. Gracias. Un saludo.

    Hace 3 años 3 meses

  11. Mariano

    Perdió la gran oportunidad en Cataluña al sucumbir al espíritu fanático y secesionista de sus catalanas bases de acólitos, sin saber que en Cataluña (en sus primeras fases y como propósito) no se jugaba al antagonismo con el régimen, sino a la destrucción de la democracia. Albano Dante lo entendió muy bien, pero le escopetaron, fue su único acierto en el asunto del prucés.

    Hace 3 años 3 meses

  12. Javier

    Se olvida usted de la cultura popular. Del estado de la educación en España. De los programas que arrasan en el share de cada día. Se olvida usted de la picaresca endémica, de la sumisión innata del pueblo español. Se olvida, también, de los medios del régimen, todos los grandes del oligopolio. Se olvida, por último, de la consecuencia lógica de su pregunta: el obrero debe votar a la derecha porque así ha sido siempre en este país de sñoritos, porque eso es lo que toca por la gracia de dios. Quizá sus olvidos no hayan sido por accidente.

    Hace 3 años 3 meses

  13. Pepe Grilo

    En realidad, Podemos no ha hecho nada con valentía, ni con naturalidad. Por supuesto que no comparto ni el diagnóstico ni las recetas arriba apuntadas. Creo que se ha basado en un marketing antinatural, forzado, nada creíble. En la repetición de estándares hasta la saciedad. En la vergüenza por las críticas; las críticas de los enemigos debe servir para realzar nuestras virtudes, no para pedir perdón. Ha buscado personajes que convertir en protagonistas (muy mal elegidos, por cierto) cuando lo que se pretendía era dar una imagen anónima de puebloque hubiera sido mil veces más valiosa. Ha creado un partido capaz de aplastar un movimiento. Y esa ha sido su peor jugada. Un partido de fieles acólitos, con argumentario de obligado cumplimiento y estricta adhesión a la élite dirigente. Y, finalmente. Perdió la gran oportunidad en cataluña al sucumbir al espíritu mesetario y españolista de sus castellanas bases de acólitos, sin saber que en Cataluña (en sus primeras fases) no se jugaba al procés, sino al antagonismo con el régimen. Albano Dante lo entendió muy bien, pero le escopetaron. Una muestra del partido que se carga el movimiento. En fin, que hay que volver a empezar, en mi opinión. Quizás se pueda.

    Hace 3 años 3 meses

  14. Pepe Grilo

    Discrepo en todo,menos en una cosa.

    Hace 3 años 3 meses

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